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Los gobiernos de Dos Santos (Angola) y Mugabe (Zimbabue) mantienen su apoyo a Kabila, mientras que los de Kagame (Ruanda) y Museveni (Uganda) respaldan a los rebeldes

Asesinado el dictador del Congo, Laurent Kabila, que será reemplazado por su hijo Joseph Kabila

HECHOS

El 16.01.2001 fue asesinado el presidente de la República Democrática del Congo, Laurent Kabila, que fue reemplazada por su hijo Joseph Kabila.

kabila_jr El 17.01.2001 Joseph Kabila compareció en televisión para presentarse como el nuevo presidente del Congo.

17 Enero 2001

Trágico Congo

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Al margen de la suerte personal de Laurent Kabila, cuya muerte más que probable seguía anoche sin ser confirmada oficialmente, el atentado de Kinshasa parecía escrito. Y no porque en Congo haya una alternativa al dictador acribillado o exista alguien con apoyos para poner orden en el rompecabezas sangriento del país africano. La oscura intentona es la fatal consecuencia de una guerra civil estancada que envuelve, en una región de las dimensiones de Europa occidental, a media docena de naciones, tres grupos rebeldes y gigantescos intereses contrapuestos sin árbitro claro. Y a la que el acuerdo precario alcanzado el verano pasado en Lusaka, que incluía un armisticio y la retirada de tropas extranjeras, no ha puesto fin.

El alto el fuego ha sido desde entonces repetidamente violado por todas las partes; y la propia ONU, cuyo Consejo de Seguridad acordó en febrero pasado enviar 5.000 soldados a la zona, sigue sin efectuar un despliegue que parece por momentos imposible. En la República Democrática de Congo, antiguo Zaire -rico en diamantes, oro, café, madera y minerales estratégicos-, cada ejército vecino tiene poderosas razones para permanecer. Se trate de los enemigos de última hora de Kabila (Ruanda y Uganda, en su frontera oriental) o de sus aliados (Sudán, Angola, Namibia o Zimbabue). Unos y otros sacan provecho estratégico o económico de un vasto y exuberante territorio desvertebrado, cuyos despojos ambicionan y donde el Estado hace tiempo que se vino abajo.

Cuando Kabila fue instalado en el poder por Ruanda y Uganda, en 1997, tras la huida de un Mobutu ya enfermo de muerte, casi todos creyeron que mejoraría la situación del país que los belgas convirtieron en su coto privado en 1885 y que llegó caóticamente a la independencia hace 40 años. Parecía fuera del alcance humano empeorar el legado del déspota Mobutu. Pero Kabila, largo tiempo exiliado, resultó ser poco más que un jefe tribal incompetente, incapaz de poner orden en un laberinto étnico y político, económicamente desarbolado. Ha presidido sobre parecida crueldad y corrupción que su predecesor y ha añadido la guerra y la desintegración. El líder congoleño abatido en su palacio nunca controló a su dividido y regularmente amotinado Ejército, ni siquiera a sus propios ministros, más señores feudales que funcionarios al servicio de un inexistente proyecto de gobierno. Es poco probable que su hijo, el general Joseph Kabila, que parece haber asumido momentáneamente el poder, tenga más oportunidad de lograrlo.

La desaparición de Kabila acentúa los más oscuros perfiles de una crisis a la vez enquistada y volátil, en la que poco importa que los sufrientes congoleños, zarandeados por todos, aspiren a mantener la unidad de su territorio. Su grado de descomposición hace temer por la desmembración del país del gran río, mande quien mande en Kinshasa. Con mayor urgencia que nunca, las Naciones Unidas deben arbitrar una fórmula suficientemente creíble para impedir que la situación de Congo, hasta ahora una internacionalizada guerra civil sin grandes ejércitos ni batallas, degenere en conflicto a gran escala que abrace de este a oeste la cintura de la torturada África.

18 Enero 2001

Cinco Preguntas

Felipe Sahagún

Cinco interrogantes se hacían anoche las principales cancillerías occidentales sobre la situación en la República Democrática del Congo: si Laurent Kabila está vivo o muerto, quién le disparó, por qué, quién le sucederá en caso de que esté muerto y, sobre todo, si el aparente magnicidio facilitará o complicará el final negociado de la guerra.

El ministro belga de Exteriores, Louis Michel, aseguró el martes por la noche que Kabila había sido asesinado por uno de sus guardaespaldas. La agencia de noticias de Zimbabue y el ministro de Defensa de este país, el aliado principal de Kabila, confirmaron la muerte ayer por la mañana. El Gobierno congoleño, sin embargo, confirmó el atentado, pero siguió negando durante todo el día la muerte del dictador.

La rapidez con que se anunció el nombramiento del primogénito del tirano, el general Joseph Kabila, de 31 años y poco conocido en Occidente, como nuevo jefe del Gobierno de Kinshasa indica que, vivo o muerto, ha quedado fuera de juego. Es muy probable que los familiares y amigos del dictador hayan querido ocultar el estado real de Kabila hasta tener controlada la situación y para mantener la calma en las calles.

Lo sorprendente no es el atentado, sino que no se haya producido antes. Sobraban enemigos dispuestos a matarle. A los pocos meses de auparle al poder, Kabila rompió con los presidentes de Uganda, Yoweni Museveni, y de Ruanda, Paul Kagamé, sus principales protectores. Desde entonces, los ejércitos de estos dos países y el de Burundi le declararon la guerra y multiplicaron sus ayudas a las tres guerrillas principales del nuevo Congo y a otra media docena de milicias activas en el país, cinco veces más grande que España.

Para sobrevivir, Kabila se echó en brazos de Zimbabue, Angola y Namibia, que, a cambio de su apoyo, esquilmaron sus principales minas de oro y diamantes. La guerra desatada se ha bautizado como la primera guerra mundial africana. El resultado ha sido devastador: dos millones de desplazados dentro, otro millón de refugiados en los países vecinos, millón y medio de muertos y uno de los países más ricos de Africa en diamantes, oro, café y madera troceado entre los ejércitos y guerrillas enfrentados. El nuevo Congo es una ficción. Sólo existe sobre el papel.

Haya sido un golpe de Estado o un ajuste de cuentas, calificarlo de militar sería exagerado, porque Kabila no tiene Ejército digno de tal nombre. Hace poco, miles de sus soldados huyeron a Zambia para no morirse de hambre. Eran niños. Kabila estaba tan aislado que no se atrevía ya a salir de su residencia en coche. Viajaba en helicóptero.

Sólo se fiaba de su hijo, un cuñado y muy pocos amigos. Se consolide o no su primogénito en el poder, la guerra continuará mientras los cuatro países con soldados dentro del Congo -Angola, Zimbabue, Uganda y Ruanda- consideren más rentable seguir combatiendo que firmar la paz.

Las condiciones para la paz siguen siendo las del acuerdo de Lusaka de agosto del 99, que nunca entró en vigor: alto el fuego, desarme de las guerrillas y milicias, retirada de las fuerzas extranjeras, fuerza internacional de paz y negociaciones entre los principales grupos políticos.

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