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Premio Planeta 2000 – Maruja Torres gana con «Mientras vivimos»

HECHOS

Fue noticia el 16 de octubre de 2000.

16 Octubre 2000

Multi-Maruja

Terenci Moix

Semana de doble júbilo: una vez más, Baltasar Porcel No ha ganado el Nobel y, en cambio, Maruja se lleva el Planeta. Luego Dios existe.Pero hay más. María Dolores Torres, Maruja en el siglo, deberá ser considerada bendita entre todas las mujeres porque viene a aportar una tregua de grandeza a esa letrina en que han quedado sumidas las letras indígenas, donde pudiera parecer que todo el monte es «sabor a orégano», y además del malo. En esta época en que los ordenadores se nos rebelan imponiéndonos novelas no deseadas -y mucho menos por la literatura-, en ese instante en que una imagen cursi y a menudo kitsch vale más que mil palabras de sabio, en este Getsemaní de la inteligencia, es un placer que un premio vaya a alegrar la madurez de una de esas autoras que dominan el ordenador, como antes la Olivetti y, como siempre, a la vida. O, como me dijo anoche Virginia Woolf en un escape de onanismo mío: «It couldn’t go to more deserving hands».

Será, no lo duden, un premio muy popular, porque Maruja es muy querida, aunque no parece un premio que la oficialidad andante desee respaldar. Las alegres chicas del Opus no irán con flores a María a celebrar el evento. Lo tiene crudo la editorial si espera que lo presente el duque de Lugo como cuando celebra una cachupinada el marqués de Iria Flavia, señor Castaño en el siglo. Y dudo de que entre los telegramas de felicitación se encuentre el de Pujol Imperator (cuando yo gané el Planeta, no me mandó ni una mala butifarra. Por eso voy por la vida con la cara alta).

Es un premio que no nace para esta grey, sino para los colegas de Maruja -en muchas redacciones habrá satisfacción-, y sobre todo para la pléyade de lectores anónimos que han reconocido en ella lo mejor de sí mismos. Hablo, pues, de la Maruja que aporta al Planeta la esquizofrenia apasionante del escritor moderno; una carrera sudada paso a paso, un aprendizaje continuo, un Cafarnaún donde el pedazo lírico se mezcla con la precipitada entrevista a una folclórica o el reportaje de guerra o el desgarro por los que sufren y, siempre, el delirio de la confesión íntima. Es una literatura de mala baba acumulada en la indignación ante la estupidez de la vida, en la obligación de aprender sobre la marcha, en la soledad indescriptible de las largas noches creyéndose incomunicado para descubrir, de repente, que a lo largo de los años has ido estableciendo la más hermosa comunicación que puede serle concedida a un ser humano. La íntima, casi sagrada comunicación que sólo la letra nos daba a quienes tuvimos que hacernos entrar la letra con sangre. Porque de la Maruja múltiple, la de los libros y la de EL PAÍS, la de Por Favor, la de Fotogramas, la de Cambio 16, lo sabemos todo, pero la Maruja que retrata la novela del Planeta es tributaria de aquella María Dolores que salió a comerse la vida y la cultura todo a un tiempo; de la quinceañera que buscó, en la cultura que su ambiente le negaba, un lugar en el mundo. El más alto, si se me permite esa reiteración, acaso anticuada.

El premio de Maruja Torres reivindica a mi generación: los que aprendimos que un sello numerado con el Siete por Ingmar Bergman era preferible a los sellos que hoy reproducen a Antonio Banderas, Alejandrito Sanz y Julio Iglesias, como iconos de la nueva cultura. Es posible que gracias a Maruja y a tantos más podamos seguir confiando en que la gilipollez, la impostura, el lifting continuo, no sigan siendo bienes de interés nacional, como dicen los próceres que lo es el fútbol. Y como sea que ésta es la mediocre, apestosa España del fin del milenio, ¿qué mejor Planeta que el que lo cierra casi con una agresión?

16 Octubre 2000

Un tesoro al desnudo

Miguel Mora

Apasionada y ardiente. Bufa y bruta a partes iguales -depende de lo que pida la ocasión-. Clara, cinéfila y curranta -escriba de lo que escriba-. Desprendida -incluso en cosas en las que nadie lo es-, y un poco dadá, cuando toca. Efectiva -y efectista también, why not-. Furibunda, si debe: casi siempre. Guerrera -incluso, o sobre todo, con los jefes- y, la mayor parte de las veces, genial. Hiriente -porque puede-. Incisiva -hasta en el elogio-. Jacarandosa y jonda -así por su rótula como por su prosa-. Kolega (de sus kolegas). Liberada -hasta del feminismo-, libertaria, luchadora y lusa -por oposición a ilusa, y por ese deje poético que, a veces, se le escapa cual lagrimón involuntario-. Llegadora -porque llega, a mucha gente, y porque, como dicen en la radio, tiene mucho gol- y llaguera -de poner el dedo en-. Maestra -primero, de periodismo; luego, de columnismo; de la vida, siempre; y desde ahora, quizá, de novelistas-. Pícara -mucho más fuera de sus textos que en ellos-. Querida -y odiada: por los mediocres y los burócratas: por los tristes-. Reidora -enorme, a carcajadas, a manojitos-. Sibarita -para el cava y los amigos- y solidaria solitaria. Tarambana -la más, si de celebrar se trata-. Única -un ejemplar, un ejemplo-. Vencedora -del Planeta 2000, sí, y de tantas guerras, laborales, domésticas y de fuera-. Xarnega -ejerciendo, con un par, y a mucha honra-. Zublime (a ratos). Y, por fin, last but not least, yonqui: de la conversa, la inteligencia, la justicia, sus ahijados y su perro, Tonino. En dos palabras, Ma-ruja. Felicidades, profesora.

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