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Rafael Calvo Serer y Antonio García-Trevijano piden que Don Juan Carlos renuncie a acepar el trono mientras siga vivo su padre

Presión de los colaboradores de Don Juan de Borbón Battenberg para que acepte enfrentarse públicamente a su hijo, el príncipe Juan Carlos, a través de LE MONDE

HECHOS

  • El 11 de enero 1974 la prensa se hizo eco de un artículo de LE MONDE de D. Rafael Calvo Serer pidiendo a D. Juan Carlos de Borbón que renunciara a ser el sucesor de Franco en favor de su padre D. Juan de Borbón.
  • El 9 de junio de 1974 D. Juan de Borbón rechaza tras una reunión con el príncipe D. Juan Carlos de Borbón firmar un artículo en LE MONDE contra su hijo.

D. Emilio Romero Gómez en Pueblo y el seudónimo ‘Hispano’ en El Alcázar publican sendos artículos criticando a D. Juan de Borbón Battenberg ante la posibilidad de que encabece la plataforma de oposición Junta Democrática de España creada por el Partido Comunista de España con el apoyo de D. Rafael Calvo Serer y D. Antonio García-Trevijano Forte. El periódico ABC dirigido por D. Torcuato Luca de Tena Brunet publicará un editorial de apoyo a D. Juan de Borbón Battenberg sin citarle

LOS ARTÍFICES DE LA CAMPAÑA MONÁRQUICA CONTRA JUAN CARLOS

D. Antonio García-Trevijano y D. Rafael Calvo Serer son los principales colaboradores y asesores de Don Juan de Borbón ‘Conde de Barcelona’ en la campaña contra su hijo D. Juan Carlos. Los Sres. Trevijano y Calvo Serer propusieron formalmente en nombre de Junta Democrática a D. Juan de Borbón Battenberg que firmará un artículo en LE MONDE contra la decisión de su hijo de aceptar la Corona mientra él siguiera vivo.

POLÉMICAS ENTRE PERIÓDICOS

La mayoría de diarios españoles desde el aperturista YA al inmovilista EL ALCÁZAR (‘Un Conde, a la caza de las brujas’) reprocharon la actitud del Conde de Barcelona Don Juan de Borbón y sus colaboradores de conspirar contra la sucesión oficial a la Jefatura del Estado encarnada en su hijo, Don Juan Carlos de Borbón. El periódico ABC era el principal órgano defensor de Don Juan de Borbón aunque llevando acabo la original actitud de intentar defender a Don Juan de Borbón tratando de evitar con ello criticar a Don Juan Carlos.

11 Enero 1974

¿QUÉ EL PRÍNCIPE RENUNCIE SUS DERECHOS?

YA (Director: Alejandro Fernández Pombo)

Que don Juan Carlos renuncie sus derechos en su padre para que el día de mañana pueda ser, después de éste, rey de todos los españoles. Nada menos que todo esto dice en un artículo en LE MONDE don Rafael Calvo Serer.

Su artículo ofrece innumerables motivos para el asombro. Somos muchos los españoles que esperamos (y precisamente del nuevo Gobierno, de ‘franquistas sin ideología’, según les llamada), y en vida del actual Jefe del Estado, los pasos decisivos en el proceso de institucionalización que en su día permita al Príncipe ser cuanto el señor Calvo Serer pide que sea el futuro rey, pero por donde puede y debe serlo.

Y por donde hemos querido los españoles; pero bueno será recordar que en una decisión plebiscitaria, cuya autenticidad no ha sido seriamente discutida por nadie, el pueblo español votó la Monarquía, y que sus representantes votaron luego la persona de don Juan Carlos, viendo en esta designación (cuyo acierto ha ratificado la ejemplar actuación posterior del Príncipe) la eliminación de la máxima causa de incertidumbre para el día de mañana.

24 Enero 1974

UN CONDE, A LA CAZA DE BRUJAS

EL ALCÁZAR (Director: Antonio Gibello)

Distante, irónico y metafórico, todo ello bien empastado por los sutiles aires gaditanos y por el poso impalpable de los años, don José María Pemán ha advertido desde la hierática tercera página de ABC: “Nuestras Leyes Constitucionales han entrado en sus últimos meses de gravidez. Van a parir. No creo que seremos defraudados; ni que, como ocurre en la fábula de Esopo, la montaña dé a luz un ratón”.

