8 octubre 1977
Los guardias civiles Angel Antonio Rivera Navarron y Antonio Hernández Fernández Segura fueron asesinos junto con él
Un comando de ETA asesina al franquista Augusto Unceta, Presidente de la Diputación de Vizcaya y ex alcalde de Guernica
Hechos
D. Augusto Guillermo Unceta-Barrenechea Azpiri
fue asesinado el 8 de octubre de 1977, junto con él también fueron asesinados sus escoltas, los guardias civiles D. Angel Antonio Rivera Navarron y D. Antonio Hernández Fernández Segura.
Lecturas
D. Augusto Unceta-Barrenechea Azpiri, de 53 años, presidente de la diputación vizcaína y antiguo alcalde de Gernika, fue, como todos los sábados, al frontón de esta localidad para jugar con unos amigos un partido de pala. Fue en su coche acompañado por otro coche con dos guardias civiles escoltas. Al llegar a las instalaciones y bajar del coche recibió un disparo al cabeza primero y después una ráfaga de metralleta. En total, 11 impactos de bala. Sus escoltas, D. Antonio Hernández-Fernández Segura, de 23 años, y D. Ángel Antonio Ribera Navarrón trataron de alejarse de las ráfagas de balas, pero chocaron con su coche y antes de poder defenderse fueron también ametrallados.
El Sr. Unceta-Barrenechea Azpiri se había enfrentado al Gobierno Suárez González y a su ministro D. Rodolfo Martín Villa por su negativa a aceptar la bandera ikurriña como cooficial en el País Vasco.
Tras el multitudinario funeral celebrado en Gernika, se congregó un grupo de algo más de medio centenar de manifestantes de Fuerza Nueva que recorrieron algunas calles del pueblo, algunos de ellos armados, gritando vivas a España, al ejército o entonando el «Cara al sol».
Hechos: El 8 de Octubre de 1977 (un año después del asesinato del Sr. Araluce Villar), era asesinado D. Augusto Unceta, presidente de la Diputación de Vizcaya. Unceta recibió hasta once impactos de bala, con él fueron asesinados los dos Guardias Civiles encargados de su escolta: D. Antonio Hernández y D. Ángel Rivera. A pesar de que el Sr. Unceta había sido amenazado reiteradamente, este consideraba al terrorismo un asunto «de Guipuzcoa».
Víctimas Mortales: D.Augusto Unceta Barrenechea, D. Antonio Hernández y D. Ángel Rivera
–
ENFRENTAMIENTO UNCETA-MARTÍN VILLA
El Sr. Unceta (franquista cercano a Alianza Popular), mantuvo un gran enfrentamiento con el ministro de interior, D. Rodolfo Martín Villa (franquista del sector UCD) cuando este le ordenó colocar la bandera «ikurriña» junta a la nacional en la diputación de Vizcaya. El Sr. Unceta calificó entonces al Sr. Martín Villa de «traidor» y le envió una carta que terminaba diciendo «que Dios nos libre a nosotros de usted». La carta fue difundida en el diario ABC por el periodista D. José María Portell que, tiempo después también sería asesinado por ETA.
LOS ASESINOS:
En el comando que asesinó al Sr. Unceta estaba José Arregui Erostarbe “Fiti”, que más tarde ascendería al Comité Ejecutivo de ETA.
24 Enero 1977
Carta de Augusto Unceta a ministro Rodolfo Martín Villa
Sr. Ministro:
En mi vida, en pocos días han ocurrido varias situaciones que jamás hubiera podido soñar pudieran sucederme. Que me traicionara un ministro.
Usted lo ha hecho conmigo, y curiosamente no me siento herido ni humillado. Solamente me siento defraudado. Usted puede pactar con quien quiera. Como hombre, como ministro o como lo que sea, pero ni Dos le da derecho a jugar como usted lo ha hecho conmigo.
Usted ha jugado conmigo y ha hecho que en este momento sea yo en Vizcaya un valiente para unos, quien les ha chafado la maniobra para otros.
En 1977 no se desea ser valiente porque ya se sabe donde acaba.
En cuanto a chafar la maniobra separatista al encabezar la postura de la Diputación de Vizcaya, que entiendo es la única posible por razones históricas, y sobre todo por la convicción de que no representa la mayoría, por ser un partido político y, por lo tanto, no poder representar jamás el sentimiento de ciudadanía que para conseguir su revanchismo tratan de enmascara como elemento pacificador. Pocas horas han fallado, en San Sebastián, para demostrar lo contrario. Como no quiero mezclar en esta carta mis sentimientos particulares con los conceptos argumentos y temas más o menos políticos, éstos los voy a exponer separadamente, por si al señor ministro le pueden ayudar a comprender un poco algunos aspectos de nuestra tierra.
