27 septiembre 1907
Polémica por los duelos entre el director de LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA, Leopoldo Romeo Sanz y el periódico EL IMPARCIAL
Hechos
Publicado el 27 de septiembre de 1907.
Lecturas
El director del periódico La Correspondencia de España, D. Leopoldo Romeo Sanz, acusa a El Imparcial de incoherente por haberse posicionado en contra de las ‘cuestiones de honor’ [los duelos] en 1906 y ahora desafiarle a él a uno.
MI ACTITUD
26-09-1907
“Varela ha tenido un cómplice que no es lícito que se escape a la merecida sanción. Toda una serie interminable de convencionalismos estúpidos han quitado la vida a ese hombre bueno, a ese desventurado Juan Pedro Barcelona, en torno de cuyo cadáver se siente estimulada la generosa hidalguía de todo un pueblo. Sólo podrán acusar a Varela, libre el ánimo de los remordimientos, aquellos de entre nuestros tan afortunados que nunca confiarán su honor a la brutalidad del plomo o el acero. (…). Pero entre tanto es preciso poner un remedio a este mal social. Es indispensable acabar con ese honor de guardarropía y poner las honras al amparo, no de una pistola, no de una espada, sino de la razón y de las leyes.
¡Triste cosa, en verdad, que hayamos todos necesitado la vida de un hombre bueno para que la trágica lección nos haga pensar en el propósito de enmienda!
El Imparcial. 22 de octubre de 1906.
Decía ayer LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA:
“La injusticia de los agravios, en no misma injusticia encuentra su reaparición, y por lo que al Sr. Romeo se refiere, ya dirá cuáles son las razones que le obligas a no demandar reparación por este, ni por otros, ni por ningún agravio que le sea d pueda serle inferido, y por lo tanto a no acudir de nuevo a solucionar cuestiones en el terreno. Y después de leerlo, el público juzgará”.
En realidad, no debo explicación alguna a los lectores de este diario, acerca de mi actitud no recogiendo los agravios personales que EL IMPARCIAL me dirige, y que sin duda alguna son sobrados para plantear un lance, porque ellos han leído en muchos artículos mío escritos hace tiempo mi propósito firme, inquebrantable, de arrostrar en lo sucesivo toda suerte de comentarios y jamás recurrir al duelo para dirimir cuestiones. Entonces, requerido para dar mi opinión, la di. Y hoy, requerido por injustos agravios, bastantes para sincerar un duelo, sigo mi opinión y mi palabra cumplo.
Para mis lectores, con recordar lo que escribí bastaba; pero hay otras personas que entonces no me leyeron y que ahora tal vez me lean. A esas van encaminadas estas líneas, para que sepan las razones que me obligan a divorciarme de una costumbre establecida y, por lo tanto, a no demandar reparación por los agravios recibidos.
Por suerte o por desgracia para mí, experiencia en el manejo de las armas, inexperiencias de juventud irreflexiva; impetuosidad de carácter, inficionado por insano medio ambiente, y ann más que eso, miedos a un qué dirán ridículo, llevaron me hace años, ya lejanos por fortuna, a creer que la via era imposible sin rendir pleitesía al culto de un mal entendido valor, que más ña la razón a la pericia en el manejo de las armas que a la serena exposición de argumentos y a la auguats invocación del derecho.
Protagonistas en unos duelos, juez de campo o testigo en otros y amigable componedor en algunos, fui adquiriendo el convencimiento dolorosos de que el duelo, ni nada resuelve, ni para nada practico sirve, ni honor da, ni razón añade, ni otra cosa es que costumbre engendradora de comedias casi siempre y de tragedias por acaso, con la agravante de que las cuestiones que demandan sangre, finalizan, casi siempre, en sainete y en cambio terminan a veces en tragedia las que a lo sumo, exigen para ser resueltas un poco de buena voluntad para de oner el amor propio ante un abrazo fraternal.
Yo comencé a rectificar poco a poco y para irme acostumbrado a u nnuevo ambiente más sereno, más justo, más razonable, cultive mi pluma, educándola en formas donde la agresión no existieron fuime alejando de sitios donde el culto a un valor mal entendido impera; excusame de intervenir en cuestiones y me divorcié de mi armería, mala consejera y peor amiga, porque su uso diario más habla a la mano indotada de centros reflexivos, que a la cabeza poseedora de los órganos en donde la razón se asienta.