¿Qué van a parir tan pronto las Leyes Fundamentales? Para determinados sectores, el parto más esperado es el de las reglas de juego, de ‘juego limpio’ que dice Pemán, de la participación política. La incóngita, sin embargo, reside en él cómo hacer práctica y responsable la participación política del pueblo. Del pueblo y no de la ‘opinión pública’ que pretende el tecnopopulismo de la firma comanditaria Tácito, iniciando un escamoteo de principio tan poco confortante como consecuente con su ideología.

Hay unas maneras revolucionarias de pretender la participación del pueblo en las tareas políticas. Y acaso éstas sean las más consonantes con el periodo de crisis en que la humanidad está metida hasta los converjones. Pronosticada en fecha reciente el profesor Fueyo Álvarez, como desembocadura de la crisis actual, una situación revolucionaria en Europa, a través de la cual Europa podría salvarse. Pero ésta es, sin género de dudas, la única solución europea que no gusta a los europeístas de la democraica neocapitalista. Para ellos, la europeización de España ha de hacerse de acuerdo con los moldes que ya crujan por desguace en Europa. De seguir a nuestra inteligencia europeizante, por enésima vez llegaremos tarde y maltrechos.

No sabemos si la situación revolucionaria que ventea el profesor Fueyo Álvarez hará de la Europa hasta ahora subordinada a USA, una Europa subordinada a la URSS o si conducirá al descubrimiento por Europa de una democracia social, en la cual la participación del pueblo se haga efectiva a través del dominio por el pueblo de los resortes primarios de su libertad, que no son precisamente, ni los partidos, ni los sindicatos convencionales. Resultaría chusco, en esta segunda hipótesis que España llegase a Europa con un trabajito democrático de la ‘belle epoque’ cuando desde muchos lustros antes podía haberse enfundado la elástica de la nueva sociedad.

Otras cosas, no obstante, pueden parir a corto plazo las Leyes Fundamentales. Y no precisamente porque el régimen de constitución abierta existente en España, más conforme a su tradición popular que al constitucionalismo liberal absolutista importado de Europa, permita la posibilidad de innovaciones, según perjuzga don Emilio Romero con palmaria inoportunidad política. Sino por estar suficientemente en claro que el Jefe del Estado se está moviendo adelante con su desconcertante consecuencia, sin salirse un ápice de las previsiones constitucionales. Un análisis objetivo de los desarrollos todavía inéditos de las Leyes Fundamentales, en lo que respecta a la estructura institucional del Reino, permite concretar cuáles son los cerrojos que restan por descorrer y las garantías de continuidad que quedan por consolidar.

Don José María Pemán, príncipe de la ingeniosidad político-periodística, da a entender que sabe por dónde va el parto esperado. Pero a fuer de ladino y escarmentado, juega una vez más la travesura de la levísima y equívoca insinuación.

No sucede lo mismo con el conde de Barcelona [Don Juan de Borbón], quien acaba de romper en París, de manera un tanto estrambótica, un prudente silencio que había permitido a muchos acallar el recuerdo de anteriores y penosas extroversiones políticas. Don José María Pemán, tan ligado durante años al conde de Barcelona, en su consejo privado pudo haberse deparado un inapreciable magisterio de sutileza. Pero si antes no pareció aprovechar tan aleccionadora proximidad, menos puede servirle tan útil muleta dialéctica, habiéndole despedido, junto con los restantes compañeros de fatigas. ‘Después del 19 de julio, les eché a todos’, ha dicho el Conde de Barcelona en París, con desgarro casticista refiriéndose a quienes tan incómoda lealtad le demostraron.

El Conde de Barcelona, según su ayudante, ha ido a Europa de cacería. Y la caza parece ser la razón formal de ‘sus entrevistas con personalidades políticas’. Cabría preguntar: ¿Qué va a cazar el Conde de Barcelona a Europa? La duda comienza con la noticia de los tres ‘secretarios’ que le acompañaban: los señores Calvo Serer, García Trevijano, Rodríguez de Aragón y Cia. No son, precisamente ‘secretarios’ para cazar inocentes gacelas. Aunque sí podrían dar testimonio de una afirmación insólita del Conde de Barcelona: “Creo que los Partidos Socialistas y Comunistas europeos se han aburguesado”.

