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El director y actor de doblaje reprocha que no se critique a las películas subtituladas

Manifiesto de Chema Lara en favor del doblaje de películas y series frente una campaña de ataques ‘fascista’ desde el cine español

HECHOS

El 6-04-2000 se publicó en el diario LA RAZÓN la tribuna ‘Doblaje Español contra Versión Extranjera’.

DOBLAJE ESPAÑOL CONTRA VERSIÓN EXTRANJERA

Decía el epistemólogo francés Gastón Bachelard que las ideas claras tienen a convertirse en ideas abusivamente claras. Una vez consolidadas, anulan cualquier punto de vista divergente, acabando con el debate y esterilizando, en su ámbito, el panorama intelectual durante décadas.

Algunos profesionales del medio sostenemos que nuestra actividad ha caído bajo la tiranía de una de estas ideas-dogma, la que afirma que el doblaje no es más que un fraude, y que lo culto, lo inteligente y lo progresista es ver las películas con subtítulos, es decir, en lo que los partidarios  del pensamiento único llaman pomposamente ‘Versión Original subtitulada’.

Una mirada exenta de prejuicios evaluaría rápidamente algo que resulta evidente: la auténtica versión original de una película estadounidense (y esto vale para cualquier nacionalidad) es la que se proyecta en Estados Unidos y en los países de habla inglesa SIN subtítulos y con su banda sonora íntegra. Tanto el doblaje, que manipula los diálogos, como los cartelitos, que manipulan la imagen, son AMBAS versiones adulteradas, dos formas diferentes e imperfectas de traducir un idioma foráneo, y es el espectador, adulto y libre, el que debe decidir cuál prefiere en cada momento en función de sus gustos.

En efecto ¿cómo es posible considerar original una versión en la que hay que leer no un subtítulo, sino una ristra de cartelitos continúa para comprender lo que dicen los actores? ¿qué sucede con el 30% – aproximadamente – de contenidos que se pierden en cuanto el diálogo está dicho con cierta velocidad? ¿Quién exige que los cartelitos no se anticipen a la imagen reventando el ritmo de las secuelas? ¿Quién pide cuentas cuando los cartelitos son blancos sobre un fondo de camisa blanca, de modo que sólo podemos leer con claridad fragmentos sobre solapas y las corbatas de los actores? ¿Quién protesta cuando los chistes y los juegos de palabras son traducidos literalmente – o sea, mal – y se pierde su efecto cómico? ¿A quién recurrir cuando en un patio de butacas ‘congelado’ se ríe sólo un espectador que sabe el suficiente inglés con acento americano como para comprender el doble sentido de una frase? Y, sobre todo, ¿qué director piensa en el ritmo, en los encuadres y en la planificación en función de que el público deba leer subtítulos en países de habla no inglesa?

Y una vez más, si las dos versiones adulteradas, la doblada y la de cartelitos, padecen inconvenientes, ¿Por qué una ha sido elegida como ‘pura’, ‘original’ y propia de gente culta, frente a la otra que sería la fraudulenta, la de los ignorantes e incluso la ‘franquista’?

Posiblemente el origen de esta idea-dogma procede de finales de los años sesenta, cuando comenzó a llegar a España el cine llamado ‘De Arte y Ensayo’ cuyas versiones eran casi siempre con cartelitos. Entonces la diferencia – méramente técnica – entre cine doblado y cine subtitulado se tiñó con un fondo político y social de gran alcance; el cine libre, el crítico, el que había estado prohibido anteriormente, pasó a ser el de ‘Arte y Ensayo’, que se proyectaba en salas especiales y, en cambio el doblado, que había sufrido censuras y deformaciones por parte del régimen, quedó desde esos años encuadrados en el bando antiguo, retrógrado y franquista.

Desde hace treinta años, tales tópicos no han sido revisados, ningún crítico ha suscitado el menor debate acerca de ellos, nadie, nunca, ha vuelto a pensar la cuestión. Lo que debería ser una opción de libertad por parte del espectador, se ha convertido en un rígido mandato cultural: o se prefieren los cartelitos, que es la única postura políticamente correcta, o se es un bárbaro.

Ese dictado original, producto de unas circunstancias muy concretas – el tramo final de una larga dictadura – cristalizó de una forma férrea cuando coincidió con el interés de una buena parte del mercado nacional: siendo el cine americano el ‘enemigo natural’ del cine español, el doblaje, que facilita su penetración y amplía su alcance público y su recaudación ne taquilla, debía ser condenado como traidor a la causa.

Es esta connivencia de intereses entre una idea primordial de hace treinta años, que ya debería haber perdido su vigencia, y el descarnado cálculo económico de un sector en permanente crisis, lo que confiere a esta posición ideológica anti-doblaje, irreductible e inmutable, su categoría de dogma. La descarada agresividad con la que se especula en ciertos ambientes del cine español con el hecho de acabar el doblaje ‘como sea’ poner de manifiesto la vecindad con las actitudes fascistas que acompaña a los que se creen poseedores de una verdad incontrovertible.

