Irán celebra la muerte de uno de sus mayores enemigos, mientras que Estados Unidos y occidente se muestra escéptico con las maneras de la ejecución

El ex dictador de Irak, Sadam Hussein, ahorcado tras ser condenado a muerte por ordenar la matanza de 148 chiíes en 1982

HECHOS

  • El 5.11.2006 un Tribunal Especial iraquí condenó a muerte a Sadam Hussein, Barzan al Tikriti y Awad al Bander como responsables en 1982 de 148 asesinatos en el ‘caso Duyail’.
  • El 30.12.2006 Sadam Hussein fue ahorcado y las imagenes de la ejecución fueron difundidas por Internet.

juicio_Sadam A pesar de que Sadam Hussein tenía pocas posibilidades de salir vivo del juicio, al ser juzgado por aquellos a los que persiguió durante su régimen, el juicio sí dio al ex dictador el derecho a intervenir y dar su versión de los hechos. En su intervención Hussein calificó el juicio de ‘teatro’ y denunció que ‘el verdadero criminal era el presidente de Estados Unidos, George Bush’.

OTROS AHORCADOS EN JUICIOS POSTERIORES

juicio_ramadan El ex vicepresidente de Irak, Taha Yasin Ramadan fue condenado a cadena perpetua en la sentencia del 5.11.2006 por la matanza de chiíes, pero en la revisión de la sentencia por el tribunal de apelación se consideró que aquello había sido demasiado suave y Radamán pasó a ser condenado también a pena de muerte. Fue ahorcado el 20.03.2007.

juicio_quimico Ali Hasan al Majid ‘Alí el Químico’ y primo de Sadam Hussein estaba considerado uno de los más despiadados colaboradores del régimen de Sadam por crímenes con gas durante la guerra contra Irán y contra los kurdos. Fue ahorcado el 25 de enero de 2010.

abi_hamid_juicio Abid Hamid Mahmud, considerado el hombre más poderoso en la Irak de Sadam Hussein después de este y sus dos hijos, fue ahorcado el 7 de junio de 2012.

PERDÓN PARA AZIZ

aziz Tarek Aziz fue condenado a muerte el 26.10.2010 por la persecución a chiíes. No obstante, Aziz no fue ejecutado por decisión del presidente de Irak, Yalal Talabani.

31 - Diciembre - 2006

El implacable enemigo de los chiíes

Javier Martín

Hoy es un día extraño para los chiíes iraquíes. Acostumbrados al dolor de la propia sangre vertida, a la opresión atávica, la desolación y el llanto enquistados desde la primera de sus generaciones, derraman lágrimas para ellos insólitas; no importan las diferencias. Laicos y religiosos, radicales y moderados, seguidores del séptimo imán oculto o el duodécimo han aparcado sus contiendas. Por un día, todos lloran con la misma alegría y dan gracias a Alá porque su enemigo común, su peor pesadilla, ha sido ejecutado tras tres años de castigo y un esperpéntico juicio.

Pocos lo esperaban pero casi todos lo ansiaban. Cinco meses antes de la invasión de Irak, cuando la guerra ya estaba decidida, en el corazón de todos los chiíes iraquíes maceraban sentimientos contradictorios. La esperanza y la ilusión se imbricaban con un hilo de recelo y escepticismo. En la memoria, grabado a fuego, vegetaba el recuerdo de la traición de 1991. Ese año EE UU también decidió atacar Irak, aunque en aquella ocasión con el consenso de las naciones. Sadam Husein había llegado al paroxismo de su osadía, había dejado de ser un dictador manejable y amigo, el bastión que defendía a Oriente Próximo de la perniciosa influencia chií iraní y se había anexionado Kuwait. La Casa Blanca armó una alianza de 30 países y buscó el apoyo de los chiíes. Pero las tropas aliadas frenaron su avance antes de llegar a Bagdad y dejaron el trabajo inconcluso. El entonces presidente estadounidense, George Bush, instó a todo el pueblo iraquí a sublevarse y centenares de chiíes se lanzaron a las calles de la ciudad meridional de Diwaniya para retar al tirano. La encendida turbamulta se enfrentó a la policía y mató a una decena de agentes. La asonada estalló en Basora y se propagó con rapidez por las principales poblaciones del sur iraquí.

La mecha la proporcionaron las potencias extranjeras y la pólvora la abigarrada oposición iraquí en el exilio, que pactó en Beirut la creación de una mesa común para atizar el alzamiento y crear el futuro Gobierno de transición. Pero EE UU y sus aliados no cumplieron sus promesas. La artillería de Sadam Husein recuperó posiciones, se apostó frente a las ciudades santas de Nayaf y Kerbala, y bombardeó con demencia los aledaños de los santuarios más sagrados del chiísmo, donde se refugiaban miles de fieles. Alí, el chófer de ojos tristes que durante un tiempo me guió en Mesopotamia, tenía un recuerdo recurrente de aquellos días: “Los tanques llevaban una pancarta con la leyenda ‘No más chiíes después de hoy’. Todo quedó arrasado. Las represalias posteriores fueron incluso peores”, contaba. Sadam Husein se permitió el lujo, incluso, de humillar públicamente a los líderes religiosos chiíes de aquel tiempo, y por ende a Irán, su enemigo más enconado. El gran ayatolá Mohamed Baquir al Hakim, refugiado en Teherán a la vera del ex presidente Rasfanyani, fue testigo de la derrota de sus milicias Al-Badr.

