14 octubre 1990

Mediaset (Silvio Berlusconi) mantiene el 25% de las acciones pero no ha podido entrar en la gestión de la cadena hasta ahora en manos de Hersant

Rober Hersant vende la cadena de televisión francesa LA CINQ al grupo Hachette de Jean-Luc Lagardére

Hechos

El 14.10.1990 se hizo público el cambio accionarial en LA CINQ

Lecturas

Robert Hersant vende su parte del canal La Cinq al grupo Hachette de Jean-Luc Lagardére, al que, le tocará llevar la gestión de una cadena de televisión en profunda crisis por no lograr penetrar en la audiencia francesa.

Silvio Berlusconi, socio minoritario del proyecto, ha sido contrario desde el principio a la forma en que se ha gestionado la cadena por parte de Hersant por apostar por contenidos informativos para competir por TF1 en vez de apostar por un modelo de entretenimiento más parecido al de sus televisiones en Italia.

La Cinq fue adjudicada en 1987 por el Gobierno francés a una sociedad formada por Robert Hersant y Silvio Berlusconi y derrotando a la candidatura presentada por Lagardere y su grupo Hachette. Paradójicamente, el derrotado de entonces, Lagardere, toma el mando del canal que le envió y es el ganador el que se retira fracasado.

El Análisis

Hersant descubre que la televisión no es un periódico

JF Lamata

Para Robert Hersant, La Cinq debía ser la culminación audiovisual de una carrera empresarial formidable: el propietario de Le Figaro y de una extensa red de periódicos franceses aspiraba a convertirse en un auténtico magnate multimedia europeo —con intereses y tentativas de expansión también fuera de Francia, incluida España— y en 1987 se asoció con Silvio Berlusconi para hacerse con la primera gran televisión privada generalista francesa. Tres años después abandona prácticamente derrotado. La Cinq consiguió hacerse un hueco —llegó a rondar el 13% de audiencia—, pero nunca encontró un modelo económico capaz de competir con la recién privatizada TF1, y acumuló pérdidas enormes: 841 millones de francos en 1987, una cantidad similar en 1988, 562 millones en 1989 y otros 646 millones en 1990. Hersant había querido convertirla en una televisión generalista de prestigio, con una potentísima redacción —cinco informativos diarios, flashes horarios y decenas de periodistas—, fichajes costosos y producción francesa; Berlusconi consideraba, por el contrario, que tanta información era cara y poco rentable y quería aplicar mucho más decididamente la fórmula que conocía de Italia: entretenimiento popular, concursos, ficción, series norteamericanas, dibujos animados y una programación comercial agresiva destinada a producir audiencia para vender publicidad. Los dos socios acabarían reprochándose mutuamente el desastre —Hersant acusando además a Berlusconi de vender demasiado caras sus series estadounidenses— hasta que las deudas amenazaron al propio imperio periodístico de Hersant y éste prefirió entregar el mando a Jean-Luc Lagardère y Hachette. Para Berlusconi, la conclusión fue amarga: primero Hersant y después Lagardère quisieron poseer una televisión sin permitir que el hombre que realmente sabía fabricar televisión comercial impusiera completamente su receta; en Francia acabó resignándose en 1990 a permanecer como accionista prácticamente pasivo. La experiencia española ofrece precisamente el contraste: en Telecinco, Berlusconi ha dejado claro a sus socios —incluida la ONCE— que una cosa es participar en el capital y otra decidir qué televisión debe hacerse, reservándose Fininvest el control decisivo del modelo de programación. Hersant había demostrado que sabía construir un imperio comprando y gestionando periódicos; La Cinq le enseñó, a un precio extraordinariamente caro, que tener periódicos, dinero e influencia política no significa necesariamente saber hacer televisión.