8 mayo 1980
Los dos acusados reiteraron en el proceso que lo ocurrido en aquella cafetería fue una mera charla de café y que nunca pensaron en serio tomar en asalto el Palacio de la Moncloa
Penas mínimas contra Tejero y Saénz de Ynestrillas, los dos militares acusados de la supuesta trama golpista ‘Operación Galaxia’
Hechos
8.05.1980 se hicieron públicas las condenas al Coronel Antonio Tejero Molina y al Comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas.
Lecturas
La Operación Galaxia fue portada en prensa en noviembre de 1978.
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El Consejo de Guerra estuvo presidido por el general D. José Juste Fernández.
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SENTENCIA DEL CONSEJO DE GUERRA POR LA ‘OPERACIÓN GALAXIA’:
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El nombre de Antonio Tejero Molina resonará en todo el país ante los sucesos del 23-F de 1981.
09 Mayo 1980
Una sentencia significativa
POR PRIMERA vez en el régimen democrático se ha visto ante los tribunales un intento de golpe de Estado: la llamada «operación Galaxia». Un consejo de guerra ha juzgado a un teniente coronel de la Guardia Civil y a un capitán de la Policía Nacional, encontrándolos culpables de conspiración y proposición para la rebelión. No se ha juzgado, pues, un tema baladí hinchado por los periódicos o un mero juego verbal de cafetería entre oficiales. Otra cuestión es que los conjurados tuvieran o no capacidad real para consumar sus propósitos. Pero los resultados de la sentencia (véase EL PAIS del jueves 8 de mayo) no dejan dudas sobre la existencia de una conspiración, protagonizada por los encausados, para dar lo más parecido a un cuartelazo contra las instituciones democráticas en las personas del Gobierno y del Rey.Dichos resultados establecen que se llegó a preparar un golpe de mano para ocupar el palacio de la Moncloa, apresando el Consejo de Ministros, y someter al Rey «la nueva situación», intentando involucrar a los guardias de la agrupación de destinos de la Dirección General de la Guardia Civil y a los 1.200 hombres del batallón de instrucción de la Academia de la Policía Nacional, y destituyendo por la fuerza, si fuera preciso, al teniente coronel Garcia Polavieja, que mandaba la Academia. Con menos trastienda, Fermín Galán se lanzó a su trágica, aventura de Jaca. Así pues, se ha juzgado y sentenciado un golpe de Estado en grado de proposición.
El fallo de la sentencia ha asombrado a la opinión pública: las penas mínimas para un delito que puede ser castigado hasta con doce años, y eso en una sentencia que no contempla ni eximentes ni atenuantes.
No nos parece recomendable el rigorismo en la administración de la justicia -incluida la castrense-, pero faltaríamos a la verdad si no dijéramos que muchos ciudadanos civiles y militares se sorprenden de que dos oficiales de carrera que proyectan un levantamiento armado contra los poderes constitucionales del Gobierno y del Rey continúen hoy en el Ejército.
Es imposible no recordar hoy la absolución del general Atarés, que fue acusado de insubordinación pública ante el vicepresidente de la Defensa, y las condenas de hasta ocho años de prisión (con la consiguiente separación del Ejército) de los miembros de la Unión Militar Democrática que reclamaron la democratización del régimen franquista, hoy conseguida. No vamos a ser nosotros quienes pongamos los adjetivos.
De todas maneras, es de suponer que si a los responsables de una conspiración de este género.se les condena a la mínima de las penas habrá quien sea capaz de comparar el hecho con la petición fiscal para un periodista -Miguel Angel Aguilar- que no conspiró y se limitó, en cambio, a informar de otra supuesta intriga de sables. Para no hablar nuevamente del caso de una directora de cine -Pilar Miró- procesada también ahora por la jurisdicción militar y toda cuya conspiración ha consistido en realizar una película sobre el crimen de Cuenca.
Mírese por donde se mire la sentencia del miércoles marca un hito significativo en la historia reciente de este país. El tiempo lo dirá.
09 Mayo 1980
Condena minima
El honor y la justicia militar se han puesto una vez más de manifiesto. La sentencia de los encartados n la llamada ‘Operación Galaxia’ ha sido dictada en sus justos términos. La justicia ha prevalecido por encima de todo, calificando unos hechos con arreglo al más sentido estricto forense. La jurisdicción castrense ha estado – como siempre – a la altura de las circunstancias, oyendo a todos y sin dejarse influir de anteriores y ulteriores acontecimientos.
