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El programa, con un planteamiento similar al del malogrado 'Perdóname' de TVE, incluirá a asesinos entre los invitados a 'Perdóname'

ANTENA 3 TV crea el programa ‘Confesiones’ y pone a su frente a Carlos Carnicero, para que criminales vayan a disculparse

HECHOS

En septiembre de 1994 el canal de televisión ANTENA 3 TV estreno el programa reality-show ‘Confesiones’ presentado por D. Carlos Carnicero.

UNA PARODIA DE TVE SOBRE EL PROGRAMA DE ANTENA 3:

parodia_confesiones El programa humorístico de TVE ‘Cruz y Raya’ haría una parodia del programa ‘Confesiones’ de ANTENA 3 TV en la que un original personaje denominada ‘Bartolo’ acudía a confesarse por ‘haber violado a camioneros en la M-30’ y sacaba tanto de quicio al imitador del Sr. Carnicero que acababa asesinándolo. La parodia tendría tal éxito que Bartolo se convertiría en un personaje fijo de ‘Cruz y Raya’ durante las siguientes temporadas, con el objetivo de sacar de quicio a aquel que se le pusiera por delante.

25 Septiembre 1994

Magia negra a Pujol

Ferrán Monegal

Gracias a un nuevo programa de Antena 3 TV, Confesiones, que conduce el periodista Carlos Carnicero, hemos sabido que a Jordi Pujol le hacen magia negra. Algo de esto nos temíamos. El clima hostil que se ha generado en algunos puntos de la península, contra él y contra Catalunya, no tenía explicación racional alguna como no fuera consecuencia de un concilio tenebroso de espíritus malignos. Ahora este programa de TV ha presentado al testimonio anónimo de un integrante de la secta Ceis, y ha contado que desde hace 7 años se reúnen alrededor de una foto del President. Le clavan alfileres, sin duda para atraer sobre él calamidades y que le quede el cuerpo hecho fosfatina. Lamentable confesión de este arrepentido, pero ilustrativa. En realidad todo este programa es un retablo ilustrado del arrepentimiento humano. En cierto sentido recuerda aquel otro que presentó la señora Campos, Perdóname, en TVE-1. Pero si allí se trataba de pedir perdón a alguien en concreto, a un amigo, o una vecina, aquí se practica el desahogo con tintes redentoristas: se dirige a toda la sociedad –a la cámara y a una platea de público que hay en la sala– y advierte al mundo de los malos pasos que el ser humano puede llegar a dar en esta vida. Lo más curioso es que si el confesante decide dar la cara, el público rompe en aplausos y vítores, y hasta se levantan de la silla y le besan y animan. En cambio, si decide hacer un mutis, sin desvelar su identidad, la platea resta muda. Hay menos espectáculo, sin duda. Carlos Carnicero intenta construir entrevistas con los confesantes, pero la propia substancia que ha de moldear, desanima. El último que salió, relatando la vida con su mujer en la que sólo quedan espinas, decía: “Desesperado, le pincho las ruedas del coche y le vacío el líquido de frenos.” Por mucho que se intente insuflar en este caso una grave seriedad, el material es para una película de Fantomas o quizá de Louis de Funes

26 Septiembre 1994

Muy a gusto

Rafael Torres

Primero fueron los curas, luego los psicoanalistas y ahora, Carlos Carnicero. La cuestión es soltar toda la basura que uno lleva dentro

Un individuo o una individua cuentan, en penumbra, lo malos que han sido, y luego, una vez concluida la confesión, la catarsis, tienen dos opciones: mostrar su rostro a la luz del plató, o permanecer incógnitos y a oscuras. Si enseñan la jeta, el público les vitorea, pero si no la enseñan, el público se queda mosqueado y no aplaude. Eso es, a grandes rasgos, ‘Confesiones’, el nuevo programa de ANTENA 3 TV.

Primero fueron los curas, luego los psicoanalistas y ahora, Carlos Carnicero. La cuestión es soltar toda la basura que uno lleva dentro, acción que parte, a su vez, de la necesidad de rehabilitarse ante uno mismo, traspasando sus miserias a la fosa séptica de la comunidad. La cosa funciona, qué duda cabe, y el arrepentido del narcotráfico o la ludópata colgadísima sueltan su lastre ante las cámaras, con lo cual ellos se quedan muy aliviados, pero la pantalla se llena de detritus.

Tal vez a causa de mi misantropía galopante, no alcanzo a entender el sentido, por qué y para qué se reúne la gente. Según observo en Confesiones, una valiosa pieza sociológica y de psicología de masas después de todo, la gente se reúne allí para hozar en las miserias ajenas, para juzgar al prójimo y, desde luego, para darse el gustazo de «perdonarle» o absolverle. Se trata de un procedimiento muy simple, el del contacto con algo peor, para sentirse uno elevado, exento de culpa, aunque la realidad, lamentablemente, no se deja embaucar por ese truco y permanece inalterada: ninguno de los espectadores es, en puridad, mejor que esos reos voluntarios.

Rafael Torres

31 Octubre 1994

Estampas y caníbales

Ferrán Monegal

Acabemos con las Confesiones de Carlos Carnicero. Trajo a confesar a Jorge Cesarsky, aquel ultra que vino de Argentina y estuvo implicado en el asesinato del joven Arturo Ruiz. Decía: “Estoy arrepentido de haber usado la violencia. Nunca maté a nadie, pero ahora me doy cuenta de que, si me como a un caníbal, también me transformo en caníbal”. Bárbara figura literaria, pero es útil que haya comprendido que fuera de la ley, todos caníbales.