Un hecho realizado por un insigne periodista, y dos sucesos lamentables, contribuyeron a que mi modo de pensar variase.
Ramiro de Maeztu, que seguramente es uno de los periodistas españoles que más renombre ha alcanzado en la Prensa española y extranjera, y uno de los que más consideración social disfrutan por su honorabilidad exquisita, tuvo la genial ironía de descalificarse a si propio después de ruidosos incidentes en una cuestión y aun llegó a más, llegó a borrarse voluntariamente de las listas de lo que él llamó la legión del honor armado. Y oveía como aquel hombre se modificaba, como se dignificaba, como su crédito aumentaba; como su fama crecía, como era recibido con más notorio respeto en los centros sociales, como su genial ironía era aplaudida y como sus prestigios, en vez de amenguarse, realzaban e de en día. Fue aquello la primera lección.
Los dos sucesos a que antes aludo me hicieron adoptar una resolución radical la de no batirme por nada ni por nadie abdicando para siempre de creencias a todas luces falsas, en las que impera sólo no el culto a un valor real, sino el culto a un miedo efectivo: al ridículo, al qué dirán, a ser tachado de cobarde, a que en determinados lugares se nos tache de seres sin arrestos de gallardía e incapaces de empuñar un arma para vengar incontinenti un agravio.
Esos dos sucesos fueron el duelo Pickman-Paredes y el duelo Varela-Barcelona.
En esas dos ocasiones la masa populachera, esa masa que grita ‘ridícula comedia’ cuando los duelistas regresan del campo sanos y salvos, alzóse resuelta contra el duelo, contra los matadores, contra los padrinos y contra la Prensa, que no atacaba de raíz el mal y demnadaba para los unos la pena severa y para los otros condenación enérgica, al paso que de la Prensa exigía saludables campañas de regeneración de protesta. La Prensa escribió largas columnas, convinimos todos en que el duelo debía ser reprobado, hízose larga y ruidosa campaña y comentando aquellas incidentes y deduciendo consecuencias irrefutables, decidí, como yo decidido unas cosas, de una vez y para siempre, no injuriar, para no verme precisado a responder de mis injurias y no hacer caso a las ajenas.
Y como lo decidí, lo cumplí y lo cumplo.
Cierto es que el miedo al que dirán es grande, serio, imponente; pero para mí es mayor el miedo que me produce no cumplir lo que yo creo que es un deber. Toda la opinión me alentaba, la Prensa robustecía mi decisión con su consejo, y EL IMPARCIAL retando con valor a ese medio, a una serie interminable de convencionalismos estúpidos, acaba de hacerme renegar de aquella brutalidad que al plomo o al acero confía la defensa de su honor.
EL IMPARCIAL completaba mis argumentos y con su lógica me afirmaba en mi decisión. No, yo no sería ya nunca más bruía, yo ya no sería tan cobarde que riadiece pleitesía a estúpidos convencionalismos, yo ya no sería obstáculo a que ese mal social tuviese remedio; yo ya militaba en esa legión que, por fortuna, se agrupa alrededor de la bandera levantada por EL IMPARCIAL y en cuyo lema se escribe: “Es indispensable acabar con ese honor de guardarropía, y poner las honras al amparo, no de una pistola, no de una espada, sino de la razón y de la ley”.
Yo ya comulgaba con el nuevo culto al honor verdadero erigido en dogma por EL IMPARCIAL.
Aun llegué a más. Más altruista aún que EL IMPARCIAL, que proclamaba la necesidad indispensable de buscar amparo para la honra en la razón y en la ley, renuncié a la ley que castiga, y con la razón me contenté, porque ya es bastante en esta vida tener razón, e innecesario me parecía apelar al castigo legal, por ser más hermoso el olvido sin pena que el perdón ella.
A veces sentía en mi ánimo dudas, comezones: pero siempre venían a mi memoria con su lógica abrumadora las palabras de EL IMPARCIAL, y si algo sentía era no ser el afortunado por él envidiado “que jamás a la brutalidad confiará su honor”.