El teniente coronel Tejero ha sido condenado a siete meses y el capitán Sáenz de Ynestrillas, a seis meses y un día porque se estimó que hubo delito. Los militares han de ser comedidos en el hablar y de recto proceder en todo momento. Lo que a un paisano le está consentido, a un militar no sólo le está vedado, sino que es motivo de falta. Además, el código militar lo especifica bien claro para cualquier circunstancia. Los militares han de mantener siempre intactos sus comportamientos y sus lealtades. Ni en público ni en privado pueden no solo quebrantarlas, sino simplemente difuminarlas. El valor se le supone cuando se abre su hoja de servicios, y la discreción, a disciplina y el sentido del honor lo han de llevar siempre metido en el corazón. El uniforme obliga mucho, y esta justa sentencia ha probado nuevamente que los militares saben ponderar la falta y castigarla en sus límites adecuados. En este caso del teniente coronel Tejero y del capitán Sáenz de Ynestrillas no ha habido duda. La ley militar les ha colocado en su justo lugar.
Porque la sentencia ha demostrado también que todo esto de la llamada Operación Galaxia ha sido más que nada una estupenda manipulación, que de un hecho insignificante, como lo prueban las dos sentencias, se ha levantado toda una teoría de conspiraciones y movimientos de tropas. Todavía están recientes las declaraciones de un destacado diputado del PSOE, simultáneas al consejo de guerra, que echaba leña a un fuego fatuo. Y aún están recientes los titulares y editoriales de cierta Prensa calentando a los lectores con ideas de levantamientos y pronunciamientos. Una cosa es lo realmente ocurrido y otra muy distinta lo que se ha manipulado y se ha pretendido aprovechar de los hechos. Alguien y algunos han tenido un malsano y provechoso interés en hinchar un globo, este de la llamada ‘Operación Galaxia’ y arrojarlo no se sabe contra quién, contra quiénes y contra qué instituciones. Las manipulaciones y la falta de conciencia de una cierta clase política han sido los causantes de que sobre dos hombres que visten el uniforme se haya intentado arrojar mucha más culpa de la que tienen.
Menos mal que la justicia militar está ahí, para juzgar sin sobresaltos ni presiones. Sin dejarse influir de nada ni por nadie. Escuchando a los procesados, atentos a los testigos, al relato de los hechos, escuchando la brillante y atinada defensa, de los señores Stampa Braun y Alonso Yagüe, que serenamente hicieron ver los acontecimientos desde su enfoque, quitando la hojarasca de la manipulación y ayudando, sin duda, a situar a dos militares de ejemplar y heroico historial en su justo lugar. El sentido de la justicia de la sentencia y la respetuosa, pero enérgica, defensa han vuelto a tranquilizar a la clase militar. La llamada ‘Operación Galaxia’ ha quedado reducida a sus justos términos y, en gran parte, desvanecida; fue un globo, una nube, casi nada de lo que se insinuó.
17 Mayo 1980
JUSTOS POR PECADORES
Independientemente de la decisión judicial – siempre respetable, y máxime tratándose de un organismo militar – el juicio contra los señores – en el más alto, puro y noble sentido – Tejero y Sáenz de Ynestrillas tiene un alcance histórico y yo diría que cultural, en el sentido de vincularse a la sociología o a la política en su parte más genérica y hecha abstracción o teorética.
Porque, cuando Tejero explicó los hechos que se concatenaron con la hipotética conspiración de una cafetería llamada Galaxia, en su atinada expresión había todo un retrato político, aunque con aire de sainete: “De pronto, los soldados desplegaron para hacer sus necesidades y aquello desató un pánico en la sede del Gobierno”. No es que realmente aquella tropa hubiera tomado la Monclaoca, según la bautizó Ismael Medina, por un aliviadero público de común uso. Es que, a la vista de cómo se desarrollaron los acontecimientos luego, en un delirio curioso y digno de un estudio psiquiátrico, hasta el punto de que la Prensa, con su habitual afán de motejar tipos, lugares o situaciones, denominara ‘Galaxia’ (más de influencia de MacLuchan que por afición astronómica), cabe pensar en un fenómeno psíquico.
Los políticos y, más todavía, nuestros gobernantes, ven fantasmas. Es lógico. Las alucinaciones o las visione se producen cuando el ánimo está impresionable por circunstancias que, más que alrededor, concierne al propio sujeto asustadizo. Suele ser la conciencia que acusa. Cuando el ladrón realiza el robo, está en tensión máxima y teme que surja por doquier y en cualquier momento quien le sorprenda. La calma y la serenidad solamente nacen de la conciencia tranquila. Así duermen las personas que no hicieron mal a nadie, ni transgredieron ninguna ley o precepto; están libres de preocupaciones.
Pero, cuando la política se ha convertido en un cúmulo de torpezas, deslealtades y vicios, tiene que temerlo todo. Es lógico. Sería cerril y estúpido, aunque el cerrilismo y la estupidez abunden en esta época y en la clase dirigente, creer que todo el mundo es igual, y que la sumisión a los pecados de nuestro tiempo constituya normativa de todos los españoles. Negar capacidad de reacción a los señores o los caballeros – y el señorío y la caballerosidad, personificadores del honor y la dignidad están vigentes en el Ejército como en ningún otro estamento – es negar la esencia humana, y, en España, concretamente, las virtudes de una raza que a lo largo de treinta siglos demostró su temple indomable su valor y su grandeza.
