10 julio 1999
Polémica con el escritor catalán Xavier Rubert de Ventos por su libro «De la identidad a la independencia: la nueva transición»
Hechos
El 8 de octubre de 1999 D. Xavier Rubert de Ventos escribe un artículo en EL PAÍS sobre su libro «De la identidad a la independencia: la nueva transición».
10 Julio 1999
Nacionalismo recreativo
Con el nacionalismo va pasando lo que en su día pasó con el comunismo: que parecía una teoría política sofisticada y hasta emancipadora allí donde no estaba institucionalmente vigente y resultaba un dogma represivo al servicio de burócratas trepadores donde triunfaba como forma de Estado. Desde luego, los partidarios del comunismo sutil o académico renegaban del comunismo bárbaro establecido, huían o eran expulsados de los partidos comunistas oficiales e incluso en ocasiones rechazaban como una estrategia típica de la guerra fría que se les calificara propiamente de «comunistas». Eso sí, compartían con los estalinistas una incómoda «elección de campo» frente al enemigo común yanquiforme, la veneración crítica por ciertos mentores ilustres (que los brutos con mando en plaza supuestamente comprendían mal o desvirtuaban) y bastantes análisis de lo que no funciona ni puede funcionar en el mundo capitalista. No dejaban tampoco de asombrarse ante la virulencia reaccionaria con la que su «comunismo de diseño» era rechazado por los disidentes de los países del Este, que les escupían con no menor odio que a sus carceleros políticos y preferían encomendarse a vírgenes, papas y otras ilusiones supersticiosas. Con el modulable y lábil ideario nacionalista va ocurriendo hoy algo parecido al repertorio comunista (para colmo, a veces les pasa a los mismos). Como los abusos del estatalismo uniformizador -por no hablar del universalismo etnocéntrico occidental al servicio de las multinacionales- admiten serias objeciones, rebrotan en las democracias liberales planteamientos que tienden a lo comunitario o al nacionalismo vitaminado por la Ilustración. Se rechazan por supuesto las etnomanías identitarias, las medidas institucionalmente excluyentes para unos u otros o la agresión terrorista, pero se asume de modo más o menos explícito que los actuales Estados-Nación (dentro de cada uno de los cuales siempre conviven nacionales sin Estado) deben dejar paso a… otra cosa más homogénea y respetuosa de los derechos humanos colectivos. En países como España, donde la retórica patriotera de la dictadura vacunó a la izquierda contra todo «españolismo» (es decir, contra el vicio nefando de oponer objeciones de sentido común a los excesos o caprichos regionalistas), estos intentos de cuadrar algunos obstinados círculos merecen adhesiones intelectuales no abrumadoras pero sí distinguidas. Y reciben también atropellados rechazos por parte de los «antinacionalistas viscerales» (equivalentes a los «anticomunistas viscerales» de antaño), cuyos especímenes más virulentos suelen cosecharse allá donde partidos programáticamente nacionalistas gobiernan desde hace dos décadas. Para muchos rumanos, polacos o rusos, la palaba «comunismo» ha perdido -¿injusticia histórica?- todo imaginable glamour; es curioso comprobar que tal fenómeno afecta de igual modo al título «nacionalismo» en lugares tan distantes como Sarajevo, Barcelona o Portugalete.
Pero ello no es óbice para seguir interesándonos por tales esfuerzos teóricos, como el último libro de Xavier Rubert de Ventós, titulado Catalunya: de la identitat a la indepèndencia (y más trabajosa y desafortunadamente en castellano: De la identidad a la independencia: la nueva transición, editorial Anagrama). Confieso, para empezar, mi duradera predilección por los ensayos de Rubert de Ventós, casi siempre imaginativos, sustanciosamente inteligentes hasta en su rebuscamiento y bien barnizados de humor. Vamos, que no es Ernest Lluch.
