21 agosto 1973

Escepticismo sobre si el nuevo responsable militar será más o menos leal hacia el presidente que su antecesor

El Presidente de Chile nombra Comandante en Jefe de las Fuerzas Aéreas al General Gustavo Leigh tras forzar la dimisión de César Ruíz Danyau, por discrepar de él

Hechos

El 20 de agosto de 1973 se hizo público el relevo en el mando de las Fuerzas Aéreas en Chile.

Lecturas

Cambios militares.

Después del golpe de Estado fallido de ‘El Tanquetazo‘ Allende y Prats optarán por hacer cambios en el ejército. El nuevo responsable del Ejército será Augusto Pinochet y el responsable de aviación será Gustavo Leigh. Pero estos nombramientos no evitarán un nuevo golpe de Estado, sino al contrario, el golpe será el 11 de septiembre de 1973.

El Análisis

Leigh toma el cielo, pero Chile sigue en tierra movediza

JF Lamata
El general Gustavo Leigh asumió el mando de las Fuerzas Aéreas de Chile, reemplazando a César Ruiz Danyau, quien no ocultó sus críticas al gobierno de Salvador Allende antes de salir. Este relevo, orquestado por Allende y aconsejado por el comandante en jefe del ejército, Carlos Prats, es un intento desesperado de asegurar la lealtad de las Fuerzas Armadas en un país que se desmorona bajo la crisis económica, la polarización política y la sombra de un golpe que ya parece inevitable tras el fallido “Tanquetazo” de junio. Pero el cambio en la cúpula aérea no tranquiliza a nadie. Prats, el pilar militar de Allende, es visto por muchos oficiales como un político con uniforme, más leal al presidente que a sus camaradas. Y Leigh, un hombre de carácter fuerte y poco afecto a las ambigüedades, no parece estar en sintonía ni con Prats ni con el proyecto socialista de la Unidad Popular. En este Chile de 1973, cada movimiento de Allende parece apagar un incendio mientras enciende otro.
La situación es un polvorín. La inflación desbocada, el desabastecimiento y las huelgas, como la de los camioneros, han llevado al país al borde del colapso. La oposición, encabezada por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional, acusa a Allende de conducir a Chile hacia una dictadura marxista, mientras el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y líderes como Luis Corvalán insisten en una revolución armada que asusta a los moderados y al ejército. El nombramiento de Leigh, tras la salida de Ruiz Danyau, busca proyectar control, pero el ejército está fracturado. Prats, que sofocó el Tanquetazo junto a Augusto Pinochet, es cada vez más cuestionado por sus pares, quienes lo ven como un aliado demasiado cercano a Allende, especialmente tras su paso por el Ministerio del Interior. Leigh, conocido por su línea dura, no da señales de ser un entusiasta del gobierno, y su ascenso podría ser un arma de doble filo: Allende espera un militar leal, pero los rumores sugieren que Leigh comparte el recelo de sus colegas hacia el rumbo del país.
Este relevo en las Fuerzas Aéreas no resuelve la crisis; la agrava. Allende, aconsejado por Prats, intenta mantener al ejército de su lado, pero cada decisión parece alejarlo más de los uniformados y de una sociedad agotada por el caos. En Washington, Richard Nixon y la CIA, que ya financian a la oposición y bloquean créditos, ven en esta inestabilidad una oportunidad para apretar el cerco. La derecha chilena, con El Mercurio como altavoz, celebra cualquier signo de debilidad del gobierno, mientras la izquierda radical lo empuja a un precipicio con sus llamados a la lucha armada. Leigh en el mando aéreo y Pinochet en el ejército no garantizan estabilidad, sino incertidumbre. En este agosto de 1973, Chile no solo cambia un general; cambia de rumbo hacia un horizonte cada vez más oscuro. ¿Podrá Allende mantener el control, o es este el preludio de un golpe que ya nadie puede detener?
JF Lamata