¿Puede imaginarse una actitud semejante en el ámbito editorial, por ejemplo? ¿Alguien entendería que una guardia pretoriana formada por críticos, editores y escritores españoles pretendieran acabar ‘como sea’ con los traductores?

La ferocidad de esta posición se manifiesta también en la ausencia de crítica: al elegir la descalificación global, los críticos renuncian a su trabajo, que les obligaría a hacer un mínimo comentario sobre la calidad de la interpretación que están realmente escuchando, vale decir, la doblada en, por ejemplo, las series de televisión. Nadie encontrará una sola reseña en periódicos o revistas en la que se dé cuenta del doblaje de series como ‘Twin Peaks’, ‘Expediente X’ o ‘Ally McBeal’; al halar de la interpretación los comentaristas fingen puerilmente que están escuchando a los actores estadounidenses y jamás hacen mención detallada de la interpretación de los actores y actrices españoles que son los únicos que en realidad oyen. Pueden hacer, eso sí, alguna referencia a que todo doblaje es malo ‘per se’, pero jamás una crítica ponderada.

En cuanto al cine, la mayoría de críticos ni siquiera ven las películas dobladas, despreciándolas, y hacen sus reseñas exclusivamente de la versión con cartelitos. Debemos suponer que todos ellos han nacido o vivido muchos años en Estados Undios, única manera de poder distinguir una interpretación buena de una excelente o de otra regular. Pueden darse casos curiosos, en medio de esta absurda farsa, como el que ejemplifica el trabajo del actor John Malkovich en la película ‘Las amistades peligrosas’, basada en la novela homónima de CHoderlos de Laclos. Todas las críticas en España lo ensalzaron unánimemente, considerándolo algunas como favorito para los Oscar; sin embargo, en Estados Unidos, se le criticó por su acento ocntemporáneo, chirriante y molesto al lado del acento neutro que había buscado y conseguido el resto de los actores a indicación de su director, para dar una impresión de época (La acción transcurre en la Francia del siglo XVIII). Malkovich, huelga decirlo, no fue si quiera dominado. De paso, descubrimos que no había un solo crítico en España con conocimiento suficiente del inglés que se habla en Estados Unidos como para detectar el problema.

La ausencia de una crítica matizada que ayude a separar lo digno de lo mediocre tiene un efecto maligno en nuestra actividad: puesto que todo el doblaje es condenado, todo el doblaje vale, pues es imposible distinguir mayor o menor calidad. Así, las cadenas televisivas, que siempre están buscando la manera de reducir sus gastos, pagan cada vez menos a las empresas de doblaje, éstas a su vez pagan menos a los directores y actores, los buenos profesionales van siendo sustituidos por recién llegados con la única condición de que cobren más barato y, en definitiva, es el público el que sale perdiendo, pues se deteriora la calidad de un producto que consume habitualmente y no puede hacer nada para evitarlo.

Los espectadores no tienen cauces para expresar su aprobación o su queja, las asociaciones de consumidores no han reclamado su derecho a exigir más calidad, los nombres de los actores de doblaje son desconocidos, no existen premiso específicos como en otros países de habla hispana…

Ante el progresivo deterior que sufre nuestra actividad, y con ánimo sereno y constructivo, quisiéramos contestar al conjunto de ideas-dogma sobre el doblaje, sugiriendo otras perspectivas que nos parecen más cercanas a la realidad:

  • 1) El doblaje es una mafia que gana mucho dinero. El doblaje está bajo mínimos. No sólo no se gana mucho dinero, sino que es la única profesión en España que funciona con precios de hace quince años. En Madrid, hace siete años que no se negocia un covnenio, no se repercute la subida del IPC, y las tarifas vigentes de hecho son alrededor de un 40% más bajas que las del año 90.
  • 2) El doblaje siempre son las mismas voces. Sumando las de Madrid, Barcelona, Galicia, Euskadi, Valencia y Sevilla, son alrededor de mil las voces de actores y actrices que se dedican profesionalmente a doblar.
  • 3) El doblaje es una adulteración y un fraude. Considerar ‘original una manipulación de la imagen que distrae la mirada en un arte precisamente visual, constituye un abuso de perspectiva, no por aceptado menos escandaloso. Que ese abuso se convierte en lo único políticamente correcto es lo que nos empuja hoy a estar aquí, defendiendo un punto de vista alternativo.

José María Lara

MÁS CRÍTICAS AL DOBLAJE DESDE EL DIARIO LA RAZÓN

 El contundente alegato de D. José María Lara ‘Chema’ Lara no impediría que en los periódicos, incluyendo en el propio periódico LA RAZÓN donde su alegato había sido publicado, siguieran apareciendo críticas al doblaje.

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