9 abril 1948

El supuesto asesino fue linchado pero se desatan teorías de la conspiración

Bogotazo: El asesinato del candidato a la presidencia por el Partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán, desata un levantamiento popular que causa 500 muertos

Hechos

El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán se produjo el 9 de abril de 1948

Lecturas

El 9 de abril de 1948, el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán se encontraba en su despacho con Plinio Mendoza Neira, Pedro Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla. Se dirigieron a almorzar a la 1:00 p.m. y, cuando salieron del ascensor, Mendoza Neira tomó del brazo a Gaitán y se adelantaron al resto de personas; al llegar a la puerta, Juan Roa Sierra aparentemente dispara sobre el político. Tres balas impactaron el cuerpo de Gaitán, que falleció pocos minutos después en la Clínica Central mientras su amigo, el médico Pedro Eliseo Cruz, procedía a efectuarle una transfusión de sangre.

Los que presenciaron el evento persiguieron al Sierra; un funcionario de la Policía, para intentar protegerlo de la multitud que lo perseguía, lo introdujo en una droguería que se encontraba no muy lejos del lugar del magnicidio. Cuando empezó a interrogarlo, el joven solo decía: “¡Ay, Virgen santísima!”, dando muestras de nervios y angustia.

La multitud penetró en la droguería y golpeó a Roa Sierra hasta matarlo; posteriormente, lo arrastraron por toda la carrera séptima hasta las escalinatas del Capitolio Nacional, donde dejaron su cadáver. Estos hechos llevaron a la revuelta nacional en contra del gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez, a quien le exigían la renuncia.

Ese día hubo saqueos, principalmente en el centro de Bogotá, pero luego se esparcieron por gran parte de la capital para terminar esparciéndose varias ciudades de Colombia. Además de los saqueos, hubo incendios provocados por los manifestantes: incendiaron tranvías, iglesias, edificaciones importantes y los mismos locales saqueados.

Policías y militares, en un principio, intentaron controlar la situación; y mientras que algunos se unieron a la revuelta proporcionando armas y esfuerzos, otros tomaron las armas y abrieron fuego sobre los manifestantes.

El saldo de la revuelta fue de cientos de muertos y heridos. Las cifras van desde 500 muertos, reportados por un cable de la Embajada Alemana, hasta la extraoficial de más de 3000. Los daños materiales corresponden a múltiples saqueos, y al incendio y posterior derrumbe de 142 construcciones entre las que se encontraban casa particulares, hoteles e iglesias del centro de la ciudad.

Durante el proceso judicial del asesinato, se presentaron testimonios que indicaban que Roa Sierra no fue el asesino, sino que fueron justamente él o los asesinos quienes condujeron a la multitud a tomarlo como el culpable y a acabar con su vida. Otras versiones presentadas en el proceso indicaron que Roa Sierra sí fue culpable, pero que actuó motivado o en acuerdo con otra persona. La justicia colombiana sentenció en 1978 que el asesino Juan Roa Sierra era esquizofrénico, y que actuó por motivos personales y solo.

10 Abril 1948

Los liberales colombianos han asaltado el Palacio Nacional

ABC (Director: Ramón Pastor)

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Si bien Colombia no ha sido nunca país de típico caudillaje, las luchas entre liberales y conservadores fueron alimentadas a menudo por un fanatismo exasperado y sin cuartel. Después de un larguísimo periodo de gobernantes conservadores en las elecciones de 1930 triunfaron los liberales sacando fuerzas de la desunión de sus rivales, y bajo la presidencia de Olaya Herrera, Santos y López – este último en dos periodos – gobernaron durante algo más de tres lustros. POr el contrario en las elecciones de 1946 fueron los liberales los que presentaron dos candidatos; uno de ellos, el de más fuerza numérica, era el ayer asesinado Gaitán. Triunfó el candidato conservador, Mariano Ospina Pérez – sobrino del ex presidente del igual partido general Pedro Nel Ospina – que intentó restablecer la concordia nacional y nombró a varios ministros liberales; pero hace unas semanas a raíz de la cruenta lucha civil en el departamento de Santander – en el Nordeste del país – entre liberales y conservadores dimitieron los primeros y se formó un Ministerio netamente conservador, en que el jefe del partido, el gran tribuno y parlamento Laureano Gómez desempeñaba la cartera de Relaciones Exteriores, y en tal calidad representaba a su país en la Conferencia Panamericana reunida en la capital de Colombia. A través de la confusión natural de los telegramas parece que Gaitán fue asesinado por un conservador y que para vengar la muerte violenta de su jefe los partidarios de la víctima asaltaron el Palacio Nacional, en que se celebra la Conferencia con el propósito de quitar la vida a Laureano Gómez. Al mismo tiempo, otros grupos penetraron en el Palacio Presidencial, deteniendo a varios ministros y proclamando como jefe de Estado interino al prohombre liberal – antiguo vicepresidente – Darío Echandía, en espera de que Eduardo Santos presidente en 1938 y 1942 regrese al país y asuma el Poder.

