25 agosto 1973

Chile: Salvador Allende nombra a Augusto Pinochet nuevo Comandante en Jefe del Ejército mientras que Carlos Prats se retira para frenar el descontento militar hacia él

Hechos

El 24 de agosto de 1973 El General Augusto Pinochet Ugarte fue nombrado nuevo Comandante en Jefe del Ejército.

Lecturas

Cambios militares.

Después del golpe de Estado fallido de ‘El Tanquetazo‘ Allende y Prats optarán por hacer cambios en el ejército. El nuevo responsable del Ejército será Augusto Pinochet y el responsable de aviación será Gustavo Leigh. Pero estos nombramientos no evitarán un nuevo golpe de Estado, sino al contrario, el golpe será el 11 de septiembre de 1973.

Carlos Prats a aceptado abandonar el mando del ejército y cualquier puesto en el Gobierno para frenar el descontento que dentro de las fuerzas armadas había hacia él por lo que se consideraba una excesiva cooperación con el Gobierno de Salvador Allende.

El nombramiento de Pinochet se entiende como una propuesta de Prats, dado que ambos salvador al Gobierno Allende del intento de Golpe de Estado de ‘El Tanquetazo’.

CARLOS ALTARMIRANO: «ESTAMOS PREPARADOS PARA DEFENDER AL PUEBLO CON LAS ARMAS»

Carlos Altarmirano, el líder del Partido Socialista, representa el sector más radical del partido socialista que es acusado de hacer discursos incendiarios y de insinuar que detrás de él puede haber una guerrilla armada dispuesta a «defender al pueblo» de la reacción con las armas.

El Análisis

Allende fía su permanencia en Pinochet ¿Ingenuidad?

JF Lamata

Salvador Allende ha nombrado al general Augusto Pinochet Ugarte como nuevo Comandante en Jefe del Ejército, reemplazando a Carlos Prats, cuya lealtad al gobierno lo convirtió en un paria entre sus camaradas militares. Prats, desgastado por su cercanía con el presidente y enfrentado a los jefes de la Marina (José Toribio Merino), la Fuerza Aérea (Gustavo Leigh) y los Carabineros (César Mendoza), se va en medio de un Chile que parece un volcán a punto de estallar. Pinochet, hasta ahora un general discreto pero respetado, asume el mando en un momento en que el país se desgarra entre la inflación descontrolada, el desabastecimiento y una polarización que no da tregua. Allende confía en que este nombramiento, tras el fiasco del “Tanquetazo” en junio, blindará su gobierno contra nuevas intentonas golpistas. Pero en este Chile de 1973, donde cada decisión es un salto al vacío, la apuesta por Pinochet podría ser un error fatal.

La situación es explosiva. La Unidad Popular de Allende enfrenta una crisis sin precedentes: la economía está en ruinas, con una inflación que supera el 200% y colas interminables para lo más básico. La derecha, encabezada por la Democracia Cristiana—aliada clave de Allende en 1970—y el Partido Nacional, ahora conspira abiertamente, alimentada por el dinero y la paranoia de Richard Nixon, que ve en Chile una segunda Cuba. Pero la izquierda no ayuda: discursos incendiarios como el de Carlos Altamirano, líder del Partido Socialista, quien asegura que tienen “secciones armadas” listas para “defender al pueblo”, suenan a amenaza de golpe revolucionario. Líderes comunistas como Luis Corvalán y Volodia Teitelboim han hecho eco de esta retórica beligerante, dando alas a los que, desde la derecha y Washington, justifican una intervención para “salvar” a Chile del caos. La salida de Prats, acusado de ser más político que militar, y el ascenso de Pinochet buscan calmar al ejército, pero los roces entre Allende y los altos mandos, especialmente con Merino, Leigh y Mendoza, sugieren que el ejército está lejos de ser un aliado seguro.

Pinochet, un general conocido por su disciplina más que por sus opiniones políticas, es ahora la última carta de Allende para mantener el control. Pero el nombramiento huele a desesperación. La Democracia Cristiana, que ya no disimula su hostilidad, y los sectores golpistas, como Patria y Libertad, ven en la debilidad del gobierno una oportunidad. Nixon y la CIA, que han estrangulado a Chile con bloqueos económicos, están al acecho, mientras El Mercurio amplifica el miedo al “marxismo armado”. Allende confía en que Pinochet frene las conspiraciones, pero nadie sabe si el nuevo comandante compartirá la lealtad de Prats o si, en cambio, escuchará los murmullos de sus colegas militares. En este agosto de 1973, Chile no solo cambia de general; se juega su destino. Allende ha puesto su fe en Pinochet, pero en un país donde la confianza es un lujo, ¿será este general su salvador o su verdugo?

JF Lamata