¿Será que el Conde de Barcelona escuchó el profesor Fueyo Álvarez y va a recomendar a las ‘personalidades políticas europeas el camino de la nueva revolución?

Puede resultar que el Conde de Barcelona pese a haber echado a don José María Pemán como a una criada, haya aprendido de él a ventear la criatura que pronto van a parir las Leyes Fundamentales. Y que, a juzgar por los secretarios elegidos para la cacería europea, no le satisfaga lo que sabe o presiente de ella. Mal asunto, sin embargo, que se lance por Europa a la caza de brujas en un instante en que las ratas del albañil político vuelven a la superficie, ansiosas de la depreciación del Reino, a cuya jefatura está llamado su hijo por las Leyes Constitucionales. Y que, además, lo haga en compañía de quienes son tan gratos en el albañal.

Aunque en algunos aspectos no deje de ser bastante aproximativa la metáfora carismática del dedo creador de Jehová, utilizada por Pemán, el conde de Barcelona parece no haberse percatado de algunas realidades bastante simples y enterizas.

La primera de ellas es muy elemental: en España apenas si hay unos pocos ‘monárquicos tradicionales’ a quienes conservamos como oro en paño cuidándolos con extrema delicadeza para que no se constipen, pues, dada la rareza del espécimen, no es cosa que la polución política arramble con sus últimos vestigios. El coto de Doñana de la ‘monarquía tradicional’ debe ser preservado en beneficio de los políticos investigadores del Derecho Político.

Quiere decirse que el Reino no ha sido una restauración de los monárquicos tradicionales, sino una instauración de los españoles de nueva estirpe. Por eso ha debido llegar a través del referéndum. La instauración de un Reino popular sí que requiere la legitimación de un referéndum, sin el cual podría dudarse de su estabilidad fundamentada en el consensus del pueblo y no en el dedo de Jehová.

Tampoco parece haberse percatado el Conde de Barcelona de un hecho consustancial a la instauración refrendada del Reino: ante la Ley de Sucesión era equivalente su opción a la de su hijo. Pero una vez que las previsiones de la Ley de Sucesión recayeron en el Príncipe Don Juan Carlos, el Conde de Barcelona quedaba reducido, ante las Leyes Constitucionales y ante el pueblo, a una mera posibilidad de candidatura para el caso de que aquel, por una pirueta imprevisible del destino, no llegase a reinar. Opción, por supuesto, que el pueblo decidiría conforme a las Leyes Constitucionales y no al dictado del dedo de Jehová.

Es evidente, sobre todo tras la reciente prueba de madurez constitucional ofrecida por el Estado español y el pueblo del que recibe su soberanía, que existen motivos suficientes para esperar nuevos desarrollos confirmatorios de las Leyes Fundamentales, susceptibles de eliminar las últimas lagunas temporales del continuismo y de clausurar de manera inequívoca el camino a especulaciones poco gratas al común de los españoles. Entre ellas, aunque no sólo, las derivadas del tenaz y tosco inconformismo legitimista del Conde de Barcelona.

El legitimismo monárquico de corte liberal concluyó en 1931. Muchos años después se instauró un Reino de nuevo porte, en un marco constitucional legitimado por una guerra, que en la historia de la humanidad, para bien o para mal, ha sido la más normal partida de nacimiento de los regímenes políticos. El Príncipe Don Juan Carlos es, a todos los efectos, cabeza y origen de una nueva legitimidad hereditaria. Y si por un azar del destino, que nadie con sano juicio desea en este país, no llegase a consolidarse a ese mecanismo de la Ley de Sucesión debería ponerse en marcha con todo rigor, para que resultara lo que conviniera a la soberanía del pueblo. Lo cual podría desconocer incluso cualesquiera ramas de la dinastía de que se siente depositario, por cuenta propia el conde de Barcelona. En el caso de que alguien de esa familia, con datos inequívocos de idoneidad conforme a las previsiones de la Ley de Sucesión, aspire a poder ser considerado afín a la nueva Casa Real española, lo mejor que puede hacer es rogar a Dios que se cumplan las expectativas sucesorias en la persona del Príncipe Don Juan Carlos.

