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Primarias EEUU 1980: Carter derrota a Ted Kennedy y consigue la candidatura Demócrata y Reagan se impone a Anderson para la Republicana

HECHOS

En el verano de 1980 se celebraron las Convenciones para la elección de candidatos a la presidencia de los Estados Unidos.

LOS DERROTADOS

Edward Kennedy «Ted», candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, trató de disputar al presidente Carter la candidatura demócrata. A pesar de la fama por ser hermano del ex presidente John Kennedy y el ex candidato Robert Kennedy, no logró la candidatura y fue derrotado por Carter.

Pat Anderson, candidato del Partido Republicano del sector más liberal de Nelson Rockefeller, tras ser derrotado por Reagan en las primarias abandonó el partido y presentó su candidatura como candidato independiente.

30 Septiembre 1979

La sombra del Watergate

EL PAÍS

LAS PRIMERAS fintas entre Edward Kennedy y Jimmy Carter para alcanzar la designación de su partido, el demócrata, para la candidatura a la presidencia son más anecdóticas y pueriles que profundas. Otros nombres pueden surgir de aquí a la convención; hasta ahora, ninguno ofrece, tampoco, particulares atractivos. El extenso y cada vez más concreto tema del desencanto se ha ido agrandando también en la sociedad estadounidense. Quizá fue ésta la primera en percibirlo y manifestarlo, vulnerada por dos hechos dolorosos: el asesinato del presidente Kennedy y la guerra de Vietnam (sus razones, su desarrollo, su pérdida).Así, una de las heridas más profundas en la carne americana ha sido la de la pérdida de sacralización de la presidencia: la serie de presidentes ineptos que sucedieron a Kennedy culminó con la elección y desprestigio subsiguiente de Nixon, caballo matalón que aún camina por rutas extrañas -la última, China, donde ha recibido un trato privilegiado-, que produjo al país el trauma más grave de su historia política: el caso Watergate.

Se puede decir que Carter está sufriendo todavía las consecuencias de Watergate, en el sentido de que cada uno de sus pasos y sus palabras se’miden ya sin ningún respeto, sin el viejo respeto con que antes se consideraba al presidente. Cierto que Carter se presta; sus comportamientos compulsivos, sus contradicciones, la debilidad de una doctrina que no se corresponde con unos actos, la continua hostilidad del Senado, la falta de resultados prácticos de sus supuestas grandes iniciativas, la fragilidad de sus frases, le han convertido en el presidente con menos adhesión pública que recuerda la historia. Incluso Nixon, en vísperas de su expulsión de la presidencia, contaba con un índice más alto en las encuestas de opinión pública. Las de Carter, ahora, oscilan entre un 19 y un 22% de respuestas favorables. Según las fuentes de las encuestas, siempre por debajo de Kermedy, que se dibuja corno un candidato muy posible en la convención demócrata. Era casi una constante histórica que el presidente en ejercicio mantuviera su candidatura, y fuese reelegido, al presentarse para el segundo y último término, al que autoriza la Constitución. La constante se rompió hace tiempo, y en el caso concreto de Jiminy Carter, el ejercicio del poder bascula en contra suya: su comportamiento le desgasta continuamente.

Tampoco está inmune Kennedy a la sombra de Watergate. Tiene su sombra propia; la de Chappaquidick -el lugar donde sufrió un accidente de automóvil que costó la vida a su acompañante femenina, la forma en que parece que conducía, la justificación de la presencia femenina y la falta de serenidad que tuvo en el momento; sobre todo, el intento de disfrazar y disimular los hechos- le persigue todavía, a pesar de que parece haber un convenío tácito con Carter para que este tema no se mencione en el enfrentamiento; acuerdo quizá impuesto por el Partido Demócrata, que no quiere ver a sus candidatos posibles destrozarse mutuamente por asuntos personales.

En Edward Kennedy ya no refulge el nombre de la familia: está gastado, a pesar de su juventud -47 años- y no despierta grandes pasiones. La sombra de Watergate le oscurece: no se cree ya en el carisma, y los aspirantes a presidente se consideran ya como personas sospechosas, en lugar de como personajes salvadores. Aun así, es probable que Kennedy fuese elegido en la convención; incluso es posible que Carter fuera obligado a retirarse antes. El Partido Demócrata teme, sobre todo, su propia caída: la pérdida de puestos en la Cámara y en el Senado, en los gobiernos de los estados.