13 Noviembre 1994

Arriba hace más frío

Ferrán Monegal

Carlos Carnicero, honesto profesional, hace equilibrios. Intenta dar un aire serio a unas confesiones que el departamento de reconstrucción de los hechos le hace fosfatina. Lo del viernes último, la escenificación del marido que llega del trabajo y se encuentra a su mujer en la cama con el amigo, era matador. Y no me refiero a los tiros. Resumiendo: llegados a la cumbre queda ahora mantenerse, arte aún más difícil. No ocurra lo de aquel santo varón que, coronada la cima, oyó una voz del cielo que decía: “¿Qué deseas como premio, hijo?”, y contestó: “Bajar, que aquí hace frío”.

04 Diciembre 1994

Confesar espabilando

Ferrán Monegal

Es duro confesar a la ciudadanía (Confesiones, Antena 3 TV). El personal suele presentar pecados reiterativos y comprendemos ahora por qué se duermen los curas en los confesionarios, que siempre hay que dar con el paraguas, en la madera, unos golpecitos para despertar al mosén y que pase a absolvernos de nuestra gula por las pastillas Juanola, vicio tremebundo. Pero anteayer, Carlos Carnicero sacó a un gaditano curiosísimo que se inculpaba de haber sido espía anticastrista pagado por la CIA. Le dieron ocho millones de dólares, en 1989, por llevar un yate cargado de armas hasta el puerto cubano de Baracoa. Habían de servir al golpe del general Orlando Ochoa contra su jefe Fidel Castro. Demostró esta confesión que la condena por narcotraficante a Ochoa fue para evitar juzgarlo por golpista, cosa que hubiera significado reconocer disensiones en la cúpula militar de Cuba. Este gaditano, Antonio Heredia, que acabó sin un duro en el penal Combinado del Este, pudo salir de la isla gracias a un encuentro Fraga-Fidel: la campechanía del galleguismo hizo posible su indulto. Ahora es feliz pescando en Cádiz calamarcitos. Modesta confesión que no obstante alumbra la historia contemporánea de Cuba. Ante este caso el mosén no se habría dormido.

14 Junio 1995

Sin fotonovela, ‘please’

Ferrán Monegal

Después de un paréntesis, un descanso, ha vuelto Confesiones (Antena 3 TV). No podemos decir que su presentador, Carlos Carnicero, y su equipo hayan holgazaneado durante este periodo. Han trabajado duro, de lo lindo, a tenor de lo que nos presentaron en el reinicio. Escenográficamente hablando no se notan cambios sustantivos. Acaso unas puertecillas, unas batientes, en el confesionario, que una vez levantada la cortinilla son un último filtro para que el confesante dé la cara o se marche por donde ha venido. Fuera de este detalle de carpintería, la novedad es el ímpetu con que han empezado la singladura. Los casos que nos presentaron eran de abrigo. Una joven que desde los 6 años es prostituida por su madre. Un joven payo que se fuga –y luego se casa– con una joven gitana, y el padre de ella la apuñala. El caso de un travestido drogadicto que se prostituía y hasta pegaba a su pobre madre cuando llegaba al piso… Estoy de acuerdo con lo primero que decía Carnicero al inicio del programa (“Ocultar estas historias no sirve de nada”), pero no con lo segundo (“Conocerlas nos puede hacer sentir mejor”). Básicamente, sobra la escenificación de los relatos, esa especie de dramaturgia que sacaba –por ejemplo– a un actor haciendo de gitano malo, apuñalando a la hija, y en la pared, colgado con unas chinchetas, un cartel taurino (Finito de Córdoba, Ortega Cano y Espartaco) para dar un clima (¿?) al asunto. Yo creo que con la confesión desnuda ya habría bastante dramatismo. Con la fotonovela aumenta el delito: las criaturas confesantes tardarán más en redimirse.

25 Julio 1996

Ha vuelto Carlos Carnicero

Ferrán Monegal

Ha vuelto Carlos Carnicero (Confesiones, Antena 3 TV). Hombre, no es el verano, propiamente, la época indicada para los grandes arrepentimientos. Julio y agosto son meses de carne suelta, pecadores por excelencia. Los curas las pasan canutas en las iglesias: no entra nadie a confesarse, todos están en la playa, todos en bolas, ¡hala!, viva el cachondeo. O sea que Carnicero equivoca el momento pero le salva su virtuosa aplicación. Cuando se le presenta un caso difícil resopla de una forma característica, grave, creíble, contundente, y le palpita esa imponente sotabarba que tiene, y a nosotros en casa nos entra el convencimiento de que este periodista se transmuta no ya en clérigo o mosén, sino en obispo o cardenal al menos. Su aplomo es vaticanista. Su voz, rapsodia gregoriana de alta escuela. Uno de los confesantes de ayer, por ejemplo, fue una señora trémula y culposa que se arrepentía públicamente de haber abandonado a su marido y a sus hijos por un bello crápula que se le cruzó en su horizonte. Pero lo que me interesa resaltar de esta penosa historia es que cuando ella contaba cómo y de qué forma conoció al depredador, Carnicero tuvo un momento de espléndida lucidez: con cristiana y amorosa comprensión le dijo “Se le acercó un hombre con muy buena planta, ¿verdad?” Y ella, asintiendo con la voz entrecortada, añadió: “Sí. Estaba en una cafetería, y me ofreció fuego”. ¡Ah!, qué sugerente escena había propiciado Carnicero. La tentación de un playboy armado con mechero es irresistible. Es comprensible y humano que allí se formase una hoguera

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