30 diciembre 1993

La nuevas formaciones Convergencia Nacional y Causa Radical superan a los tradicionales socialdemócratas (AD) y democristianos (COPEI)

Elecciones Venezuela 1993 – El ex presidente Rafael Caldera, de 77 años, gana las elecciones imponiéndose a los partidos tradicionales

Elecciones Venezuela 1993 – El ex presidente Rafael Caldera, de 77 años, gana las elecciones imponiéndose a los partidos tradicionales

Hechos

El 5.12.1993 se celebraron elecciones presidenciales en Venezuela que dieron el triunfo a D. Rafael Caldera.

Lecturas

Las elecciones presidenciales del 5 de diciembre de 1993 fueron las más abiertas de la democracia venezolana desde la caída de Pérez Jiménez. Rafael Caldera, de 77 años y presidente entre 1969 y 1974, había roto con COPEI, partido democristiano que él mismo había fundado en 1946, después de que éste eligiera como candidato al gobernador del Zulia Oswaldo Álvarez Paz. Caldera creó Convergencia y reunió alrededor de su candidatura una extraordinaria coalición de 17 partidos, conocida popularmente como el Chiripero: desde el izquierdista Movimiento al Socialismo (MAS), el MEP y el Partido Comunista hasta pequeños grupos centristas y conservadores. Su candidatura se presentó como una rebelión contra los cogollos de los dos grandes partidos y contra las políticas económicas de Carlos Andrés Pérez.

Frente a él, Acción Democrática presentó a Claudio Fermín, de 43 años, antiguo alcalde de Caracas, que intentaba ofrecer renovación generacional sin poder desprenderse completamente de la devastadora herencia del segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez. COPEI concurrió con Oswaldo Álvarez Paz, de 50 años, gobernador del Zulia y vencedor de unas primarias que habían terminado de provocar la ruptura de Caldera con su antiguo partido. Y la cuarta candidatura competitiva era la gran novedad: Andrés Velásquez, antiguo sindicalista siderúrgico y gobernador de Bolívar, encabezaba La Causa Radical (LCR), una izquierda obrera no identificada con los dos grandes partidos y con una importante implantación sindical. La elección acabó prácticamente dividida en cuatro cuartos.

El resultado fue:

Rafael Caldera — Convergencia/Chiripero: 1.710.722 votos — 30,46 %
Claudio Fermín — Acción Democrática: 1.325.287 votos — 23,60 %
Oswaldo Álvarez Paz — COPEI: 1.276.506 votos — 22,73 %
Andrés Velásquez — La Causa Radical: 1.232.653 votos — 21,95 %

El resto de candidatos apenas reunió conjuntamente algo más del 1 %. La abstención alcanzó aproximadamente el 39,8 %, muy elevada para los parámetros históricos venezolanos.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

30 Junio 1994

El 'Calderazo'

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

CUANDO TOMÓ posesión de la presidencia venezolana, el pasado 2 de febrero, como candidato de una revuelta contra el bipartidismo histórico del país, Rafael Caldera heredaba una situación explosiva, hija del caos financiero, la inquietud del Ejército y la demanda de la opinión pública de más pan y menos circo. Esa situación ha explotado ya con la declaración del estado de emergencia -que entraña la suspensión de garantías constitucionales- y el control del cambio de moneda y de precios por tiempo indefinido. Ha sido un calderazo en respuesta al caos en que vive Venezuela.Rafael Caldera, de 78 años, logró una apretada victoria en las elecciones de diciembre pasado sobre los partidos tradicionales: Acción Democrática y Copei. Era ya entonces un improbable renovador. Al asumir la primera magistratura había prometido austeridad, saneamiento de las finanzas, control del Ejército y restablecimiento de la presencia internacional de Venezuela. Jugando con el palo y la zanahoria, había renovado la totalidad de la cúpula castrense y puesto en libertad a la gran mayoría de los militares encarcelados por las intentonas de febrero y noviembre de 1992, entre ellos el propio cabecilla del primer golpe, el teniente coronel Hugo Chávez. No parece que los militares se lo hayan agradecido mucho, puesto que el ruido de sables no cesa en los cuarteles caraqueños y el propio oficial golpista proclama su intención de alcanzar el poder, aunque esta vez, asegura, no por la fuerza.

En el frente económico, las cosas están aún peor. El pasado 17 de enero, la Administración procedía a intervenir el Banco Latino -el segundo en volumen del país-, emitía orden de arresto contra 83 de sus directivos, acusándoles de la más variada gama de dolos -aunque sólo dos han podido ser arrestados-, y a mediados de este mes repetía la experiencia con otras ocho entidades bancarias. La operación de salvamento le ha costado al país ya más de 800.000 millones de pesetas, en un clima en el que los capitales emprenden la fuga; el bolívar cae en picado, a la espera de un cambio más realista contra el dólar; el ex presidente Carlos Andrés Pérez, de AD, se halla en la cárcel por corrupción, y la opinión se pregunta en qué clase de país vive.