Si, como ha dicho en París el conde de Barcelona está ‘al servicio de España’, el mayor servicio que podría hacer es el de callarse y dedicarse de verdad a la caza deportiva y a sus aficiones náuticas, largando amarras del turbio espacio político en el que hace su reaparición, como si para él, pese a la madurez de su edad, no fuera aleccionadora la experiencia de sus devaneos anteriores.

Don Juan Carlos, rey de una democracia social con aspiraciones de participación popular de porte revolucionario, es la única opción monárquica que abe en la España del cuarto final del siglo XX. Lo demás no pasa de ser un peligroso juego de fanta-política.

Hispano

24 Junio 1974

LO DE PARIS

Emilio Romero

Con ser sorprendente y en cierto modo grave la actitud de Don Juan de Borbón en París en unas declaraciones – que por responsabilidad y respeto a cosas más serias hemos ofrecido solamente en parte – no incitaba al comentario. Nos saca, sin embargo del silencio mantenido y preconcebido el artículo de ‘Hispano’ publicado ayer en EL ALCÁZAR, con cuyo objetivo de fondo coincidimos, y hacemos al tiempo objeción de su irritación innecesaria, de ciertas alusiones gratuitas y de su escasa contribución a tratar positivamente – pensando en quien se debe pensar – el gran tema sucesorio. Exponiéndonos a otra nueva irritación – esta vez contra nosotros – decimos a nuestro colega de observación, con toda cordialidad, de un tono en muchos de sus artículos, que dan la impresión de una sensibilidad parecida a la de aquellos a quienes se les pisará metódicamente un callo. El asunto, a nuestro parecer merece un tratamiento más sereno y menos dramatizante, aunque contenga severidades irreemplazables.

La posición reticente y desconfiada del Conde de Barcelona es antigua. Es agua pasada. Podría imputarse su ignorancia de la realidad española a su alejamiento de la nación, a la defectuosa información de algunos de sus consejeras y a la pasión política de otros. De todo ha habido. Pero el caso es que en la extensa lista de ellos han figurado personalidades de intenta circulación política por el país algunos han sido ministros, y otros han ofrecido sus consejos después de serlo. Estoril ha sido siempre más que una tropa – aunque fuera una tropa académica – que una esperanza. Hasta 1969 las posibilidades de reinar de Don Juan de Borbón figuraban al lado lícitamente al lado de otras. Solamente la clarividencia de su hijo, el Príncipe de España, vino en observar que donde únicamente se podría defender la continuidad en el Trono de los descendientes del último monarca don Alfonso XIII era en Madrid y en el cauce del fértil regadío político e institucional del Régimen. Nunca el Príncipe de España tuvo otro cometido preferente que el de facilitar las cosas mediante la opción realista y efectiva de La Zarzuela. Allí quedaba la otra opción de Estoril con otros personajes y otros objetivos. El tratamiento del Príncipe Don Juan Carlos a sus cuestiones delicadas en el intramundo del Régimen, y a la sensibilidad probablemente mortificada de su padre, ha sido ejemplar. Era un equilibrio difícil. Ese ha sido precisamente el origen de la esperanza que representa. Se ha ganado a pulso el respeto del país. El destino histórico de España ha estado siempre bien trazado por la realidad de sus instituciones, la evidencia de un Estado construido la asistencia de las fuerzas políticas generadas en este tercio de siglo, y por el respaldo de grandes sectores de la nación.

Las circunstancias del 22 de julio de 1969, fecha de la designación del Príncipe Juan Carlos como sucesor de la Jefatura del Estado, aconsejaron a su padre Don Juan de Borbón, a aventar su Consejo y a aceptar de la manera que fuere, esta realidad. Retenía el derecho de legitimidad de familia a efectos sucesorios de su persona seguramente esperando el acontecimiento definitivo de la ascensión al Trono de su hijo. ¿A qué otra cosa podía esperar?