Al señor ministro le cabe el honor de haber dividido más aún a los vizcaínos con la publicación de su confusa instrucción. Aquí en Vizcaya jamás habían soñado en poder colocar la bierucífera en los Ayuntamientos. Creo que el señor ministro ha confundido el problema de Guipúzcoa con Vizcaya. Yo lo siento mucho pero usted debe sentirlo mucho más.
Gracias, señor ministro, por aumentar mi servicio de protección y porque la Guardia Civil vigila más el recorrido de mí casa.
Creo que no le interesará saber el calibre de la pistola con la que mi hijo abre la puerta cuando llaman, desde su instrucción de paz y justicia.
De mi mujer es mejor que no le diga nada, y también esto se lo debemos a usted.
No deseo extenderme más. Basta con acompañarle dos noticias de la Prensa para que ve que su autorización no es precisamente lo que ha traído la paz a las Vascongadas y que la bandera nacional, nuestra bandera, nunca será respetada por los partidarios de su ikurriña.
Que Dios le dé al señor ministro más suerte en sus decisiones futuras y nos libre a nosotros de usted.
José María Portell
09 Octubre 1977
El crimen de Guernica
Precisamente el día en que se hacía público el texto conjunto Gobierno-Oposición de la ley de Amnistía, que incluye a todos los presos políticos vascos, el presidente de la Diputación de Vizcaya, señor Unceta Barrenechea, ha sido asesinado, junto con dos guardias de su escolta. En la víspera, más de 100.000 bilbaínos, convocados por el PNV, el PSOE y otros partidos, habían respaldado las negociaciones iniciadas por los señores Arzallus y Benegas, en nombre de la Asamblea de Parlamentarios vascos y con el visto bueno del lendakariLeizaola, para estudiar con el Gobierno de Madrid un régimen provisional de autonomía para Euskadi. Y no hace muchos días la rama político-militar de ETA, en cuya órbita se mueven los más significativos partidios de la izquierda abertzale en todo caso, extraparlameniaria-, había hecho público su propósito de poner en segundo plano la lucha armada para consagrar todos sus esfuerzos a las movilizaciones populares. Para completar el cuadro, los extrañados, o han abandonado el nacionalismo vasco para vincularse a organizaciones trotskistas, o manifiestan su apoyo a EIA, el más importante grupo abertzale que acudió a las elecciones de junio y es calificado por algunos observadores como la organización legal de ETA (rama político-militar).Este es el cuadro político en el que se inscribe el atroz crimen de ayer sábado en Guernica. Las dos banderas que permitían la movilización del pue blo vasco -la amnistía total y el reconocimiento de sus derechos al autogobierno- ya no van a poder ser enarboladas, en el futuro, por el extremismo radical, despojado así de consignas de contenido popular, humanitario y vasquista para sus propios fines. Las elecciones de junio habían demostrado ya que la gran mayoría del pueblo vasco se siente mejor representada por la línea moderada del PNV y el PSOE que por la radical,encarnada en Euskadiko Ezkerra. Esta primera divisoria mostró, bien a las claras, que el talante de moderación y el deseo de cambio, generales en el resto de la Península, también eran predominantes en Euskadi. Pero la inminente promulgación de la amnistía y el inicio de las negociaciones para la autonomía vasca ha producido una segunda división dentro del sector, ya de por sí minoritario, de la izquierda ábertzale- pese a su radicalismo, los representantes de Euskadiko Ezquerra, los principales grupos de KAS (coordinadora del socialismo abertzale), los extrañados e incluso, de algún modo, la rama político-militar de ETA, parecen iniciar su reconversión a la vida democrática. Ello incluye la aceptación del veredicto popular expresado en las urnas y excluye la utilización de las armas.
De esta forma, quedan solos los supervivientes de ETA (rama militar) y los comandos bereziak, dispuestos.-como los fascistas- a no utilizar otra dialéctica que la de los puños y las pistolas, a no dar a las umas más uso que ser rotas, y a sembrar la tierra vasca de cadáveres.
En el terreno ideológico, el círculo se ha cerrado. Los dos extremos, en la derecha y en la izquierda, usan el mismo lenguaje, ponen en práctica idénticos procedimientos y cultivan los mismos valores. Para unos y otros, la Patria -la Patria española y la Patria vasca- no son los hombres que la componen, sino una simple coartada para proteger sus intereses. Los medios ocupan el lugar de los fines; y la vida de un hombre es menos valiosa que el cartucho que la siega. Ambos glorifican la violencia, la guerra y el arrojo, aunque en la práctica tiendan emboscadas y disparen por la espalda. Lo que los ciudadanos. opinen o voten, nada importa.
