Ya más cerca de la tumba que de la cuna, a veces nos sorprendemos recordando con melancolía aquellas primeras tertulias televisivas del siglo pasado. Todo nació en 1976, con «La clave» de Balbín. Primero emitían una película, que era lo que veíamos los críos de la casa. Después comenzaba el sesudo debate, que se prolongaba durante más de dos horas. Nuestros estoicos padres lo consumían entero, a pesar de que en aquel rupestre canal UHF la imagen bailoteaba con frecuencia. Indefectiblemente, alguien se erguía atacado y le arreaba unos golpetazos a la carcasa del televisor vintage, con la esperanza estéril de que la imagen se ajustaría. El decorado de «La clave» era más desolado que un paisaje de Edward Hopper. En comparación con la tómbola de colores de los platós de hoy, aquello parecía una capilla románica. Tras la cabeza con pipa del moderador, una pantalla apagada. Frente a él, ocho contertulios, repanchigados en unas sillas de oficina en medio del vacío. No había público aplaudidor de pago. Tampoco tele-encuestas, tuits en directo y vídeos amarillistas enlatados. En realidad no había nada, solo nueve personas, casi siempre de edad provecta y luengo currículo, conversando a palo seco. Aquellos programas resultan extraños revisados hoy. De entrada, los contertulios fuman como carreteros. Pero no es eso lo que asombra. Lo que nos pasma es que se les da tiempo para expresar sus argumentos con sosiego y cada orador escucha al contrario con atención, incluso con respeto. En el blanco y negro de la vieja Clave palpita algo que hoy se ha convertido en artículo de lujo: la buena educación.
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En este siglo XXI las tertulias viven su edad de oro. Hasta han dado lugar a una nueva profesión cacheada por Montoro: tertuliano. Un inteligente productor de televisión, aureolado por el éxito, me explicó en una ocasión por qué existen tantas tertulias. Fue un poco cruel con los que hacemos bolos, pero me temo que certero: «La saliva de tertuliano es la manera más barata que existe de llenar una hora de televisión». El problema es que con tantos programas clónicos de debate ha llegado la profesionalización. Los esforzados de la ruta empalman una tertulia noctámbula con un desayuno catódico y comienza a notarse la fatiga colectiva. El resultado es que en los últimos tiempos ha surgido un nuevo género: la muermotertulia. El asunto consiste en que, mientras uno de los ponentes defiende acaloradamente su tesis, los otros fisgan ausentes en sus iPad, con rostros de infinito hastío. Abismados en sus tabletas, ni escuchan. Pero dotados de una habilidad digna del mayor encomio, cuando les toca turno son capaces de levantar súbitamente la cabeza y lanzarse a disertar con magisterio sobre Ucrania, la minería del Bierzo o la reproducción de la avutarda. El aburrimiento llega al extremo de que cuando no le toca hablar algún tertuliano laborioso aprovecha las sesiones matinales para recortar en directo la prensa de la competencia y luego plagiar ideas. Viviremos el día en que mientras un orador interviene otro sacará una lata de Mahou y un bocata de chorizo en papel Albal y aprovechará para ir cenando. Sopor en directo. Morriña del UHF.
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Luis Ventoso