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El detonante fue un artículo del académico Francisco Rico en el que mentía sobre el tabaco, en una mentira que fue apoyada por Javier Cercás

Un enfrentamiento entre Arcadi Espada y Javier Cercás abre la polémica sobre si los columnistas pueden usar la mentira y la ficción

HECHOS

En enero y febrero de 2011 se publicaron artículos en periódicos y digitales en torno a un artículo de D. Francisco Rico (11.01.2011) y otro de D. Arcadi Espada (15.02.2011) donde se recogían afirmaciones imveraces.

D. Francisco Rico publicó un artículo contra la Ley que restringía el consumo de tabaco. En ese artículo el Sr. Rico afirmaba – aparentemente para dar ma´s autoridad a sus afirmaciones – que él no había fumado en la vida, afirmación que era falsa, al ser él un fumador empedernido.

D. Javier Cercás, ante las críticas salió en defensa del Sr. Rico y del derecho a hacer ficción en los artículos de opinión.

D. Arcadi Espada publicó un artículo en el diario EL MUNDO en el que aseguraba que D. Javier Cercás había sido detenido en un burdel, algo completamente falso, pero para llevar al extremo la ficción en los artículos de opinión.

 

11 Enero 2011

Teoría y realidad de la ley contra el fumador

Francisco Rico

Quizá no por entero, pero en aspectos importantes la «Ley 42/2010, de 30 de diciembre, por la que se modifica la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo», etcétera, etcétera, es un golpe bajo a la libertad, una muestra de estolidez y una vileza. Vayamos, brevísimamente, por partes, y en cada una con solo un par de calas.

Golpe bajo. Dejemos de lado que no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, por las actuales insuficiencias de la investigación. (Como cuando hace unos años el aceite de oliva se consideraba malo para el colesterol y se excluía de la «sana dieta mediterránea» en la que hoy tanto se ponderan sus virtudes). Concedamos asimismo que la prohibición de fumar en muchos lugares públicos es una medida juiciosa. En muchos, sí, bien está, pero ¿en todos?

A los fumadores en ejercicio se les veta la entrada en multitud de sitios, mientras a nadie se le fuerza a ir a los bares o restaurantes que aquellos elijan. ¿Cuál es el problema para que los fumadores -clientes, dependientes y dueños- dispongan de lugares en que los no fumadores sean libres deno entrar? Cada uno puede hacer de su capa un sayo: contra su voluntad no hay por qué protegerlo de vagos peligros. Más de las tres cuartas partes de los españoles da por buena la existencia de locales para fumadores. La ley de marras es una efectiva restricción de la libertad y un estorbo a la conllevancia.

Estolidez. Los redactores de la ley confirman clamorosamente la opinión que de los políticos tiene la mayoría de los ciudadanos. La torpeza preside en especial la lista de espacios vedados al tabaco. Es patente que el legislador ha ido señalándolos a voleo, según se le pasaban por la cabeza, sin ninguna preocupación por el orden y la congruencia.

El artículo séptimo, así, cataloga los tales espacios desde la letra a hasta la equis. Al llegar a la erre menciona las «Estaciones de servicio y similares». A continuación, en la ese, introduce una disposición universal y omnicomprensiva: «Cualquier otro lugar en el que, por mandato de esta ley o de otra norma o por decisión de su titular, se prohíba fumar». Parece que ahí debiera acabarse la cosa. Pero no, el inventario vuelve a la enumeración particular: «Hoteles, hostales y establecimientos análogos», etcétera, etcétera. Para acabar majestuosamente: «En todos los demás espacios cerrados de uso público o colectivo». En comparación, la enciclopedia china de Borges es un modelo de lógica: «Los animales se dividen en a/ pertenecientes al Emperador, b/ embalsamados, c/ amaestrados, d/ lechones…».

De las luces que exhiben los parlamentarios reos del texto baste solo otro espécimen: según el artículo octavo, quien en un hotel quiera el desayuno en su habitación de fumador tendrá que salir de ella para que el camarero se lo sirva y que volver a entrar cuando el camarero salga.

Vileza. Domina la ley el espíritu persecutorio, en un horizonte de entredichos y busca de culpabilidades («incluso en los supuestos de infracciones cometidas por menores»), de aliento a la intolerancia y la discordia, y de cerrazón sectaria a la realidad de la vida y de los hombres.

En la España de otros tiempos se llamaba malsín al que «de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés». Es un hecho que la ley y las incitaciones de la ministra de Sanidad están abriendo ya la puerta a los malsines. Nada tan fácil como la delación movida por conveniencias innobles, inquinas o malhumores, y anónima o presentada con una falsa identidad: no hay más que enviarla a cualquiera de las diligentes webs que le darán curso sin comprobar (así lo pregonan) «la veracidad de los datos expuestos por el denunciante». No se trata de una presunción: insisto, es ya un hecho.

Donde la actitud inquisitorial y el celo puritano se precipitan vertiginosamente hacia la vileza es en el nuevo artículo 7 c, que generaliza la interdicción en los «centros, servicios o establecimientos sanitarios, así como en los espacios al aire libre o cubiertos comprendidos en sus recintos». En ningún otro sitio estaría más justificado que ahí fijar lugares y excepciones para fumar (también marihuana). Pero los padres de la patria, hijos de moralinas abstractas y huérfanos de toda comprensión humana, desprecian las personas y las situaciones reales.

En las cárceles y en los psiquiátricos está autorizado fumar «en las zonas exteriores» o en «salas cerradas habilitadas al efecto». A los viejos y discapacitados se les permite en las áreas ad hoc de los asilos, aunque de ningún modo al aire libre ni en sus habitaciones. Con los enfermos hospitalizados no hay la mínima complacencia. A los padecimientos que comporta verse en tal situación, el legislador añade, ensañándose, la tortura de la abstinencia. «¡Qué escándalo -debe de juzgar-, satisfacer los bajos apetitos de un paciente terminal -de cáncer de pulmón, pongamos- que no piensa en otra cosa que en echarse unos pitillos!». Con absoluta desestima de los datos, de la voluntad y el sufrimiento ajenos, sacrifica al individuo cercano en el altar de un remoto ideal genérico. Líbrenos Dios de los altos principios.

