1 marzo 2004
Aristide fue elegido democráticamente en 1990, pero tras su retorno en 1994 evolucionó a dictador
Aristide derrocado definitivamente como Dictador de Haití, huye del país con la ayuda de Estados Unidos; en el conflicto muere asesinado el periodista español Ricardo Ortega (ANTENA 3)
Hechos
El 28.02.2004 el Presidente de Haití, abandonó el país, rodeado por la guerrilla denominada ‘Ejército Canibal’.
Lecturas
01 Marzo 2004
HAITI SIN ARISTIDE
La huida del presidente Jean-Bertrand Aristide en la madrugada de ayer a la República Dominicana, camino de un nuevo exilio, puede evitar un inútil y cruento enfrentamiento civil en Haití y facilita el diseño de la transición pactada por la ONU, EEUU y Francia.
Su renuncia, haya dimitido o no formalmente, debería dejar paso de inmediato a un Gobierno de unidad nacional, al envío de una fuerza internacional de paz y a un plan de emergencia similar al aprobado en febrero del año pasado por la ONU para sacar al país del agujero negro en que se encuentra. Haití está sumida en una crisis brutal, con la mitad de la población en paro, la ayuda internacional congelada, una renta per capita por debajo de 300 dólares y una dependencia absoluta de los 600 millones de dólares que recibe anualmente de sus emigrantes en EEUU.
Desde su residencia en Camp David, el presidente Bush ultimaba ayer el envío urgente por aire de varios centenares de marines para preparar el desembarco de la fuerza internacional negociada desde hace un mes por Colin Powell con Francia, Canadá, la OEA y los países del Caribe. Las diferencias sobre Irak no han impedido una coordinación notable de Washington y París en su respuesta a la rebelión en Haití. Esa cooperación será aún más necesaria a partir de ahora para evitar que el país se hunda en el caos total.
La caída de Aristide puede haber evitado un baño de sangre en Puerto Príncipe, que los rebeldes encabezados por Guy Phillipe amenazaban con asaltar a tiro limpio si el presidente constitucional no se iba antes de acabar el fin de semana, pero también supone el triunfo de un nuevo golpe de Estado en América Latina. Hace el número 33 en la historia de Haití, que en dos siglos de existencia turbulenta ha tenido 42 jefes de Estado, 29 de los cuales han sido asesinados o derrocados. Mala noticia para la democracia formal y el constitucionalismo, aunque Aristide se ganó a pulso su destino con la purga del ejército y de la policía en 1994, el pucherazo en las elecciones de 2000 y su creciente autoritarismo.
El plan Powell-De Villepin, que debería ponerse en marcha desde hoy mismo, exige, además de un Gobierno de unidad, el desarme de todas las milicias y una fuerza de paz que garantice la seguridad y el retorno de las ONG a las zonas donde más de un millón de haitianos -amenazados por el tifus, el cólera, la malaria y el sida- corren serio peligro.
Sin un líder fuerte que una al país y sin instituciones dignas de tal nombre -salvo la Iglesia católica- sólo una presencia internacional suficiente y duradera puede evitar que Haití se convierta en otro agujero negro del mapa mundial.
01 Marzo 2004
El fin de Aristide
Aristide huyó ayer de Haití, tras firmar la dimisión de su cargo de presidente. Su suerte estaba echada desde el momento en que los líderes del levantamiento en contra de su régimen, tan corrupto como autoritario, rechazaron una fórmula suave de transición propuesta por EE UU, Francia y Canadá, que preveía el nombramiento de un primer ministro de la oposición pero permitía a Aristide cumplir su mandato, que expiraba en 2006. Esta propuesta llegó demasiado tarde. Los rebeldes, en avance militar imparable por todo el país, no aceptaron una solución que no pasara por la desaparición de un presidente que, si bien elegido democráticamente en su día, había adoptado métodos de Gobierno cada vez más parecidos a los de la sangrienta dinastía Duvalier.
La comunidad internacional intentó en un principio evitar que Haití se convirtiera en un caso más en que un presidente electo -aunque de forma muy sospechosa en los últimos comicios presidenciales de 2000- fuera derrocado por fuerzas extraparlamentarias. Los últimos casos habidos, el de Bolivia hace tan sólo unos meses, lanzan grandes sombras sobre el futuro democrático en América Latina. Pero la obstinación de Aristide, y sobre todo la certeza de que era directamente responsable de la violencia ejercida por las bandas de sus leales contra la población civil, ha llevado en los últimos días a las autoridades de Francia, Estados Unidos y Canadá al convencimiento de que su permanencia en una capital acosada amenazaba con provocar un baño de sangre. El sábado, Washington y París dejaron claro a Aristide que tenía que abandonar el país y que de no hacerlo habría de enfrentarse a diversas acusaciones sobre crímenes contra la población y tráfico de drogas.
Aristide despertó en su día grandes esperanzas entre la población del país más pobre de América Latina, como primer presidente democráticamente electo en 200 años de independencia. Tras un golpe militar que le hizo huir a Estados Unidos, volvió al poder en 1994 gracias a la intervención de 20.000 marines. Pero muy pronto su estilo de Gobierno adquirió el carácter despótico y corrupto que prometió combatir.
El presidente del Tribunal Supremo se ha hecho cargo de la presidencia interina. Con un primer ministro previsiblemente salido de las filas de las fuerzas rebeldes triunfantes, habrán de crear las condiciones para unas elecciones generales. Dado el grado de violencia y caos reinantes, este proceso será imposible sin la presencia de tropas extranjeras. Un hecho muy positivo de esta crisis es que Washington y París hayan logrado un alto grado de cooperación y que, junto a Canadá, estén dispuestos ahora a desplegar tropas para una operación conjunta.
