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Estuvo recibiendo cantitades de dinero en pagos secreto (Hasta siete millones de euros)

Un escándalo destruye al dueño de THE DAILY TELEGRAPH, Lord Conrad Black, destituido de su propia empresa acusado de corrupción

HECHOS

  • En noviembre de 2003 Conrad Black anunció su dimisión como presidente y director del grupo empresarial Hollinguer Internacional, titular de los periódicos DAILY TELEGRAPH (Reino Unido), JERUSALEM POST (Israel) y CHICAGO SUN-TIMES (Estados Unidos).

En noviembre de 2003 Conrad Black anunció su dimisión como presidente y director del grupo empresarial Hollinguer Internacional, titular de los periódicos DAILY TELEGRAPH (Reino Unido), JERUSALEM POST (Israel) y CHICAGO SUN-TIMES (Estados Unidos).

LOS NUEVOS DUEÑOS DEL DAILY TELEGRAPH

barclay_gemelos Los millonarios hermanos gemelos Barclay han comprado el grupo Hollinger tras la marcha forzada de Black, lo que les convierte en nuevos editores del THE DAILY TELEGRAPH.

LOS DERROTADOS EN LA LUCHA

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Antes que los hermanos gemelos Barclay, también intentaron pujar por quedarse con THE DAILY TELEGRAPH el grupo alemán Axel Springer que lidera Mathias Döpfner y, también en Reino Unido, el propietario de THE DAILY EXPRESS, Richard Desmond, que llegó a usar como argumento para que le vendieran a él el diario y no a Springer que ‘todos alemanes eran nazis’. Al final ni Springer ni Desmond lograron su objetivo.

19 Enero 2004

El magnate destronado que lo poseyó todo

Ana Romero

Dentro de la extraordinaria fauna periodística que habita Londres, Conrad Black es uno de sus personajes más exóticos. Ahora tiene muchos problemas. Entre otros, mañana se cumple el plazo del primer pago -850.000 dólares- de los siete millones y medio de dólares que Hollinger le entregó sin autorización y que tiene que devolver. Pero hace muy poco tiempo era el tercer editor más poderoso del mundo, un hombre al que todo Londres quería tener como invitado. En 1999 el Gobierno británico decidió hacerlo Lord.

Black, canadiense de nacimiento, llevaba entonces 12 años viviendo en el Reino Unido. Pero la propuesta del Gobierno británico se encontró con la oposición del primer ministro de Canadá, Jean Chrétien, quien se negó a que Black recibiera tales honores, y haciendo uso de una antigua ley, obligó al magnate a renunciar a su nacionalidad. Tras una larga batalla, el 31 de octubre de 2001 Black salió orgulloso de la Cámara de los Lores provisto de peluca y de título. El nombre elegido hizo levantar las cejas a más de uno: Crossharbour, curiosamente el mismo que la parada del metro en los Docklands del Daily Telegraph, el buque insignia de Hollinger y el periódico serio más leído de este país.

Nacido Conrad Moffat Black en Montreal en 1944, Lord Black es hijo de un acaudalado ejecutivo cervecero, y no tuvo problemas a la hora de conseguir un master en Economía de una de las mejores universidades de Canadá. Empezó a comprar periódicos siendo un veinteañero, y en la cincuentena controlaba ya un imperio compuesto por el 60% de las cabeceras canadienses, así como cientos de periódicos en Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá e Israel.El secreto empresarial de su éxito: ir recortando gastos a base de despidos hasta conseguir que los periódicos recién adquiridos dieran beneficios en el primer año de propiedad. Adora los periódicos, pero no así a los periodistas. A los 25 años ya escribió sobre ellos: «Son ignorantes, perezosos e intelectualmente deshonestos».Hasta hoy día no ha cambiado de opinión.

Casado con la famosa columnista Barbara Amiel, una mujer tan conservadora como él y que antes de trabajar para el Telegraph lo hizo para la competencia, el magnate Rupert Murdoch, Lord Black es también escritor. Además de su autobiografía, acaba de publicar un volumen sobre Franklin Delano Roosevelt. La magna obra ha recibido una crítica bastante templada en la prensa británica.Esta semana también en ese frente ha saltado la polémica: a Black se le acusa de utilizar para su obra los documentos que Hollinger compró por ocho millones de dólares a los herederos de la secretaria del ex presidente. Lord Black lo niega.