P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo.

Francisco Rico

16 Enero 2011

La impostura de un fumador

Milagros Pérez Oliva

Francisco Rico, miembro de la Real Academia Española, publicó el pasado martes día 11 un artículo calificado como furibundo por algunos lectores, en el que, con el título de Teoría y realidad de la ley contra el fumador, considera que la modificación legal es «un golpe bajo a la libertad, una muestra de estolidez y una vileza». Tras afirmar que «no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, por las actuales insuficiencias de la investigación», concluye que «domina la ley el espíritu persecutorio» y que «con absoluta desestima de los datos, de la voluntad y el sufrimiento ajeno, sacrifica al individuo cercano en el altar de un remoto ideal genérico». Y termina: «P. S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo».

Rápidamente llegaron al correo de la Defensora cartas de protesta, en su mayoría de médicos. Aparte de algunas consideraciones acerca de si el tono y el contenido del artículo estaban a la altura del nivel habitual de la sección de Opinión, buena parte de las réplicas pueden inscribirse en el marco de la encendida controversia que suele acompañar este tipo de medidas. Pero algunos lectores plantean una cuestión embarazosa: ¿Mintió el autor del artículo?

«El señor Rico», escribe Daniel Gil Pérez, «se despide asegurando no haber fumado en su vida un solo cigarrillo. Sin embargo, la periodista Karmentxu Marín le define, en una entrevista publicada por su periódico el 30 de marzo de 2008, como alguien que ‘fuma como una chimenea’. Su condición de fumador o no sería solo una anécdota si no fuera él mismo el que la utiliza como un claro recurso para dotar de mayor legitimidad a su posicionamiento. ¿Sería posible que nos aclarara la verdad sobre el tabaquismo actual o pasado, activo o pasivo, del señor Rico? Ayudaría a contextualizar su durísimo artículo».

Pablo Blanco no quiere «polemizar con el autor del texto, al que ampara su libertad de expresión para realizar todas las afirmaciones sin fundamento que estime oportunas, sino resolver una duda sobre el argumento final que emplea para convencer al lector de la maldad de la ley, cuando dice «en mi vida he fumado un solo cigarrillo», pues habiendo comprobado que la afirmación es falsa, «la cuestión es si escribir en la sección de Opinión faculta para intentar una manipulación tan burda».

Manel Nebot, de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, y Esteve Fernández, del Instituto Catalán de Oncología, insisten también en esta cuestión, pues el hecho de ser fumador «contradice su aparente falta de conflictos de interés». «Entiendo que EL PAÍS debiera informar a sus lectores de esa falsedad», escribe Carlos Tarazona.A nadie se le oculta que en el debate sobre los efectos del tabaquismo han jugado un papel muy importante las maniobras de desinformación de quienes más tienen que perder, las empresas tabaqueras. Su principal estrategia ha sido cuestionar la validez de los estudios sobre los efectos nocivos del tabaco. Por eso, en la crispada controversia que suele acompañar las medidas antitabaco, puede entenderse como un refuerzo argumental el hecho de que quien opina esté libre de conflicto de interés, es decir, que no tenga vínculos con la industria tabaquera o que no sea fumador. La condición de «no fumador» daría mayor legitimidad al profesor Rico en su defensa de la libertad de los fumadores. En este sentido interpretaron los lectores la frase final, y en ese sentido la interpreto yo también.

Pronto comprobé que los lectores tenían razón: el profesor Rico tiene un largo historial de fumador empedernido. ¿Cómo era pues posible que hubiera hecho esa afirmación? ¿Se había producido algún error? No. La frase fue escrita tal cual ha sido publicada. De modo que solo quedaba preguntar al profesor Rico por la razones de esa falsedad. Y esta es su respuesta:

«Amén de darle al conjunto una nota de color, el post scríptum quiere decir varias de las cosas que literalmente dice, y sobre todo otra no literal, pero obvia: que «Je est un autre» (Rimbaud), la escritura no es la autobiografía y «la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero» (A. Machado). El P. S. me ha producido la triste satisfacción de comprobar lo que yo diagnosticaba: que la ley es una escuela de malsines. Porque casi todos los que se pronuncian contra mi artículo lo hacen buscando hurgar en mi vida y costumbres, espiando a mis amigos y buscando antecedentes incriminatorios. En mis argumentos apenas se entra. En otro lugar he dado una prueba del escaso rigor científico que a menudo gobierna la campaña antitabaco. Pero nadie roza siquiera mis dos puntos principales: la estolidez («Falta total de razón y discurso», DRAE) del legislador y la vileza que suponen algunos puntos de la ley, notablemente el veto de fumar a los enfermos hospitalizados y, en especial, terminales».

Le advierto al profesor Rico que su respuesta es tan críptica que corre el riesgo de que no se le entienda. Es perfectamente consciente: «No quiero añadir nada más. Si usted quiere interpretarla, es muy libre». Lo haré a partir de la conversación telefónica que mantuve con él. Sostiene el profesor Rico que la frase puede tener diversas lecturas, pero incluso para quienes interpreten que asegura no haber fumado nunca, eso no quiere decir que se refiriera a él mismo, autor del artículo. El «yo escritor», afirma, no tiene por qué coincidir con el «yo biográfico». Es decir, que quien escribe el artículo es su personaje y no él mismo y, por tanto, para reforzar su posición, puede afirmar tranquilamente que nunca ha fumado.

