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Jordi Pujol reelegido Secretario General de CDC y Ramón Trías Fargas reelegido como Presidente

7º Congreso de Convergencia Democrática de Catalunya Pujol potencia la ‘Operación Roca’ de su Secretario General Adjunto

HECHOS

El 10.01.1985 se celebró el VII congreso de CDC en el que fueron reelegidos D. Ramón Trías como Presidente, D. Jordi Pujol como Secretario General y D. Miquel Roca como Secretario General Adjunto.

El 10 de enero de 1985 se celebra el VII congreso de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) en el que D. Ramón Trías Fargas es reelegido presidente del partido, D. Jordi Pujol Soley es reelegido secretario general y D. Miquel Roca Junyent secretario general adjunto.

El congreso da mucho protagonismo a D. Miquel Roca Junyent, que es candidato a la presidencia del Gobierno de la plataforma Partido Reformista Democrático (PRD) conocido como ‘Operación Roca’.

miquel_roca_joven D. Miquel Roca, reelegido Secretario General de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) fue el principal protagonista del congreso. Fue reelegido como Secretario General Adjunto y se le potenció como futuro candidato a la Presidencia del Gobierno del Partido Reformista Democrático (PRD) en las elecciones de 1986.

14 Enero 1985

Cuando la unidad no acompleja

Miquel Roca

La proyección que Convergència Democràtica de Catalunya plantea, desde su propia identidad, en la realidad política española es una proyección que en cierto modo trasciende los límites estrictos de su partido. Es una proyección a todos cuantos quieran protagonizar este gran proyecto de devolver a los ciudadanos y a la sociedad una confianza en sí mismos.

Curiosamente, lo que se achaca a este congreso de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) es que no sea noticiable. Es decir, que no haya enfrentamientos; que no haya tensiones; que el debate sea intenso, pero ordenado y constructivo; que, en resumen, sea la expresión de un amplio consenso entre los delegados asistentes al propio congreso. Y digo curiosamente porque lo que debería ser noticia es precisamente esto: que un congreso se reúna para trabajar en profundidad, pero sobre unas líneas de afirmación y coincidencia básicas que permitan que los acuerdos que se alcancen sean asumidos por todos sin graves dificultades o tensiones.Ciertamente, el congreso hubiera podido ser muy distinto, hubiera podido ser triunfalista, y no se ha querido. Hubiera podido ser también un congreso en el que el debate se hubiera centrado sobre aspectos más secundarios o incluso más marcados por la coyuntura, y no lo ha sido. Se ha hecho un congreso que ha discutido tanto sobre las grandes opciones ideológicas de Convergència Democràtica de Catalunya como de políticas sectoriales cuya trascendencia debe impregnar toda acción de Gobierno. Y si se ha hecho así ha sido porque ésta es la obligación de un partido sólido: no rehuir los problemas, sino afrontar los, debatirlos y proponer las soluciones que parezcan más idóneas.

Por ello se ha empezado por debatir la estrategia del partido en términos amplios, que han permitido una reafirmación de la ideología nacionalista de CDC, adaptada a la realidad de un momento en el que la proyección hacia el año 2000 marca caracterizadamente todo el sentido de cualquier acción política. Y el congreso ha examinado en qué manera la reafirmación de los ingredientes básicos de la definición ideológica de CDC era imprescindible para afrontar nuevos desafíos. Sólo desde la propia coherencia interna, desde la fuerza y desde la convicción de lo que se es y lo que se representa pueden asumirse otros riesgos en la proyección de la actuación política de un partido. Y Convergència Democràtica de Catalunya, que asume hoy riesgos tan importantes en su proyección política española, no quería en modo alguno sustraerse al debate ideológico que le permite, precisamente en la consolidación de su propia identidad como organización política nacionalista, asumir con coraje y con decisión los desafíos que el futuro le plantea.

Pero, por otra parte, esto no se hace desde una visión exclusivamente ideologizada. Se ha querido complementar con un amplio paquete de medidas que, en el campo del bienestar social, o en el campo de la política cultural, o en el campo de la política económica, contemplen la situación presente e intenten dar respuesta a los problemas de la educación, de la formación profesional, del paro, de la juventud, de los pensionistas, de los disminuidos físicos o psíquicos, de todos cuantos están demandando soluciones concretas a sus problemas. Porque son muchos hoy los que, desengañados ya de la demagogia y de las promesas falsas, vuelven su mirada hacia aquellos que no prometieron y que, sin embargo, han demostrado capacidad de construcción y de soluciones. Y éstos deben también encontrarse representados en el congreso de Convergència Democràtica de Catalunya.

