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El político permanecerá 8 años en estado vegetativo hasta su fallecimiento en 2014

Un derrame cerebral acaba con el Primer Ministro de Israel, Ariel Sharon, cuando acababa de dar un golpe al tablero político de su país creando Kadima

HECHOS

Fue noticia el 6 de enero de 2006.

06 Enero 2006

Israel, sin Sharon

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Incluso si Ariel Sharon sobreviviera a su derrame cerebral, que le mantiene entre la vida y la muerte, es prácticamente seguro que no podrá volver a ejercer como primer ministro de Israel. Su salida del escenario político agrava la incertidumbre sobre el futuro de su país, que ya era máxima desde su decisión de abandonar el Likud y crear un nuevo partido, Kadima (Adelante), con el que pensaba presentarse a las elecciones del 28 de marzo.

Súbitamente, los desahuciados dejan de estar en respiración asistida, y los que acariciaban la idea de que los necesitara Sharon para un Gobierno de coalición sueñan con ser ellos los que organicen ese Gabinete. En el primer caso está Benjamín Netanyahu, que dirige el Likud, en la extrema derecha, y en el segundo, Amir Peretz, el sindicalista que en noviembre fue elegido jefe del laborismo. Antes del cambio de guardia en este partido, que fue central en la fundación del Estado de Israel en 1948 y pieza clave de Gobierno en las tres décadas siguientes, los laboristas ocupaban 19 escaños de los 120 del Knesset; con Sharon en activo, se le atribuían 23 o 24 en los próximos comicios; y hoy cualquier ilusión le está permitida. Lo propio pasa en el Likud, al que ninguna encuesta daba más de 12, y que ahora cree estar de vuelta en la primera casilla del juego. El futuro se ha abierto de repente a todos.

Todo ello equivale a suponer que el partido de Sharon, con el líder fuera de la partida, se convierte en una formación de centro más de las varias que en los últimos años han intentado abrir por la mitad el melón de la paz con el pueblo palestino. Su sucesor por cuestión de jerarquía, Ehud Olmert, es todo lo gris que exigía la exuberante personalidad del líder, y Simón Peres, que también se fugó al Kadima desde el laborismo, es aún mucho más inverosímil como conductor de partido; él, que jamás ha ganado una elección al gobierno del Estado.

Ése es el legado de Sharon. Un cierto camino recorrido hacia la paz, pero en versión ultrasionista, la de los vencedores; un mapa político que se estremece a cada uno de sus movimientos y cambia de coloración cuando su inspiración se extingue; y un pueblo palestino que, allá al fondo, contempla tan notables maniobras, preguntándose qué saca él de todo esto.

16 Enero 2006

La sombra de Sharon

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

El líder, ya histórico, israelí Ariel Sharon duerme un sueño si no técnicamente eterno, sí lo bastante desmovilizador como para que su regreso a la actividad pública, y quizá incluso a la vida cognitiva, deba excluirse, pero ningún personaje de la política de Israel, o del mundo entero, está hoy más vivo a efectos electorales que el belicoso y dinámico ex general.

Dos grandes escenificaciones se proyectan sobre los comicios israelíes del 28 de marzo, y ambos en parecido sentido. La primera es la de un líder adorado por gran parte del electorado y un partido, Kadima, fundado por él en noviembre, que progresa en las encuestas hasta acreditársele 44 escaños contra los 40 que se le calculaban antes de la enfermedad de Sharon. Nadie pretende que su más que probable sucesor, Ehud Olmert, que representa a la derecha nacionalista, tenga atractivos hasta ahora ocultos; el que dice que va a votar Kadima, lo hace como homenaje póstumo al aún primer ministro.

La segunda la constituyen las elecciones palestinas del próximo día 25 sobre las que el Gobierno israelí ha autorizado finalmente el voto por correo de los residentes palestinos en Jerusalén oriental. En ellas, el movimiento terrorista Hamás amenaza con hacer un gran papel. Un éxito del grupo movería al votante israelí hacia Kadima como diciendo que sólo lo que quede de Sharon podría ser garantía ante tal asechanza. Y, por añadidura, haría imposible que cualquier jefe de Gobierno de Israel, ni Olmert ni nadie, quisiera negociar con la Autoridad Palestina. Ésta debería liquidar primero las células del terror para que ello fuera posible, y su presidente, Mahmud Abbas, con lo que cuenta es, al revés, con cooptar a Hamás, si no necesariamente al Gobierno, sí a la responsabilidad, lo que significa el abandono de esa locura criminal que es propugnar la destrucción de Israel. Y hay algún signo de que eso no es tan descabellado. El movimiento no ha incluido en su manifiesto la declaración de su carta fundacional de 1988, en la que pide el fin del Estado sionista.

Por ello, los halcones, que tanto abundan en el partido de Sharonno deberían prevalecer si ganan en marzo. Israel haría mal en no tener en cuenta el previsible buen resultado en las urnas de Hamás. Pero cabe poca duda de que si Sharon regresara al poder se encastillaría aún más en su posición de que su país carece de interlocutor para negociar la paz.

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