En el ámbito de la literatura, este recurso estilístico ha dado lugar a notables obras literarias. Sus autores transitan deliberadamente entre la realidad y la ficción, hablan en primera persona y trufan relatos aparentemente autobiográficos con datos y acontecimientos reales. En esta «literatura sobre la literatura», el lector no puede discernir qué es realidad y qué es ficción, si los autores hablan de ellos mismos o no, lo cual agranda el misterio y su aureola, pero también comporta ciertos riesgos, como nos advierte el escritor Juan Goytisolo en un artículo titulado Je est un autre.

Pero si este nuevo género narrativo presenta problemas en la literatura, su aplicación en periodismo puede tener efectos catastróficos. Un artículo de opinión no es una pieza literaria con elementos de ficción, y menos un texto tan político como el del profesor Rico. De modo que lo que en principio parecía un simple error o un problema de expresión, se ha convertido en algo más importante: un asunto de verdad o mentira. Porque al final, lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad. Si el autor de un artículo de opinión puede permitirse faltar a la verdad haciéndose pasar por lo que no es y utilizar esa ficción-mentira como argumento de autoridad, ¿qué crédito podemos dar a la verdad que pretende defender?

Si el periodismo no se atiene siempre a la verdad, pierde credibilidad, tanto en el género informativo como en el de opinión. Si el profesor Rico quería hacer un ejercicio literario, debería haberse publicado en otra sección y no en la de Opinión. Porque el diario no puede dejar de tomarse en serio cuestiones tan serias como el tabaquismo y sus efectos sobre la salud. Conviene no mezclar literatura y periodismo.

13 Febrero 2011

Rico, al paredón

Javier Cercas

Una frase: «Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa». ¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso. En el periodismo también ocurre: nunca faltan los paladines del oficio que tratan de esconder sus mentiras indudables denunciando las falsas mentiras de otros. La argucia suele funcionar. Tanto que ha habido quien, embalado por el éxito de sus anatemas, ha llegado a exigir que incluso lo que se cuenta en las novelas sea verdad; fantástico: dado que, como dice Vargas Llosa, escribir novelas consiste esencialmente en mentir -en mentir con la verdad, claro está, en contar una mentira factual para decir una verdad moral-, exigirle a un novelista que no mienta viene a ser como exigirle a un delantero centro que no meta goles.

El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no. Y pongo un ejemplo. Imaginemos que Juan José Millás publica un artículo en el que, impostando la voz de una mujer, cuenta que se despierta de madrugada, va a la cocina a beber un vaso de leche y al abrir la nevera se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra. Imaginemos también que ese mismo día recibe Millás una llamada del director del periódico. ¿Cómo estás, Juanjo?, dice el director. Bien, dice Millás. ¿Y usted? No tan bien, dice el director. Acabo de leer tu columna de hoy y no me ha gustado un pelo. No me joda, dice Millás. No te jodo, dice el director. En los periódicos no se cuentan mentiras, Juanjo: ni tú eres una mujer ni tu madre es enana; además, sé de buena tinta que no bebe una gota de alcohol y que ni siquiera fuma Rex, y por supuesto no me creo lo de que te la encontraras metida en la nevera. Mi madre está muerta, gime Millás. ¿Muerta?, vocifera el director. ¡Peor me lo pones! Mira, Juanjo, me estás confundiendo a los lectores: las mentiras las dejas para tus novelas, o para los relatos del verano; en todo lo demás, la verdad y solo la verdad, ¿estamos? Pero, señor director, intenta protestar Millás. No hay pero que valga, lo interrumpe el director. Este es un periódico serio, la tuya es una columna de opinión y ahí no quiero jueguitos con la verdad y la mentira y la realidad y la ficción. Así que como vuelvas a repetir lo de hoy te quito la columna y te meto un paquete que te cagas. ¿Está claro?

De acuerdo: es un ejemplo extremo; y además un ejemplo inventado. Tomemos entonces un ejemplo real. El pasado 11 de enero, Francisco Rico, filólogo ilustre, publicó en este periódico un artículo contra la nueva ley antitabaco que concluía con el siguiente añadido: «En mi vida he fumado un solo cigarrillo». De inmediato le llovieron cartas de protesta al director. En ellas no se discutían los argumentos de Rico, que son válidos (o no) independientemente de que Rico sea o no fumador (porque la validez de un argumento es independiente de quien lo esgrime); en ellas se denunciaba su impostura: los autores de las cartas habían descubierto que Rico fumaba. Para la defensora del lector, que tomó cartas en el asunto, «lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad». Discrepo: lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito gastar una broma en un periódico. Porque, Dios santo, ¿acaso hace falta aclarar que la apostilla de Rico solo puede ser eso, una broma? Rico no es un fumador: es un hombre a un cigarrillo pegado, un tipo que, en sus innumerables clases, conferencias e intervenciones en prensa, radio y televisión, apenas ha aparecido sin un cigarrillo en la mano, o por lo menos jamás ha ocultado su vicio imparable. De modo que denunciar que Rico fuma es como denunciar que los niños no vienen de París. Rico dice que no ha fumado un solo cigarrillo en su vida como podría decirlo Santiago Carrillo o como Rafa Nadal podría decir que no ha cogido una sola raqueta en su vida o como yo, que fui alumno de Rico y llevo muy mal eso de que se metan con él, podría escribir un artículo titulado Rico, al paredón.

