3 julio 1990
El programa ‘¡Ay, que Calor!’ de la TELECINCO de Valerio Lazarov, máximo referente del destape en televisión con las bailarinas chin-chin, que siguen el estilo de ‘las mama-chicho’
Hechos
El 3 de julio de 1990 inicia sus emisiones en España el concurso italiano ‘Ay, que calor’ de TELECINCO, un programa grabado en Italia por italianos pero traído a España doblado al castellano.
Lecturas
El 4 de julio de 1990, la cadena privada Telecinco, que había comenzado sus emisiones apenas cuatro meses antes, incorporó a su programación el concurso ¡Ay, qué calor!, una adaptación para el público español del espacio italiano Colpo grosso, producido en Italia y presentado por el cantante y showman Umberto Smaila. A diferencia de otros programas importados, Telecinco no realizó inicialmente una versión con presentadores y concursantes españoles, sino que emitió el espacio original, grabado en estudios italianos y doblado al castellano. El formato combinaba preguntas, pruebas de azar, apuestas y números musicales con un elemento que pronto se convirtió en su principal atractivo: las denominadas «chicas del chin-chin», un grupo de jóvenes bailarinas y azafatas que aparecían con vestuario provocativo y participaban en coreografías y escenas de desnudo parcial. El concurso enfrentaba a participantes masculinos y femeninos que trataban de acumular puntos y premios mediante distintas pruebas, en un ambiente deliberadamente festivo, acompañado de música, bromas y constantes referencias eróticas. Las bailarinas, que representaban distintas nacionalidades, acompañaban el desarrollo del juego y protagonizaban los momentos de mayor carga sexual del espectáculo. El resultado era una mezcla de concurso televisivo, revista de variedades y cabaré, en la que las preguntas y la competición quedaban frecuentemente eclipsadas por el espectáculo visual.
La llegada de ¡Ay, qué calor! respondía a la estrategia del grupo italiano Fininvest, encabezado por Silvio Berlusconi, principal impulsor de Telecinco, de trasladar a España algunos de los formatos populares de sus cadenas italianas. Colpo grosso, estrenado en Italia en 1987 y emitido por Italia 7, se había convertido en un ejemplo de la televisión comercial italiana de finales de los años ochenta, caracterizada por el entretenimiento ligero, la espectacularidad y la presencia de modelos y bailarinas. En España, la emisión del programa supuso una ruptura con las convenciones de la televisión pública, que durante décadas había mantenido límites mucho más estrictos respecto a la exhibición del cuerpo femenino. El espacio se incorporó a la programación veraniega de Telecinco en una etapa en la que la cadena buscaba llamar la atención de los espectadores frente a TVE y a la recién creada Antena 3, apostando por concursos, humor popular, series y espectáculos de variedades. Aunque ¡Ay, qué calor! no era una producción española, su difusión permitió que el público conociera directamente un tipo de televisión comercial ya consolidado en Italia y contribuyó a identificar los primeros años de Telecinco con una oferta desenfadada, provocadora y muy alejada de la solemnidad tradicional de TVE.
En septiembre de 1990, comenzará una nueva versión del programa ya grabado en España.


05 Julio 1990
Ni frío, ni calor
HAY que felicitar a los relaciones públicas, jefe de Prensa y departamento de marketing de Tele 5 por su habilidad para conseguir publicidad directa o subliminal a precios irrisorios en la sección de televisión de los periódicos. Abunda la bazofia en su programación, pero es una bazofia al gusto del potencial consumidor. Resulta admirable tanta perspicacia para adivinar las apetencias universales y su certidumbre de que el gran público español funciona con los mismos resortes anímicos que el italiano. Fieles a esa tradición farisaica, empeñada en disociar al erotismo de la pornografía, han importado un filón de título prosaico (iAy, qué calor!) y contenido grotesco, adelantándose a sus competidores. Este simulacro de concurso (se necesita una ilimitada capacidad imaginativa para comprender su mecanismo y las reglas del juego) se ha propuesto la tibia erección de hombrecitos con famélico universo sexual y de voyeurs sin recursos. Tal vez lo consigan, pero supondría un detalle de generosidad por su parte, que en vez de ofrecernos las gracias de ese comicastro obeso y el mariposeo de sus lamentables azafatas con pezón descubierto, nos regalaran pornografía dura y liberadora. Tracy Lord, Lisa de Weurt, Serena, Claudine Beccarie y Ginger Lynn, podrían dar clases de pedagogía sexual y de higiénica utilización del propio cuerpo y del ajeno, por un precio inferior al de este impresentable y calientapollas concurso. También evitarían un elevado numero de orquitis y contribuirían a la felicidad doméstica de tanto matrimonio mal avenido por un problema de incompatibilidad erótica. Provocaba vergüenza ajena contemplar una planificación cutre al servicio de una sosa señorita incapacitada para abrir el cierre de su sujetador. El strip-tease, arte indiscutiblemente sublime, sufre una ofensiva degradación en manos de gente tan incapaz y tan desganada. Además, considero injusto y discriminatorio que obliguen a la concursante a quedarse en tetas y exóticos ligueros, mientras que al maromo le permiten no despojarse de la púdica camiseta. Si lo que pretenden es alegrarle la vista democráticamente a los dos elementos de la pareja, no es admisible su repugnante planteamiento machista. La demanda de cine pornográfico es lo único que consigue prolongar la agonía de los video-clubs de barrio. Esperemos que la proliferación de estos descafeinados cebos televisivos no calme los deseos del pueblo llano hacia la gozosa plasmación audiovisual de todas esas estimulantes sensaciones que prohíbe el sexto mandamiento.


