11 marzo 1948

Era contrario al convertir a su país en satélite de Moscú

El líder político checoslovaco Jan Masaryk muere «al caer» de una ventana al mes de que los comunistas tomen el poder

Hechos

El 11 de marzo de 1948 se hizo pública la muerte de Jan Masaryk en Checoslovaquia.

Lecturas

El ‘golpe comunista’ en febrero de 1948 supuso que Checoslovaquia se convertía en un país comunista

El ministro de Asuntos Exteriores checo, el socialdemócrata Jan Masaryk, ha muerto hoy en Praga, al caer por una ventana. Masaryk – hijo de Tomas Masaryk, fundador de la república – era una de las pocas voces disidentes que figuraban en el gobierno tras la toma de poder por los comunistas del 25 de febrero de 1948 pasado.

Los medios oficiales checos aseguran que Masaryk se ha suicidado víctima de una depresión nerviosa. Pero los rumores que circulan en Praga indican que el dirigente socialdemócrata ha sido asesinado por la policía secreta comunista al servicio del dictador Gottwald, para evitar que hiciera pública su oposición a los planes de este de poner el país en un satélite de la URSS.

La toma total del poder por los comunistas en Checoslovaquia finalizará cuando Gottwald asuma, también, la Jefatura del Estado apartando a Benes. 

11 Marzo 1948

Una vida, y un fin

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

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Decididamente no ha gustado nada a los amos actuales de Checoslovaquia la trágica decisión adoptada y consumada por Jan Masaryk. Así como así, su actitud de aparente benevolencia y colaboración respecto a la situación creada por el asalto comunista al Poder todavía podía dar en puro sentido propagandístico, un lejano aire, de respetabilidad al tinglado de Gottwald y sus secuaces; pues no en vano el apellido Massaryk tendía un puente – ya vemos ahora cuán frágil y falso – entre el Estado checo-eslovaco de Versalles su posterior Gobierno más o menos democrático el drama atroz de la ocupación y la guerra con sus resistencias y esta ‘democracia’ que las depuraciones recién instaurada.

Pero si al equipo comunista que detenta el Poder ha desagradado ese final de tercer acto de tragedia desarrollado en el Palacio Czernin, ¿cabe imaginarse la dolorosa resonancia que en el espíritu ya abatido de Benes habrá provocado el hecho? El presidente que vio hundirse ya una vez la obra de toda su vida, que sólo un auténtico milagro le permitió ver resurrecta para tener que contemplar de nuevo, tras el triunfo y la estabilización fugaces, desmoronarse, definitivamente, al parecer en la muerte civil que decreta el Kremlin para sus Estados satélites, ¿no está transido de pena? Una vida y trayectoria políticas las de Jan Massaryk – hijo del gran hombre – sectarias, sin embargo porque todos los isos que propugnada el Tratado de Versalles – la historia posterior lo ha demostrado cumplidamente – han sido impracticable, que acaba en ese holocausto, inglorioso a pesar de que la slaida fatal pueda parecer más heróica que la huida, o lo que es más inquietante como ejemplo, la conducta que arrastra, el paredón.

Jan Massaryk, pues, hijo de su padre, conducta eficiente, sin duda, en los tiempos de oprobio de su patricia, ha cumplido una órbitavital anticatólica aunque tal vez le libere algo de sus culpas el gesto postrero – salvo, claro está, del perdón de Dios – sin que ningún aparente provecho se deduzca de su conducta para Checoeslovaquia. Era este un engendro demasiado artificioso para que pudiera prosperar. Era un invento de tipo político y material salido de la cabeza de unos estadistas románticos – por no decir sino la frase amable – que acababan de ganar la guerra del 14. Más Autria-Hungria, con el cetro de los Habsburgo por lazo unificador, era algo más que una entelequia: era el dique de Europa. Era Europa misma, católica, ceremoniosa, un poco frívola si se quiere, pero unida, compacta, occidental, frente a la Rusia fabulosa y paneslava siempre en acecho…

El Análisis

Jan Masaryk: ¿suicidio o advertencia?

JF Lamata

La muerte de Jan Masaryk, ministro de Exteriores de Checoslovaquia, al precipitarse por una ventana del Palacio Černín en Praga en la madrugada del 10 de marzo de 1948, ha sacudido la conciencia de Europa. Oficialmente, el nuevo régimen comunista que se impone en el país afirma que se trata de un suicidio. Sin embargo, son pocos fuera del bloque soviético los que aceptan esta versión sin escepticismo. La figura de Masaryk, hijo del fundador de la república checoslovaca Tomáš Garrigue Masaryk, representaba la dignidad de una Europa central democrática, abierta al diálogo con Occidente y resistente a la subordinación a Moscú. Su final, enigmático y abrupto, ocurre apenas días después de que el Partido Comunista, liderado por Klement Gottwald con la férrea complicidad de Rudolf Slánský y el beneplácito de Stalin, haya consumado su toma de poder tras el llamado “golpe de febrero”.

Hasta hace pocas semanas, Checoslovaquia era uno de los pocos países liberados por el Ejército Rojo donde aún persistía una apariencia de pluralismo político. El presidente Beneš, moderado, había incluso mostrado interés en sumarse al Plan Marshall, lo que provocó la inmediata condena de la URSS. Masaryk era una de las voces más respetadas del país, tanto en el exterior como entre sus conciudadanos, y su negativa a romper con Occidente le convertía en un obstáculo para la alineación total con Moscú. Su muerte no sólo pone fin a la breve esperanza de una Checoslovaquia neutral e independiente, sino que simboliza, con violencia desgarradora, el cierre definitivo del telón de acero sobre Praga.

En una Europa dividida, el cuerpo de Jan Masaryk, tendido en el patio del Ministerio, se convierte en advertencia y símbolo. Advertencia para todo aquel en Europa Oriental que sueñe con una vía intermedia entre la democracia liberal y el comunismo estalinista. Y símbolo de cómo, en este nuevo orden impuesto por la fuerza, las ventanas no sólo se abren al vacío: también al miedo.

JF Lamata