De acuerdo otra vez: el artículo ficticio de Millás y el artículo real de Rico son muy distintos; no obstante, ambos tienen una cosa en común: el humor. Y eso es, me temo, lo que no toleran los cruzados, ya sean los cruzados contra el embuste o los cruzados contra el tabaco, que tantas veces son los mismos. Rabelais los hubiera llamado agélastes, una palabra tomada del griego que significa los que no ríen, los que no tienen sentido del humor, esos individuos que, como recuerda Milan Kundera, «están persuadidos de que la verdad es clara, de que todos los hombres deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que imaginan ser». Pero se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es «imaginativa». La ciencia no es una mera acumulación de datos, sino una interpretación de los datos; del mismo modo, el periodismo no es una mera acumulación de hechos sino una interpretación de los hechos. Y toda interpretación exige imaginación, aunque la imaginación necesaria para interpretar la actual revuelta árabe sea distinta de la necesaria para escribir una columna de Millás: esta equivale a la capacidad de inventar hechos; aquella, a la de relacionarlos. Flaubert sostenía que hay más verdad en una escena de Shakespeare que en todo Michelet; se refería a la verdad literaria, no a la histórica, a la verdad moral, no a la factual, así que no diré que hay más verdad en una columna de Millás que en todo el periódico: solo diré que un periódico está obligado a contar la verdad factual, pero, a menos que se rinda al chantaje de los agélastes, no debería prescindir de contar también la otra verdad, una verdad irónica y emancipada de la tiranía de lo literal. Por lo demás, tampoco niego que algún lector pueda confundir las cosas y creer que Rico no fuma y que la madre de Millás es una enana borracha y porrera, igual que no puedo negar que ha habido perturbados que, después de ver Superman, se han tirado por la ventana convencidos de que volarían; lo que sostengo es que ese es un riesgo que merece la pena correr, y que escribir para agélastes y perturbados es una falta de respeto al lector. Aunque se haga en nombre de la verdad.

Javier Cercas

15 Febrero 2011

Gato al agua

Arcadi Espada

No podría yo imaginar que después de haber escrito aquí mismo que los escritos y melopeas de Javier Cercas merecen mi atención una vez por década iba a reincidir al cabo de tres semanas. Sin embargo, las circunstancias de su detención y, sobre todo, de la publicidad de su detención, durante la operación policial que ha llevado al acabamiento de una trama de explotación sexual en Arganzuela, me obligan a volver con él.

Como sucede tantas veces en nuestro periodismo no siempre el grano se separa adecuadamente de la paja. Y el hecho de que Cercas estuviera haciendo uso de una de las casas de Arganzuela la misma madrugada, del pasado domingo, en que irrumpió allí la policía ha acabado mezclando innoblemente su nombre con el de los cabecillas de la red. Parece lógico que la policía condujera a comisaría a los clientes de la llamada, en prosa antigua, casa de tolerancia para verificar su identidad; un trámite que acabó con la inmediata puesta en libertad del escritor, sin cargo alguno y tal vez con la ruborizada sorpresa de algún funcionario. Pero no es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo.

Mis polémicas con Cercas son más o menos conocidas. Hemos debatido dura y briosamente sobre la realidad y la ficción, la literatura y el periodismo, y también sobre la vanidad humana. Este pasado domingo el diario El País, aún ignorante de su detención (cabe esperar, por cierto, que no se repita con Cercas el bochornoso asunto Vigalondo) publicaba un artículo donde, en cierto modo, el escritor volvía a las andadas. Quién sabe si yo, forzando mi dieta (recuerden, uno por década) habría contestado a ese artículo en la forma y manera que me hubiesen parecido adecuadas. Pero, obviamente, los sucesos de Arganzuela se imponen con la cruda luz de los hechos y aplazan cualquier reanudación de la polémica. Es por completo miserable que alguien haya querido mezclar a Cercas con el tráfico de personas; y hablo perfectamente en serio y no quiero que nadie vea, ni ensartada, mi punta polémica sobre sus manejos con personas y personajes. Cercas podrá ser cualquier cosa, de hecho lo es; pero jamás un malvado. Que hayan arrastrado su nombre por auténticos lupanares, que no son desde luego los de Arganzuela, me llena de de espanto y desprecio. Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad.

Vaya desde aquí mi fraternal abrazo a la víctima Cercas y mi deseo de que se recupere pronto del mal trago infame. Aquí le espero, seguro de que volverá sabio y recrecido a la lucha.

16 Febrero 2011

Mentirosos

Lluis Bassets

Uno mintió cuando dijo que no fumaba. Defendió luego su derecho a la mentira poética. El otro mintió cuando dijo de alguien que había sido detenido en una operación policial en Arganzuela contra una trama de explotación sexual. No sé yo cómo hará luego para defender su derecho a mentir. ¿También razones poéticas?

El contraste no puede ser más claro. Uno con la palabra quiere reforzar la retórica falaz de su defensa del tabaco. El otro la utiliza para desacreditar a quien detesta y perjudicarle en su fama y en su reputación.

Uno con sus mentiras no perjudica a nadie, salvo a sí mismo. El otro con las suyas hiere y con contumacia: quiere herir y dañar. Hay un abismo entre ambos. Uno jamás habla de moral, mientras que el otro se la lleva a la boca en cuanto le dan la ocasión.

La frivolidad de uno y la inmoralidad del otro nos aleccionan sobre el sonido hueco de ciertas palabras y los escasos escrúpulos de quienes percuten sobre ellas como en un tambor. Quien esto hace no es un mentecato, o no solo, es sobre todo un inmoral. Y lo peor es que lo que ha destruido su sentido moral y su credibilidad como periodista no es más que la vanidad.

16 Febrero 2011

Daño

David Trueba

Si ustedes quieren asomarse a los rigores de los medios de comunicación, esta semana no se aburrirán. El domingo, el escritor Javier Cercas publicaba un artículo en EL PAÍS con el contundente título de Rico, al paredón. Se refería a una crítica desatada del profesor Francisco Rico contra la ley antitabaco del Ministerio de Sanidad, que este terminaba con una declaración: «Yo no he fumado un cigarrillo en toda mi vida». Algunos lectores, alertaron, por fotos, del profesor Rico fumando. Al parecer, el profesor Rico es un fumador compulsivo y la frase final de su artículo era un guiño. Para Cercas, la reacción a esa broma para íntimos había puesto de relieve el clima de intransigencia en el que se mueve hoy día la opinión pública. La broma, tomada en serio, había dejado fuera de combate todas las argumentaciones del artículo y las reacciones se centraron en dar caza al mentiroso.

