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El anciano escritor, que fue padre por cuarta vez hace tres años, ha iniciado una nueva relación con una mujer más joven

Sánchez Dragó anuncia que se divorcia de su esposa Naoko desde EL MUNDO: «Has envejecido, me aburres, tus arrugas no son bellas»

HECHOS

El 21.06.2015 D. Fernando Sánchez Dragó anunció desde EL MUNDO su divorcio.

21 Junio 2015

Un adiós

Fernando Sánchez Dragó

¿Será cierto eso de que a la tercera va la vencida? Voy a comprobarlo…

Todos los años, desde hace ya muchos, huyo de España y de quienes en ese país dejado de la mano de todos los dioses, menos uno (Caco, que en la mitología griega era sólo un gigante, mitad hombre, mitad sátiro, pero que en la romana fue divinizado y posteriormente degradado), me abordan por la calle y busco refugio en Bangkok, bien como parada y fonda, bien como estación de paso hacia Pnom Penh, Kampot, Vientián o el Archipiélago de las Cuatro Mil Islas. Son (o eran) mis burladeros favoritos, y algunos de ellos lo siguen siendo.

Bangkok, donde ahora, con desgana, garabateo estas líneas, ya no lo es. En dos ocasiones anteriores, que recuerde, he anunciado por escrito, como pedía Eugenio D’Ors (pues lo que no se escribe, no existe. Verba volant), que jamás volvería aquí.

Y, sin embargo, he vuelto.

Hoy, por tercera y espero que última vez, me reafirmo en la voluntad de ruptura, siempre pospuesta -la nostalgia tira, la esperanza azuza, el afecto es la antesala del perdón, la distancia es el olvido- y siempre renacida.

Adiós, amiga desleal. He pedido el divorcio. No diré aquí, por elegancia, las razones que me mueven a adoptar esa medida. Un caballero no habla mal de las mujeres que amó. Ya no eres la misma (tú, seguramente, podrás pensar lo mismo de mí). No te reconozco. Me aburres. Has envejecido. Tus arrugas no son bellas. Cuando al caer la noche salgo del hotel tras haber permanecido todo el día tecleando o leyendo en él, me arrepiento, no sé adónde ir ni de dónde venir, tu entropía me deprime, tu ruido me ensordece, tus olores me asfixian, tus precios me desalientan, tus muchedumbres me apretujan, tu crecimiento me empequeñece, tu metástasis turística me enferma, tu…

Dejémoslo.

La próxima vez que pase por tu aeropuerto -pues lo haré, seguro, camino de Camboya, de Birmania, de Laos o de Indonesia- no me saludes. Yo, agazapado en la zona de tránsito, tampoco lo haré.

Nosotros, que nos quisimos tanto…

No la toques más, Sam.

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