25 Enero 2004

Vida y miserias de lord Conrad Black

Cayetana Álvarez de Toledo

Los periodistas son ignorantes, perezosos, sectarios e intelectualmente deshonestos». Partiendo del dueño de uno de los grupos de prensa más grandes del mundo, el veredicto resulta, como mínimo, insólito.Pero es que Conrad Black, de 59 años, no es un magnate mediático cualquiera. Mejor dicho, no lo era. Hace unos días, fue expulsado del consejo de Hollinger, dueña, entre otras publicaciones, de los rotativos Chicago Sun-Times y Jerusalem Post, y de ese venerable baluarte de la derecha británica que es The Daily Telegraph.Era inevitable. La revelación de que Black y sus amigos se llevaron millones de dólares de la compañía en forma de pagos sin justificar provocó un escándalo cuya dimensión y desenlace están aún por determinar.

Las repercusiones, en todo caso, prometen ser considerables: para empezar, el escándalo podría acabar por sepultar 150 años de Historia, los que van desde la fundación del Telegraph hasta hoy. El diario está en venta y a punto de caer en manos de los excéntricos hermanos Barclay, que han convulsionado a la clase política británica sugiriendoque podrían dar un vuelco a su línea editorial a favor del laborismo. Gran noticia para Blair, pésima para los tories y justo castigo para quien no ha tenido la decencia ni la humildad de acatar las normas del capitalismo que con tanta prepotencia intentó imponer a los demás.

El golpe sería particularmente doloroso para Black en la medida en que poseer el Telegraph era para él mucho más que una buena inversión. Era un vehículo para adquirir relevancia social y poder. Lo sabe bien el ex director del diario, Max Hastings, a quien Black reconoció que «las distinciones que la cultura británica confiere a los dueños de los grandes periódicos son motivo de enorme satisfacción». Sin duda lo fueron para él, pues gracias a ello pudo ver cumplido el que siempre había sido su gran sueño: tener un título nobiliario y acceder al selectísimo club de la Cámara de los Lores.

La historia de su polémica renuncia a la ciudadanía canadiense y ascenso a la aristocracia del único país donde la aristocracia todavía tiene algo que decir comienza a finales de los 90, cuando Black, hijo de un adinerado cervecero, tenía ya en su poder buena parte de los diarios de Canadá, a los que utilizó para fustigar a la que bautizó como «detestable izquierda blanda» encarnada en el primer ministro Jean Chrétien y su Partido Liberal. Pero Chrétien se vengó: cuando se enteró de que los tories iban a proponer el nombramiento de Black a los Lores, envió un mensaje a Blair que frustró la operación. Aunque el magnate citó al primer ministro en los tribunales, al final tuvo que optar. Y no lo dudó: vendió sus activos en Canadá y renunció a su patria natal.El 31 de octubre de 2001, engalanado con un manto rojo adornado con ribetes de piel y del brazo de su adorada Margaret Thatcher, fue nombrado Barón Black de Crossharbour.

A CLASE EN CADILLAC

Lo cierto es que en una cultura como la canadiense, que valora muy especialmente la modestia, el consenso y la justicia social, era difícil que encajaran la arrogancia, la grandilocuencia y el gusto por la opulencia que desde la infancia han caracterizado a Black. Quienes coincidieron con él en la Universidad de Quebec no olvidan su Cadillac ni su soberbia. Tampoco lo hace su profesora de instituto, Laurier Lepierre, quien ha explicado que «la vida de Conrad giraba en torno a la idea de que por una extraña combinación de circunstancias y accidentes, Dios le había otorgado un poder especial. Se veía a sí mismo como un instrumento de la Historia».Ello explicaría el desprecio que siente Black por los canadienses, a quienes ha calificado como «posesos de un deseo sádico, asistido por una envidia destructiva, de intimidar a todo quien aspire a ser cualquier cosa mínimamente excepcional». Él aspiraba a mucho más. En palabras del director del Spectator, «a ser invencible, si no inmortal».

