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Juan María Bandrés continuará siendo el presidente del partido

2º Congreso de Euskadiko Ezkerra – El exmiembro de ETA, Kepa Aulestia Urrutia, es elegido nuevo Secretario General reemplazando a Mario Onaindia

HECHOS

El 25.01.1985 se celebró el II Congreso de Euskadiko Ezkerra. D. Juan María Bandrés fue ratificado como Presidente y D. Kepa Aulestia como Secretario General.

El 27 de enero de 1985 se clausura el II Congreso de Euskadiko Ezkerra (EE). D. Mario Onaindia Nachiondo cede la secretaria general a D. Kepa Aulestia Urrutia, también exmiembro de ETA, aunque seguirá formando parte de su Comité Central como miembro más votado. D. Juan María Bandrés Molet seguirá siendo presidente de Euskadiko Ezkerra mientras que el Comité ya no estará D. Roberto Lertxundi Barañano que se retiró voluntariamente por considerar que la dirección de EE no representa a la sociedad vasca.

El Sr. Aulestia Urrutia es elegido secretario general de EE por 56 votos a favor y 6 asbtenciones.

ROBERTO LERTXUNDI ABANDONA LA DIRECCIÓN DE EE

 D. Roberto Lertxundi, el ex secretario general del PCE-EPK, renunció a estar en la dirección de Euskadiko Ezkerra por considerar que, al no haber contado con dirigentes sindicales en la ejecutiva de EE, esta no reflejaba fielmente la realidad de la calle.

29 Enero 1985

El ejemplo de Onaindía

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

MARIO ONAINDIA ha renunciado a ser reelegido secretario general de Euskadiko Ezkerra -que celebró el pasado fin de semana su II Congreso- y ha apoyado la designación de Kepa Aulestia -cuyo hermano Joseba, ex dirigente de la autodisuelta ETA VII Asamblea, acaba de regresar a España al amparo de las medidas de reinserción social- para desempeñar ese cargo. Desoyendo las presiones y los argumentos encaminados a hacerle desistir de esa decisión, anunciada hace más de un año, la firmeza del ex secretario general de Euskadiko Ezkerra para mantener su palabra ofrece un ejemplar contraste con el habitual apego de los políticos a las dignidades. Sin embargo, Mario Onaindía, una de las personalidades más imaginativas y valerosas de nuestra democracia restaurada, permanecerá en el comité central de ese partido y seguirá siendo el portavoz de su grupo parlamentario en la Cámara vasca.Faltan analogías significativas en el resto de España, incluida Cataluña, para encontrar algún equivalente que sirviera para explicar el papel desempeñado por Euskadiko Ezkerra en el País Vasco. Su núcleo original, el Partido para la Revolución Vasca (EIA), estaba formado por militantes de la izquierda nacionalista -entre los que figuraban antiguos miembros de ETA acogidos a la ley de amnistía de 1977, y aspiraba a desarrollar la estrategia de la doble via, en cuya elaboración había participado el malogrado Pertur. Las reflexiones teóricas y el arrojo práctico de Mario Onaindía, legitimado por su historia personal para condenar la violencia y preocupado siempre por erradicar del debate político la descalificación personal y las condenas inquisitoriales, resultaron decisivas en la evolución de una generación formada en la oposición a la dictadura franquista, el culto a la sangre y el doctrinarismo ideológico. En el momento de la fusión de ElA con el sector mayoritario de los comunistas vascos -que provocó la purga de los renovadores del PCE en el otoño de 1981-, Euskadiko Ezkerra había fijado ya sus nuevas señas de identidad. Su inicial ambigüedad respecto a las vías alternativas de la lucha política dejó paso a un resuelto compromiso con las reglas de juego democráticas, el rechazo del terrorismo, la aceptación del pluralismo político y cultural del País Vasco, la defensa de la tolerancia y la necesidad de la negociación. El apoyo de Euskadiko Ezkerra al Estatuto de Guernica en el referéndum de octubre de 1979 permitió incorporar al proyecto autonómico a un cualificado sector del nacionalismo de izquierdas. La autodisolución de ETA VII Asamblea y la reinserción social de los poli-milis en la España democrática -concluida durante estas últimas semanas- fueron posibles gracias al coraje moral y al talento político que mostraron, después del golpe de Estado del 23-17, Mario Onaindía y Juan María Bandrés, por parte de Euskadiko Ezkerra, y Juan José Rosón, el más templado, eficaz e inteligente ministro del Interior de la democracia española.

Ante las urnas, Euskadiko Ezkerra ha tenido que competir con el nacionalismo radical de Herri Batasuna y con la cultura política del socialismo vasco. Que su modesta implantación electoral -alrededor del 8% de los sufragios emitidos en 1982 y en 1984- no guarde proporción con su notable influencia -como ocurrió durante la II República con Acción Nacionalista Vasca- se explica en buena parte por la racionalidad, imaginación y sentido del largo plazo que Mario Onaindía -condenado a muerte en el histórico juicio de Burgos de 1970- ha sabido dar a sus planteamientos políticos. Nadie está en condiciones de reclamar el monopolio de los esfuerzos para erradicar la violencia terrorista y lograr la reconciliación en el País Vasco. Sectores del nacionalismo moderado y del socialismo vasco y algunas fuerzas sociales han luchado valerosamente en favor de la convivencia democrática, frente a las amenazas de las bandas armadas y frente a quienes propugnan el terrorismo de Estado. Cuando esta etapa de sangre, visceralidad y odio sea tan sólo un terrible recuerdo en la historia de los vascos, la figura ejemplar de Mario Onaindía ocupará un lugar destacado entre los que hicieron posible la paz y la reconciliación.