E propósito de enmienda fue en mí decisivo y creyendo yo que militaba en filas formadas por la opinión toda, capitaneada por EL IMPARCIAL, hice en repetidas ocasiones pública profesión de fe antiduelista para cooperar a la obra del colega.
No. Nunca jamás podrá decirme nadie que mi honor era de guardarropía, como EL IMPARCIAL calificaba el honor de los duelistas, de los que su honra ponen al amparo de un arma, de los que se baten.
Mi decisión era inquebrantable. Yo ya no me batía.
Después de esto, un suceso imprevisto, inexplicable, me coloca en situación de agravio, de terrible agravio, frente a EL IMPARCIAL mismo, frente al colega que contribuyó a que yo modificase mi criterio, a que yo antiduelista fuese, a que yo del duelo abominase, y frente a ese insólito caso, yo ni puedo, ni debo, ni quiero abdicar de mi modo de pensar, porque esa abdicación equivaldría a renegar de mi conciencia y a rectificar lo que en estas columnas he escrito con mi firma, abominando del duelo, doliéndose de que alguien no tuviese arrestos para dar el ejemplo. Y todo por un miedo ridículo, por temor a la hostilidad de una opinión que se ríe de los duelistas cuando regresan sanos del campo, y que al presidio los quiere enviar cuando el azar – único dios del duelo – hace homicida al plomo al hierro.
Y por lo que se refiere a este caso particular ¿cómo enviar yo padrinos e iniciar una posible, aunque no probable tragedia, sin más argumento cierto que el llegar a saber si hubo o no hubo mensaje? ¿Cómo ir al terreno con un compañero tan antiguo como el director de EL IMPARCIAL [Luis López Ballesteros], del cual era yo tan incondicional amigo que hasta llegué a promover un escándalo parlamentario, seguido de obstrucción, encaminado a lograr que la vacante de Antequera fuese declarada como él deseaba? ¿Cómo cegarme hasta el punto de que él o yo tuviésemos para siempre el remordimiento de haber matado o lisiado a un amigo de toda la vida? ¿Cómo no poner templanzas a su cólera, a su impetuosidad de momento? ¿Cómo cerrar el paso a movimientos de reflexión, que seguramente han de hacerle reconocer su inmotivada injusticia y mi leal y serena actitud?
No; yo ni podía, ni debía, ni quería hacer nada de eso en holocausto a una galería de un centenar de personas, algunas de las cuáles hubiesen gozado mucho viendo como los dos nos peleábamos y que, a ser posible, aun desearían que los dos quedásemos en el campo, pues en ocasiones excita la envidia a bélicas empresas ajenas y no son malas plazas las que los dos disfrutamos.
No, yo, a Dios gracias, estoy a cubierto de falsas tentaciones, y a tal grado llevo mi frialdad y mi reflexión, que seguro estoy de que en el agravio más hubo pasión de momento, que a la amistad abre puertas, que inquebrantable propósito de inferir perdurable ofensa, que caminos señala al odio.
Ya sé yo que el camino es duro, espinoso, cruel; pero lo recorro gustoso. Ya sé yo que sobre mi lloverán diatribas por mi cobardía; pero no me importan, pues las diatribas que hoy reciba por ser cobarde serán la compensación de aquellas otras que sobre mí llovían cuando por lo contrario dieron algunos en calificarme desafiante. Y vaya lo uno por lo otro, pues lo uno y lo otro demuestran que en este mundo es imposible dar gusto a todos, y que unos chillan contra quien al campo va y otros claman contra quienes, aburridos y convencidos, en casa deciden quedarse mientras unos también claman contra uno por ser valiente, sin perjuicio de arremeter contra él cuando a fuerza de buenos consejos abdica de sus valentías.
Por todas esas razones, decidí hace tiempo no batirme y aun añadiría otras al caso concreto pertinentes, si no creyese que no son necesarias.
Yo creo que la opinión pública me aplaudirá, y aun creo más, pues creo que EL IMPARCIAL tendrá una verdadera satisfacción al ver que por fin ay una persona que, escuchando sus palabras contribuye con sus actos a ‘poner remedio a ese mal social, y que se decide a acabar con ese honor de guardarropía que pone las honras al amparo no de la razón y de las leyes, sino de una pistola o de una espada”.
