2 diciembre 1990
El 24 de diciembre de 1990
Revienta Yugoslavia: Eslovenia y Croacia se proclaman independientes comenzando una sangrienta guerra civil
Hechos
- El 24-12-1990 la región de Eslovenia votó a favor de la independencia de Yugoslavia con el 88% de los votos a favor.
- El 14-01-1992 La Unión Europea reconoció oficialmente la independencia de Eslovenia y de Croacia.
Lecturas
Enero-mayo de 1990 — Se rompe el equilibrio yugoslavo. El viejo sistema comunista federal está descomponiéndose. Slobodan Milošević, presidente de Serbia desde 1989 y auténtico hombre fuerte serbio, ha construido su poder mediante un nacionalismo que pretende reforzar la posición de Serbia dentro de Yugoslavia y ha reducido drásticamente la autonomía de Kosovo. En Eslovenia y Croacia, por el contrario, las primeras elecciones plurales llevan al poder a fuerzas partidarias de recuperar soberanía frente a Belgrado. En Croacia vence la HDZ de Franjo Tuđman, antiguo general de Tito convertido en nacionalista croata; en Eslovenia gobierna la coalición DEMOS.
23 de diciembre de 1990 — Eslovenia vota por marcharse. El 88,5% del censo electoral esloveno respalda la creación de un Estado independiente. Es una mayoría tan abrumadora que difícilmente puede explicarse como una maniobra de una minoría separatista.
Primavera de 1991 — Yugoslavia deja de poder gobernarse. Las posiciones resultan cada vez más incompatibles: Eslovenia y Croacia plantean transformar Yugoslavia en una confederación de Estados soberanos; Serbia quiere conservar una federación fuerte. Entretanto, en zonas croatas con abundante población serbia crece una insurrección contra el Gobierno de Zagreb. Milošević presenta a Serbia como defensora de los serbios que quedarían fuera de sus fronteras; Tuđman sostiene el derecho de Croacia a abandonar Yugoslavia. La retórica nacionalista de ambos contribuye decisivamente a destruir lo que quedaba de identidad yugoslava.
19 de mayo de 1991 — Croacia vota por la independencia. La mayoría de los serbios de Croacia boicotea el referéndum, pero entre quienes participan el respaldo a la separación es abrumador. La cuestión croata es muchísimo más peligrosa que la eslovena: Eslovenia es étnicamente bastante homogénea; Croacia tiene una importante minoría serbia que no acepta quedar integrada en el nuevo Estado croata.
25 de junio — Eslovenia y Croacia declaran su independencia. Las dos repúblicas anuncian formalmente que abandonan Yugoslavia. Estados Unidos y las principales potencias europeas todavía intentan preservar alguna fórmula negociada de unidad o confederación; el secretario de Estado norteamericano James Baker había viajado a Belgrado intentando impedir una ruptura violenta.
27 de junio-7 de julio — Guerra de los Diez Días. El Ejército Popular Yugoslavo (JNA) interviene en Eslovenia para recuperar fronteras y puestos estratégicos. Las fuerzas territoriales eslovenas ofrecen una resistencia mucho mayor de la prevista. Después de unos diez días de combates, el Ejército federal acepta retirarse. La mediación europea produce los Acuerdos de Brioni del 7 de julio, por los que Eslovenia y Croacia suspenden durante tres meses la aplicación de sus declaraciones de independencia. En la práctica, Eslovenia ya ha ganado: Belgrado termina aceptando que el JNA abandone la república.
Verano-otoño de 1991 — El verdadero desastre comienza en Croacia. Aquí no puede repetirse la solución eslovena. Los serbios de la Krajina, Eslavonia y otras zonas croatas, respaldados por Serbia y crecientemente por un JNA dominado por mandos serbios, rechazan la autoridad de Zagreb. Comienza una guerra abierta por el territorio. El Ejército yugoslavo, que teóricamente debía defender a toda Yugoslavia, pasa progresivamente a combatir junto a las fuerzas serbias.
Agosto-noviembre — Vukovar y Dubrovnik. El sitio de Vukovar se convierte en uno de los primeros grandes horrores de las guerras yugoslavas. Tras su caída en noviembre se producen asesinatos de prisioneros y civiles, incluida la matanza de Ovčara. Paralelamente, las fuerzas yugoslavas bombardean Dubrovnik, cuya destrucción provoca una enorme conmoción internacional. Se multiplican desplazamientos forzosos, asesinatos y las primeras grandes campañas de lo que pronto será denominado «limpieza étnica».
27 de agosto — Europa crea la Comisión Badinter. La Comunidad Europea intenta determinar jurídicamente qué está sucediendo: si varias repúblicas están separándose ilegalmente de Yugoslavia o si es Yugoslavia misma la que está disolviéndose. La comisión de juristas presidida por el francés Robert Badinter acabará inclinándose por esta segunda interpretación.