Entonces algo ha sucedido en la conciencia del Conde de Barcelona que le aconseja tomar esa extraña actitud. El suceso del 20 de diciembre y el nuevo rumbo de los acontecimientos políticos, con el nombramiento de un nuevo Presidente del Gobierno y la constitución de su Gabinete tienen que haber sido factores de excitación del heredero de don Alfonso XIII. Hasta aquí nuestras hipótesis. No puede haber otras. Pero se ha producido el hecho lamentable y revelador de la presencia a su lado en París de esos dos conspiradores galdosianos llamados Rafael Calvo Serer y Antonio García-Trevijano, cuyos cuadernos de aventuras políticas pueden merecer editores de libelos o de literatura excitante, pero sus personas deben estar a cien leguas de cualquiera que estime su responsabilidad política o histórica. La proximidad del señor García-Trevijano, brillante dinamitero de un periódico de Madrid [Diario MADRID], con el famoso y admirable L´EXPRESS es conocida. Precisamente Servan-Schreiber, mentor político en época fulgurante de esa revista, vino a España del brazo de García-Trevijano. La nota que ahora acaba de publicar Edouard Bailby en esa revista es delirante. El vagabundeo de Rafael Calvo Serer por las organizaciones políticas europeas y americanas más proclives a la desfiguración española no es parecido en su indignidad al comportamiento de tantos exiliados españoles a lo largo de siglo y medio de inestabilidad política interior. Ha habido a lo largo de la historia, desterrados insignes, que han sido dignamente tenaces en sus ideas y ejemplares en sus conductas y que a veces, como Unamuno, han universalizado a su país. La reacción de buena parte de la Prensa extranjera ante la constitución del nuevo Gobierno solamente podría tener parecido a otro momento de la historia contemporánea, si es que nos remontamos a los años siguientes a la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Reacción, por otro lado impropia en virtud de una situación bien diferente de España en las instituciones organismos y círculos internacionales. Alguna parte de esta reacción habrá de imputársele a estos y a otros corredores interesados de siniestralidades inexistentes. Es de esperar que el Gobierno medite sobre las causas y los remedios de estas cosas.

A propio intento queremos dejar en un segundo plano la figura de Don Juan de Borbón; no nos invitamos a ningún dicterio, precisamente porque lo que se nos ocurre en este instante es acercarnos todavía más con nuestro respeto, lealtad y esperanza al Príncipe de España. Nadie debe dudar que las absurdas palabras del Conde de Barcelona están promovidas por una preocupación – naturalmente injustificada – respecto a su hijo, y que deben ser miedos y ambiciones que le soplen al oído. Sobre esta realidad de las relaciones padre e hijo y que a veces no prejuzgan ni configuran la Historia, no nos apetece dar ningún leño ardiendo. Lo que nada puede contribuir a cambiar nada, ¿a qué entretenerse en su enredo? Es verdad que sobre los designios de Dios nadie puede poner su mano, pero en las previsiones políticas enmarcadas en el trazado constitucional no se pueden incluir los temores y las conjeturas como elementos validos. Seguramente lo único verdadero y prudente sería reflexionar sobre la propia sucesión del Príncipe don Juan Carlos en la persona de su hijo, y hasta meditar para el futuro sobre el tope de edad para reinar. Pero estos serán siempre temas para sustanciarse en los propios mecanismos creadores y de perfectibilidad del Régimen. En resumen nunca lo de París puede ser otra cosa que el exponente de una contumacia acreditada.

Finalmente y también con toda cordialidad que se disponga a aceptar nuestro colega, estima sin venir a cuento respecto al tema que trata como ‘palmaria inoportunidad política mi reciente opinión de que en su día y no ahora – la revisión constitucional está al alcance de los españoles, naturalmente a la manera como se establece en las Leyes. La explicación es ociosa. Está prevista la posibilidad de revisión o perfeccionamiento, excepto la Ley de Principios: y con acierto señala el colega que la Constitución es abierta. Pues si es abierta, ¿a qué viene su objeción? ¿Y cuáles son las credenciales de EL ALCÁZAR para definir la inoportunidad Supongo yo que será su real gana, que es actitud lícita, respetable e ibérica Pues esa es la mía para sostener todos los extremos de mi último artículo.