Yo, como discípulo, no puedo abominar de las lecciones de mis maestros. Y no creo que EL IMPARCIAL me repruebe, pues él fue mi maestro y educó mi conciencia en este aspecto de la vida social.
Las anteriores líneas refiéranse a la cuestión en su aspecto social, y no estará de más que de la cuestión me ocupe en su aspecto periodístico, pues creo que es llegada la hora de que este extremo importantísimo sea por alguien abordado, para acabar con una costumbre que, si es muy cómoda para las Empresas y para los políticos, es, en cambio, muy perjudicial para quienes en la opinión de los periódicos confían y aun para los periodistas. A nadie aludo en concreto y nadie podrá darse por molesto, pues en términos generales, que están en la conciencia pública, trato el asunto.
Lo único intangible, hasta ahora, en España era la Prensa. De todo, de lo divino y de lo humano, para atacarlo y para defenderle, pueden ocuparse los periódicos, menos de sus colegas, como no sea para tributarles elogio desmedido, venga o no viniere a cuento.
Cuando un colega quiere dirigirse a otro para poner en claro asuntos que le convenga aclarar, debe por primera providencia, desprenderse de las armas, pues las polémicas son coartadas con la alusión personal ofensiva, sea o no justa, medio comodísimo de que el asunto sea relegado a lugar secundario. Con ese modo de proceder, no hay medio humano de que la verdad y la razón lleguen nunca a conocimiento del lector, pues ha sido costumbre no insistir sobre asuntos en el campo del honor dirimidos.
Y a tal extremo se ha llevado esa costumbre, que los periodistas hasta recurrían al duelo cuando otro colega emprendía campañas perjudiciales para los políticos que inspiraban los diarios, dándose con frecuencia lamentable, el caso de que el periodista que atacaba al excelentísimo Sr. D. Fulano se batiese con el que censuraba al Excmo. Sr. D. Mengano, sin más razón, ni fundamento, ni punto de honor que el haber salido el uno al paso del otro con media docena de insultantes desplantes para defender a su señor.
Y a eso a ese papel, se le ha concedido durante muchos años la categoría de acto plausible, como si el honor propio se fundamentase en defender por un sueldo o por una merced, el honor o la conveniencia ajenos.
Ya felizmente ha desparecido casi totalmente esa costumbre: pero todos recuerdan, y seguramente lamentan, los tiempos en que los periodistas se batían con sobrada frecuencia por cosas que, en realidad, a su honor no competían.
¿Por cuál razón hemos de estar obligados los periodistas a no poder a un colega, en uso de un perfecto derecho – y va de ejemplo – que un telegrama por él publicado es solo nuestro y por lo tanto, usurpado con notorio daño, que una información es inexacta, que una nota hecha pública de su tirada es fantástica, que determinada campaña es injusta? Los periódicos adquieren en parte su fama con la información: tienen el anuncio por su tirada, conquistan su crédito fundamentando la razón de sus escritos, y por tanto, la sinrazón ajena.
Y si eso es cierto ¿cómo no ha de ser lícito, empleando formas de cortés lenguaje, defender los intereses propios?
Pues no, no se quiera que sea lícito, y, por el contrario, no hay más que dos caminos. O ir al duelo, requerido por el insulto, o resignarnos al silencio como manso borrego, pues si el duelo se va, o cesa la polémica o está uno expuesto a tener tantos duelos como alusiones sean hechas.
Yo creo que eso es sencillamente intolerable, y que los diarios que no lo fían todo a la agresión son los primeros interesados en adoptar una determinación serena, para hacer imposibles las salidas de tono y para convenir en que los periódicos deben ser, no hojas en donde hallen cabida los insultos insólitos y extemporáneos, sino publicaciones en donde sean expuestas las razones necesarias. Yo no renuncio a tratar, ahora y siempre, con cortesía que al agravio nunca de plaza cuantos asuntos relacionados con otros diarios convenga tratar a LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA, por entender que es lícito y honroso defender los propios intereses y el restablecer la verdad sin cortapisas de ningún género y mucho más cuando la verdad es restablecida a requerimiento de parte.
