8 julio 1990

Programa enlatado al que Juan Herrera y Miguel Ángel Coll han sabido sacar brillo

TELECINCO compra el programa japonés «El Castillo de Takeshi» y lo emite con el nombre de «Humor Amarillo» y una locución paródica

Hechos

El 8 de julio de 1990 inició sus emisiones el programa ‘Humor Amarillo’ en la cadena Telecinco.

Lecturas

En el verano de 1990, la recién nacida Telecinco de Valerio Lazarov encontró uno de sus primeros éxitos en un producto que ni siquiera había producido. El 8 de julio comenzó a emitir como programa independiente Humor Amarillo, versión española de Fūun! Takeshi Jō, concurso estrenado por la japonesa TBS el 2 de mayo de 1986 y encabezado por el ya célebre actor y humorista Takeshi Kitano —Beat Takeshi—. El argumento original tenía una lógica bastante sencilla: alrededor de un centenar de concursantes, dirigidos por el «general» Hayato Tani, debían superar sucesivas pruebas físicas hasta intentar conquistar el castillo defendido por Takeshi y sus hombres; quien consiguiera completar el recorrido podía obtener un premio de un millón de yenes. Las pruebas estaban deliberadamente concebidas para provocar caídas, golpes, baños involuntarios y situaciones absurdas. Era, en definitiva, una gigantesca gymkhana televisiva japonesa en la que el fracaso del concursante resultaba generalmente mucho más divertido que su victoria.

Telecinco no construyó un castillo español ni contrató concursantes: compró el producto terminado. Era televisión «enlatada», barata y extraordinariamente útil para una cadena privada que acababa de comenzar sus emisiones y necesitaba llenar muchas horas de programación. Pero Lazarov y sus colaboradores tuvieron una intuición decisiva: en vez de limitarse a traducir el japonés, podían ignorar completamente lo que estaban diciendo los japoneses e inventar otro programa encima de las imágenes. Los responsables de aquella transformación fueron Juan Herrera Salazar y Miguel Ángel Coll, guionistas y locutores de la versión española. Herrera recordaría años después que inicialmente recibieron unas cintas con las que prácticamente nadie sabía qué hacer; ellos mismos seleccionaban y remontaban las imágenes y grababan unos comentarios que no guardaban relación con los diálogos originales.

Así nació un peculiar universo paralelo. Los japoneses que aparecían en pantalla recibían nombres y biografías inventadas; algunas figuras anónimas reaparecían convertidas por los comentaristas en personajes recurrentes. El más famoso fue el «Chino Cudeiro», supuesto concursante perpetuamente condenado a recibir los golpes más espectaculares. Las pruebas originales también desaparecieron bajo nombres españoles: las plataformas colocadas sobre el agua se convirtieron en «Las zamburguesas»; apareció «El laberinto del Chinotauro», y otras pruebas recibieron denominaciones como «Los cañones de Nakasone». Herrera y Coll no eran, por tanto, dobladores en el sentido habitual: eran dos comentaristas escribiendo una comedia radiofónica sobre unas imágenes japonesas que funcionaban como película muda.

La fórmula encajó perfectamente con la primera Telecinco. La cadena de Lazarov estaba construyendo deliberadamente una televisión más ligera, chillona e irreverente que TVE: concursos, humor, variedades, Tutti Frutti, las Mamachicho y abundancia de productos internacionales baratos. Humor Amarillo compartía esa filosofía. No necesitaba decorados españoles, grandes presentadores ni premios propios y, sin embargo, proporcionaba una sucesión prácticamente inagotable de golpes y frases que los espectadores podían repetir al día siguiente. Lo que había comenzado como material importado terminó permaneciendo en Telecinco hasta 1995 y convirtió expresiones como «Chino Cudeiro» o «zamburguesas» en referencias reconocibles para una generación.

22 Julio 1990

Humor Amarillo

Charo Carracedo

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Las ideas peregrinas de los japoneses han invadido Tele 5. Un nuevo espacio, que presenta sus locuras más complicadas -por otro lado, las más simples- lleva por nombre Humor amarillo, No podía ser de otro modo para tales protagonistas. El humor negro y el verde aceituna ya existen. En la imagen, el participante, a punto de pegarse un tripazo de solemnidad, circula sobre su colchoneta por una plataforma deslizante. A ambos lados, agua con que amortiguar el golpe. De todos modos, aquel brutal Endurance de Ibáñez Serrador no palidece de envidia.