En política también se juega con los fantasmas como táctica para engañar a la oposición, para justificar sus propios actos e incluso para reforzar posiciones propias. Es otra de las argucias, de las invenciones que la Historia nos ha legado a cargo de estadistas, intrigantes o políticos oportunistas. El poder, para su ostentación, y sobre todo para su detentación, requiere de subterfugios, que se buscan donde sean. Incluso no falta la vanidad, la nota de orgullo de idear enemigos allí donde no los hay para darse importancia, ya que la fatuidad alimenta y es necesaria para cubrir otros desaciertos.
Con motivo de este juicio dos ilustres militares, uno de ellos testigo de la tragedia vasca, porque tuvo que presenciar cómo la bandera espuria que causó la muerte de muchos de sus hombres era enarbolada por un ministro que la legalizaba sin pudor, se han aireado implícitamente muchas cosas. Y, por eso, bien puede decir Aguirre Bellver que no sólo se ha juzgado a dos hombres, “a dos soldados ejemplares, con vocación de primera línea. Los acusados pueden convertirse moralmente, en acusadores de toda una clase política”.
Quiera Dios que esta torpeza política, esta alucinación de La Moncloa, este resultante demencial de unos políticos que se ven agobiados por sus remordimientos y pesares, haya sido enmendado por la Justicia. Pero de cualquier modo, el juicio ya está en la Historia y hay motivos para suponer que los responsables de esta época no van a salir bien parados. Aunque paguen justos por pecadores, como en cierta ocasión dijo uno de los encausados, ya que éste parece ser el lema de la democracia viciosa que nos apesta.
Hay que comprender, además, la dura prueba para un tribunal que tenía enfrente a dos compañeros, personificación de la vergüenza patria, lo que añadió más dramatismo y trascendencia a este hecho. Pero la sentencia, tácitamente una absolución, deshace una maniobra política y hace renacer la fe de todos los españoles en una milicia, que puede ufanarse de tener hombres como éstos.
05 Julio 1980
Silencio
La decisión del Consejo Supremo de Justicia Militar de ratificar la sentencia sobre la «operación Galaxia», que el capitán general, de Madrid no quiso dar por buena, es el mejor de los elementos de juicio que cualquier observador nacional o extranjero puede establecer para entender lo que aquí está pasando. No hace falta comparar esta sentencia de seis meses para unos militares sediciosos que quisieron dar un golpe de Estado con la de seis años para el escritor de un artículo, o la de tres meses para el director de este periódico, o las, peticiones ante un tribunal militar contra un periodista por informar sobre una supuesta tentativa de golpe de Estado. No hace falta recordar la permanente vulneración de la Constitución por el Gobierno y otros estamentos de la nación, la aplicación puntual de leyes dictadas por el franquismo, la permanencia en sus puestos de jueces, policías y funcionarios de todo tipo que capitanearon la represión, el apartamiento del Ejército, de los militares demócratas de la UMD, cuyo eventual regreso-a filas mediante una ley aprobada por el Congreso -que representa la soberanía nacional libremente expresada- provoca inconcebibles y deleznables inquietudes. No hace falta nada de eso. La democracia naufraga un poco cada día, mientras los órganos de expresión que ayudaron a traerla son reprimidos, perseguidos, cerrados y olvidados ante la benévola mirada de un Gobierno cada día más dividido, de un partido en el poder cada día más descompuesto y de una marea de inquietudes y protestas populares que no son correspondidas ni atentidas por la clase política. El consejo que hoy comentamos amenaza con pasar a la historia de España como el punto de inflexión de un régimen que desde que nació parece inconcebiblemente empecinado en dictar su propia acta de suicidio.Esta España arrinconada, sin política económica, sin política exterior, sin política ciudadana, sin política anticorrupción, sin política educativa, sin política sanitarial, sin política de empleo, sin política de nada o casi nada, sabe ya, por lo menos, que tiene una política.a la que es preciso estar atentos: la política militar.
Silencio. Silencio.
El Análisis
En aquellos días había muertos de ETA a diario, principalmente militares y guardias civiles. Por ello, para muchos militares era doloroso pensar que el Gobierno era pasivo ante aquellas muertes, y en cambio se movilizara contra dos guardias civiles por hacer bromas inoportunas sobre golpes de Estado durante una charla en la cafetería Galaxia, porque eso es lo que pensaban que había sido aquello y eso es lo que aseguraban Tejero e Ynestrillas, que sólo había sido una charla de café.
Tan sólo un año después quedaría claro que en la mente de Tejero había algo más que simples «charlas de café». El varapalo sería para Juste, el militar que había presidido el juicio a Tejero por Galaxia, con una sentencia magnánima, y al que el 23-F le pilló como Jefe de la División Acorazada de Brunete dando una imagen de ambigüedad en las primeras horas le granjeó el estigma de debilidad ante los golpistas que le costaría cara.
Juste nunca fue condenado, pero el Gobierno le negó cualquier ascenso, y acabaría solicitando su pase a reserva.
J. F. Lamata