Cierto que el Partido Republicano debería recoger más que nadie la sombra de Watergate, la caída, no sólo de Nixon, sino la de Agnew. Pero trata de recoger también el beneficio del desencanto. Ofrece candidatos más tersos, más de una pieza: conservadores puritanos, duros gobernantes. Parece que la dureza es uno de los recursos que las confusas sociedades de hoy quieren buscar al desencanto. Quizá el nombre del general Haig, y su condición, no ya de militar, sino de militarista, pueda prevalecer sobre el de algunos civiles. Pero sobre el desencante hay algo que Impera: el miedo a la guerra, el miedo a la aventura, a las pruebas de fuerza. Quizá ello desaconseje finalmente a los republicanos a presentar a Haig. Por el momento, bajo la presidencia de Carter, en plena crisis mundial -económica y de relaciones-, Estados Unidos no ofrece mas que cierta perplejidad, cierta inseguridad.

31 Octubre 1979

Kennedy: del pasado al futuro

EL PAÍS

EDWARD (TED) Kennedy no tiene en estos momentos, en que inaugura la carrera electoral para dentro de un año (el 7 de noviembre de 1980) nada más que 47 años: una excelente edad, incluso juvenil, para optar a la Casa Blanca. Sin embargo, su nombre tiene una resonancia antigua, gastada. Kennedy, el mito Kennedy, tiene algo más que añadir a la moda «retro», a las películas y el teatro del pretérito; es decir, a una protesta de nuestro tiempo.Lo es. Si nuestro tiempo es Carter, el retroceso hacia el mito Kennedy representa una negación, un volver a empezar desde un punto en el que todo se perdió. Una forma de refugio. Pero tiene que inquietar seriamente que el Partido Demócrata, Estados Unidos, no pueden ofrecer un impulso hacia el futuro, en vez de una defensa por la vía del pasado que nunca sucedió.

El apellido Kennedy tiene todavía un perfume, una aureola. Un perfume a rosas viejas, un aureola que pierde su resplandor. Levanta la evocación del tiempo en el que el otro Kennedy, el gran Kennedy, restauraba, a su vez, el liberalismo perdido -el de Roosevelt- después de la contracción de riesgo y sangre que ocuparon los nombres de Truman y Eisenhower; la de un momento en que, con Juan XXIII en el Vaticano predicando un catolicismo con rostro humano, en libertad de almas y en modificación de costumbres; con Krutschev borrando las huellas de Stalin en el hielo del comunismo soviético, se inauguraba una época en la que la coexistencia parecía algo más que las posibilidades de cortar una urgencia dramática por medio de un teléfono rojo. Había una esperanza, un conjunto de esperanzas; el mundo podría ser de otra manera.

Quizá todo ello pese en la candidatura de Ted Kennedy. Una sensación de regreso al mito del hermano muerto. Este Kennedy presenta todavía un rostro liberal, incluso una imagen «izquierdista», dentro de la relatividad de observación del conglomerado conservador que ofrecen hoy los poderes conjuntos de Estados Unidos. Es favorable a la aprobación por el Senado de los términos de desarme expuestos en la SALT II y el comienzo sin dilaciones de la fase siguiente; es partidario de una mejora general en la Seguridad Social y de una elevación de los impuestos progresivos. Se dirige incesantemente a las zonas menos favorecidas de la sociedad americana, se opone a los residuos de dictaduras en los países de las zonas de influencia. Todo ello, también, le hace aparecer como un superviviente del pasado. Un pasado que, por otra parte, y dentro de la superstición y el ritual con que suelen proceder los americanos al elegir a su presidente, es pesado: la vaga maldición sobre la familia, con dos asesinados -John y Robert-, con él mismo víctima, primero, de un accidente de avioneta, después de la pesadilla de Chappaquiddick, cuyo eco no sólo no se ha agotado en los diez años -justos-transcurridos, sino que va a recuperarse por sus enemigos políticos en este tiempo de la campaña doble -simultáneamente para la nominación en la convención demócrata y para las elecciones presidenciales, si traspasa aquélla.

