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Un accidente de tráfico en París acaba con la vida de Diana de Gales «Lady Di», la princesa del pueblo de Gran Bretaña

HECHOS

El 30.08.1997 falleció Diana Spencer, princesa de Gales, madre del heredero al trono del Reino Unido.

¿PRINCESA DEL PUEBLO O AMIGA DE LAS CÁMARAS?

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LA REINA DE INGLATERRA TUVO QUE DIRIGIRSE A LA NACIÓN POR TV

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01 Septiembre 1997

La princesa y la muerte

Francisco Umbral

Desde que empezó la saga de Diana de Gales (saga era una narración oral, y así nos llega por radio y televisión), uno vio en ella la versión actual de la lucha del hombre -la mujer- contra las instituciones. Quiero decir que uno solía estar de parte de Di no sólo porque fuese mujer, bella y abandonada, sino porque, sin ella saberlo, era kafkiana.

Resumió el origen de sus males brillantemente: «Me enteré un día de que en mi matrimonio éramos tres». La Corona británica, institución por antonomasia en poder y protocolo, pretendía imponer a la solitaria princesa un menage, menage siempre presidido por el imperio de la otra. Y entonces ella inicia una desalada carrera hacia la libertad, el amor, la verdad, la vida, la muerte, carrera que ha terminado en un túnel de París, junto al amante también muerto, un funcionario muerto y una estela de papparazzi fotografiando el alba lívida y no precisamente de oro. En todas las dinastías del pasado se han dado conatos mucho más sombríos, como sabemos, como cuenta o calla la Historia, pero entonces no había un reportero con moto para contarlo. Buckinham se encrespa contra la Prensa, pero la Prensa no hace sino servir el último episodio de la novela viva que sigue la gente, pues ya dijo Roland Barthes que la vida es una lectura del Yo.

Caridades, amantes, viajes, desnudos, jueces no han sido sino las mil maneras que ha tenido esta princesa kafkiana de luchar contra esa institución de instituciones que es la Corona británica. Los clásicos luchaban contra los dioses y el hombre del siglo XX lucha contra las instituciones. Ni los griegos creían mucho en sus dioses ni nosotros creemos gran cosa en nuestras instituciones. Esta es la gran falla, la secreta rotura con que la historia se presenta ante el 2001.

No se pasa impunemente de ser la princesa de Gales a ser la señorita Di. Ella ha tenido que pagar altos y variados precios por su condición civil, peatonal, sentimental, de chica que va al gimnasio y a la compra. La monarquía inglesa es una eternidad en ruinas, un desparrame de princesas y divorcios. Llevan ya así un par de generaciones. Pero una Institución mayúscula y en decadencia se torna tanto más cruel, por eso mismo, y Diana había tenido todavía, la semana pasada, el arranque bravito y desfallecido de criticar al «irritante» Major y los conservadores, pronunciándose por Tony Blair y los laboristas. La respuesta a tal blasfemia política (la Corona es siempre de los mismos) se ha producido en un thriller acelerado bajo los puentes y los túneles de París. Mayor cerco a la princesa y como consecuencia mayor infantería periodística. Las fotos imposibles hubieran dado mucho juego en Palacio.

La princesa laborista vive su muerte, muere su vida en un hospital de la ciudad, al costado frío y como ausente de un amor renovado y fatal. La debilísima princesa fuerte acaba perdiendo en esta épica, pero de estas derrotas del siglo -Kafka, Camus, Oscar Wilde- se va tejiendo la victoria democrática y cotidiana de estos griegos marengo que se sonríen irónicamente de sus dioses. Pero la bruja, una vez más, ha podido con Blancanieves.

01 Septiembre 1997

La tragedia de Cenicienta

Jaime Peñafiel

Cuando en la madrugada de ayer domingo me despertaban desde París para darme la noticia de la muerte de Lady Di, tuve la misma reacción, de incredulidad, que cuando el día 13 de septiembre de 1982, que era lunes, me telefoneaban desde Montecarlo para comunicarme que la princesa Grace había fallecido.

Confieso que me costó mucho asumir estas muertes. Tanto la princesa soberana de Mónaco como la princesa de Gales eran la más viva representación de la vida, de la belleza, de la juventud una, de una espléndida madurez, otra. Y esto, todo esto, parecía no poder morir.

