3 mayo 1993

Considerado el político más popular y demagogo de los turcos,

Cambio en Turquía: Suleyman Demirel, dos veces derrocado por Golpes de Estado, se convierte en el Jefe de Estado

Hechos

En mayo de 1993 el Parlamento de Turquía eligió a Suleyman Demirel como nuevo Presidente del país.

Lecturas

UNA MUJER SERÁ LA PRIMERA MINISTRA

TansuCiller  Tansu Ciller, líder del Partido de la Justa Vía, fue elegida por el Suleyman Demiriel como primera ministra de Turquía.

24 Mayo 1993

Modestia en Turquía

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Leer

LA ELECCIÓN del primer ministro Suleyman Demirel el pasado lunes como presidente de la república turca en sustitución de Turgut Ozal, el carismático hombre de Estado muerto un mes antes, es el último acto de un largo drama nacional: la conversión del país en un Estado moderno. Hasta ahora, los dos únicos protagonistas habían sido Ataturk durante la década de los treinta y Turgut Ozal, que dominó la de los ochenta. El tercero debería ser el nuevo presidente. Demirel es, en efecto, el único miembro superviviente de la vieja guardia de líderes políticos que ha controlado la vida pública turca en el pasado medio siglo. Tiene 68 años de edad; acabará su mandato con 75. Siete años para convertir en realidad los tres sueños algo aventurados de su predecesor: hacer de Turquía un país desarrollado y moderno, convertirse no sólo en la primera potencia de la zona, sino en su verdadero guardián, y finalmente -lo más difícil-, integrarla en Europa. ¿Quiere realmente hacerlo, hereda algo de la apasionada ambición de Ozal?En realidad, no. Se diría que los proyectos de Ozal van a quedar, con Demirel, en realidades bastante más modestas. En primer lugar, porque el nuevo presidente difícilmente querrá apearse del populismo conservador que dio a su Partido de la Recta Vía la mayoría en las elecciones legislativas de 1991. En segundo término, porque, más que ningún otro político turco, tendrá que actuar bajo la vigilante y rencorosa mirada de las Fuerzas Armadas, que ya prescindieron de él como primer ministro en 1971 y en 1980, mientras mantenían buenas relaciones con Ozal. Finalmente, porque, frente a las políticas expansionistas de su predecesor, Demirel es un hombre más dado al politiqueo interior, menos vertido hacia el exterior. El proyecto de transformación interna propiciado por Ozal topará en el caso de Demirel con un populismo que siempre le ha llevado a jugar más con la Turquía profunda que con las pulsiones de los estamentos más progresistas de la sociedad.

Pero es en los proyectos exteriores en los que se notará el menor entusiasmo del nuevo presidente. Si Ozal se había propuesto hacer de Turquía la «primera potencia del Adriático a la muralla china», Demirel demostrará ser menos ambicioso; para disgusto de Occidente, sólo querrá construir un fortín a prueba del fundamentalismo islámico por el Este y de las provocaciones nacionalistas en los Balcanes.

Como potencia hegemónica de la zona, el principal quebradero de cabeza de Turquía -amén del problema kurdo, siempre tratado con bárbara violencia por Ankara- es la antigua Unión Soviética. En la guerra fría, Ankara era la punta de lanza de la OTAN en el flanco soviético sur. Ahora existe el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Mientras Ozal anunciaba su voluntad de apoyar militarmente a este último, Demirel, ya cuando era primer ministro maniobraba de acuerdo con Rusia y Estados Unidos para buscar una solución negociada a la crisis de Nagorni Karabaj. Si Ozal también quiso extender la influencia turca a las repúblicas ex soviéticas de Asia, su sucesor, poco seguro de los recursos económicos con que cuenta en solitario, será probablemente mucho menos generoso con su asistencia.

La otra zona caliente para Turquía es la ex Yugoslavia. Mientras Ozal estaba dispuesto a intervenir militarmente para defender Bosnia, Demirel ha enfriado este entusiasmo y anuncia que no dará un paso más de los que recomiende la ONU. Pero ni un sistema ni otro, ni la aproximación boyante ni la prudencia campesina, van a resolver a corto plazo el principal problema turco: su vivo deseo de integrarse en la CE, cuestió¡¡ para la que las credenciales políticas, sociales y económicas son aún insuficientes.

El Análisis

El superviviente de los generales

JF Lamata

La elección de Süleyman Demirel como presidente de Turquía constituye una curiosa revancha de la política sobre los cuarteles. Ingeniero de origen campesino, conservador y siete veces primer ministro, Demirel llevaba casi treinta años cayendo y regresando al poder: en 1971 tuvo que abandonar el Gobierno después del memorándum mediante el cual los militares impusieron un cambio político; en 1980, el golpe encabezado por Kenan Evren volvió a derribarlo, lo mantuvo bajo vigilancia y la nueva Constitución llegó a prohibirle la actividad política. Recuperados sus derechos mediante el referéndum de 1987, reconstruyó su carrera al frente del Partido del Verdadero Camino (DYP), ganó las legislativas de 1991 y regresó a la jefatura del Gobierno mediante una coalición con los socialdemócratas de Erdal İnönü. La muerte de Özal el 17 de abril de 1993 le abre ahora la última puerta: el Parlamento lo convierte en noveno presidente de la República. La escena contiene una formidable ironía: Kenan Evren, el general que en 1980 lo expulsó de la política, respalda ahora su llegada a la Presidencia, y los mandos militares asisten tranquilamente a la elección parlamentaria del político al que el Ejército había derribado dos veces.

¿Significa esto que Turquía es ya una democracia plenamente asentada? Es una democracia electoral, pero todavía tutelada en aspectos importantes por unas Fuerzas Armadas que se consideran guardianas del Estado kemalista y laico. Hay elecciones competitivas, alternancia, partidos de izquierda y derecha y un Parlamento que acaba de elegir regularmente al jefe del Estado; pero la experiencia de 1960, 1971 y 1980 demuestra que los militares se han reservado históricamente el derecho de intervenir cuando consideran amenazado el orden establecido. Precisamente por eso Demirel representa en 1993 tanto las contradicciones como los avances de Turquía: que un político expulsado por los militares pueda regresar mediante las urnas y terminar convertido en su comandante supremo constitucional indica cuánto ha avanzado el poder civil; que nadie pueda todavía garantizar que los generales no volverán a intervenir indica cuánto queda por avanzar. Y la sucesión en el Gobierno proporciona otra imagen extraordinaria. Al dejar Demirel la dirección del DYP, Tansu Çiller, economista de 47 años y ministra responsable de Economía, conquista el liderazgo del partido el 13 de junio y se convierte poco después en la primera mujer que encabeza un Gobierno turco, manteniendo la coalición con los socialdemócratas. Para un país musulmán, socialmente conservador y con una larga tradición política masculina, la fotografía resulta poderosa: un antiguo proscrito por los generales en la Presidencia y una mujer en la jefatura del Gobierno son, al menos, señales de que la Turquía de 1993 ya no es la de los golpes militares de décadas anteriores.

JF