Como Cercas y Arcadi Espada andan enzarzados en una polémica sobre la verdad periodística y la verdad literaria, el segundo, quizá dándose por aludido o aprovechando una oportunidad de oro, publicó un artículo en EL MUNDO donde aseguraba que Cercas había sido detenido durante la redada de un prostíbulo en Arganzuela. Según el artículo, el nombre de Cercas estaba siendo citado en tertulias televisivas y eso a Arcadi no le parecía bien.

Inmediatamente los periódicos digitales se hacían eco del artículo de Espada y expandían la noticia de la detención de Cercas. Noticia falsa, pero que comenzó a dejar el reguero de mierda que cualquier acusación de este tipo genera. Puede que la intención de Arcadi Espada fuera mantener una esgrima dialéctica sobre los artificios de la escritura, pero el trasvase de la batalla intelectual a las cloacas de la infamia suena a desmesurado. Es como si para enseñar a un niño los peligros del fuego, quemamos a su profesora en mitad del aula. No hay que olvidar que Rico se colocó de protagonista de la broma y la mentira. Colocar a otro el fardo de la broma, inventarle una mentira, aunque sea con fines de pedagogía periodística, quizá es un atrevimiento que las ganas de hacer daño de los medios reciban con demasiada alegría. No será tanto una contribución al humor como una oportunidad bien aprovechada para hacer daño al otro.

17 Febrero 2011

De vuelta del burdel

Arcadi Espada

Tenía un hombre que días antes, y a propósito de un artículo mío, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo, había escrito en el diario EL PAÍS un artículo con una serie de proposiciones entre las que destacaba, justo al comienzo, esta frase de Hitler como paradójico (y potente) argumento de autoridad: «Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa».

Luego venía su pasmoso corolario lógico: «¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso».

Y luego: «El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no».

Y luego: «Se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es imaginativa».

Y luego. Y luego.

Eran sus absurdas excrecencias de siempre. Pensé que merecía una lección y que iba a dársela. La lección consistiría en aplicar sus premisas a un caso concreto. A una ficción concreta. Me iba a tomar con él alguna licencia, como tan graciosamente las llamaba. Era inevitable que sufriera alguna molestia, que en cualquier caso sería ligera y breve. Mucho menor, en cualquier caso, de las que se tomaban en su mismo periódico algunos de sus modelos. Juan José Millás, el primero. Y no desde luego por lo que hace referencia a sus cuentos industriales tipo, para seguir a Cercas en su paráfrasis, «abre la nevera y se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra». Nada de eso. Algo aún más aéreo. Cuando observando una foto de Rajoy con amigos Millás sentenciaba que la distancia de seguridad que guardaban se debía probablemente a la halitosis. Un bonito ejemplo de ficción con nombres propios (El País Semanal, 31 de agosto de 2008). O cuando su maestro, Francisco Rico Manrique, se instalaba en el ambigú y en la posdata de un suelto sobre el fumar declaraba que no había fumado nunca un pitillo (EL PAÍS, 11 de enero de 2011) mintiendo sobre su condición largamente nicotina para que al menos un argumento, el de autoridad, sobreviviera. (Sin embargo, lo mejor de Rico sucedió a los pocos días cuando preguntado por la Defensora del Lector sacó el pitillo Rimbaud, le pidió fuego a la sorprendida e hizo la primera voluta: «J’est un autre». Lástima que luego cayera en una impropia «nota de color», aunque algo de vulgaridad le va bien al talento). O qué decir, en fin, de uno de sus héroes antepasados, el fotógrafo Javier Bauluz, que una vez adjudicó toda la indiferencia de Occidente ante la desdicha a una inerme pareja de bañistas cazada en la cercanía -trucada- de un cadáver.

En todos esos casos, y en decenas que podían añadirse, esas ficciones, al igual que la mía, fueron creídas por mucha gente. Y habían causado daños. A Rajoy. A su mujer (la halitosis, incluso imaginaria, es uno de los motivos femeninos más aducidos para evitar las relaciones sexuales). A los lectores de Francisco Rico, de cuya confianza había abusado el académico. Y, desde luego, también a la pareja de bañistas estigmatizada por el fotógrafo Bauluz a causa de su falsa, pero manifiesta, falta de piedad. Por lo tanto me preocupaban las molestias que pudiera causarle a Cercas. Aunque menos, francamente, que las que yo mismo iba a causarme. Para empezar, iba a hacer de Cercas. Iba a seguir sus consejos y a fabricar una verdad moral a partir de una mentira fáctica, como con tanta insistencia, y sin quitarme un ojo de encima durante todas las horas de todos estos años, había tratado de inculcarme. La fabricación sólo podía hacerse en las páginas de un periódico. Sólo en el periódico se puede mentir. Que Ana Karenina se tire al tren no es mentira ni verdad. Que Javier Cercas estuviese en un lupanar, de Arganzuela, la madrugada del domingo es mentira y de la buena. Sabía, ciertamente, que yo no iba a salir sin daños del empeño. El primero es la seguridad de que iban a llamarme, y con toda razón, Cercas. Inmediatamente después, la arremetida del populacho cibernético, cuyo nivel de instrucción es ya inversamente proporcional a su capacidad de publicación. Luego había también el peligro de que me gustara. Y one more thing. Un peligro con el que yo entonces no contaba, que un lector muy sutil de mi blog describía en un comentario y que al cabo ha sido para mí el daño mayor, aunque instructivo.