Otoño de 1991 — Alemania cambia de posición. Al principio Bonn, como el resto de Occidente, había respaldado la integridad yugoslava. Pero después de la intervención del JNA y de meses de guerra en Croacia, el Gobierno de Helmut Kohl y especialmente su ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, pasan a considerar que reconocer a Eslovenia y Croacia puede contribuir a detener la agresión. Francia, Reino Unido y Países Bajos son mucho más reticentes y temen exactamente lo contrario: que reconocer las secesiones haga irreversible la guerra.
18 de noviembre — Cae Vukovar. La ciudad queda devastada después de aproximadamente tres meses de asedio. Para buena parte de la opinión pública europea, la posibilidad de reconstruir pacíficamente Yugoslavia empieza ya a parecer ilusoria.
9 de diciembre — Yugoslavia está «en proceso de disolución». La Comisión Badinter dictamina que la federación yugoslava se encuentra en proceso de desintegración. Es importante porque jurídicamente debilita la tesis de que simplemente Croacia y Eslovenia están destruyendo unilateralmente un Estado perfectamente funcional.
16-17 de diciembre — La Comunidad Europea cede ante la presión alemana. Después de una durísima negociación, los Doce acuerdan reconocer a las repúblicas yugoslavas que lo soliciten y cumplan determinadas garantías democráticas y de protección de las minorías. Alemania había amenazado con proceder unilateralmente si sus socios no aceptaban.
23 de diciembre — Alemania reconoce a Eslovenia y Croacia. Bonn se adelanta formalmente al calendario comunitario y anuncia el reconocimiento. La guerra croata, conviene subrayarlo, lleva ya seis meses desarrollándose.
15 de enero de 1992 — Reconocimiento europeo. La Comunidad Europea reconoce a Croacia y Eslovenia. La primera ya está sumida en la guerra; la segunda ha conseguido independizarse con un conflicto relativamente breve.
Febrero-marzo de 1992 — El problema se desplaza a Bosnia. Bosnia-Herzegovina constituye el caso potencialmente más explosivo porque allí conviven importantes poblaciones musulmanas bosnias, serbias y croatas sin fronteras étnicas claras. El referéndum de independencia del 29 de febrero y 1 de marzo, boicoteado mayoritariamente por los serbobosnios, da una amplísima mayoría a la independencia entre quienes votan.
Abril de 1992 — Comienza la guerra de Bosnia. El reconocimiento internacional de Bosnia coincide con el estallido de una guerra mucho más sangrienta. Las fuerzas serbobosnias, respaldadas política y militarmente desde el espacio serbio-yugoslavo, controlan rápidamente extensos territorios y comienza el sitio de Sarajevo. La guerra yugoslava ha dejado definitivamente de ser un conflicto sobre cómo reorganizar una federación: se ha convertido en una lucha por fronteras, territorios y poblaciones.
06 Febrero 1990
Desintegración
LOS COMUNISTAS yugoslavos fueron los primeros en enfrentarse, ya en 1947, con el estalinismo. Entonces, la ruptura con Moscú fue un factor de aglutinamiento de las diversas repúblicas en torno a Tito, cuyo prestigio como combatiente antihitleriano estaba intacto. Hoy, en cambio, Yugoslavia tiene enormes dificultades para incorporarse a la corriente de libertad que recorre Europa. Y cuando lo hace es de forma desarticulada, en medio de la confusión: Eslovenia, la república más desarrollada, en vanguardia; mientras que Serbia, la república más grande con mucha diferencia, se ha convertido en un freno del progreso, en un fortín tanto del viejo autoritarismo comunista como del nacionalismo.En Kosovo, la política del nacionalismo serbio presenta su imagen más repulsiva, la brutalidad de la represión contra los habitantes de etnia albanesa (el 90% de la población) que piden se les devuelva la autonomía de que gozaban hasta hace un año. Las víctimas suman ya cifras aterradoras: decenas de muertos, cientos de heridos. Unidades del Ejército han sido enviadas a la región con el pretexto de realizar «maniobras». El clima es casi de guerra civil. El presidente de la República yugoslava, Drnovsek, de nacionalidad eslovena, ha hecho, durante su visita a Kosovo, un esfuerzo para intentar abrir cauces de negociación. Pero el peso de las autoridades federa les es escaso como consecuencia de la reforma constitucional impuesta por Serbia hace un año para reforzar su dominación sobre Kosovo.