14 Agosto 1990
Ay, qué calor
SOSPECHO que todos ustedes están soportando, mal que bien, este bochornoso calor. No se quejen tanto, piensen en el Golfo atascado, donde la temperatura va a hacer estallar los tubos capilares de los termómetros, desparramando su venenoso mercurio: el petóleo bullendo crudo y la arena formando ampollas, graves columnas de humo. ¡La guerra santa; qué eufemismo, la guerra cruda yo diría! Somos muchos los que albergamos dudas acerca de la buena voluntad dialéctica de las potencias occidentales; cabe la posibilidad de que prendan mecha en cualquier momento y por motivos muy simples: ¿Qué Guerra Santa ni qué ocho cuartos? Esto se traduce en una grave afrenta económica, que es lo único no permitido. Serán cafres, Hussein por un lado exigiendo con ferocidad unas condiciones no desmesuradas, pero sí improbables y del todo oportunistas; los otros, armándole hasta los dientes todos estos años… En fin, qué tomate, pero qué follón. No era mi intención opinar sobre asunto tan opinable del que todos opinan gustosamente estos días estivales, sino hacer simplemente un comentario televisivo acerca de un programa italiano. Supongo que ya le habrán echado un vistazo. Un programa muy europeo, una frescura estival que nos presenta, horror, Umberto Smaila, un gordito desenfadado que no deja hablar a sus concursantes. Visionando la cosa, anoto a vuelapluma mis impresiones: Smaila dice que es un programa para ver con los ojos (y la bragueta) abiertos. Qué delicia de textos, ¿quién será el subnormal que los escribe? Salen las muchachas Chin-Chin. Chin-chin, cantan estas cositas que esconden una fruta entre los pechos. Los concursantes eligen, empieza la suma de eurotetas, digo de eurofichas; la ambición les estimula a hacer un striptease de lo más chabacano. Dios mío, qué foca. El tipo se queda en camiseta de manga larga con bermudas. Da la sensación de que a las mujeres les gusta desnudarse por dinero. Ay, qué estupidez. No se trata de emitir juicios morales, sino de observar detenidamente cómo se ensalza y se denigra a la
El Análisis
La llegada de ¡Ay, qué calor! a Telecinco simboliza una nueva etapa en la historia del erotismo en los medios españoles. Durante los años setenta, en plena Transición, el llamado destape había conquistado primero las salas cinematográficas y los quioscos, con publicaciones como Interviú y las ediciones españolas de revistas eróticas como Playboy. Sin embargo, la televisión había seguido un camino mucho más prudente, condicionado por el monopolio de TVE y por una concepción del medio como servicio público destinado a toda la familia. Ahora, con la aparición de las cadenas privadas, las imágenes que antes se buscaban en revistas o películas comienzan a entrar directamente en los hogares a través de un simple mando a distancia. España está descubriendo con cierto retraso una televisión comercial provocadora que en países como Italia llevaba años explotándose, aunque sería exagerado afirmar que todos los países occidentales habían normalizado estos espectáculos una década antes. El concurso de Umberto Smaila demuestra, además, que la liberalización televisiva no trae únicamente nuevas posibilidades informativas o culturales: también convierte el erotismo en un reclamo para conseguir audiencia y publicidad. No hay por qué considerar escandalosa la exhibición del cuerpo humano ni defender una vuelta a la censura, pero tampoco es obligatorio confundir la libertad sexual con la utilización casi exclusiva de mujeres semidesnudas como atractivo comercial. El destape llega a la pequeña pantalla española con diez años de retraso respecto al de los quioscos, pero lo hace bajo una lógica distinta: ya no se trata solo de romper prohibiciones, sino de competir por espectadores.
JF