Su último libro, no muy extenso, aborda empero cuestiones diversas y ambiciosas como las raíces antropológicas de la conflictiva sociabilidad humana, el alcance individual y colectivo de la reivindicación de derechos, las perspectivas para ir más allá de los Estados nacionales o revisiones heterodoxas de nociones tan irritadamente exprimidas como «identidad» o «independencia». En todos los campos que toca, Rubert sacude aletargamientos de la rutina teórica y da que pensar; en ninguno, si no me equivoco, plantea alternativas operativas a las soñolientas perspectivas denunciadas. Desde un punto de vista estrictamente intelectual, donde opera también el guiño y el ingenio, no hay mucho que reprocharle y bastante que agradecerle; pero en el plano político -en el que creo que este ensayo libra su auténtica batalla- cabe mostrar cierta justificada insatisfacción.
Sea, por ejemplo, la cuestión de los derechos (humanos o fundamentales) individuales frente a las discriminaciones colectivas. Rubert sostiene que, como la singularidad de cada uno de nosotros viene marcada por diversas pertenencias colectivas (raciales, ciudadanas, sexuales, gremiales, etcétera), de acuerdo con las cuales somos aceptados o rechazados por los demás, debe haber también un derecho colectivo que ampare a los que por pertenecer a tal o cual grupo son discriminados o perseguidos. Según él, cualquier niño, anciano o bosnio puede tener derechos humanos individuales «pero nada de lo que les es arrebatado en cuanto colectivo (como niños, bosnios, ancianos) se corresponde con lo que se podría considerar la titularidad de un derecho». Confieso que no entiendo lo que quiere decir. ¿No es el primer derecho humano el de no sufrir persecución o discriminación por razón de raza, sexo, nacionalidad, edad, etcétera? Por supuesto, cada individuo comparte sus características peculiares con otros muchos congéneres: ¿anula eso su individualidad?, ¿le invalida como titular individual de derechos?, ¿no es precisamente el sentido de los «derechos humanos» el reconocer algunas prerrogativas comunes a todos de las que no podemos ser desposeídos por pertenecer a tal o cual grupo? Claro que el amparo de ciertos derechos individuales exige el reconocimiento de sus efectos colectivos: mi derecho a salir en procesión con mi cofradía exige que sea legal formar cofradías y que se autoricen las procesiones. ¿Pasa por ello la titularidad del derecho de mi persona a mi cofradía o a nuestra procesión? Y claro que ciertos derechos humanos son propios de una edad (la educación de los niños) o de un sexo (el aborto), pero no dejan de ser universales ni personales, porque tales determinaciones se oponen precisamente a la marginación dentro de ellas por particularismos de pertenencia: a que sólo sean educados o puedan abortar tales niños o tales mujeres.
Frente a quienes consideran abstractas las «identidades colectivas», Rubert señala que lo verdaderamente abstracto y bárbaro son las «soberanías territoriales» que aún gobiernan nuestro siglo «y que permiten prescindir alegremente de cosas tan concretas como la viabilidad de un país o la voluntad de sus habitantes». De acuerdo, pero ¿a qué criterio recurriremos entonces cuando en un territorio se contrapongan visiones opuestas del país viable o los habitantes tengan voluntades distintas?, ¿no deberemos reclamar al menos que ni el país ni la voluntad que se instituyan lesionen irreversiblemente los derechos de los individuos discrepantes que deberán seguir conviviendo allí? Me temo que son precisamente esas «soberanías territoriales» las que suelen reclamar sacrosantos derechos colectivos para negarse a res-