Los sangrientos acontecimientos constituyen un rudo golpe para la Conferencia Interamericana y posiblemente desvíen la atención de los delegados de otros importantes problemas

11 Abril 1948

Una revolución extemporánea

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

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No parece que el súbdito estallido revolucionario registrado en Colombia tenga nada que ver con la Conferencia Interamericana que en la capital de la República se estaba celebrando, como no sea la inoportunidad del mismo en tal sazón. Todo hace presumir que se trata de un problema político exclusivamente interno, al menos en su inconsciente desarrollo, pues el asesinato de Gaitán, origen del acontecimiento, puede haber sido la obra individual de un exaltado adversario político de la víctima o, por el contrario, obedecer a obscuras inducciones cuyo origen se prestaría, por ahora al menos, a largas y gratuitas conjeturas.

La crisis conducida mucho más por la presión de las masas exaltadas que por la libre voluntad de los hombres liberales que luchan por el Poder, es notable por su violencia, ya que Colombia, sin que haya de desdeñarse una porción estimable de sangre levantisca en su pueblo – ¡oh manes del viejo reino de Nueva Granada! – es país tradicionalmente pacífico. Y dentro de la órbita hispanoamericana, tal vez el más respetuoso con las normas constitucionales, cuya conculcación esporádica no ha solido tener caracteres sangrientos.

El problema tradicional político nacional estriba en la pugna entre liberales y conservadores, sin que estas denominaciones deban entenderse en sentido peyorativo, pues, en líneas generales, ni los unos son come-curas ni los otros trogloditas, sino propias de un liberalismo conservador y un conservadurismo liberal, respectivamente. Excluyendo a los comunistas, que afortunadamente no cuentan, decíamos que todo se reduce a la pugna de dos grandes partidos para detentar el Poder. Pues bien, durante veinte años, el mando ha pertenecido a los liberales. Se sentían sus contrincantes tan débiles que ni siquiera presentaban candidatos a la Presidencia de la República. La masa conservadora votaba a la figura liberal que parecía menos desacorde con sus ideales. También en los comicios periódicos renovadores de las dos Cámaras era ínfima la proporción de votos conservadores.

Sin oposición, por lo tanto, los sucesivos Gobiernos liberales podían ejercer sus funciones casi en paz. Pero he aquí que bajo la presidencia de Alfonso López, elegido para el periodo 1942-46. la política habitualmente templada se tornó persecutoria. Los derechistas, acaudillados por Laureano Gómez, el jefe conservador cuya muerte en la revuelta se anunció sin fundamento, iniciaron su protesta que trajo consigo tras el encarcelamiento del propio Gómez, amenazas de guerra civil y demás incidentes violentos, un auge sorprendente de la mencionada fracción derechista. Esta recuperada popularidad desemboca en las elecciones presidenciales de 1946, en las que Mariano Ospina Pérez, líder conservador, gana el derecho a ostentar la primera magistratura. Sin embargo, la votación que lo elegía no era más que virtualmente mayoritaria, puesto que sus dos contrincantes liberales, Eliecer Gaitán – primera víctima y origen, con su asesinato, de los presentes acontecimientos – y el doctor Turbay, se repartían 580.000 sufragios favorables frente a los 447.000 logrados por el triunfador.

Naturalmente, a fuer de presidente electo, Ospina constituyó un Gabinete en el que tenían preeminencia sus correligionarios; empero, las elecciones parlamentarias celebradas en marzo del 47, aparte de consagrar la eliminación comunista de la vida pública – menos de 12.000 votos en total – volvieron a señalar una ligera mayoría liberal: 745.000 sufragios contra 620.000 los conservadores. En consecuencia, Ospina Pérez, con evidente lentitud, puesto que su decisión no fue efectiva hasta enero del 48 creyó oportuno constituir un Gobierno llamado de Unión Nacional, en el cual tenían igual representación los dos partidos: seis carteras cada uno.

A pesar de ello, la paz ya turbada – apetitos, incontinencias, espíritu de clan – siguió ofreciendo alteraciones graves. Por ejemplo: los choques sangrientos entre campesinos de una y otra fracción ocurridos en la provincia de Santander y que obligaron ya a la movilización de dos quintas. Posteriormente ha habido aún otros choques de carácter cruento los cuales pueden ser interpretados como el antecedente directo de la actual revolución.

Revolución, repetimos, en la que sólo incidentalmente puede haber intervenido de la mano comunista. El ambiente político esbozado la justicia suficientemente, y, por lo demás los hombres que parecen asumir la responsabilidad de la nueva situación – aún por dirimir, sin duda – nada tienen que ver con el marxismo. El doctor Darío Echandía es un prohombre liberal de gran prestigio. Fue durante cinco años representante de Colombia ante la Santa Sede y ministro del Interior en el postrer Gobierno de Alfonso López. A su energía y tacto se debió el rescate del propio López y varios de sus ministros secuestrados por el coronel derechista Diógenes Gil cuando presenciaban unas maniobras militares en el norte del país en julio de 1944. Echandia, desde Bogotá, con el auxilio de fuerzas militares adictas, logró liberar a los prisioneros y restablecer la legalidad constitucional. Es, pues, hombre de temple y franca moderación.

Aparte los excesos de las turbas, siempre trágicos por definición, esta revolución colombiana hubiera sido reseñada como un pleito familiar interior, menos grave incluso que la mayoría de los que suelen ofrecer periódicamente las turbulentas y ardientes Repúblicas hispanoamericanas, a no ser por la resonancia universal que le ha conferido la presencia de las delegaciones de la Conferencia Panamericana, precisamente empeñadas en la búsqueda de fórmulas de convivencia pacífica y fraternal en aquel hemisferio.