Desgraciadamente el trágico destino ha unido a estas dos mujeres excepcionales, cada una a su manera y por diferentes motivos. Ambas protagonizaron, en su día, el cuento de la Cenicienta hecho realidad. Con el príncipe Rainiero, Grace Kelly, el 19 de mayo de 1956; con el príncipe Carlos, Diana el 21 de julio de 1981.

Pero mientras Grace tuvo que luchar para hacerse respetar, con el olvido, por haber sido una famosa actriz de Hollywood, por ello las casas reales de la vieja Europa, tan puras e intransigentes éstas, boicotearon su boda. ¡Qué lejos estaban entonces de saber lo que iban a tener que tragar!

SIMPATIAS.- Pero Diana, a diferencia de Grace, lo tuvo todo a su favor: la autorización de la reina Isabel, la simpatía de los ingleses y el favor de la prensa no sólo británica sino del mundo entero. Todo a su favor para haber sido feliz y convertirse, en su momento, en la reina de Inglaterra.

¿Qué falló en esta historia? ¿El príncipe o la Cenicienta? A diferencia de Grace de Mónaco, que siempre fue una mujer amada por su marido, a Diana le falló el amor de Carlos que, cuando se casa con ella, ya está viviendo, desde hace años, una apasionada historia en la que no sólo había sexo sino también mucho amor. Y no pasó mucho tiempo hasta que ella supo que en su matrimonio «eran tres, ella, él y yo».

Ante tan grande decepción por tanta infidelidad, le faltó la «profesionalidad» que nuestro Rey cree necesaria para quienes asumen, por matrimonio desigual, el destino para ser reina. Grace lo asumió con dignidad. Hasta su trágica muerte. A Diana le faltó la profesionalidad y, digámoslo, la dignidad, para asumir que el príncipe de sus sueños se había convertido en una pesadilla llamada Camila.

Y al igual que han hecho, ante el desamor, algunas sufridoras reinas, ella no supo, no pudo, o no quiso asumir que si ya había dejado de ser la esposa del príncipe de Gales, y por lo tanto, reina un día, seguía estando atada, de por vida al principio constitucional, por ser la madre del futuro rey de Inglaterra.

Pero el divorcio y la anorexia acabaron desestabilizándola por completo. Y perdió los papeles, por no decir la dignidad, cuando compareció ante las cámaras de la BBC para confesar: «Yo he sido adúltera». E inició una huida hacia adelante en busca de la felicidad que, por fin, parecía haber encontrado junto a Dodi Al Fayed, un playboy, hijo del riquísimo egipcio propietario de los almacenes Harrod’s que siempre quiso ser inglés y nunca pudo. Y ¡miren ustedes por dónde! su hijo se venga de la altiva Albión llevándose al lecho nada menos que a la princesa de Gales.

Cuando Grace de Mónaco murió, también en un accidente de coche, nunca se llegó a saber si conducía Estefanía, su vida estaba desestabilizada por los escándalos de sus hijas cuyas vidas ella intentaba reconducir. Diana parecía haber descubierto la felicidad al final del túnel. Aunque eso nunca se sabrá.

La trágica muerte de la princesa sume a la Casa Real británica en ese annus horribilis que no tiene fin. Aunque muchos piensen que la desaparición de Lady Di puede arreglar muchas cosas, de momento no va a ser así. La histeria colectiva de cariño y simpatía hacia la princesa de Gales va a volverse sobre todo, aunque no sólo contra su ex marido, el príncipe Carlos, a quienes señalarán como el culpable de tan trágico fin, cuando él sólo fue el principio.

APOYO POPULAR.- El pueblo, a quien Diana había logrado emocionar con sus gestos, estudiados ellos, de solidaridad con los menos favorecidos, con sus campañas contra las minas terrestres y contra el sida, así como las fotos junto a ese comodín de lavado de imagen que es la madre Teresa de Calcuta, estaba con ella. La consideraban la víctima que era. De la familia real, de su marido y, lo que es peor, de ella misma.

La muerte de Diana también se va a volver contra Camila, la mala de la película, («fea, católica y sentimental») y sobre la que se había iniciado un cierto movimiento de simpatía.