La pálida figura del pasado cobra relieve y color al tener como fondo un enemigo tan actual como el que es ahora mismo el presidente de Estados Unidos, Carter, y al mismo tiempo que parece ya mucho más del pasado, mucho más de escayola descascan llada, que este Ted Kennedy.

Todo parece indicar ahora que los republicanos van a buscar un candidato conservador y duro. Y que la campaña, si Ted Kennedy sale adelante, y aun con el propio Carter, va a significar una bipolarización de Estados Unidos. Con el riesgo de que, al principio, dé la sensación de una ruptura grave dentro del propio partido demócrata.

04 Abril 1980

Carter, a la cabeza

EL PAÍS

LAS POSIBILIDADES de que el elector norteamericano se encuentre en un serio apuro de conciencia al votar en el mes de noviembre -«el primer martes después del primer lunes»- aumentan cada día. Elegir entre Carter o Reagan para dirigir el país en un momento de crisis nacional y de crisis internacional agudas no será una situación envidiable. Muchos lo resolverán inclinándose hacia «su» partido; pero la mayoría -inmensa- de la nación no tiene partido, ni siquiera una opción política predeterminada. Oscilan según los acontecimientos y su situación personal les aconsejen, y se dejan atraer por una cierta irradiación personal de los candidatos. En este caso, los acontecimientos y las situaciones personales están sujetos a una reconsideración casi diaria, y las personalidades de los candidatos del momento no irradian mucho de satisfactorio.Carter y Reagan, sin embargo, van progresando en las «primarias». El incidente de Nueva York, el de Connecticut (victorias de Kennedy) no son significativos. Wisconsin y Kansas han vuelto a poner la carrera de las candidaturas en los mismos términos en que comenzó. Carter tiene ya 852 compromisarios de su partido asegurados para la convención (necesita 1.666) y Reagan 390 (necesita 998). Es necesario advertir, sin embargo, que el sistema electoral norteamericano es enormemente complicado y que los triunfos en las «primarias» no suponen obligatoriamente la nominación en las convenciones. En primer lugar, las primarias son relativamente pocas: no se celebran en todos los Estados. En segundo lugar, en muchos de esos Estados los compromisarios elegidos no están forzados por una disciplina rígida y pueden cambiar de opinión en el curso de la convención, según vean las posibilidades de otros candidatos, o según la «maquinaria» del partido considere otras posibilidades que puedan serle más favorables en las elecciones presidenciales. No siempre, en la historia de Estados Unidos, las convenciones han designado al vencedor claro de las primarias. Y alguna vez ha aparecido, al final, el hombre inesperado -el dark horse, o caballo oscuro, en el lenguaje político-, que ha sopesado a quien ya parecía vencedor. Las primarias son indicativas y son, sobre todo, una forma que tiene el partido de escrutar la opinión pública. Quiere decirse con todo ello que Carter y Reagan pueden no ser los designados finales, y que lo que vaya sucediendo en el país y en el mundo puede modificar la sensación que hay ahora de duelo final entre estos dos caballos cansados y un poco decepcionantes.

Todo ello, naturalmente, sin subestimar su importancia. Carter tiene a su favor el hecho de ser presidente en ejercicio, que tradicionalmente -aunque haya excepciones- es siempre presentado por su partido para el segundo y último término presidencial; y tendrá también a su favor, en noviembre, la misma tradición -también con excepciones históricas- de que el presidente que repite su candidatura es elegido. Hay más datos en su favor. Uno de ellos es la moda antisoviética dentro del espíritu del neoaislacionismo americano. Otro, que el país tiene mayoría demócrata, como se viene demostrando en las elecciones para el Congreso y los gobernadores desde hace años. La ventaja de Reagan, dentro de su propio partido, está en la nulidad de sus oponentes. Si llega a las elecciones presidenciales, podrá tener también el beneficio de que la abstención ataca más a los demócratas, aun siendo mayoría en el país, que a los republicanos. Sin embargo, el Partido Republicano puede considerar, precisamente por el desarrollo de las primarias y de la opinión pública, que no es candidato suficiente para oponerse a Carter. De los dos hombres de cabeza en las primarias es el que tiene más posibilidades de verse desbordado a última hora, dentro de la misma convención de su partido, por alguien másjoven, menos gastado y quizá menos conservador.

