29 febrero 2004

Premios Óscar 2004 – Victoria de Peter Jackson con la tercera entrega de su saga «El Señor de los Anillos – El Retorno del Rey»

Hechos

La gala se celebró el 29 de febrero de 2004.

Lecturas

Mejor Película – Peter Jackson (‘El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey’).

Director – Peter Jackson (‘El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey’).

Actriz – Charlize Theron (‘Monster’).

Actor – Sean Penn (‘Mystic River’).

Actriz Secundaria – Renée Zellweger (‘Cold Mountain’).

Actor Secundario – Tim Robbins (‘Mystic River’).

Película de Habla no Inglesa – ‘Las Invasiones Bárbaras’ (Canadá).

Largometraje de Animación – ‘Buscando a Nemo’.

Guión Original – Sofía Coppola – ‘Lost in Translation’.

EL DESQUITE DE SOFIA COPPOLA

Sofía Coppola que fue muy criticada como actriz en la película ‘El Padrino III’ bajo la dirección de su padre, ahora ha logrado entrar por la puerta grande en la historia de la academia con su óscar por el Guión Original de la película ‘Lost In Translation’.

02 Marzo 2004

La ley de la pasta

Ángel Fernández-Santos

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No es la primera vez que ocurre, ni será la última. En realidad, la sucesión de cosas sabidas que llenaron las tres horas de la entrega de los premios de la Academia de Hollywood de 2003 son la norma. Lo que ocurre es que, por remoto que sea el caso, también aquí la norma está abierta a la excepción y precisamente eso, la gloria de la excepción, es lo que le ocurrió al tinglado del tío Óscar el año pasado, y lo que levantó y dio alas a algunas ingenuas esperanzas de que el glorioso mordisco de aquel inesperado soplo de aliento libre, iconoclasta e improvisador podría perdurar y dar al aire algunas -en realidad, son muchas- dentelladas pendientes.

El año pasado, la presión y la urgencia de algunas heridas sangrantes surgidas súbitamente dentro de la ecuación que Robert Altman, con buena mala uva, llama «Hollywood metáfora de América» rompieron de pronto y sin aviso la vieja baraja del tahúr; y por eso allí, en el templo de las cartas marcadas, asomó, ante millones de perplejos insomnes de todo el mundo, el idioma de lo inesperado, de lo asombroso. Pero tan sólo unas cuantas chispas residuales de aquel fuego -pues incluso los célebres chistes contagiosos e irreverentes de Billy Cristal parecían sacados de una lata de conservas- volvieron a tensar allí las alarmas, pero nada sin embargo se movió y menos aún reabrió las grietas que se abrieron hace un año en el espejo de un tinglado televisivo bien engrasado y opulento pero de estructura mediocre, utilitario y prosaico, que tuvo a mano la agarradera de El señor de los anillos para dar aspecto de apoteosis del arte cinematográfico a un aparatoso, aunque simplote, espectro del negocio de películas disfrazadas de cine.

Y las cosas volvieron a su orden, que en realidad es su desorden, porque desde él se ve por dentro la lógica del paseo militar de El señor de los anillos, que es un espectáculo de factura dubitativa, que va afirmándose a medida que avanza, y que alcanza momentos de firmeza aislados. Es un filme brillante, pero hueco, rimbombante y epidérmico, sin alma; que nada aporta al lenguaje cinematográfico, pero que es astuto y está bien calculado: sabe mover inercias de despacho, romper tacañerías de club financiero y abrir las puertas de los bancos al fantasma, desde hace tiempo proscrito en Hollywood, del riesgo. El mérito, y no es pequeño, de la apisonadora de El señor de los anillos está en cosas tan obvias como que tritura intocables interioridades de la ley de la pasta en el sistema de producción de Hollywood y pone en evidencia a los negociantes de celuloide que, puestos a hacer estruendosos espectáculos de laboratorio informático, deben rascarse el bolsillo y sacar jugo de esa forma menor de la imaginación que es la fantasía.

Películas como El señor de los anillos tienen gracia y sentido, son un divertido juego -dentro de unos años, sus hallazgos visuales, que es lo mejor que tiene, serán arqueología- gratificante que se cierra sobre sí mismo y engatusa y envuelve con buenas artes a millones y millones de espectadores encantados con su invitación a consumir imágenes y opciones balsámicas y efímeras completamente ajenas a las de vida que les cerca. Por eso, siete de sus oscars, los que aluden a sus aportaciones mecánicas a la gran fábrica, están bien ganados, son irrefutables, necesarios incluso; pero los cinco restantes, los concernientes al montaje, la fotografía, el guión, la dirección y la película como conjunto, son una penosa, casi ridícula intromisión de las leyes de la pasta en las de la ética o, si se quiere, de la mecánica en la espiritualidad.