petar el nomadismo de los derechos individuales. Por eso juzgo preferible el Estado soberano más «desterritorializado» y por tanto más capaz de asumir derechos nómadas, con menos patria que humanidad: mejor el Estado español que un posible Estado catalán o vasco, mejor el Estado europeo que el Estado español, etcétera. Tal es, por cierto, el límite del radical «soberanismo» que me atribuye Pascual Maragall en su prólogo al libro de Rubert, supongo que movido por la necesidad política de inventar extremismos contrapuestos gracias a los cuales cualquier improvisación oportunista parezca equilibrada moderación. Me consuela pensar que Maragall tampoco parece haber entendido mucho mejor el libro de Rubert, al que tiene más cerca. Por lo demás, el nacionalismo propuesto por Rubert es tan flexible, ecléctico y moderado que sería una vergüenza no simpatizar con él: identidad posmoderna polivalente, independencia entendida como interdependencia, rechazo de etnicismos identitarios y nostálgicos, etcétera. Al nuevo Gobierno nacionalista vasco le recomienda ser «más radical y más liberal a un tiempo; más independiente de España, pero más dependiente y más escrupulosamente respetuoso de todo lo que de español tiene Euskadi en su seno, y que todavía lo define». ¡Bravo! ¿Podrá ser verdad tanta belleza? ¿Es ésta la línea de los nacionalismos realmente existentes? ¿Será cierto por tanto que «hoy día parece más barato labrar el futuro de una nación no reconocida que mantener el pasado de una ilusión soberanista cuajada de símbolos y carcomida por la impotencia»? Puede que sí. El padre de Borges advertía a su hijo: «Este mundo es tan extraño que todo es posible, hasta la Santísima Trinidad». No seré yo quien le desmienta.
Fernando Savater es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.
08 Octubre 1999
Conllevando España
Leí en estas páginas el artículo de Fernando Savater sobre mi libro De la identidad a la independencia: la nueva transición (11 de julio de 1999) y estoy de acuerdo con él en casi todo, incluso en su poco aprecio por su título en castellano. Lo mismo me ocurrió con una crítica anterior de Javier Pradera (La dificultad de ser maragalliano, 8 de mayo de 1999), hasta el punto de que he llegado a preguntarme: ¿por qué resultan ser los autores que yo criticaba en mi libro quienes más generosamente se han ocupado de él, y no precisamente para defenderse? En cualquier caso, se trata de una cortesía que confirma la selección que hice de mis contrincantes. ¡Tantos había para lucirme con sólo citar su florido y encendido verbo, con reminiscencias de aquel «entre Cataluña y España sólo es posible el abrazo o el fusil»!Sólo disiento del artículo de Savater en su título: Nacionalismo recreativo. He de decir, eso sí, que admiro la ironía con que el autor sabe descalificar una obra o un argumento mediante un adjetivo oportuno que eventualmente deja pasar al jugador pero no a la pelota. Con todo, creo que esta vez la finta revela más de lo prudente su propio esquema de juego y su modo, no por jovial menos trascendental, de querer ser cosmopolita. Una manera no tan alejada -y sin duda complementaria- de la manera de ser nacionalista a machamartillo que caracteriza a algunos varones del norte. Dos actitudes para las que, claro está, mi libro no podía parecerles sino un mero ejercicio recreativo. Pero veamos.
¿Se trata, en primer lugar, de nacionalismo? De hecho, mi libro sólo reclama la independencia de Cataluña -y precisamente como último recurso para llegar a entendernos y acabar con los pesados nacionalismos de uno y otro lado-. Algo así como la síntesis invertida del original iberismo de Joan Maragall y el pesimismo de su «Adéu a Espanya». Eso, creo yo, es lo que Pascual Maragall expresa perfectamente en su prólogo, y lo que Savater simplemente descalifica. No es extraño, por otra parte, que en muchos medios madrileños inquiete más el «nacionalismo trufado» de Maragall que el del propio Pujol. Ramoneda lo explica así: «Las exigencias de Pujol son cuantificables. Los planteamientos de Maragall tienen algo de exigencia moral que puede generar inquietud: apela a la lealtad, por las dos partes (…), pero entenderse es siempre más difícil que negociar desde la desconfianza mutua».