07 Noviembre 1985

Carta a los "milis'

Kepa Aulestia Urrutia

Acabo de ver una pintada en una pared, entre Ordizia y Beasáin. Es una pintada increíblemente injusta, absurda y cruel. Me habían dicho que estaba allí, y alguien ha debido tener el buen criterio de no blanquear la pared, respetando esa vergüenza. No he podido remediar imaginarme al autor de la pintada dándose palmaditas con la satisfacción que a uno le debe producir pasear con la frente alta a costa del sacrificio de los demás, y he decidido escribiros.Por estos días se cumplen 11 años de la última gran ruptura en ETA. Once años que a mí me han parecido muchos más. Personalmente viví aquella ruptura en una de las múltiples salas de visita de un centro hospitalario de Bilbao. Fue el lugar acordado para una entrevista con Argala y Peixoto. En medio de un gentío de enfermos en bata y de famliares aburridos, nos hicimos con un rincón donde sentarnos a discutir de nuestras cosas. La conversación no se centró en las causas de aquella sor presiva escisión, sino que derivó hacia los proyectos que guardábamos para el futuro, con un celo no exento de ingenuidad. Al término de la cita, las discrepancias parecían más nítidas que al principio. Sin embargo, me quedaba una duda por la seguridad con que cada cual defendía sus posiciones, por lo que le pregunté a Argala: «Al final, ¿no es todo una cuestión de fe?. Él asintió. Nos despedimos, aunque pudimos vernos años más tarde, antes de que le asesinaran.

Siempre he tenido la impresión de que aquella fe se fue desvaneciendo, y terminó por morir con Argala. A partir de ahí sólo quedó la inercia: la inercia de las armas, la de quienes pretenden perpetuarse el prurito de una situación que día a día incomoda a más gente, y cuando se ven necesitados de justificar, no ya su actitud, sino su propia existencia, vuelven hacia atrás las páginas de una historia demasiado breve como para que nos enseñe algo más de lo que ya nos advierte el sentido común.

Ni la alternativa KAS es lo que era. La habéis convertido en un fetiche al que rendir culto con la incredulidad de la rutina. Ya nadie recuerda -nadie quiere recordar- su sentido original. Sus famosos puntos, en su vaguedad, son tan inconsistentes como pretender que estamos viviendo un proceso descolonizador. Pero, sin embargo, se agita como argumento fácil, como escudo protector que en realidad trata de ocultar vuestra incapacidad para dar un paso hacia adelante, un solo paso. Pero no es esto lo que más me preocupa. A lo sumo sería una obcecación estéril, en cualquier caso legítima, si no fuese acompañada por las armas y por ese inadmisible afán de sustituir la voluntad de una sociedad madura, negándole así el derecho que le asiste a determinar su propio futuro.

No hay nada más reaccionario que alentar el poder de lo fáctico; nada más indigno que utilizar vuestro fetiche para azuzar los aspectos más tenebrosos de la realidad que nos ha tocado vivir.

Tengo la sensación de que el tiempo corre más aprisa para unos que para otros. Que en este caso el tiempo corre más aprisa precisamente para aquellos que tratáis de pararlo, de decir «aquí no ha cambiado nada, todo está como cuando llegué». Pienso que ya quedan muy pocos meses, como de aquí al verano, y entiendo que tengáis miedo al regreso, que no es un miedo a la represión, ni a daros de alta en una oficina del Inem. Es un miedo mucho más inconfesable, el miedo a encontraros frente a frente con vuestro propio discurso, con ese discurso machaconamente trabajado durante tanto tiempo, que comienza y termina con la palabra traición No confundamos los términos, no os engañéis. Que la gente quiera, como yo mismo, zanjar cuanto antes esta cuestión pendiente de la violencia, y que lo quiera sin dramas y sin traumas no significa que esté dispuesta a cederos los bártulos para que en una cada vez más hipotética negociación tratéis de resolver algo más que vuestro problema humano. Ese problema sólo es resoluble desde la valentía del reconocimiento del error propio o del acierto ajeno.

Muy lejos de ello, el reconocimiento que buscáis es el de vuestro acierto frente al error ajeno. Teméis volver con las manos vacías y buscáis llenarlas con un gesto que avale la frustración de muchos años de fracaso. Un último aliento que convierta en arrepentimiento vergonzante lo que en otros ha sido dar la cara.

En realidad, estáis pidiendo un armisticio con foto, porque en foto han terminado todas las guerras que en el mundo han sido. Estáis pidiendo que os saquen una foto con la JUJEM, y seguro que el autor de la pintada esa, entre Beasáin y Ordizia, trataría de hacerse un hueco ante la cámara. Y por ahí sí que no pasamos algunos, muchos, que no creemos en guerras, y mucho menos en la vuestra.

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