Hay que dar un rodeo para explicarlo. Mi columna quería reproducir de Cercas hasta su enrollada untuosidad. Cuando releo esta frase que yo habré escrito, y ya para siempre: «Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad» me da un repeluco y hasta he de ir corriendo a lavarme. Pero es que toda la columna es una muestra elemental, casi grosera, del abrazo del oso. Algo muy de Cercas: sólo cabe leer la flatulenta crónica que dedicó en El PAÍS Semanal (8 de marzo de 2009) a nuestro casual y educado encuentro en un aeropuerto. La inexorable inmoralidad del abrazo del oso la explica bien este párrafo de la revista de prensa de Libertad Digital (15 de febrero): «Pero la columna más informativa del día es la de Arcadi Espada en EL MUNDO, que le echa una mano al cuello a Javier Cercas. ¿Se habían enterado de que al columnista de El País le detuvieron el otro día en una redada contra la «explotación sexual» en un burdel de Arganzuela? Pues ya lo saben. Le pusieron enseguida en libertad, que conste. «No es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo», se indigna Espada. Y le envía un «fraternal abrazo a la víctima Cercas». Otro desde aquí, Javier, y dale las gracias a Arcadi. Si no es por su publicidad a lo mejor nunca nos habríamos enterado».

Leyendo esto, y la infinidad de comentarios posteriores, supe que había muchas personas que me creían capaces de escribir un texto así. Es decir, un texto que con la excusa de la solidaridad y la mano tendida fuera capaz de dar eco múltiple a la vida privada de Cercas. Estimable lección: muchos más lectores de los que creía piensan que soy capaz de una villanía semejante. Está bien saberlo.

EN LA INFORMACIÓN que publicaba ayer el diario EL PAÍS (donde por cierto había un suelto de Lluís Bassests, su director adjunto, del que me ocuparé con atento detalle en Un lupanar de Arganzuela, blog) Cercas considera que yo le he calumniado. Ojalá sea una muestra, aunque oblicua, de que la edad pueril ha terminado y que el propósito moral de mi columna ha empezado a hacer efecto. Pero la precisión aún no es su fuerte. Yo no le he acusado falsamente de ningún delito. Como máximo le he llamado (¡pero falsamente!) putero. Y creo que ni siquiera. «Cercas, que eres más puta que las gallinas», eso es más bien lo que llevo llamándole desde hace tiempo, aunque sin utilizar el recto. Poner a alguien en un burdel no es un delito. Ah, tiempos en los que hay que abrirse paso a través de los grititos! El propio Cercas ha dado alegre publicidad a una de sus visitas. «Me siento más tijuanense que el mismísimo Crosthwaite.», gritaba un gozoso Javier Cercas en el burdel Las Adelitas, de Tijuana (El País Semanal 17 de agosto de 2003). A ver si el problema va a ser Arganzuela.

En las mismas declaraciones Cercas insinúa que irá al juez. Deduzco que a lloriquear como un pobre faction lo que no supo ganar en la fiction. Oh, dios santo, si fuera al juez…! Y oh dios, si ganara… ¡Y la jurisprudencia que crearía! Mi amigo Mercutio lo decía muy finamente donde Jabois. Haga lo que haga, jaque mate. Yo que soy de dominó lo veo más bien con el seis doble ahorcado. En cualquier caso siempre será mejor el juez. Porque la alternativa que expresa con su pompa en EL PAÍS es nada más y nada menos que la del «pronunciamiento público». Y lo que hace después con los pronunciamientos: la anatomía del instante. Para temblar.

Bien. Crucé la raya y he vuelto. Lo he hecho. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Sólo ahora comprendo de verdad los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio.

Arcadi Espada

17 Febrero 2011

Un lupanar en Arganzuela

Arcadi Espada

En EL PAÍS de hoy, sólo El Tuerto se ocupa del caso Cercas.

«Casi tan deleznable [esta forma de periodismo] como la del profesor Arcadi Espada, asunto que habrán podido seguir en las páginas regulares de El País. Hoy le da Pedro J. al profesor Espada hasta una página entera, que entre amigos y compañeros de bares faisanes estamos para ayudarnos en lo que estamos.»

Pobre José Mari, tan fino que se transparenta. Cuando lo que quiere decir en verdad es que suelta de mala gana y por oficio su pellizquín de monja camorrista, pero es que estamos para ayudarnos en lo que estamos.

Pero en El País de ayer quedan pendientes varios asuntos de interés. La columna de Lluís Bassets, por ejemplo, de la que ya se preocupaba ayer Santiago González. Es probable que el director adjunto del diario sea el responsable principal de haber sacado de sus casillas opinativas el asunto y haberlo llevado a las páginas informativas convencionales. La fórmula le permitía además incrustar su opinión. Parva en argumentos, desde luego. Y donde sobresalía la afirmación sorprendente de que la «mentira poética» de Rico no perjudicaba a nadie, salvo a Rico mismo. Una afirmación que sólo tenía sentido en el supuesto de que el artículo de Rico no hubiese sido leído por nadie o que nadie hubiese creído que jamás había fumado un pitillo. Hipótesis completamente inverosímiles, por supuesto. La mentira de Rico abusaba de la confianza de sus lectores y, obviamente, los perjudicaba. Y es incluso discutible si iba, forzosamente, a perjudicarle. Lo cierto es que su mentira bien pudo pasar inadvertida y que no se conoce que tuviera intención de desvelarla.

Lo que, por el contrario, no se ve muy bien es el objetivo moral que perseguía. Ni el mismo Rico fue capaz de explicarlo, más allá de su ruborizante nota de color à la rimbaud pour sainte-beuve, mero cubrimiento estético. Y si su autor fue incapaz no es probable que Bassets fuera capaz. Lo sorprendente es que el director adjunto (que por cierto tiene la sectaria costumbre, propia de su formación y su carácter, de no citar por su nombre a sus aludidos) oponía la mentira de Rico a la mía propia: sólo para decir que la mía perjudicaba y no se le veía el objetivo. Admitamos, en efecto, que perjudicaba, aunque poco, más allá de los gritititos histéricos. Admitamos también que iba a perjudicarme inexorablemente, porque yo tenía planeado revelarla. Pero no se puede decir que no se le veía el objetivo: en la pulcra información que daba Vera Gutiérrez en la misma página se advertía perfectamente el fin pedagógico y moral de mi mentira, con independencia, claro está, del juicio que mereciera.

