12 mayo 1926

Polonia: Un golpe de Estado devuelve el poder al mariscal Pilsudski que anuncia una ‘dictadura moral’

Hechos

Fue noticia el 12 de mayo de 1926.

Lecturas

Pilsudski es la principal figura de Polonia, vencedor de la guerra contra la URSS de 1921. 

Al mando de catorce regimientos el mariscal Joszef Pilsudski ocupó este 12 de mayo de 1926 la capital polaca y derrocó al gobierno republicano de Stanisław Wojciechowskiocupando la totalidad del poder. Desde hacía tres años Pilsudski vivía retirado en una residencia rural, mientras las instituciones democráticas se mostraron incapaces de dar una salida a la crisis económica y política que agita a Polonia.

El héroe de Vístula, que en agosto de 1920 consolidó la independencia polaca al derrotar y expulsar a las tropas bolcheviques, goza de un inmenso prestigio. Su frágil salud no le ha impedido anunciar su intención de hacerse cargo de las funciones de Estado y también de jefe del Gobierno.

En sus primeras declaraciones tras el golpe, Pilsudski, de sesenta años, anunció que se dispone con todas sus fuerzas a ‘purificar del todo Polonia’ por medio de ‘una dictadura moral’.

Pilsudski morirá en 1935. 

El Análisis

Pilsudski y la paradoja de la "dictadura moral"

JF Lamata

Con su entrada triunfal en Varsovia el 12 de mayo de 1926, el mariscal Józef Pilsudski ha impuesto no solo su autoridad, sino también su visión de lo que debe ser Polonia: un país fuerte, estable y libre de lo que considera el veneno del partidismo, la corrupción y la ineficacia. En nombre del «interés nacional», el héroe de la batalla del Vístula ha derrocado al gobierno legítimo del presidente Wojciechowski y se ha erigido en árbitro supremo de la política polaca, pese a mantener formalmente otras figuras como la presidencia de Ignacy Mościcki. Es el regreso del militar que salvó a la patria, pero ahora no como defensor de la legalidad, sino como quien la reemplaza por una moral superior, a su juicio indispensable.

Pilsudski ha declarado que encabeza una “dictadura moral”, un concepto tan solemne como ambiguo. Con ello, pretende separar su régimen del autoritarismo burdo de otras dictaduras militares, pero en la práctica asume un poder casi absoluto y relega al Parlamento a una función decorativa. Frente a la parálisis y el caos de la joven república, muchos polacos celebran su regreso como una medicina necesaria, aunque amarga. Sin embargo, esta fórmula —gobernar sin instituciones reales, pero en nombre de la ética— plantea una inquietante paradoja: ¿puede haber moral sin democracia? ¿O acaso Polonia, nacida como símbolo de la autodeterminación, corre el riesgo de perder su alma bajo el peso de su propio redentor?

J. F. Lamata