09 Septiembre 1990

Humor amarillo

Francisco J. López

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Media hora presenciando cómo los japoneses se lanzan al agua, se pringan de barro o se tiznan de pintura negra más que gracia produce pena. Y no precisamente por esos jóvenes nipones que juegan a darse golpetazos (si disfrutan pringándose, allá ellos), sino más bien por el erróneo empleo que se hace de treinta minutos de televisión. Tele 5 no da una con su oferta humorística: ni con el amarillo, ni con Emilio Aragón ni, por supuesto, con el italiano.

28 Octubre 1990

Protesta nipona por «Humor amarillo»

Masahide Yamaguchi

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Sr. Director: Soy un estudiante japonés que llevo medio año en España. Poco a poco me doy cuenta del aspecto de la vida en España y veo muchas diferencias con la de Japón. Y hay muchas cosas que me sientan muy mal. De ellas hay una cosa de la que me he enterado recientemente y me molesta mucho. Es sobre el título de un programa de Japón. En la televisión española hay muchos programas de Japón: dibujos animados, comedias, etc. Y entre ellos hay un programa que se llama «Humor amarillo», los domingos en Tele 5. Yo no sé quién ha traducido el programa con este título. Pero es un insulto racista. Es cierto que somos una raza cuyo color es amarillo. Y, además quizá los españoles tienen un prejuicio contra los japoneses, racialmente. Pero pienso que en estos días el país que hace discriminación racial es muy antiguo y vulgar. Puede que los españoles no entiendan mi sentimiento como los japoneses. Pero .de todas maneras no puedo aceptar la traducción que se ha dado a ese título.

El Análisis

¿Humor amarillo o humor paleto?

JF Lamata

Visto literalmente, Humor Amarillo tiene un problema bastante evidente: los protagonistas son japoneses y Telecinco ha decidido titular el programa con una referencia al color de su raza, mientras buena parte del doblaje los convierte despreocupadamente en «chinos». El famosísimo Chino Cudeiro no es chino; los concursantes tampoco lo son. El «Chinotauro» tampoco tiene demasiado que ver con Japón. ¿Es racismo? Hay elementos que hoy podrían describirse razonablemente como estereotipos raciales, empezando por el propio título, pero quizá la característica más reveladora de aquella adaptación española sea otra: el provincianismo cultural. Para una parte considerable de la España de 1990, un rostro oriental era sencillamente «un chino». Japón podía ser ya la segunda gran potencia económica capitalista del mundo, vendernos Sony, Toyota o Nintendo y representar una cultura perfectamente diferenciada; pero en el lenguaje coloquial español continuaba existiendo una tendencia a meter indistintamente a japoneses, chinos y otros asiáticos en el mismo saco. Humor Amarillo no inventó esa ignorancia: la convirtió en un chiste semanal.

Tampoco convendría someter una gamberrada televisiva de 1990 a un interrogatorio ideológico desproporcionado. No parece que Herrera y Coll pretendieran transmitir hostilidad hacia los japoneses; de hecho, el mecanismo esencial del programa consistía en reírse de absolutamente todo lo que aparecía en pantalla, inventando personajes, parentescos y argumentos absurdos sin pretensión alguna de describir realmente Japón. El espectador sabía —o debía saber— que el Chino Cudeiro no existía. La paradoja es que ese doblaje culturalmente disparatado consiguió algo que una traducción respetuosa quizá nunca habría logrado: convertir un concurso japonés en parte de la cultura popular española. Fūun! Takeshi Jō era un producto importado; «las zamburguesas», «el Chinotauro» y el pobre Chino Cudeiro fueron ya completamente nuestros. Si aquello demostraba cierto paletismo español respecto de Asia, al menos era un paletismo bastante democrático: japoneses, comentaristas, concursantes y espectadores quedaban unidos por la misma regla elemental del programa: aquí se viene a caerse al agua y a reírse del golpe.

J. F. Lamata