Los problemas de Venezuela en lo inmediato son la caída del valor del crudo -que supone el 75% del monto de las exportaciones-, una Cámara de Diputados donde la coalición de 17 partidos que apoya a Caldera anda muy lejos de la mayoría y, sobre todo, una pérdida masiva de confianza de los inversores internacionales, de la clase política con respecto a sus propias posibilidades y de los venezolanos sobre la misma idea del Estado.

La respuesta de Caldera intenta plantearse como un nuevo y doloroso comienzo. Los tiempos del desenfreno en el gasto público bajo Carlos Andrés Pérez, en los que se pintaba un rosado horizonte petrolífero y se hacían los mejores negocios, que a veces son los peores, han pasado a la historia.

El presidente ha hecho bien tomando el toro por los cuernos. Otra cosa será comprobar si el animal es toreable. Pero, sea como fuere, era inevitable que Caldera pidiera a los venezolanos nuevos sacrificios para salir del pozo de confusión y despilfarro culpable en que ha vivido el país. El frágil tejido de la democracia se verá sometido a nuevas presiones, en las que populismos más o menos militaristas pueden sentir la tentación de echar también su cuarto a espadas. Un anciano bienintencionado y hasta hoy intachablemente demócrata es lo único que le queda a Venezuela para hacer frente al despavorido reto del caos.

El Análisis

El apuntalador de Hugo Chávez

JF Lamata

El verdadero derrotado de estas elecciones no es Acción Democrática, sino el sistema político que durante treinta y cinco años habían administrado conjuntamente AD y COPEI. Sería fácil interpretar el resultado simplemente como el castigo a Carlos Andrés Pérez: recesión, inflación, Caracazo, dos intentos de golpe y finalmente la destitución del presidente por el escándalo de los fondos reservados. Pero entonces debería haberse beneficiado COPEI, y no ha ocurrido. También los democristianos han perdido. Y existe una ironía difícil de superar: quien los derrota es Rafael Caldera, fundador de COPEI y uno de los padres del propio sistema que ahora se presenta como candidato contra él. Entre Caldera y Andrés Velásquez, las dos candidaturas claramente exteriores al viejo eje AD-COPEI reúnen más de la mitad de los votos; ninguno de los dos partidos tradicionales alcanza siquiera el 24 %. Caldera ha entendido mejor que sus antiguos compañeros algo que probablemente constituye la gran noticia de 1993: buena parte de Venezuela no está buscando simplemente otro presidente, sino alguien que le permita votar contra la clase política sin tener que votar contra la democracia. El problema es que el vencedor sólo reúne el 30,46 % y su heterogéneo Chiripero carece de una mayoría parlamentaria propia. Ha ganado precisamente prometiendo superar un sistema de pactos entre partidos y puede descubrir inmediatamente que, para gobernar, necesitará pactar con esos mismos partidos.

Entre los apoyos claves para el triunfo de Caldera ha estado su alianza con el golpista encarcelado Hugo Chávez. Cuando Chávez fracasó con las armas el 4 de febrero de 1992, el veterano expresidente se negó a condenar su intentona y sostuvo ante el Congreso que no podía pedirse al pueblo que defendiese una democracia incapaz de darle de comer; aquel discurso dio a Caldera una enorme popularidad entre los sectores descontentos con el sistema. Durante la campaña defendió además un indulto para los militares encarcelados, aunque Fermín y Velásquez también prometieron medidas de gracia, de modo que sería excesivo atribuir su victoria a un acuerdo secreto con Chávez. Lo inquietante es otra cosa. Chávez intentó llegar al poder con tanques, fracasó y acabó en prisión; pero su brevísimo «por ahora» televisado lo convirtió inmediatamente en una figura de gran popularidad, especialmente entre sectores profundamente desencantados. Caldera parece haber comprendido que aquellos venezolanos también votaban y ha sabido atraer parte de ese descontento hacia una candidatura constitucional. Eso puede ser interpretado como una habilidad democrática: rescatar para las urnas la protesta que otros habían intentado expresar con fusiles. Pero contiene una incógnita mucho mayor. Si Chávez sale de prisión y conserva esa popularidad, quizá Caldera descubra que no ha neutralizado políticamente al golpista incorporando su descontento al sistema, sino que ha contribuido a convertir al golpista derrotado de 1992 en un interlocutor político legítimo para la Venezuela que nace en 1993.

JF