01 Marzo 2004
Tierra quemada
El cadáver de Amiot Métayer apareció el 22 de septiembre pasado, en una cuneta de la carretera número 1, a muy poca distancia de Saint-Marc y muy lejos de su feudo de Gonaïves. Ese día mismo se inició la gran algarabía. Métayer estaba acribillado a tiros, no tenía ojos en las cuencas, abierto en canal su pecho, el corazón le había sido arrancado. Así manda el vudú, para que un guerrero pierda eternamente su fuerza.
Amiot Métayer era un mal bicho. Jefe de la más temida partida de gángsters de la isla, Jean-Bertrand Aristide lo contrató, tras el fingido golpe militar del 17 de septiembre de 2001, para meter en cintura a sus opositores. Lo hizo. Más allá de cuanto pueda ser imaginable.
Desde su cuartel general de Gonaïves, y al mando de su Ejército Caníbal (desde hace un par de días, se llama, creo, algo así como Frente de Resistencia Nacional), el jefe mercenario de Aristide sembró el terror entre una población que nada más que terror ha conocido. Tortura, violación, robo, incendio, asesinato…Nada que resulte muy nuevo en los usos políticos de Haití, a lo largo de sus dos siglos de existencia. A cambio del servicio prestado, los hombres de Métayer disponían de mano libre para cobrar su específico impuesto revolucionario sobre cada actividad comercial o portuaria de las zonas por ellos controladas.
Todo tiene un límite. Y el asesinato del pastor de Gonaïves y líder de la oposición cristiana, Luc Mesadié, rompe los diques; las protestas internacionales son demasiado fuertes; Métayer debe desaparecer. El caudillo de las milicias antiopositoras acude a su última cita con Aristide. Cobrará la enorme suma de dinero prometida. Y se esfumará. Es el 20 de septiembre. Su cadáver torturado y mutilado aparece, sobre el polvo de una cuneta, dos días más tarde. Los matones de la banda, con su hermano Butteur al frente, inician la devastación de la isla. Alcohol, fuego, sangre.
Huyó ayer Aristide: un político loco, asesino y corrupto que, quince años atrás, fue piadoso salesiano y asceta de la teología de la liberación. Todo se corrompe deprisa en Haití. Llega, tras él, la hora de sus más desalmadas criaturas. Aristide era un ángel transformado en bestia. Los que van a entrar, los que están ya entrando, en Port-au-Prince son bestias en estado puro. Partidas de saqueadores y asesinos, sin más ideología ni creencia que la devastación. Predadores, sin otro recurso que una crueldad loca, a la cual el alcohol da vértigo de irrealidad.
Huyó Aristide. El y los suyos. De una isla, cuya última esperanza él trocó en pesadilla. La jauría avanza: alcohol y fuego.
Tras ella, sólo habrá tierra quemada.
09 Marzo 2004
Morir en Haití
El cadáver de Ricardo Ortega, periodista de Antena 3 Televisión que cubría la grave crisis política de Haití, rayana en un conflicto civil, regresó ayer a España en un avión militar enviado al efecto. Estaba haciendo lo que solía: informar en caliente desde una zona de alto riesgo. A sus 37 años, Ortega era ya un veterano en la cobertura informativa de conflictos bélicos. El pasado domingo seguía, junto a otros periodistas, una manifestación de ciudadanos de Puerto Príncipe, la capital haitiana, que expresaban su alegría por la caída de Bertrand Aristide. Grupos de leales al presidente derrocado abrieron fuego contra la zona donde se encontraban los informadores. Hubo al menos seis muertos, uno de ellos el periodista español.
Ortega murió víctima de unos disparos que muy improbablemente podían tenerle como objetivo y en una situación en principio menos peligrosa que muchas otras vividas por él mismo en Chechenia, Bosnia u otros conflictos. Después de la huida de Aristide y la llegada de tropas internacionales bajo mandato de la ONU, se había generado la impresión de que los mayores peligros de derramamiento de sangre habían pasado. Sin embargo, en situaciones tan volátiles, el drama muchas veces acecha tras tranquilas apariencias y llega como la peor de las fatalidades. Con Ortega son ya nueve los periodistas españoles muertos en conflictos bélicos desde 1980 en todo el mundo.
Los periodistas no ignoran los riesgos de su trabajo. Los asumen por vocación: la de ser testigos de lo que pasa, relatores de la historia del presente, en cualquier lugar, próximo o remoto, del planeta. Pero la de Ortega no parece una muerte accidental. Todo apunta a que los pistoleros dispararon contra los periodistas. Aun en el caos haitiano, las autoridades españoles y las fuerzas de Naciones Unidas deben esclarecer los hechos.
Vuelven, como en trágicos hechos similares en el pasado, a surgir polémicas sobre las condiciones laborales y profesionales de los enviados especiales a zonas en conflicto. La experiencia aconseja que su trabajo cuente con la mejor protección posible, en todos los sentidos de la palabra. Protegiéndoles a ellos se protege el derecho a la información, que es de todos.
Hoy, sin embargo, sólo cabe una expresión de profundo respeto y reconocimiento a este excelente profesional fallecido en el ejercicio de su trabajo, como a todos aquellos que le precedieron en los últimos años en tan triste regreso a su patria.