Y también desgraciadamente contra la reina Isabel por no haber sabido reconducir con mano dura la maltrecha felicidad de su familia. De toda ella. Desde su hermana Margarita (divorciada), hasta su hija Ana (divorciada) pasando por su hijo Andrés (divorciado) y sobre todo de su hijo Carlos, el futuro rey de Inglaterra, hoy más lejos que nunca de serlo con el respaldo de ese pueblo que llora a la Princesa de las Gentes, como le ha llamado el jefe de Gobierno, Tony Blair, el primer fan de Diana y ¿enemigo del príncipe Carlos en particular y de la monarquía en general? Puede. De todas formas la muerte acaba de convertir a la princesa Diana en un mito. Esperemos que no en virgen y mártir, que sería peligroso. Y a lo mejor el tiempo coloca a cada uno en su sitio. Incluso en el trono a Carlos y… a Camila.

Al tiempo le pido tiempo y el tiempo, tiempo nos dará.

01 Septiembre 1997

Algo más que un accidente

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

¿Qué responsabilidad tuvo la prensa del corazón en la muerte de Diana?

LA MUERTE de la princesa Diana de Gales, en un accidente de tráfico en un túnel en el centro de París, cuando intentaban huir de un grupo de fotógrafos de prensa, ha provocado una inmensa conmoción. Y habrá de generar no pocas reflexiones. En todo el mundo se ha sentido duelo y desolación por la desaparición de esta joven mujer que había conquistado una popularidad sin parangón desde que se casó, hace 16 años, con Carlos, el príncipe de Gales, heredero de la Corona británica.

Mucho se ha discutido en estos últimos años sobre sus dificilísimas relaciones con su marido, del que estaba divorciándose, y con toda la casa real británica, y en especial con la reina Isabel II. Diana había contribuido de forma muy clara a que la casa real se viera continuamente envuelta en escándalos reflejados en la prensa sensacionalista británica y tenía así gran parte de responsabilidad en las graves dificultades que atraviesa la imagen y los niveles de aceptación popular de la monarquía británica.

Pero con todas las dificultades derivadas del estrepitoso fracaso matrimonial con el príncipe Carlos y supuestos o reales desequilibrios anímicos, Diana era una personalidad que con razón ayer muchos calificaban de única e insustituible. Su inmensa habilidad para las relaciones públicas la había volcado, antes y después de su definitiva separación del príncipe, en diversas causas humanitarias. Una de sus últimas iniciativas fue volcarse en favor de la prohibición de las minas anti-personales. Con este fin viajó a muchos sitios en el mundo. El último fue Bosnia, pero su intento allí de utilizar su imagen pública para esta iniciativa no tuvo el éxito previsto.

Unas fotos, realizadas sin permiso y con teleobjetivo, en las que aparecía en ademanes cariñosos con Dodi al Fayed, el hijo de un magnate árabe dueño de los célebres grandes almacenes Harrod’s y del hotel Ritz de París entre otras muchas cosas, restó protagonismo a sus inspecciones de zonas minadas y visitas a víctimas de estas bombas en los Balcanes.

Todo indica que aquellas fotos, pagadas a precios astronómicos en el Reino Unido, encauzaron de alguna forma su muerte. Algunas de las fotografías manipuladas sin escrúpulos por unos diarios sensacionalistas británicos que han perdido ya no sólo toda referencia ética, sino también el mínimo pudor, intensificaron si cabe el asedio de los paparazzi a Diana y a su, novio, Dodi al Fayed.

Los fotógrafos que los perseguían el viernes en moto por las calles de París, y que provocaron la huida a velocidades vertiginosas del coche de la pareja, estaban motivados por los precios pagados entonces. Estos fotógrafos que trabajan por cuenta propia, conocidos como paparazzi en evocación de la película La dolce vita, de Fellini, venden sus fotografías de gente más o menos famosas al mejor postor, que suele estar en las llamadas revistas del corazón o en los grandes periódicos sensacionalistas.

En el Reino Unido estos últimos tienen tiradas millonarias. Y desde años se disputan implacablemente todo lo que haga referencia a la vida privada e intimidad de Diana de Gales. Los paparazzi han llegado a convertirse, también aquí en España, en gentes que por conseguir una fotografía están dispuestos a todo o casi todo. Y en la práctica es perfectamente habitual la invasión y violación de la intimidad de personas cuyas imágenes o comentarios pueden resultar vendibles de una u otra forma.