El enorme disparate que supone considerar al neozelandés Peter Jackson mejor director que el portentoso Clint Eastwood de Mystic river es, se mire por donde se mire, un error mayúsculo, al borde de una pura idiotez que arrasa de cuajo todo rastro de credibilidad analítica en el gremio que concedió el premio. No cabe discutir estos asuntos. Sólo cabe dar tiempo a un tiempo que dejará ver, y a no tardar, el verdadero alcance de ambos trabajos de dirección.

El capítulo de los premios de interpretación suele ser el más creíble de este anual reparto de glorias y nubes. Y los del lunes no fueron excepción. A Sean Penn y Tim Robbins, los dos actores ganadores por su trabajo en Mystic river, es quimérico discutirles algo que derrochan. Son artistas enormes. Pero es una pena que estos premios no se dupliquen, pues sería de sueño que Sean Penn lo compartiera con su antípoda Bill Murray, que crea prodigios en Lost in traslation, una maravilla de Sofia Coppola, que con justicia ganó el Oscar al mejor guión. Renée Zellweger no tuvo rival en el capítulo a las intérpretes de reparto, pero la ganadora Charlize Theron sí lo tuvo en el correspondiente a la protagonista. La actriz surafricana hace en Monster un trabajo solvente y poderoso, pero de máscara, mientras la australiana Naomi Watts toca a cara lavada en 21 gramos el techo de la genialidad y se mueve en registros muy superiores a los de su colega. Pero mejores o peores, todos hacen cine vivo, del que queda, y no ejercicios en la cuerda floja de un circo informático sofisticadillo, hinchado y volátil.

02 Marzo 2004

Empacho de anillos

Diego Galán

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En realidad han premiado las nueve horas de El señor de los anillos más que su última parte, El retorno del rey, que aisladamente es una de las películas más incomprensibles que jamás se hayan visto. «Han dado un Oscar a cada uno de sus falsos finales», bromeó el presentador Billy Cristal. No se han estrujado la sesera los académicos de Hollywood al dejarse llevar por el asombro ante este gran espectáculo visual por encima de la calidad de otras películas nominadas. Pleno total: 11 estatuillas sobre 11 nominaciones. La primera vez que ocurre.

Dado que El señor de los anillos lo acaparaba todo, el resto era pan comido. ¿Cómo no premiar Buscando a Nemo como el mejor largometraje de animación? ¿Cómo no destacar la canadiense Las invasiones bárbaras como la mejor de habla no inglesa? (aunque aún no conocemos en nuestro territorio las demás finalistas). Cuando los de Hollywood hacen piña no hay quien les pare. Estuvieron firmes en la neutralidad de los discursos. Los ganadores hablaron de sus familiares más aún que los españoles en los pasados Goya, incluido Tim Robbins, quizás por haber sido el primero en subir al escenario. Fue excepción Sean Penn, que al menos se refirió a la falsedad de las armas de destrucción masiva, y hasta el propio Billy Cristal, que hizo alusiones a varios temas considerados tabú, aunque a veces con su dudoso gusto. No faltó el homenaje a las fuerzas de ocupación en Irak, con el soldado Ryan (Tom Hanks) en primer plano, quizás compensando el antimilitarismo de The fog of war, documental ganador sobre el ex secretario de Defensa norteamericano Robert McNamara durante la guerra de Vietnam. «Si la gente pudiera pensar y reflexionar sobre ciertas ideas y preguntas de mi filme, quizá he hecho algo bueno. Tengo el sentimiento de que nos estamos hundiendo en un hoyo», declaró su director, Errol Morris. Pero los académicos estuvieron parcos en todo, incluso en el homenaje al veterano y en ocasiones genial Blake Edwards. Ni se pusieron en pie. Sólo lo hicieron ante Sean Penn.

No fue, pues, el cine lo que más premiaron, sino el audiovisual. El señor de los anillos es un espectáculo rotundo, no hay duda, y El retorno del rey su mejor exponente, aunque sólo sus entusiastas saben matizar entre una y otras partes. Otras buenas películas se quedaron a medias o ni siquiera fueron consideradas. No hagan caso: El señor de los anillos no lo es todo.