La cruenta epopeya de odio y animadversión entre los chiíes y Sadam Husein se gestó en torno a 1958, año de la revolución que derrocó a la monarquía. Los chiíes, en su mayoría relegados al último escalón de la pirámide social, apoyaron la ascensión del socialismo. En 1963, fecha del golpe de Estado contra el Gobierno de Abdel Karim Qasem, los partidarios de Alí constituían el 53% del Partido del Renacimiento Árabe Socialista Baaz, que después lideraría el propio Sadam. Sin embargo, la gradual entrada de elementos suníes en los órganos directivos hizo que, un lustro más tarde, sólo el 6% de los baazistas fueran chiíes. El Baaz se sumó al movimiento panarabista y promovió la idea de la unidad árabe por encima de la identidad iraquí bien definida. El partido se llenó de suníes, seglares acérrimos que pronto desconfiaron de los fanáticos y retrógrados chiíes, considerados persas y, por tanto, enemigos de los árabes.

En aquellos años, llegó exiliado a Irak un hombre que influiría de manera decisiva en el desarrollo del chiísmo iraquí: el ayatolá Rujola Jomeini, a quien no recibirían con agrado ni el Gobierno socialista ni, en un principio, el ayatolá Mohsen al Hakim, líder de la comunidad chií iraquí. El clérigo iraní se asentó en la ciudad santa de Nayaf, donde comenzó su prédica acosado por el régimen del primer ministro Abdul Salam A’rif , un suní en buenas relaciones con el régimen del sha de Persia. Sin embargo, Jomeini pronto aventó los recelos de los chiíes iraquíes y se ganó su confianza. Fue entonces cuando despegó el partido chií Ad-Dawa, fundado años antes con la intención declarada de establecer un Estado islámico en Irak. En la década siguiente, la militancia de este partido no hizo sino incrementar la presión sobre los chiíes. Entre 1974 y 1978, el régimen, en el que ya dominaba Sadam, ordenó la ejecución de 13 clérigos chiíes y encarceló a decenas de ellos.

El triunfo en 1978 de la revolución islámica iraní supuso un severo revés para el régimen baazista. Se multiplicaron las fricciones y el partido Ad-Dawa fue prohibido. Varios clérigos se exiliaron a Irán, donde comenzaron a levantar la resistencia. En 1980 estalló la guerra entre los dos países, alentada por el deseo de EE UU y Arabia Saudí de frenar la influencia revolucionaria iraní. Paradójicamente, muchos chiíes laicos lucharon al lado del dictador.

Otros, como el ex primer ministro transitorio Iyad Alawi y el tenebroso Ahmad Chalabi, optaron por la oposición en el exilio occidental. Ambos desempeñaron en 2004 un papel esencial en la pantomima del Gobierno de transición iraquí y en la formación del tribunal que finalmente utilizó una razón -la matanza en 1982 de 144 chiíes en la aldea Duyail- para ejecutar una venganza largamente mascada.

31 - Diciembre - 2006

Una ejecución con visos de asesinato ritual que exacerbará las heridas de Irak

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Apenas se supo que la ejecución de Sadam era inminente, advertimos en estas páginas que se trataba de un inmenso error. En el terreno de lo moral, rebajaba a los gobiernos de EEUU e Irak a la misma categoría del tirano. En el plano meramente pragmático, evitaba que fuera juzgado por la inmensa mayoría de sus crímenes y sólo iba a servir para recrudecer la violencia y entorpecer la reconciliación nacional. Ahora que por desgracia el dictador ya ha muerto en la horca, nos reafirmamos en nuestro rechazo razonado a la ejecución, pero debemos añadir que ésta se ha llevado a cabo de la peor manera posible. Tanto Bush como el Gobierno iraquí han convertido el ahorcamiento del dictador en un vergonzante espectáculo televisivo más digno de un western de medio pelo que de un país donde presuntamente se abre camino un Estado de Derecho. Cada detalle de la ejecución llevaba el amargo sello de la venganza propio de un asesinato ritual. No es casual que el escenario de este macabro epílogo fuera un edificio donde los servicios de Inteligencia del propio Sadam colgaron durante el régimen a decenas de presos políticos. Las imágenes del comprensible pero inaceptable alborozo de los chiíes, pero sobre todo la difusión de las imágenes de los instantes previos a la muerte del dictador -nadie duda de que las de sus estertores acabaremos viéndolas más temprano que tarde- responden al objetivo execrable de humillar públicamente a Sadam y transmiten la desasosegante impresión de que el proceso no ha perseguido tanto la justicia como la revancha. No cabe duda de que las potencias ocupantes han tratado de disimular su fracaso en Irak detrás de la muerte del dictador, pero nadie debe olvidar que no fue ése el motivo que les llevó a la guerra sino unas armas de destrucción masiva que a día de hoy todavía nadie ha encontrado. El vejatorio final de Sadam con la soga al cuello no ha producido reacciones inesperadas. Israel, Irán y los kurdos han saludado con júbilo la ejecución. Europa y sus viejos aliados la han censurado. Especialmente llamativas fueron las palabras de Bush, quien definió el ahorcamiento de Sadam como «un hito importante en el rumbo seguido por Irak para convertirse en una democracia». ¿Qué está queriendo decir? ¿Que los iraquíes sólo pueden acceder a los derechos humanos y las libertades individualesahorcando a su anterior líder? ¿Que la democracia sólo se puede construir sobre la sangre del tirano? Nuestro análisis es justo el contrario. Lejos de conjurar el pasado, el siniestro show del ahorcamiento de Sadam no hace sino actualizarlo y perpetuarlo. La cadena de atentados que ayer azotó Bagdad y Kufa es la mejor prueba de que el futuro de Irak no será menos sombrío por tener al dictador bajo unos cuantos palmos de tierra.

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