La responsabilidad de esta dramática situación corresponde al actual presidente de Serbia, Slobodan Milosevic; surgido en la escena política como un renovador por sus críticas a la burocracia corrompida, muy pronto se desveló como una personalidad propensa al populismo y la demagogia. Con la bandera de Kosovo movilizó a los ciudadanos, alentó el nacionalismo serbio y se convirtió en líder carismático, pero manteniendo a la vez los peores métodos autoritarios del comunismo. Ahora acusa a los manifestantes de Kosovo de «terroristas» y ha organizado un proceso de corte estaliniano acusando a los dirigentes comunistas de la región de ser «contrarrevolucionarios». Pero los efectos de la política de Milosevic no se reflejan solamente en Kosovo. El temor a las pretensiones hegemónicas de Serbia se extiende a otras repúblicas, que afirman cada vez más una voluntad de seguir un camino propio.
En ese marco, Eslovenia lleva más de dos años haciendo progresos importantes hacia la democratización. Al amparo de un recobrado pluralismo político han surgido organizaciones de diverso carácter, ecologistas, culturales, juveniles, y un debate intenso entre ellas. Existen varios partidos que están en plena campaña electoral con vistas a los primeros comicios libres, que tendrán lugar en marzo. Los comunistas eslovenos tienen ya poco que ver con lo que representa Milosevic. Se mueven en un cuadro político distinto. En el congreso que acaban de celebrar han decidido romper sus lazos con la Liga de los Comunistas Yugoslavos (LCY) y constituirse como Partido de la Reforma Democrática, con un nuevo programa y una ideología renovada. Sin duda, la preocupación electoral ha pesado en esta decisión. Pero el problema tiene mayor calado; mientras Serbia se oponga al avance hacia cambios democráticos será inevitable que aumenten las tendencias centrífugas. Con el peligro incluso de la desintegración.
La medida adoptada por los comunistas eslovenos de romper con la LCY se refiere solamente a la esfera del partido. Pero en otros terrenos se enconan las contradicciones: Serbia boicotea economicamente a Eslovenia como medio de presión. El contencioso entre esas dos repúblicas se agranda y la tragedia de Kosovo añade leña al fuego. Los eslovenos son radicalmente contrarios a los métodos represivos aplicados en ese caso. Al mismo tiempo que han decidido crear un nuevo partido, separado de la LCY, los comunistas eslovenos han afirmado que no desean la secesión y propugnan una solución confederal. En todo caso, existe una gran simpatía por la actitud de los eslovenos en otras repúblicas, como Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia. Ello es lógico: frente a los métodos de intransigencia y represión aplicados por Serbia en Kosovo -que son la imagen de la vieja política-, las elecciones de Eslovenia representan la vía del acercamiento a las corrientes que predominan cada vez más en la Europa actual.
05 Julio 1990
Ruptura yugoslava
DURANTE AÑOS se dijo que lo único que mantenía a Yugoslavia unida era el carisma del mariscal Tito; se sobreentendía que el cemento que tapaba las fisuras era suministrado por el partido comunista y el Ejército. Muerto el viejo líder, y descompuesto el sistema comunista, han vuelto a aflorar en el país las tensiones étnicas, es decir, nacionalistas. A principio de 1990 se produjo una sangrienta intervención del Ejército en la provincia serbia de Kosovo, poblada en su mayoría por albaneses que pretendían librarse de la demagogia del líder nacionalista serbio Slobodan Milosevic. Es probable que al Ejército no le hayan quedado muchas ganas de intervenir en los asuntos internos; lo que sí es seguro es que los simultáneos esfuerzos democratizadores y líberalizadores de Eslovenia, la república más rica de la federación yugoslava, aun suscitando las iras de Serbia, concitaron las simpatías inmediatas y el apoyo mimético de otras nacionalidades yugoslavas (Croacia, Bosnia, Macedonia).Las elecciones celebradas en Eslovenia, en abril, dieron el poder a la oposición democrática -democristianos, nacionalistas, socialdemócratas y verdes-. El pasado martes, su Parlamento aprobó el principio de soberanía de las leyes locales sobre las federales, es decir, el germen de la independencia en una futura confederación yugoslava. Al mismo tiempo, el Parlamento de Kosovo -de mayoría albanesa- declaraba su independencia de Serbia, cuyo Gobierno se ha apresurado a condenarla por «ilegal». Era la respuesta al referéndum celebrado en Serbia el pasado fin de semana y convocado por Milosevic para imponer una nueva Constitución rígidamente unitaria. Una actitud y otra son los dos únicos polos posibles en torno a los que gira el futuro de Yugoslavia: la desintegración o la confederación, lo que algunos definen como optar entre Líbano o Suiza.