02 Marzo 2004

Tedio, desolación y orfandad

Maruja Torres

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La única buena noticia de la noche fue recordar que Bob Hope está muerto y, ya centenario, no podrá cantar el hoola-hoola en Irak, como hizo en las guerras anteriores, incluida la de Vietnam. Por lo demás, el guión de la ceremonia, que parecía escrito por el cirujano plástico de Linda Bush -deberían habérselo encargado a la espiritista de cámara de Cherie Blair, que es más amena-, no dio pie a la frivolidad ni a la emoción que los cinéfilos y mitómanos pedimos. No hubo entertainment. Quien mejor se lo pasó fue Peter Jackson, señor de los ricillos de su esposa, que parecía una extra de Tom Jones. Claro que el tal Jackson no va a rodar una película en los restos.

Me explico. Ford Coppola se llevó en su tiempo tres galardones por El padrino II, y ya ven que desde entonces dirige con la misma frecuencia con que yo ligo. Y esto lo digo con permiso de Diane Keaton, que anda por ahí entusiasmando falsamente a mis contemporáneas con la película de ciencia-ficción Cuando menos te lo esperas, en la que se casa con Jack Nicholson y liga con Keanu (lo último roza la trilogía de los zarcillos). Menos mal que no la premiaron, me habría producido una angustia indescriptible verle agarrar el premio con guantes de estrangulador/ginecólogo. Pensándolo bien, aparte de la ceremonia en sí, que convirtió la retransmisión en un velorio que el Trío Canal Plus trató de aliviar con su gracejo, hubo un montón de buenas noticias.

Me gustó que Sofia Coppola, mujer cineasta en la que creo y a la que amo, además, porque la he visto bautizar y porque superó el rodaje de Apocalypse Now, y además la he visto morir saliendo de la ópera en Palermo, se fuera a casa con un solo Oscar. Puede que sobreviva en el Hollywood que se avecina, o en Sundance, que sería lo más propio. Su Lost in translation es una película sencilla y encantadora: y no sólo porque a mí también me desconcierta Tokio, sino porque Bill Murray nunca va a conseguir un papel como éste. Qué humor, qué finura, qué actorazo.

Pasando al lado malo, donde me siento más segura que Lou Reed: tedio, desolación y orfandad. Billy Cristal arrancó fastuosamente, sentado en las rodillas de Clint Eastwood, y cantándole. Creí que iría a más: yo lo habría intentado, porque aunque te lleves una leche, siempre le puedes vender la exclusiva a nuestra telebasura. Más adelante no tuvo demasiadas oportunidades, ni un maldito decorado en el que ampararse. Menos mal que un pícaro Robin Williams le agarró de la manita, y ahí también pensé que podían llegar a más, y nuevamente me encontré chasqueada.

Lo más patético es que la sala estaba repleta de talentos, de genios incluso. Pero no había luces en el ático, el guionista había salido, la Academia se había mostrado disconforme pero tragaba con los cinco segundos de retraso en el envío de las imágenes de la ceremonia, y todos nos preguntábamos si en lugar de ello la habían pospuesto interminablemente y sobre la marcha durante cinco siglos, de larga que resultaba. Ya es lamentable, también, que el hombre que se jugó la carrera yendo a Irak en viaje de amistad, quiero decir Sean Ojos de Cama Penn, haya recibido un Oscar en el transcurso de la más penosa gala jamás contada. Chico, ser progre para esto, qué hetairada.

Quiero pensar que la culpa la tiene esa estúpida idea de los ejecutores de la cadena ABC, empeñados en adelantar la ceremonia a febrero, para más inri con Gibson en plena cruzada sado/maso -pero ningún Terenci Moix les escribirá a los niños de hoy El sadismo de nuestra infancia; vamos a peor-, y además en bisiesto, un gafe total. Estos modernos creen que han mejorado la gala, y todo lo que hacen es perder audiencia como agua entre los dedos. Si ya todo está inventado, cual diría Woody: las películas de hora y media como máximo, las canciones de tres minutos, los Oscar en marzo y Halle Berry con vestido transparente.

Deseo creer, también, que tras las deserciones que debieron producirse -manadas de espectadores reservando entradas para la segunda parte del Cristo Gibson: Resurrection!- los ejecutas de ABC serán despedidos. En todo caso, cuando me di cuenta -gracias a la sección Tribute- de que, con la que está cayendo, este año también nos hemos quedado sin Gregory y Kate, fui presa del síndrome de Lillian Gish abandonada en mitad de la tormenta y sin zuecos.

Sobre todo considerando que, en la platea, se encontraban, como sustitutos, Cold Jude e Ice Kidman, que hacen saltar estalactitas cuando se rozan. Sumen a ello que la música era onda country-patética, con guitarra, banjo e intensidad.

Dios salve a América. Por favor.