Pesando estos datos, con la provisionalidad con que puede hacerse, dada la alteración diaria de circunstancia, y sólo con el abono de lo actual, podría hacerse el pronóstico de que Carter va a ser reelegido presidente de Estados Unidos. Podrá también suponerse que, una vez reelegido, aparecerá de una forma distinta a como es ahora: más sereno, más contenido. El tipo de tensión que está sosteniendo hoy será muy difícil de mantener cuando las elecciones hayan terminado. Todo esto es así hasta nueva orden; es decir, hasta que cualquier suceso de cualquier índole altere los datos. Y eso todavía puede suceder.

15 Julio 1980

La convención republicana

EL PAÍS

LA CONVENCION del Partido Republicano de Estados Unidos ha comenzado en Detroit: una ciudad angustiada ahora con la crisis de la industria del automóvil y muy proclive a favorecer una solución más de derechas respecto al poder actual, lo que ha de dar un ambiente favorable a los delegados de todo el país (en una crisis general), que representan la candidatura de Reagan, impulsada ya por las primarias. La nominación del viejo actor de Hollywood parece asegurada; el interés princípal radica en conocer su «plataforma», o programa de gobierno sobre el que ha de hacer la campaña electoral, y su compañero de candidatura para el puesto de vicepresidente, que, según la costumbre y casi tradición, deberá ser un liberal -dentro del partido conservador- para equilibrar y compensar.Ronald Reagan es un hombre cuyo reaccionarismo ha ido apareciendo y luego acentuándose paralelamente a su ascenso social. Hijo de viajante de comercio de origen irlandés, Reagan era un fanático de Roosevelt y del New Deal; permaneció en el Partido Demócrata mientras su trabajo de actor cinematográfico se mantuvo en papeles de segunda para pelícplas de tercera, y aún fue conocido como progresista dentro de las filas del sindicato de actores. La televisión, después de la guerra, le hizo popular, aunque nunca pasara de un John Wayne de imitación; comenzó a ganar dinero seriamente y a cambiar de bando. En 1952 ya apoyaba a Eisenhower, y en 1960, a Nlxon contra Kennedy. Aún daría más pasos en ese camino: se aproximó a la John Birch Society -una organización parafascista- y sostuvo la candidatura presidencial de Goldwater. Todo ello le valió el puesto de gobernador de California. donde se convirtió realmente en una figura de la extrema derecha, con no pequeña desolación de los liberales del partido. como Romney o Rockefeller. Desde ese puesto habló siempre de su pasado progresista como de una enfermedad: el «liberalismo hemofílico». según una frase que hizo famosa.

No solamente es muy probable que Reagan salga candidato oficial de esta convención, sino que las auscultaciones que se han ido haciendo a lo largo de la campaña de las primarias y en estos mismos momentos le consideran como vencedor de Carter. No hay que creer, sin embargo, a pies juntillas en este tipo de encuestas, y además hay una gran versatilidad actual en la opinión pública, que se deja llevar de los últimos acontecimientos más que del fondo de la cuestión. Pero la realidad es que la tendencia actual de Estados Unidos es la de una derecha muy marcada; Carter lo advirtió a tiempo y realizó un giro, pero no deja de aparecer como un impostor o un oportunista. Después de todo, la conversión de Reagan es de hace casi treinta años, y la de Carter, de hace unos meses.

Una posibilidad -casi inverosímil- del Partido Demócrata, si prefiriera dar por perdida de antemano las elecciones, sería la de correr el riesgo de favorecer a última hora la candidatura de Kennedy. Podría así presentar una verdadera alternativa y mantener su doctrina para cuando fracasara la política de fuerza del presidente Reagan. Pero como decimos, una cosa as! es casi imposible que suceáa ni existe ningún síntoma de que vaya a pasar.

En las elecciones de noviembre se juega no solamente la presidencia, sino puestos de gobernador, del Senado y de la Cámara, y no intentarán ganarlos los demócratas contra corriente. Tratarán además de utilizar la baza, siempre importantísima, de dejar correr esta carrera al candidato que ya es presidente.