Pero es lógico que Bassets se resista a creer que la mentira de Rico es una señoritinga cáscara vacía. El era responsable de su circulación. Bassets no sólo es el jefe de opinión del periódico. Es que, además, conoce desde hace mucho a Francisco Rico y no puede ignorar su nicotina. Así pues es el responsable final de que El País publicara esa mentira. Sorprende que, siéndolo, no se oyera su voz, justificando de algún modo su decisión, en el artículo que publicó la Defensora del Lector. Sorprende relativamente, cabe corregir: nunca se ha distinguido Bassets por dar la cara.

Por lo demás me llama «mentecato» (que ya tiene coyprigth), «chulo» (es su manera de llamar al que da la cara) e «inmoral». Lo de inmoral se deduce de la ceguera básica del que no quiere ver. Pero la palabra me ha encaprichado y aunque sea por asociación de ideas me gustará dedicarme en otro momento a la moralidad de Lluís Bassets en torno a algún episodio del pasado al que este lupanar formalmente se remite.

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De vuelta del burdel. Extensiones digitales

Correspondencias / Cristian Campos

Don Arcadi,

En términos estrictamente ajedrecísticos, usted a Cercas, más que darle jaque mate, lo que ha hecho es dejarle en zugzwanz, es decir en una posición forzada en la que cualquiera de los movimientos de respuesta posibles sólo logra empeorar tu situación y que, en última instancia, acaba conduciéndote al jaque mate. Una especie de posición suicida no inducida por ninguna amenaza concreta del oponente, para entendernos. Muy, muy sutil.

Por si le interesa: Friedrich Sämisch contra Aron Nimzovitsch en 1923. Apenas 25 movimientos. Una obra de arte conocida a partir de ese momento como «The Immortal Zugzwanz Game»: http://en.wikipedia.org/wiki/Immortal_Zugzwang_Game.

Un abrazo

20 Febrero 2011

En defensa de Cercas y de la verdad

Milagros Pérez Oliva

Suelo empezar mis clases de periodismo con una advertencia a mis alumnos: «Nunca os saltéis un semáforo en ámbar. Aunque os parezca que no vulneráis la ley y que no hay peligro, si sois capaces de interiorizar esta regla, podréis estar seguros de que cuando andéis despistados o haya mucha niebla frenaréis en seco ante un semáforo en rojo. Cruzar el semáforo en ámbar significa, por ejemplo, añadir al reportaje algún toque inocente de ficción, pequeñas alteraciones que dan color al relato o hacen que cuadre mejor. Es decir, una «interpretación imaginativa» de la realidad. Así probablemente empezó el periodista Jayson Blair y acabó inventando hechos y personajes en decenas de reportajes llenos de momentos emotivos y testimonios impactantes. Triunfó como promesa emergente del periodismo hasta que se descubrió que gran parte de lo que había escrito era inventado, para oprobio suyo y del diario que lo publicó, The New York Times, cuyo director tuvo que pedir perdón en portada por haber faltado al principio fundamental del periodismo, la verdad.

No, en periodismo no cabe la ficción, si quiere seguir siendo periodismo. La literatura puede utilizar la realidad para construir un relato y utilizar la ficción para embellecer lo que quiera. Pero el periodismo no puede alterar o modificar la realidad con ficción, porque entonces se convierte en narrativa. Ningún periodista le discutirá a un escritor que incluya realidad en sus ficciones. Pero ningún periodista puede aceptar que incluir ficción en sus escritos sea periodismo. Y mucho menos si esa ficción es una mentira.

Coincidiendo con que el domingo pasado decidí no hacer uso del espacio que la Defensora del Lector tiene reservado, en ese mismo lugar se publicó un artículo de Javier Cercas titulado Rico, al paredón. El escritor salía en defensa de su profesor, el académico Francisco Rico, frente a los lectores que le habían recriminado haber afirmado en un artículo contra la ley del tabaco que él nunca había fumado, cuando en realidad es un fumador empedernido. Traté este asunto en La impostura de un fumador y sostuve que «lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad». Cercas discrepó de esta frase y a mí no me queda más remedio que discrepar de su discrepancia, porque creo que introduce un notable grado de confusión sobre qué es periodismo y qué no.

Sostiene Cercas que no todo lo que se cuenta en un periódico ha de responder «a la verdad de los hechos». Y no solo «son admisibles ciertas licencias» en las columnas o los artículos de opinión, sino en las partes destinadas a narrar lo factual, las informativas.Cercas afirma: «Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es ‘imaginativa’. La ciencia no es una mera acumulación de datos, sino una interpretación de los datos; del mismo modo el periodismo no es una mera acumulación de hechos sino una interpretación de los hechos. Y toda interpretación exige imaginación». ¿Cuánta imaginación considera Cercas que es admisible en una información?

Para interpretar la realidad se necesita imaginación. Pero a la hora de escribir, el periodista debe atenerse, antes que nada, a los hechos. Y su descripción debe ser lo más fiel posible a la realidad. Se dirá, con razón, que toda interpretación está tamizada por la propia subjetividad y las limitaciones del lenguaje, pero precisamente por eso, los textos periodísticos deben estar amparados en hechos y datos. Nuestro Libro de estilo es muy taxativo en este punto. La interpretación periodística no puede ser imaginativa, sino factual.

La confusión entre realidad y ficción ha producido graves daños al periodismo. Por eso, quienes están comprometidos con un periodismo de calidad consideran el respeto a la verdad uno de los principios esenciales. Remito a Cercas y a los lectores interesados en esta reflexión a obras como Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosentiel, o los documentos elaborados por la comisión creada porThe New York Times a raíz del caso Jayson Blair, comenzando por elInforme Siegal.