Estamos asistiendo a un gran debate político en toda Europa. Es el debate que nos plantea la sociedad posindustrial: la revalorización del valor de la persona, y sobre todo la recuperación de un profundo sentido de libertad. La libertad ha sido durante muchos años un valor en crisis; un cierto tono peyorativo sobre la democracia formal tendía a sacrificar el contenido de la libertad en aras de otro tipo de conquistas igualmente necesarias, y quizá, expresión coyuntural, de una mayor justicia. Pero hoy Europa se percata de que el valor a defender, y encima del cual poder construir la sociedad de futuro, es precisamente el de la libertad. Y no es casualidad que sea desde una opción nacionalista, que hace de la identidad y de la libertad los elementos fundamentales de su definición, que se quiera plantear a fondo este debate ante toda la sociedad española.

Gran proyecto

Por ello, la proyección que Convergència Democràtica de Catalunya plantea, desde su propia identidad, en la realidad política española es una proyección que en cierto modo trasciende los límites estrictos de su partido. Es una proyección a todos cuantos quieran protagonizar este gran proyecto de devolver a los ciudadanos y a la sociedad una confianza en sí mismos que les permita apoyar la gran responsabilidad, que entre todos hemos de asumir, de construir nuestro propio futuro. Y no puede existir convicción ni confianza donde no hay un profundo respeto por la libertad: libertad de construir, de imaginar, de crear; libertad de ser.

La tranquilidad que los resultados electorales le han otorgado a este congreso de Convergència Democràtica de Catalunya se ha puesto al servicio de un debate en profundidad. Debate ideológico, estratégico, programático; con participación de las bases. Más de 2.000 enmiendas son el testigo excepcional de la intensidad de esta participación. Y la asunción de la mayor parte de ellas es también la expresión de hasta qué punto nadie podrá dudar que exista entre la dirección del partido y sus bases una amplísima identificación apoyada en textos de autoría colectiva, y que, por tanto, comprometen a todos de una manera mucho más sincera y eficaz.

No es el congreso del triunfalismo, pero sí el congreso de la satisfacción; satisfacción de ver consolidar un proyecto político como el de CDC; satisfacción de ver ratificada una estrategia de proyección en la realidad política española; satisfacción de saberse compartiendo con otros muchos unos mismos ideales, una misma identidad y una misma voluntad de servicio. Esto está siendo el congreso de CDC, y difícilmente nadie conseguirá que esto nos acompleje.

Bienvenida sea la coherencia, la cohesión y la unidad, cuando es el resultado no de una imposición, o una estructura totalitaria, o de un pesebrismo tristemente ejercido, sino el resultado de una voluntad común, de unos objetivos claros, de un proyecto sólido en el que los militantes de CDC se sienten identificados.

Miquel Roca es secretario general de Convergència Democràtica de Catalunya. Promotor del Partido Reformista Democrático (PRD)

13 Enero 1985

El congreso de la placidez pujolista

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

EL VII Congreso de Convergència Democràtica de Catalunya, que se clausura hoy en Barcelona, reúne dos características esenciales: una gran dosís de complacencia de los delegados hacia la gestión de la cúspide del partido, como fruto de la arrolladora victoria lograda en las últimas elecciones autonómicas, y una absoluta falta de tensiones en los debates. Esto último se ha convertido ya en una marca de la casa para el partido que lidera Jordi Pujol, facilitado por el hecho de que los máximos dirigentes de CDC siempre se han reservado para ellos el examen, dentro de una gran discreción, y la capacidad decisoria sobre los temas más delicados.No se espera en este congreso ninguna nota disonante, y en caso de que se produjese, muy difícilmente trascendería. Convergéncia es uno de los pocos partidos españoles que celebra sus sesiones congresuales a puerta cerrada y sin Prensa, aunque en esta ocasión acepta la presencia de periodistas en dos momentos muy concretos de los trabajos: la presentación del informe del secretario general, que sea aclamado tras su reelección como presidente de la Generalitat, y el análisis en el plenario de los resultados de las ponencias que se habrán debatido en secreto. Independientemente de todas estas medidas estructurales y preventivas, existen pocas posibilidades de que este congreso pueda deparar alguna sorpresa. Ya antes de iniciarse, las altas instancias del partido habían filtrado la filosofía congresual y sus resultados concretos: Convergència crece en militancia y cohesión interna -su actual eslogan es «muchos y bien avenidos»-, no hay ninguna razón para reestructurar el equipo dirigente (Jordi Pujol seguirá siendo el secretario general y continuará delegando sus principales funciones partidistas en Miquel Roca), y el congreso debe transmitir a toda Cataluña una imagen de positiva normalidad. En ese sentido, se ofrece como dato muy constructivo el hecho de que las numerosas enmiendas presentadas a las ponencias oficiales versen sobre matices muy menores y poco esenciales.