Sólo queda por comprobar si esa coincidencia en el terren o de los símbolos y los valores no esconde una connivencia en el plano puramente instrumental y logístico. A nadie sorprendería que las armas, las municiones, los fondos y las instrucciones que reciben los extremistas de izquierda y de derecha tuvieran un único suministrador: aquellas fuerzas nacionales o intemacionales interesadas en desestabilizar la situación española, destruir la democracia y transformar al país entero en un campo de concentración.
El Gobierno debe actuar con toda energía en el aspecto estrictamente policial y de orden público, y en el que, desde luego, no se puede aplaudir su gestión. Pero no basta. Hay que consolidar el aislamiento político ya existente de quienes comenzaron en la violencia revolucionaria y han terminado, por la inexorable lógica de las cosas, transformados en vulgares asesinos. El crimen de Guernica tiene, seguramente, un objetivo para estos extremistas desesperados: frenar el proceso de descomposición de la izquierda abertzale, imposibilitar la amnistía, dificultar las negociaciones para el restablecimiento provisional de la autonomía en Euskadi, abrir una brecha entre él PNV, y el PSOE, por un lado, y los demás grupos nacionalistas. Los asesinos no sólo han cometido un crimen, sino que, además, han tendido una trampa política. Que la necesaria persecución del delito no sirva a los propios delincuentes para cumplir sus fines.
El Análisis
El 8 de octubre de 1977, mientras el país intentaba estabilizarse en su recién estrenada apertura política, ETA asesinó brutalmente a Augusto Guillermo Unceta-Barrenechea, presidente de la Diputación de Vizcaya, así como a sus dos escoltas, los guardias civiles Ángel Antonio Rivera Navarrón y Antonio Hernández Fernández Segura. Unceta fue atacado cuando se disponía a practicar deporte en el frontón de Guernica, una acción sádica: varios individuos descendieron de un coche y abrieron fuego con subfusiles, acribillando al presidente y a sus guardaespaldas.
El origen de esta tragedia tiene raíces políticas profundas. Unceta, nacido en Guernica en 1923, había sido alcalde de su tierra, presidente de la Diputación foral tras una larga trayectoria, empresario con vínculos locales destacados, y figura de la derecha conservadora vasco-española —franquista en origen, pero con ciertas tensiones con el régimen tardío en lo que atañe al nacionalismo vasco y los símbolos. Había rechazado pagar el “impuesto revolucionario” que ETA le exigía, y además se le atribuye públicamente su oposición a que la ikurriña (la bandera vasca) fuese legalmente reconocida por el Estado, en contraste con la postura de algunos otros responsables forales.
Este crimen remite inevitablemente al asesinato de Juan María de Araluce Villar, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, ocurrido poco más de un año antes, bajo circunstancias parecidas: figura institucional franquista, asesinado por ETA y convertido en símbolo de la violencia política vasca. La diferencia fundamental es que con Araluce hubo menor visibilidad en las discrepancias políticas: él suele presentarse como alineado con el régimen, mientras Unceta era una figura más compleja, un conservador tradicional pero con matices, con resistencia a aceptar símbolos nacionalistas que consideraba divisivos, incluso dentro del País Vasco.
Más allá de la vida política de Unceta, lo que este asesinato representa es algo muy grave: un intento de imponer el terror como método político, de castigar no solo ideas, sino personas, para silenciar posiciones institucionales disidentes. En un momento en que España estaba estrenando su democracia —aunque aún frágil — este tipo de atentados amenazaban no solo vidas individuales, sino la posibilidad de que la discrepancia política se resolviera en las urnas y no con las balas.
Que Unceta se negara a ceder al chantaje del “impuesto revolucionario”, que mantuviera su escolta, que se opusiera legalmente a reconocer símbolos que otros demandaban, habla de una convicción, equivocada o no para algunos, pero firme. Esa convicción costó sangre. Y esa sangre exige memoria.
Hoy, cuando ya se ha reconocido legalmente la ikurriña, cuando ya se han superado muchas de las heridas de la Transición, su muerte debe servir para afirmar algo que la violencia quiso destruir: el principio de que nadie debe tener que elegir entre ser leal a sus convicciones políticas o vivir en paz. Que la democracia ofrezca ese espacio para el desacuerdo, incluso para quienes hemos sido parte de un pasado que no todos comparten, es el verdadero homenaje que se le debe a Unceta, a sus escoltas, y a todas las víctimas que saben que la paz se sostiene, entre otros cimientos, sobre la dignidad.
J. F. Lamata