El acoso al que se ha visto sometida la princesa Diana desde que se casó, pero especialmente desde que se hizo oficial su ruptura con el príncipe Carlos, es difícilmente soportable por una persona equilibrada e insoportable para quien no lo es. El hermano de Lady Di ha culpado directamente del accidente y la muerte de la pareja a los fotógrafos que la acosaban en París el viernes. No es eso.

Pero sí puede decirse que la práctica de un periodismo sin escrúpulos puede tener consecuencias trágicas. La liquidación sistemática de la honra y la intimidad de personas más o menos públicas puede llevar a los afectados a situaciones extremas. Lo grave es que estos productores de escándalos sólo existen porque hay una demanda cada vez mayor. La prensa basura y la televisión basura sólo proliferan cuando tienen un público fiel, destinatario de la publicidad que las financia.

El asedio a Diana ha concluido. Su muerte se debió a un accidente de tráfico como hay tantos todos los días en todas partes. Nadie la ha matado. Y sin embargo, es muy posible que no se hubieran matado ella y sus acompañantes si sé hubiera respetado el hecho evidente de que no querían ser fotografiados. Pero eso no se había hecho nunca antes y era obvio que no iba a hacerse el viernes cuando la pareja salió del hotel Ritz en el coche de la tragedia. Y estremece el hecho de que que los fotógrafos que perseguían el coche y llegaron al lugar del suceso instantes después de producirse éste se dedicaron a hacer fotos del coche accidentado y no hicieron ademán de ayudar a los ocupantes, dos de los cuales, Diana entre ellos, aún estaban vivos.

Es posible que sea ingenuo pensar que la tragedia de París vaya a abrir un proceso de reflexión en general sobre las prácticas de este tipo de periodismo. Pero, desde luego, sería deseable. Y no sólo en el Reino Unido.

11 Septiembre 1997

En la muerte de Diana de Gales una reflexión constitucional

Javier Pérez Royo

La institución monárquica choca frontalmente con los dos principios básicos sobre los que descansa el Estado constitucional democrático desde las revoluciones americana y francesa: el principio de igualdad y el carácter representativo de todo poder político. Si hay algo que el Estado constitucional democrático no puede tolerar es que jurídicamente se configuren distintas categorías de individuos jerárquicamente ordenados. Para evitarlo fue precisamente para lo que se inventó el concepto de ciudadanía, que supone la equiparación jurídica de todos los individuos, independientemente de sus diferencias personales. Esta regla no admite excepción. Pero además el Estado constitucional democrático exige que su manifestación de voluntad se reconduzca permanentemente a lo que dichos ciudadanos, bien directamente bien a través de sus representantes, decidan. Por eso el Estado constitucional democrático es ante todo una forma de organización política formalmente igualitaria y representativa.Ésta es la razón por la que la monarquía como forma política es, desde la imposición efectiva del Estado constitucional, una especie bajo amenaza permanente de extinción. En última instancia, el Estado constitucional democrático no es más que un proyecto de ordenación racional del poder, tanto en su origen como en su ejercicio, y en el mismo no tiene cabida una magistratura de tipo hereditario. La herencia es una institución coherente con la propiedad privada, pero no con el ejercicio del poder del Estado, que se caracteriza precisamente por la separación del poder político y la propiedad.

La monarquía, en consecuencia, no tiene ni puede tener una justificación de tipo racional en el interior del Estado constitucional democrático, sino que tiene, allí donde todavía existe, una justificación exclusivamente histórica. Es una consecuencia del peso de la institución monárquica en el proceso de formación del Estado nacional en el continente europeo. Por eso, a pesar de que la Revolución Francesa y los procesos subsiguientes a través de los cuales se puso Fin al Antiguo Régimen en Europa fueron fundamentalmente antimonárquicos en los principios, no fueron capaces de serlo institucionalmente. En la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX una forma política no monárquica resultaba sencillamente inimaginable. Los siglos de Monarquía Absoluta pesaban demasiado todavía.

Esta contradicción «principial e institucional» ha marcado desde entonces la evolución de todas las monarquías europeas sin excepción, resolviéndose siempre la misma a favor del primer término de la contradicción, esto es, a favor de los principios democráticos y en contra del segundo, esto es, de la institución monárquica. Al menos desde una doble perspectiva.