Hay una explicación de fondo para la armonía que se exhibe: CDC es un partido con una única dimensión ideológica clara, el nacionalismo, y vertebrado alrededor de un jefe indiscutible, Pujol, y estos dos elementos, tras una victoria electoral tan sonada como la de 1984, minimizan todos los demás aspectos. En este sentido, la realización de un giro tan apreciable como el registrado desde que en 1978, en el manifiesto del V Congreso, CDC se autodefinió como partido «defensor de un programa socialdemócrata» y como «protagonista de la alternativa de centro-izquierda catalana», hasta la posición actual, en que aglutina todas las esperanzas de poder del centro y la derecha catalanes, aspirando también a llegar a hacer lo mismo con el centro y la derecha españoles, en un partido así no han sido necesarios sesudos debates congresuales. Toda la militancia convergente se ha limitado a seguir los razonamientos e intuiciones de Pujol, en quien tiene depositada una confianza ciega para que sea él quien decida puntualmente, en cada momento, lo que es mejor para Cataluña.

En las últimas semanas la dirección convergente ha puesto su acento en anticipar ala opinión pública, junto al ya mencionado carácter de placidez previsto para el congreso, su esencia básicamente continuista. Pero aunque las ponencias de CDC no supongan oficialmente ninguna revolución, la que tiene carácter estratégico, titulada Cataluña en el año 2000, que se atribuye a la pluma personal de Pujol y Roca, incluye dos novedades sintomáticas. Por un lado, después de que tradicionalmente CDC ha rechazado la crítica de que encarna a un catalanismo cerrado -y de que, como alternativa, tanto el PSC como el PSUC aseguren encarnar a un catalanismo progresista y abierto-, la ponencia propone explícitamente, en esta ocasión, que «el concepto de Cataluña ha de ser cada vez más abierto a todos los ciudadanos catalanes y a todos sus valores», una expresión que tiene un claro sentido dinámico y que sólo se explica en función de que antes existiera un concepto de Cataluña menos abierto a la totalidad de sus habitantes. El sentido de esta apertura es intentar consolidar, de cara al futuro, el voto de aluvión que Convergència recibió en las autonómicas en zonas catalanas con elevada inmigración y que hasta esa consulta habían sido feudos electorales de los partidos de izquierda.

La segunda novedad, que resulta mucho más significativa de lo que expresan las voces que deliberadamente subrayan que el congreso es continuista porque CDC nunca ha recelado del españolismo, es el acento que, también explícitamente, expresa la ponencia sobre la participación de los convergentes en la política española. Se habla, como objetivo, de una «apertura a toda la realidad española» del partido, y se especifica que «Cataluña puede hacer ahora», el subrayado es nuestro, «aportaciones importantes al pensamiento político, social y cultural de España, aportaciones que, probablemente, no son sólo convenientes, sino también necesarias». Para una parte del pensamiento catalanista que está representado en los sectores más radicales de Convergència, éstas afirmaciones deben resultar muy duras. Duras por su falta de ambigüedad y duras por su contraste respecto a ideas y textos anteriores, ya que, por ejemplo, el principal factor de distanciamiento respecto a los socialistas, que también se confiesan catalanistas, ha sido la voluntad que han puesto éstos por participar en la gestión del conjunto del Estado. No deja de ser triste, sin embargo, que esta clarificación tan positiva y tan constructiva para España llegue a remolque de la necesidad puntual que tiene Miquel Roca, en estos momentos, de conseguir mejorar su credibilidad electoral fuera de Cataluña. Con todo, y ante las tensiones que este tema podría generar en las bases convergentes si se realizaran unas discusiones desinhibidas, hay indicios sobrados de que los debates congresuales sobre la actitud de CDC respecto al Partido Reformista serán extremadamente contenidos, pues para ello el propio Jordi Pujol ha volcado previamente todo el carisma de su caudillaje personal señalando que la dirección a seguir apunta hacía la capital de España.

El congreso de la tranquila euforia convergente puede contribuir, con todo, a cimentar las bases de una dulcificación de las relaciones entre el Gobierno de Cataluña y la Administración central. El año 1985, sin ninguna cita electoral en esta comunidad autónoma, puede llegar a ser muy positivo en este terreno, aunque algunas espadas de Damocles sigan amenazando a la escena política. No olvidemos, por ejemplo, la culminación de la descentralización financiera, un elemento fundamental para una autonomía que, como la catalana, ya tiene perfectamente asumidas todas las características políticas y culturales de su identidad nacional. Y no olvidemos tampoco las decisiones judiciales que puedan producirse respecto a la gestión histórica en Banca Catalana, tema que es la verdadera asignatura pendiente que planea sobre la actual placidez del partido de Jordi Pujol.

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