Y de ese camino nada me separará, por que mi honor sólo recibirá agravio cuando pueda serme imputado un acto deshonroso por mí realizado. Quien coja del Diccionario, porque le venga en ganas, sin razón, ni motivo, ni fundamento, todo el repertorio de injurias en el consignadas, y sobre mí las vuelque, ni me ofende, ni me molesta, porque yo aspiro a obtener la consideración social por mis acciones y no por el calificativo ajeno, y he renunciado hace mucho tiempo a ser valiente, por haberme convencido de que la valentía no da ni un solo átomo de consideración social, y de que el ser capaz de matarse con el primero que se ponga en nuestro camino injuriándonos, no es título para ser invocado en ninguna hoja de servicios.
A ese valor renuncio, para ahora y para siempre. Y si el honor en eso consiste, también al honor renuncio.
Expuestas quedan las razone en que mi decisión descansa.
Y nada más. A quienes, por pensar como yo, me absuelvan, mi gratitud. A quienes, por pensar de modo distinto, me condenen, mi respeto.
Eso he aprendido con los años. A agradecer y a respetar.
Y no es poco.
Leopoldo Romeo
ÉTICA PERIODÍSTICA
26-09-1907
Creíamos terminado el enojoso incidente surgido y desarrollado estos días entre LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA y EL IMPARCIAL. No sin cierta sorpresa – aunque el Sr. Romeo había anunciado la explicación de su actitud – encontramos anoche, ocupando tres columnas de LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA, un elocuente artículo de su director condenando el duelo y explicando al público las razones que tiene para no batirse con nadie, y, en este caso concreto, con el director de EL IMPARCIAL.
Grande es el asombro de nuestro amigo que jamás pensó en batirse con el Sr. Romeo, ni le ha provocado a duelo, ni ha hecho otra cosa que replicar a lo que estimó un agravio espontáneo, inmerecido, insistente y gratuito. ¿Cómo no ha de sorprendernos ver de todo en todo cambiados los papeles y trocado el ofensor en víctima y en retador al ofendido?
Los párrafos que sirven de lema al extenso alegato del Sr. Romeo, y luego de motivo principal a todos sus razonamientos corresponden a un artículo cuyo autor es precisamente el director de EL IMPARCIAL. No hay que decir si estará conforme con su letra y espíritu quien puso en su redacción toda la sinceridad que suele poner en lo que escribe. Con esa misma sinceridad diremos a D. Leopoldo Romeo, que nos parece que exagera un poco al hablar de ‘terribles agravios y al suponer que no batiéndose con quiera jamás ha pensado en ello, comienza a recorrer algo así como un calvario – para usar sus palabras: “un camino duro, espinoso y cruel…”. ¡Por Dios santo, la cosa no es para tomarla tan a pechos!
Algo hay en todo esto que nos sobresalta y nos duele: y es que se trate de lanzar sobre nosotros el dictado de alborotados y quimeristas, cuando pro haber sido siempre respetuosos, urbanos y comedidos no hemos tenido nunca que ‘comprimirnos’ como ahora el señor Romeo, en penitencia de pretéritos y juveniles ímpetus.
Los hechos no pueden alterarse: son como son. EL IMPARCIAL no había molestado para nada a LA CORRESPONDNECIA DE ESPAÑA. EN cambio, este colega, un día y otro día no perdonaba ocasión de intranquilizarnos con los alfileres de su ingenio. Y por último, sin venir a cuento, sin nada que lo justificase, anochece una buena noche no discutiéndonos la propiedad léxica de un vocablo – eso quedó para última hora – sino afirmando que dábamos por recibida una felicitación que no ha existido, lo cual equivale a calificar de falsarios a los redactores de este periódico de impostor a nuestro buen camarada Darío Pérez, que nos transmitía esas palabras placenteras. Hacia LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA: nos ponía en ridículo ante nuestros lectores y nos creaba una dificilísima situación con los oficiales de nuestro ejército. ¿Era esto defender intereses propios? ¿Se afirmaba con este alguno de los derechos que con tanta energía recaba para la prensa D. Leopoldo Romeo?
Siendo esto así, y ante la insistencia del agravio, no es mucho que nuestra pluma estampase en las columnas de EL IMPARCIAL, no una terrible ofensa, sino un par de adjetivos algo duros y de los cuáles, a la verdad, después de leer lo que escribe D. Leopoldo Romeo, y apreciando lo que en su artículo hay de sincero y de noble, nos falta poco para arrepentirnos.