16 Enero 1992
El reconocimiento
LA CE decidió ayer reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia. Lo hizo de forma unánime, aunque el gesto haya sido matizado por Francia, que expresaba así dudas sobre el cumplimiento por Croacia de las condiciones para acceder a la personalidad internacional exigidas desde diciembre por la propia Comunidad. La decisión comunitaria es, sin duda, resultado de la presión de Alemania, que antes de Navidad ya había anunciado unilateralmente el reconocimiento.Un organismo jurídico nacido de la Conferencia de La Haya, la Comisión de Arbitraje (en la que figuran altos magistrados de los tribunales constitucionales de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y España), dictaminé hace días el grado de cumplimiento por las nuevas repúblicas de los requisitos que la CE ha fijado para el reconocimiento, principalmente el respeto de los derechos humanos, de las reglas de la democracia y de los derechos de las minorías nacionales. En opinión de la comisión, sólo Eslovenia y Macedonia cumplen con todos los puntos exigidos; por el contrario, se pedía a Croacia que complete su arquitectura constitucional definiendo claramente el capítulo de los derechos de las minorías, y en cuanto a las. pretensiones de Bosnia-Herzegovina, se le recomendaba que ponga en orden la casa antes de salir a la escena internacional. No puede olvidarse, sin embargo, que la región, con una población nacionalmente muy mezclada y amenazada por los nacionalistas extremistas serbios, es un polvorín, y que negarle el reconocimiento podría estimular las peligrosas corrientes agresivas del nacionalismo serbio.
Finalmente debe tenerse en cuenta que los actos de reconocimiento no son simplemente protocolarios. En este caso deben contribuir a un objetivo esencial: evitar que los combates se reanuden. El alto el fuego en Yugoslavia se mantiene, y ello es un motivo de satisfacción para todos los que han seguido con angustia las sangrientas contiendas de los últimos seis meses, causando, sin razón alguna, miles de muertos serbios y croatas. La interrupción de las batallas, aunque inestable, ha creado la esperanza de que los conflictos de la antigua Federación Yugoslava podrán resolverse por el diálogo entre las partes y con la ayuda mediadora de la Comunidad Europea y de la ONU.
La medida actualmente más urgente es consolidar el cese de los combates, para lo cual hace falta que lleguen cuanto antes los cascos azules que el Consejo de Seguridad de la ONU ha decidido enviar para que ocupen tres zonas: Eslavonia oriental y occidental y Krajina. El segundo objetivo de los reconocimientos de los nuevos países por parte de la CE es flexibilizar las negociaciones entre las repúblicas de la ex Yugoslavia; ayudar a definir las nuevas relaciones pacíficas que deberán establecerse entre ellas una vez se haya superado la trágica etapa de las muertes y los combates.
El Análisis
Cargar sobre Alemania y la Comunidad Europea la responsabilidad del estallido de la guerra yugoslava sería históricamente excesivo por una razón cronológica bastante demoledora: cuando Alemania reconoció a Croacia y Eslovenia el 23 de diciembre de 1991, la guerra llevaba medio año en marcha, Vukovar había sido destruida, Dubrovnik bombardeada y miles de personas habían muerto o sido expulsadas; la propia decisión comunitaria de reconocimiento llegó seis meses después de las declaraciones de independencia. Pero eso no significa que la política europea fuera acertada. Kohl y Genscher se precipitaron, y franceses, británicos y holandeses tenían motivos razonables para temer que reconocer las fronteras republicanas antes de alcanzar un acuerdo general sobre Yugoslavia y sobre las minorías que quedaban dentro de ellas eliminara incentivos para negociar y, sobre todo, enviara a Bosnia-Herzegovina el mensaje de que la vía hacia el reconocimiento internacional pasaba por declarar también su independencia. La historiografía continúa discutiendo hasta qué punto aquella decisión agravó el conflicto; incluso los estudios particularmente críticos con Alemania admiten que una política diferente no garantiza que la desintegración hubiera sido pacífica. ¿Por qué lo hizo Bonn? En parte por la presión de una opinión pública horrorizada por las imágenes procedentes de Croacia; en parte por sus estrechas relaciones históricas con croatas y eslovenos; pero, sobre todo, porque el Gobierno alemán llegó a la conclusión de que Yugoslavia ya no podía salvarse y que negar reconocimiento a quienes querían abandonarla estaba favoreciendo al JNA y a Milošević. Genscher sostenía precisamente que meses de negociaciones sólo habían producido más muertos, mientras sus adversarios advertían que el reconocimiento produciría todavía más. Probablemente ambos diagnósticos contenían parte de verdad. Europa no creó el nacionalismo de Milošević, el de Tuđman, las rebeliones serbias de Croacia ni la decisión del JNA de utilizar las armas; pero tampoco consiguió imponer una salida ordenada antes de reconocer la desintegración del país. El pecado europeo fue menos «provocar la guerra» que certificar la muerte de Yugoslavia sin haber resuelto previamente quién heredaba sus territorios, cómo se protegía a las minorías y, sobre todo, qué se hacía con Bosnia, donde aquellas preguntas no podían contestarse trazando una sencilla raya en un mapa. Ahí estaba la bomba que todavía quedaba por explotar.
JF