Emilio Romero

27 Enero 1974

EL ALCÁZAR Y LAS BRUJAS

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Brunet)

El vespertino EL ALCÁZAR publicaba el pasado jueves [24 de enero] un triste artículo que era sólo una agresión personal a un español, ejemplo admirable de patriotismo en las más difíciles circunstancias. En medio de su ojeriza incontenible, desliza EL ALCÁZAR el siguiente párrafo: “En España apenas si hay unos pocos monárquicos tradicionales a quienes conservamos como oro en paño, cuidándolos con extrema delicadeza para que no se constipen, pues, dada la rareza del espécimen, no es cosa que la polución política arramble con su último vestigios. El coto de Doñana de la monarquía tradicional debe ser preservado en beneficio de los investigadores del Derecho Político”.

Pues bien, el punto VII de los Principios Fundamentales del Movimiento (1958) establece precisamente, como forma de Gobierno en España, la Monarquía Tradicional, católica, social y representativa, que en 1966 fue votada en el referéndum de la Ley Orgánica por más del 90% de los españoles. ¿Qué insinúa entonces EL ALCÁZAR: que aquel referéndum estuvo amañado?  ¿O es que tal vez el colega confunde el número de sus lectores con el de los partidarios de la Monarquía tradicional? A ésos sí, a los lectores de EL ALCÁZAR, sí que conviene cuidarles con extrema delicadeza para que no se constipen, dada la rareza del espécimen.

Otro colega vespertino, PUEBLO, con más ponderación y menos excitación que EL ALCÁZAR, manifiesta su preocupación por el hecho lamentable y revelador de la presencia a su lado (al lado de la personalidad agredida por EL ALCÁZAR), de esos dos conspiradores galdosianos, Rafael Calvo Serer y Antonio García Trevijano. Estos señores ni estuvieron presentes en la audiencia privada a los corresponsales españoles (audiencia concedida ‘off the record’ para no publicar nada), ni siquiera estuvieron presentes en el hotel mientras se celebraba. Fueron recibidos en otra ocasión, como tantos españoles residentes en París. Ligera, sorprendentemente ligera, nos parece la información de PUEBLO.

17 Junio 1975

LAS DECLARACIONES DE DON JUAN DE BORBÓN

YA (Director: Alejandro Fernández Pombo)

Don Juan de Borbón, conde de Barcelona, ha roto su silencio de tantos años (que explicaban no sólo razones políticas, sino familiares, especialmente apreciadas por un pueblo con la sensibilidad del nuestro) para presentarse como depositario ‘del tesoro político secular que es la Monarquía española’ y ponerse ‘a la disposición del pueblo español’ a quien corresponde la iniciativa de la restauración ‘cuando pueda hacerlo’.

No necesitamos encarecer la significación de esas declaraciones con vistas al futuro.

No nos referimos al momento de la transición en la Jefatura del Estado, pues a este respecto las leyes son terminantes y la personalidad del Príncipe de España está suficientemente definida ante el país; pero sería el colmo de la candidez ignorar lo que, para una oposición que repudia de antemano cuanto suponga continuidad reformadora y no derrumbamiento, puede significar la actitud que comentamos.

Su precedente lo puso el mismo conde de Barcelona, cuando dio por seguro el fin del Régimen como consecuencia del desenlace de la segunda guerra mundial y se apresuró a presentar una alternativa para reemplazarlo. ¿Cómo puede estar ahora seguro de no repetir el error de entonces? Pero, sobre todo, ¿Cómo pensar que él pueda representar una alternativa de poder viable, atendidas las circunstancias y la polarización de las fuerzas políticas?

Quien rechace la Monarquía del Príncipe no piense que lo puede hacer en nombre de la Monarquía de Don Juan, sino de la República. Porque nosotros tenemos fundamentalmente lo que esta fórmula podría traer y porque siempre hemos estado contra la conversión en problema capital del de la jefatura del Estado, cuando creemos que para el país los problemas reales y auténticos son otros, tenemos que deplorar las declaraciones que comentamos. Pensamos que quienes se sientan monárquicos deben considerar que o aceptan la Monarquía del Príncipe o no será fácil que tenga ninguna.

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