Como mi responsabilidad es defender a los lectores, he de defender su derecho a unas reglas claras. Y esas reglas incluyen que no cabe la ficción en periodismo, y mucho menos la mentira. Por supuesto no caben en el género informativo, pero tampoco en los artículos de opinión que podríamos denominar analíticos o de tesis, es decir, aquellos que, como el de Francisco Rico, se publican en la sección de Opinión o en las diferentes secciones bajo el epígrafe de «análisis».

Cercas considera que la apostilla de Rico no es propiamente una mentira sino una broma. Aunque esa fuera la intención del autor, ¿cómo podían interpretar que era una broma quienes no supieran que era fumador? Lo lógico era pensar que quienes no le conocieran interpretarían que hacía esa apostilla para reforzar sus argumentos. Ignorar esta posibilidad supone dar por hecho que la totalidad de los cientos de miles de lectores que tiene EL PAÍS saben no solo quién es Francisco Rico, sino también que es un fumador empedernido. ¿O acaso ese artículo iba a ser leído solo por amigos y conocidos?

El propio Javier Cercas habrá podido comprobar esta semana lo amarga que puede ser una mentira y el daño que puede llegar a hacer aunque se vista de ironía, se publique en una columna en la que caben «ciertas licencias» y su propósito sea el de defender o demostrar una supuesta verdad. Me refiero a una mentira publicada en otro diario sobre Cercas. Porque la mentira siempre hace daño. Y cuanto más grande y más atrevida, más dañina es. De modo que, de nuevo, y esta vez en defensa de Javier Cercas, insistiré una vez más en que no, no es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad. Así lo estiman también lectores como Enrique García Lobo, Pedro Ródenas o Paco Rubio, cuyas reflexiones pueden ustedes encontrar en la página de la Defensora en ELPAÍS.com.

Seamos razonables: que la literatura invente lo que quiera, pero en periodismo, conviene no confundir realidad y ficción, mentira y verdad. Y si alguien pretende hacer una broma utilizando una mentira, debe asegurarse de que nadie pueda interpretarla como una verdad. Debe aclararlo en el mismo lugar. Como el propio Cercas hace en su artículo con la caricatura del director. Porque si no aceptamos unas reglas, ¿dónde está el límite? ¿Lo fija cada uno en la pequeña república de su artículo? ¿Hemos de fiarlo a la honestidad de cada autor?

La mentira no tiene cabida en periodismo. Y la ficción narrativa solo en las columnas literarias. Nunca en la información. El lector no se llamará a engaño si encuentra interpretaciones imaginativas en las columnas de Manuel Rivas, Maruja Torres, Rosa Montero, Almudena Grandes, Elvira Lindo o Manuel Vicent. Nadie les toma por periodistas cuando escriben en esas secciones, ni se espera de ellos que sean notarios de la realidad, aunque sí se espera que sean honestos y se atengan a la verdad, entendiendo que su verdad, esta vez sí, puede ser fruto de esa «interpretación imaginativa» de la realidad que defiende Javier Cercas.

En esas columnas, podemos seguir con placer a Juan José Millás en su delirante recorrido por el interior del cuerpo, pero cuando Millás ejerce como periodista y firma un reportaje en El País Semanal sobre José Luis Rodríguez Zapatero o Pasqual Maragall, el lector ha de poder confiar en que las conversaciones y las situaciones que explica son verdad. Que el estremecedor relato de su viaje con Carlos Santos hacia una eutanasia clandestina es absolutamente verídico.

21 Febrero 2011

Cercas responde a la Defensora del Lector

Javier Cercas

Agradezco a la Defensora del Lector que me defienda en su columna de ayer, aunque su desconcertante defensa me obligue a esta aclaración.

Jamás se me ha ocurrido decir que es legítimo el uso de la ficción o la mentira en la práctica del periodismo, como parece inferirse de su artículo; eso es un disparate. Lo que yo sostengo es que en determinadas secciones del periódico, como las columnas de opinión, es lícito el uso del humor, de la ironía, de la autoironía, es decir, de determinados elementos que pueden apartar al lector de la estricta verdad de los hechos, de la tiranía de lo literal, siempre y cuando nadie se llame a engaño respecto a la veracidad de lo que allí se cuenta. Pero resulta que la Defensora también defiende algo semejante cuando asegura que la «ficción narrativa» es aceptable en las «columnas literarias». Admitamos que la apostilla de Rico en su artículo contra el tabaco -afirmando que no es fumador cuando es público y notorio que es un hombre a un cigarrillo pegado- está en el límite de lo tolerable, y que es comprensible que algún lector se molestase por ella; pero me gustaría saber qué relación guarda una broma inofensiva, que obviamente no atañe siquiera a la validez de los argumentos de quien la gasta (puesto que la validez de un argumento es independiente de quien lo esgrime: dos más dos son cuatro independientemente de que quien lo afirme sea matemático o torero), con la injuria que motiva la intervención de la Defensora.

Por otra parte, también sostengo que el periodismo, como la historia o la ciencia, no es una mera acumulación de datos sino una interpretación de los datos, y que toda interpretación conlleva el uso de la imaginación. Por supuesto, imaginación no significa aquí invención: significa capacidad de relacionar hechos dispares. Cuando Raymond Carr afirma que la historia es «un ensayo de comprensión imaginativa del pasado» no está diciendo que el historiador deba inventar hechos: está diciendo que debe interpretarlos, relacionándolos entre sí, para ofrecer una visión veraz del pasado. Es evidente que los periodistas hacen lo mismo: los periódicos ofrecen o deberían ofrecer datos veraces sobre el presente, pero su interpretación de esos datos diverge. Esa interpretación plural nada tiene que ver ni con la ficción ni con la mentira; mejor dicho, es -o debería ser-, lo contrario de ambas: un instrumento indispensable para alcanzar la verdad. Como en la historia o en la ciencia.

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