Primero llegó el palacete en Toronto, con escudo de armas incluido.Luego el pisazo de Park Avenue, la fabulosa casa en Londres y la propiedad en Palm Beach. Multitudinarias cenas en el carísimo Le Cirque de Manhattan y dos jets privados han sido parte de la rutina de este hombre cuyo complejo napoleónico tiene una vertiente inquietantemente real. Su admiración por el emperador le llevó a convertir el sótano de una de sus casas en un campo de batallas donde dicen que, disfrazado de general, ha librado mil veces su propio Waterloo.

En su huida hacia adelante, Black no ha estado solo. Su segunda esposa, la periodista Barbara Amiel, también ha reconocido que «mi extravagancia no tiene límites». Pero el problema no ha estado tanto en el gusto de la pareja por el despilfarro como en que buena parte del dinero para sufragar ese tren de vida, comparable sólo al del Ciudadano Kane, procedía de las arcas de Hollinger.De ellas también salieron los 260.000 dólares que percibía al año Amiel por sus incendiarias columnas en el Chicago Sun-Times y los 12 millones que costaron los documentos que necesitó Black para escribir las 1.250 páginas de su recientemente publicada biografía de Roosevelt.

El escándalo se desató en noviembre, cuando un inversor exigió explicaciones acerca de una extraña partida de 300 millones de dólares que había salido de Hollinger. Pronto se supo que Black había alcanzado acuerdos con compradores de cabeceras del grupo, por los que se comprometía a no crear ninguna publicación rival a cambio de suculentos pagos que no fueron a parar a Hollinger, sino al propio Black y sus más fieles del consejo. Entre ellos, el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y el hasta hace muy poco asesor de Bush en materia de Defensa, Richard Perle.

ULTRACONSERVADORES

La presencia de estos dos destacados miembros del ala ultraconservadora del partido Republicano en el consejo de Hollinger apunta a una de las facetas menos conocidas de la vida de Black. El magnate ha sido el centro de una trama en la que la promoción de una ideología radicalmente de derechas se ha confundido con la búsqueda más burda del beneficio material personal. En dicha trama figuran periodistas de renombre como George Will y William Buckley, que en sus columnas han defendido la honorabilidad de Black, sin mencionar que habían cobrado miles de dólares como asesores de Hollinger. Ocupación que también han desempeñado pesos pesados de la derecha europea como Thatcher o Giscard d’Estaing.

Lo moralmente reprobable alcanza ribetes de escándalo cuando se analiza la conducta de Perle. Siendo consejero de Hollinger, el promotor de la Guerra de Irak cobraba millones de dólares como director de una filial de la compañía. No sólo eso. Trireme, sociedad que dirige, recibió de Hollinger 2,5 millones de dólares sin justificar. En cuanto a Kissinger, se ha demostrado que un think-tank neoconservador en el que participa percibía anualmente 200.000 dólares pertenecientes a los accionistas de Hollinger.

Ésta es la oscura realidad tras la fachada aristocrática y glamourosa de Lord Conrad Black, quien, por otra parte, no tiene intención de rectificar. Ya ha dejado claro qué opina de quienes han sacado a relucir sus miserias: «Son terroristas».

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Pie de foto titulada

A TODO TREN. El magnate de prensa Conrad Black y su segunda esposa, la periodista Barbara Amiel, quien ha reconocido: «Mi extravagancia no tiene límites». Multitudinarias cenas en el exclusivo restaurante Le Cirque de Manhattan y dos jets privados eran parte de su rutina.

20 Enero 2004

Los Barclay se suman a la 'fiesta'

Víctor de la Serna Arenillas

Cobrar 700 libras esterlinas por cada articulito periodístico era, para los colaboradores del semanario The European en su fastuosa etapa inicial, un sueño: hace tres lustros, dos de esos artículos al mes equivalían a un excelente sueldo en un diario de Madrid. Y a más de un periodista, en muchos lugares de Europa, le encargaron escribir un artículo cada semana. Demasiado bello para durar… En efecto, lo fue. El editor, Robert Maxwell, desapareció en 1991 cuando navegaba en aguas de Canarias a bordo de su yate.Se ahogó… O acabó con él alguno de los muchos servicios secretos a los que había servido y de los que había cobrado el peculiar emigrante checoslovaco instalado en Gran Bretaña. Bueno, todo eso se fue sabiendo cuando la leyenda soterrada de Maxwell empezó a quedar al descubierto… Como hechos o como leyenda, vayan ustedes a saber.

