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Sustituye al fallecido John Smith

Tony Blair se convierte en nuevo líder del Partido Laborista y suprime el término ‘socialista’ de la definición ideológica del partido

HECHOS

Fue noticia el 25 de julio de 1994.

25 Julio 1994

La nueva era del laborismo

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LA ELECCIÓN de Toni Blair como nuevo líder del Partido Laborista indica una opción muy clara por la continuación de la línea modernizadora representada por su antecesor, John Smith, cuya súbita muerte el pasado mes de mayo dejó al partido en un estado de desconcierto que aún habrá de superar. El nuevo procedimiento para designar al líder del partido -introducido precisamente por Smith- mediante la participación de los parlamentarios, de las organizaciones locales y de los sindicatos aumenta, si cabe, el significado de esa elección.A pesar de su corto tiempo de mandato, de 1992 a 1994, hay que decir que Smith desempeñó un papel esencial en la superación de la vieja visión del laborismo como un partido exclusivamente obrero, partidario de las nacionalizaciones y de un pacifismo radical en temas internacionales. Por otra parte -y es quizá una reforma llamada a tener las mayores consecuencias-, Smith fue capaz de cambiar las normas internas de funcionamiento del partido, restableciendo para la designación de los candidatos a diputados la norma «un hombre, un voto».

Ello ha significado poner fin al predominio que siempre tuvieron, los grandes sindicatos, que en el Reino Unido, a diferencia de otros países, están integrados dentro del partido. El gran acierto de Smith es que supo introducir novedades importantes, en la política y en la organización, conservando la unidad del partido. Y así, Blair ha sido elegido como nuevo líder de un. partido estructuralmente más cohesionado. Lógicamente, ha tenido contrincantes, y éstos han defendido sus ideas, pero dentro de una convicción compartida de que, pasada la elección, todos tendrán que colaborar llegado el momento para dar al laborismo, por fin, un triunfo electoral.

A Blair le espera una labor sin duda difícil: es posible afirmar que en el electorado ha primado en gran medida el temor a los dogmatismos propios del laborismo tradicional, temor que ha ayudado a los conservadores a ganar cuatro elecciones sucesivas. Pero lo que el laborismo no ha presentado al país es un programa, un proyecto de lo que se propone realizar si llega al poder. Es una tarea pendiente que John Smith no tuvo tiempo de realizar. Quizá a ello se debe que no lograse superar a los conservadores en la última elección general, a pesar de que tenían las preferencias de muchos sondeos de opinión.

Presentar una imagen nueva de un proyecto laborista exige, sin abandonar la preocupación por las capas más desfavorecidas de la sociedad, responderá los afanes de los nuevos sectores profesionales, cuyo peso crece: el laborismo no puede ser sólo -al margen de su peso obrero- el partido de los maestros y de las enfermeras, necesita interesar a los profesionales de las nuevas tecnologías.

¿Será Blair el hombre capaz de dar un salto en el proceso modernizador del laborismo? La amenaza de una nueva marcha atrás no parece probable. Pero no se trata sólo de elaborar textos que respondan a los tiempos de hoy. La persona del líder cuenta mucho. Cuando Smith se hizo cargo de la dirección del partido nadie pensaba que sería capaz de demostrar una capacidad de apertura para sacar adelante los cambios que eran necesarios.

Ahora Blair parte sobre una base nueva; tiene ya destruidos algunos de los mayores obstáculos que frenaban el progreso laborista. Para él, la principal batalla se dará probablemente en el terreno del contacto con los electores. Es un problema de contenidos políticos, sin duda, pero sobre todo de imagen. Con este criterio ha sido elegido, y ahora hay que comprobar su eficacia en la acción.

14 Marzo 1995

Otra muerte de Marx

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EL PARTIDO Laborista británico, el último de los socialismos democráticos de Occidente que no había renunciado a sus últimos vestigios marxistas, se va a poner al paso de los tiempos; va a sufrir formalmente dentro de unas semanas su Bad Godesberg particular y a convertirse a la socialdemocracia más prístina, una vez eliminada toda herencia del antiguo régimen. La llamada Cláusula IV de los estatutos del partido, aquella que todavía comprometía al laborismo con el socialismo de Estado, va a ser eliminada. Es la última muerte de Carlos Marx.Como el partido social-demócrata alemán hizo en 1959 en el citado suburbio de Bonn, donde abjuró solemnemente del marxismo y de sus pompas nacionalizadoras, el Partido Laborista británico, que dirige Tony Blair, un joven ejecutivo educado en las instituciones de élite del Reino Unido, va a cubrir la última etapa que debería trasformarle en una formación política plenamente competitiva en el mundo post-soviético. El proceso es doloroso, como pudo comprobar el PSOE en 109, en su XXVIII Congreso.

La Cláusula IV, que proclamaba el compromiso del partido con la consecución del pleno empleo en el contexto de la intervención del Estado sobre la economía y en el control de las fuerzas del mercado por parte de la acción pública, se verá reemplazado por una declaración mucho más genérica en favor de la creación de riqueza y de su distribución con los criterios más igualitarios. El nuevo texto completa una evolución comenzada ya hace unas décadas. Para muchos, la cláusula que ahora muere ha sido factor decisivo para privar al labour de posibilidades de acceso al poder. Desde hace más de 15 años, con Thatcher y Major, los conservadores gobiernan el país y, una vez tras otra, los laboristas se han quedado en el umbral del 10 de Downing St.

La evolución que ahora culmina comenzó ya en los años sesenta, cuando el líder laborista Hugh Gaitskell inició el paulatino alejamiento del doctrinarismo de otros días. Pero el ala izquierdista del partido, fuertemente retrepada en el poder de los sindicatos, defendió siempre de forma encarnizada lo que consideraba unas señas de identidad irrenunciables. En último término, esa tendencia marxistizante sólo defendía una retórica, una partida de bautismo, cuyo único reflejo en la realidad era el poder desmesurado de las Trade Unions sobre un partido que ya era, por efecto de la evolución de la sociedad, plenamente interclasista; aunque, sin duda, no tanto como para hacer posible su victoria en las urnas.

En tanto que los socialismos continentales se iban adecuando a la realidad, como el Partido Socialista francés tras el fracaso del primer Gobierno del presidente Mitterrand en 1981 con cuatro comunistas; como los propios socialismos español y griego, que evolucionaban hacia una visión más sobria de la realidad; como el italiano de Bettino Craxi, tangentopoli aparte, que se despojaba de cualquier cendal de izquierdismo, el laborismo británico parecía apegado indisolublemente a unas cuantas frases.

Ahora, Tony Blair está a punto de conseguirlo. Es el fin de una reliquia que llevaba 77 años inscrita en el frontis de la constitución del partido; la expresión de lo que fueron anhelos, magníficas intenciones, propósitos tan generosos como impracticables. Un 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro, sirvió para que nadie pueda llamarse a engaño. Ahora, casi seis años más tarde, la realidad viene a cobrarse una nueva víctima. Pero de ese certificado de defunción nacerá también un nuevo partido social-demócrata europeo. Con menos retórica marxista. Y auténtica vocación de poder.

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