En cualquier caso, el porvenir es inquietante, para Estados Unidos y para los países de su zona de influencia, como para la estabilidad del mundo. El dilema entre Carter y Reagan es lo suficientemente amargo como para favorecer -si finalmente se plantea en noviembre así- una considerable ola de abstenciones, ya de por sí muy abultada en el sistema americano. Las demandas para que sea el propio sistema el que sea reformado son cada vez más audibles en los círculos liberales e intelectualesdel Este. La impresión es que, de seguir las cosas como están, la extensión del desencanto será inevitable.

23 Julio 1980

El programa de Reagan

EL PAÍS

FIDEL CASTRO, desde Nicaragua; Breznev, desde Moscú, truenan contra la «plataforma» republicana y contra la personalidad derechista de Reagan, el cual devuelve fácilmente él bumerán: «Si Rusia quiere a Carter como presidente, es una razón más para que Estados Unidos vote contra él». Dentro de la opción conservadora que representa el Partidó Republicano, ha triunfado el ala más derechista. Kissinger ha sido acogido como un débil, como un entreguista: su período en la Secretaría de Esta do les parece a estos genios fuertes del viejo fondo del imperio como el origen de todos los males del país. Por tanto, fracasó el intento de que Ford fuese como vicepre sidente de Reagan -seria la primera vez que un antiguo presidente apareciera como vicepresidente- y la posibilidad de que Kissinger volviese a ocupar -en el caso del triunfo de Reagan- la secretaría de Estado. Pero la tradición, y la estrategia más consabida, requieren que cuando el candidato a la Presidencia sea un conservador, su compañero de ticket (de candidatura) sea un liberal -dentro de la relatividad-. La designabión de Bush responde a ese equilibrio, aunque su personalidad aparezca muy poco equívoca para el observador distanciado. Millonario tejano, admirador de Goldwater -el candidato republicano de 1964, mucho más a la derecha de lo que está hoy el propio Reagan-, hombre de Nixon, tuvo, sin embargo, dos cargos que te hicieron sospechoso a los ojos de los ultras de su propio partido: Ford le nombró representante en Pekín, para organizar la apertura hacia China, y luego le pulo al frente de la CIA, en la época en que se trataba de corregir, al menos aparentemente, los excesos de la etapa anterior. Sus relaciones con la Trilateral, que la izquierda de Occidente considera como un organismo del imperio americano, le hacen tambiénsospechoso de ínternacionalismo para estas viejas rocas del partido, que están exaltando en estos momentos -y es lo que primordialmente representa Reagan- un regreso al nacionalismo más cerrado, y el rechazo incluso de los aliados europeos díscolos. Pero todo mejor que Ford, y sobre todo, mejor que una reaparición de Kissinger, cuya condición de judío sigue siendo poco recomendable para los wasp (siglas de «blancos anglosajones protestantes»), que dominaron la convención y, en estos momentos, el Partido Republicano. Reagan ha llegado así, después de una larga carrera de actor secundario en el cine y la televisión, a un verdadero papel de protagonista; hay bastantes motivos para pensar que puede llegar a ser protagonista absoluto en las elecciones presidenciales de noviembre. Y hay también motivos para creer que, si lo consigue, su guión cámbiará bastante, y que entre el desentierró del hacha de la guerra, que promete en sus discursos y que va a continuar proclamando durante toda la campaña electoral, y los actos presidenciales puede haber una diferencia notable. En los nueve años en que ha ejercido el puesto de gobemador de California hay bastantes pruebas de que se deja llevar más de lo posible y de lo práctico que del idealismo ultra que pronuncia. Dejándose llevar de este optimismo de la resignación, hay quien llega a la conclusión de que puede ser mucho más peligroso Carter, con su versatilidad y su falta de decisiones concretas, que pueden llevarle en un momento dado a aventuras tan irresponsables como la del envio del comando a Irán.

Siguiendo aún en la suposición de que Reagan llegase a la Presidencia, hay que pensar que probablemente el Partido Demócrata seguirá teniendo la mayoría en el Senado y en el Congreso, e incluso la ampliará, lo cual puede significar una rémora para un posible aventurismo de Reagan.

Lo que posiblemente sea más practicable de su programa es un regreso a una derechización en la política interior: en los temas de la seguridad social, en el control de la energía, en los impuestos, en una legislación más favorable para las grandes industrias. El Partido Republicano considera que esta política es la que le puede proporcionar mayor número de votos.

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