En primer lugar, aquellas monarquías que no supieron adaptarse institucionalmente a los nuevos principios del Estado constitucional, es decir, aquellas monarquías que no supieron convertirse a lo largo del siglo XIX en monarquías parlamentarias y en las que el rey continuó siendo un poder real y efectivo del Estado, resultaron incompatibles con la propia existencia del Estado constitucional en el tránsito del Estado liberal al democrático en los primeros decenios del siglo XX. Serían, en consecuencia, barridas por la historia. Es el caso de las monarquías autoritarias centroeuropeas, alemana y austrohúngara, de la rusa, la portuguesa, la italiana o la española, aunque ésta última, a diferencia de las demás, tendría una nueva oportunidad de demostrar su utilidad para el país en el último cuarto de nuestro siglo. La sigue teniendo.

En segundo lugar, las monarquías que supieron adaptarse al Estado constitucional a lo largo del siglo XIX y consiguieron de esta manera sobrevivir a la marea democrática posterior a la I Guerra Mundial, han experimentado un proceso de democratización sui géneris que las hace depender cada vez menos de su carácter hereditario y, por tanto, de su legitimidad histórica, y más de su aceptación por la opinión pública.

La monarquía es, pues, una anomalía histórica que ha tenido que ser corregida por el Estado constitucional, bien mediante su supresión pura y simple, bien mediante el sometimiento de la misma, de una manera peculiar por supuesto, a ese axioma del constitucionalismo democrático según el cual «todo poder procede del pueblo». La monarquía, o ha dejado de existir o allí donde todavía se mantiene se ha convertido en una institución enormemente dependiente de la opinión pública del país. Su legitimidad de origen o histórica no basta para continuar justificando su existencia en nuestros días, sino que necesita una legitimidad de ejercicio, que sólo puede obtener de su sintonía con la opinión pública.

Esta evolución en las relaciones entre la monarquía y el Estado constitucional democrático, esta dependencia de la institución monárquica de su sintonía con la opinión pública es la que ha venido a exteriorizar dramáticamente la muerte de Diana de Gales. Desde una perspectiva política es, con mucha diferencia, lo más llamativo de este trágico accidente. Y aquello que más merece ser resaltado, en la medida en que puede afectar al curso de los acontecimientos políticos y al diseño institucional del Reino Unido, pero no sólo de él.

El impacto de la muerte de Diana de Gales es la prueba más visible del cambio que se ha producido en la justificación de la institución monárquica en el Estado de nuestros días respecto de su justificación tradicional.

En efecto, una institución cuya utilidad política residía, inicialmente, en su carácter hereditario, esto es, en el hecho de que al estar garantizada la jefatura del Estado por un orden de sucesión perfectamente definido, la primera magistratura del país quedaba a cubierto de los vaivenes de la opinión pública, convirtiéndose de esta manera en símbolo de la unidad y permanencia del Estado, ha pasado a tener una justificación completamente distinta. Distinta y no opuesta, pero siempre que la legitimidad histórica se subordine a la legitimación democrática. Si esto no ocurre, la distinción se convierte en contraposición y la institución monárquica no puede sobrevivir.

Dicho de otra manera: justamente porque la monarquía es una magistratura hereditaria, porque el monarca no puede ser desalojado de la jefatura del Estado cada cuatro o cada siete anos, es por lo que la exigencia de su aceptación cotidiana por la opinión pública se acentúa todavía más que respecto de las magistraturas elegidas (aunque de forma distinta, por supuesto). El elemento personal, el factor humano, que es del que se pretendía hacer abstracción al instaurar la monarquía como forma de Estado y del que de hecho se ha venido haciendo abstracción hasta hace relativamente poco en los Estados monárquicos, se ha convertido en un elemento de capital importancia en la monarquía de este final de siglo. En la británica y en todas.

Aquellas monarquías en las que los miembros de la dinastía reinante no sepan estar a la altura de lo que la opinión pública espera de ellos van a tener enormes dificultades para subsistir. La monarquía, como la nación en la famosa definición de Renan, se está convirtiendo, en el Estado democrático de nuestros días, si es que no se ha convertido ya, en un plebiscito permanente.

Javier Pérez Royo

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