Viene este recuerdo de Maxwell a cuento de que quienes se hicieron cargo de The European -primer intento de semanario a la vez europeísta y paneuropeo- fueron los gemelos Barclay, millonarios de origen escocés y también emigrantes, por motivos fiscales ellos, a Canadá. Los Barclay, magnates inmobiliarios en Londres desde los años 60, redujeron drásticamente los gastos -adiós sueños dorados de tantos plumillas…-, pese a lo cual se dejaron millones de libras en el empeño de rentabilizar una publicación híbrida y sin audiencia lectora natural en ningún lugar de Europa, y acabaron cerrándola. Pues bien, los mismos Barclay acaban de hacerse con el imperio de otro editor manirroto -por llamarle algo-, Conrad Black, por una cantidad de millones enorme, teniendo en cuenta las trampas que se le conocen y las que se le sospechan.

¿Sacarán a flote el tinglado, o acabará todo, o parte de él, como The European? Alguno (como el ex director de The Times, Andreas Whittam Smith) especula ya con la posibilidad de que el Daily Telegraph, el gran diario conservador, acabe cayendo.Otro editor peculiar más, Rupert Murdoch, lleva años socavando su posición con tácticas como la de tirar el precio de venta de su propio periódico, The Times.

Los Barclay son gente seria, según todos los analistas. Muy conservadores, amigos de Margaret Thatcher, pero sin la menor intromisión en la línea editorial de su, hasta ahora, único gran periódico: el escocés The Scotsman. Eso no se puede decir de Maxwell, de Murdoch ni de muchos editores más que ustedes conocen. Pero llevan bastantes años empeñados en pasar a la primera división de los medios de información, y visto el panorama del gremio, algunos se inquietan.

No se puede culpar a los empresarios de prensa, viendo Enron, Parmalat y tantos otros espectáculos, de ser peores capitalistas que otros. Pero el glamour, el poder… Eso atrae más que la inversión en semiconductores a ciertas personalidades. Quizá la alergia de los Barclay a toda notoriedad pública sea una buena señal…

03 Septiembre 2004

Un lord sin escrúpulos

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Algunos poderosos empresarios tienen la pésima costumbre de creer que en el capitalismo no existen más reglas que las que ellos mismos imponen, que el dinero es suyo y que pueden disponer sin freno del mismo sin rendir cuentas a los accionistas. Le ha ocurrido a lord Conrad Black, el multimillonario británico-canadiense, ex presidente del grupo mediático multinacional Hollinger, a quien un informe interno del propio consorcio acusa, junto a uno de sus antiguos directivos, de un desfalco de 400 millones de dólares cometido entre 1997 y 2003. Black, que pese a haberse visto obligado a abandonar el cargo el pasado noviembre por denuncias de accionistas sigue controlando el 78% de la firma a través del holding Ravelston, niega haber cometido delito alguno y se resiste por ahora a declarar ante la comisión del mercado de valores (SEC) de EE UU, que ha decidido abrir a su vez una investigación.

El asunto pinta feo para este acaudalado financiero, que ya había amasado una gran fortuna antes de tomar las riendas de Hollinger, un consorcio mediático propietario, entre otros, de los diarios Chicago SunJerusalem Post y hasta hace unos meses del líder de la prensa británica, el conservador Daily Telegraph. Los abogados de Black van a tener que hacer un gran esfuerzo para desmontar los argumentos de la auditoría, que señala que sus actuaciones responden a una «cleptocracia corporativa». Los accionistas pretenden recuperar con su denuncia 1.250 millones de dólares.

La lista de presuntos abusos del ex patrón de Hollinger es larga y refleja una desmesurada voracidad por el uso indebido de fondos que hacen recordar el reciente escándalo de Enron. Sus libertades con el dinero de la firma en su propio provecho no parecen haber tenido límites, aunque él lo cuestiona: uso del avión privado de la empresa para sus vacaciones, fiestas de cumpleaños de su esposa o cenas de lujo de la pareja Black con el matrimonio Kissinger. Éste formaba parte del grupo de ilustres consejeros independientes de la compañía, aunque la denuncia deja abierta la posibilidad de que muchos de éstos no conocieran las presuntas irregularidades. Y uno de ellos es nada menos que Richard Perle, ex asesor del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, al que los auditores exigen la devolución de 5,4 millones de dólares.

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