¿Es, en segundo lugar, un ejercicio recreativo? Al llamar recreativa mi propuesta se supone que sólo es serio y verdadero el nacionalismo esencialista, nostálgico, radical y populista, un pachanguero «riau, riau», por así decir, con suficientes credenciales de violencia. Desde su fortaleza cántabra, uno de esos mozos me decía simpáticamente que el Mediterráneo es «un mar algo maricón». Y no me extraña que él o los suyos consideren también la idea de una civilizada secesión de Cataluña como un divertimento o como un enternecedor nacionalismo de encaje y punto antiguo.
Por suerte o por desgracia, no es así como en general se siente en España. Y es lógico. Siempre inquieta y desazona más un cordial pero decidido distanciamiento que el enfrentamiento claro y directo; la desafección más que la pelea (la pelea es al menos una forma violenta del abrazo). A fin de cuentas, el nacionalismo vasco ha podido ser entendido como una versión desperada y desencajada del propio nacionalismo español -como su énemi intime. No así el catalán, que no es tan «opuesto» al castellano como simplemente «distinto de él», «otro».
«Ante un nacionalismo tan flexible, ecléctico y moderado como el de Rubert», escribe Savater, «¡sería una vergüenza no simpatizar con él!». Algo parecido sugiere Pradera cuando quiere distinguir mi independentismo «culto y amable» del romántico etnicismo que, según él, siguen caracterizando al catalán y, sobre todo, al vasco. La verdad, sin embargo, es que mi independentismo puede distinguirse de aquéllos por su origen o por su motor, no por su objetivo. Y que, contra lo que dice Savater, es este independentismo práctico y razonable el que mayor rechazo tiende a generar en España. Ningún proyecto político produce allí tanto sarpullido y anticuerpos, en efecto, como la sugerencia de que o España es capaz de secularizar definitivamente su propio nacionalismo (dejar de sentirse seno para sentirse suelo), o lo más operativo y sensato es ir planteándonos la independencia. Y no ya desde el nacionalismo catalán -que también-, sino desde la simple razonabilidad y el buen gusto; desde el hartazgo de las pequeñas reticencias, resentimientos o sospechas que trufan de uno y otro lado la relación -y esperando poder así traducirla en un diálogo más oreado, civilizado y cordial-. Mientras en España no se sienta como normal que un catalán esté en La Moncloa o que una verdadera Cámara territorial se asiente, por ejemplo, en Barcelona (y escojo expresamente dos ejemplos tópicos), mejor sería, a fin de entendernos, que la Generalitat fuera tan dependiente de Europa, de las multinacionales o de Naciones Unidas como lo es el Gobierno de Madrid: sin más mediaciones.
Tanto Pradera como Savater, ya dije, tratan de salvarme igual como algunos querían salvar a aquel «apóstata razonable» de Durango: negando su condición de hereje. Tampoco yo sería un hereje nacionalista para quienes piensan que «el nacionalismo será esperpéntico o no será». Pero yo creo, bien al contrario, que «será normal o no será». Tan normal que no reclamará ya tanto la pura nacionalidad como la simple titularidad de una ciudadanía distinta y sin más pathos de la cuenta. Éste es el sencillo escenario que yo he dibujado y que en el primer cuarto del próximo siglo podría llegar a transformarse en el proyecto mayoritario de, digamos, «la mitad más algunos» de los catalanes. De ser así, yo dudo de que España tenga los reflejos para dejar de ver este hecho, bien como una apuesta recreativa de Cataluña, bien como una quirúrgica amputación de España. Y en el interín, somos nosotros quienes hemos de ir aprendiendo las virtudes de la «conllevancia» orteguiana, sólo que, como pretende Pascual Maragall, aplicada ahora a los propios españoles. Es decir, buscándoles a ellos el encaje: el «alvéolo» donde puedan reposar contentos, en paz, y siguiendo un prudente plan de adelgazamiento. Eso, en lugar de continuar aplicándose a su tradicional ejercicio recreativo consistente en ir engordando «misiones» (católicas ayer, hoy cosmopolitas) y de pretender con ellas cebarnos y vertebrarnos a los demás.
Xavier Rubert de Ventós es filósofo.