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No había precedentes en la prensa española de un ataque tan virulento de un ex directivo de la prensa contra el que fuera su jefe

El ex subdirector de EL PAÍS, Martín Prieto, despelleja al Consejero Delegado de PRISA, Juan Luis Cebrián

HECHOS

En marzo de 1993 D. José Luis Martín Prieto, ex subdirector de EL PAÍS, publicó en DIARIO16 un artículo contra el Consejero Delegado del Grupo PRISA, D. Juan Luis Cebrián, con quién había trabajado cuando este era director de EL PAÍS.

Programa ‘Protagonistas’  de ONDA CERO – D. José Luis Martín Prieto contra D. Juan Luis Cebrián:

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17 - Marzo - 1993

Polanco tiene un muerto en el jardín

Martín Prieto

Las últimas dosis churriguerescas sobre el periodismo español causan jolgorio. Hace décadas que ‘el Javier Pradera del diario de los sindicatos verticales’ y el censor, como director general de sus servicios informativos, de la agónica televisión del franquismo, pedalea consciente de que si deja de hacerlo se cae de la bicicleta y, en su obligado acelerón, acabará atropellado a alguien y como en él es costumbre terminará echándole la culpa al propietario de la ‘bici’.

Siempre he levantado la bandera de Jesús de Polanco porque, aunque su pabellón atropelle legítimamente a amigos míos, me parece la suya una enseña defendible, que tiene el rango del sudor, del esfuerzo y las lágrimas. Bajo esas ropas se cobija el cobarde y nadie tiene explicación para lo suyo. Suposiciones novelescas dan por seguro de que Polanco tiene a alguien enterrado en alguna de sus fincas y que este muchacho lo sabe, porque no de otra manera puede entenderse que le mantenga y le mime con un sobresueldo como consejero de un banco, permitiendo vía libre a todos los negociazos de la infinitesimal mujer que le soporta por dinero. Este miserable ha de ser poseedor de algún secreto ominoso.

Tras mostrar a los ministros de Carlos Arias Navarro toda la censura televisiva que ejerció, se fue a Londres a babear ante Fraga, al que también engañó. Dirigió un diario que no sabía ni cerrar, despreció a todo el mundo, dejó su camino sembrado de cadáveres y se dedicó por las noches a borrar todas las huellas de quienes cabalgaron junto a él. Luego se hocicó en torear él sólo con RADIO EL PAÍS, cientos de millones por aquí y luego con el semanario EL GLOBO, miles de millones para allá. No sé si es churrigueresco, pero, desde luego, este cantamañanas lo que resulta es muy caro. Saber por qué Polanco sufraga sus desvaríos de tonto ‘pitiminí’ con ínfulas británicas es el gran misterio a desvelar. En esta década ¿por qué asumir tanto fuego desde la grandeza de una empresa periodística cuando sólo se dispara contra un pobre arribista común de los medios informativos que sólo sabe ganar dinero para sí mismo y arruinar a sus patrones? Va haciendo su agosto y pretende dar lecciones, procura rebajar multas de caza y va piando: al fin gran mantenido conyugal, supone que lo de su última chica se le debe. No regurguita eructitos intelectuales: recuelda sonoramente toda su tontil obra publicada (‘La España que bosteza’, ‘La rusa’), cuyas críticas, y por su encargo, hube de recabar a lazo personalmente y exigiendo piedad. A ese tonto del culo no le da la gana de escubrirse ante Churriguera ni ante nadie porque sólo levanta el sombrero ante su ignorancia, ante su impotencia, ante su incapacidad y su impotencia.

Martín Prieto

Primera página

Juan Luis Cebrián

Antes del a citada reunión hablé con José Luis Martín Prieto, que había regresado de Buenos Aires después de una larga estadía como corresponsal, periodo en el que su domicilio rioplatense se convirtió en punto de referencia de cuantos españoles influyentes pasaban por la capital argentina. José Luis se casó durante su estancia allí en una ceremonia en la embajada en la que Felipe González, por poderes, y yo mismo fuimos padrinos/testigos del enlace. La amistad entre nosotros se me antojaba poco menos que fraternal y mi admiración por sus dotes literarias y su capacidad de observación era conocida de todos. Antes de citar la reunión en EL GLOBO hablé con él para rogarle que se hiciera cargo de su salvamento, lo que aceptó, e incluso me pidió que postergara la hora del encuentro porque le venía personalmente mejor. No se presentó. No era la primera vez que hacía una cosa semejante y, aunque su ausencia causó un considerable estrago, pues de hecho no pudimos tomar la principal resolución prevista ligada al mandato especial que esperábamos darle, procuré quitarle importancia. Pero la tenía. Días después, también en domingo, me solicitó que acudiera a la sede del periódico, porque quería contarme algo importante. Traté de explicarle que tenía un compromiso familiar y que prefería verle al día siguiente, pero la urgencia era grande y finalmente acudí al despacho. El importante tema que había de comunicarme era su inmediata marcha del periódico. La defección de José Luis, MP para los amigos, constituía una noticia importante para el equipo, aunque no tanto como él imaginaba. Me había acompañado en la singladura de EL PAÍS desde el principio, y ante en INFORMACIONES; incluso durante mi permanencia en PUEBLO me visitaba con regularidad para ofrecerme reportajes, siempre interesantes muchas veces relacionados con noticias militares o de armamento. MP era una institución en la casa, admirado y querido pese a su dipsomanía, cuando no repudiado por sus excentricidades, que ocultaban un sentimiento de inseguridad  casi infantil. Poseedor de un estilo literario inigualable, había sido el encargado de las crónicas del juicio contra los golpistas del 23-F, que se publicaron con ilustradiones de José Luis Verdes. Fue con Delkader y con Pradera, con Rafael Conte también durante algún tiempo, uno de los puntales del equipo. Su popularidad hizo que bautizaran con su nombre una especialidad de café que le gustaba y que todavía es solicitada por muchos en la redacción: un MP es un expreso doble con leche fría servido en vaso. Traté de disuadirle de su marcha o al menos de obtener una explicación que no fuera la que me daba: se sentía poco apreciado por mí, aunque yo no lo comprendiera. Su adiós fue terminante. Ya en la puerta, volvió el torso hacia donde me encontraba para despedirse con una frase que, conociéndole, supuse quería dejarla escupida para nuestra pequeña historia:

–        –  Juan, te aseguro que digan lo que te digan en el futuro, nunca me subiré a un tren que trate de arrollarte.

Desde entonces no ha dejado de encaramarse a cuantas locomotoras buscaron mi atropello.

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