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Triunfo de la dictadura nigeriana del general Gowon en el conflicto que más muertos había generado en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial

Concluye la brutal Guerra de Secesión en Nigeria con la rendición de la autoproclamada Biafra Odumegwu Ojukwu

HECHOS

La Guerra Civil en Nigeria terminó el 15 de enero de 1970 con la capitulación de Biafra.

En la guerra de Biafra, motivada por el conflicto étnico con los ibos, mayoría en la zona, se produjeron más víctimas que en las guerras de Vietnam o el Oriente Medio, a pesar de que estos conflictos fueron mucho más mediáticos.

Holanda fue el principal apoyo de Biafra, mientras que Gran Bretaña (Reino Unido) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) apoyaron decididamente a la dictadura de Gowon, frente a los ibos.

13 Enero 1970

La Guerra de Todos

Miguel Torres

 Ha terminado “la guerra olvidada”, la que nadie quiso comprender, la guerra de las atrocidades, la del degüello de civiles, la del envenenamiento de alimentos, la de calcinación de aldeas repletas de refugiados, la de las columnas de ancianos, mujeres y niños muertos de hambre al borde de los caminos, la que llegó a las treinta mil víctimas diarias en los periódicos de mayor intensidad. Ha terminado la matanza en la que la ONU, tan diligente en Katanga, se ha abstenido de intervenir. La guerra contemporánea a las del Vietnam y Oriente Medio, infinitamente más cruel que ambas, pero menos favorecida por la conciencia mundial. La guerra que los suministros bélicos masivos de Londres y Moscú a una de las partes para que terminara con la otra. La guerra de los pasillos de caridad, por los que apenas podían deslizarse sin peligro aviones con alimentos y medicinas para las víctimas civiles. La guerra fraguada en los días del colonianismo, cuando se hacía el reparto de África con tiralíneas fragmentando tribus hermanas y obligando a vivir dentro de los mismos confines a grupos étnicos hostiles. La guerra civil en una nación compuesta por más de doscientas tribus, a las que se enfundó, llegada la independencia, en un sistema legal, en unas instituciones que nada tenían que ver con la realidad social.

Esta ha sido la guerra que durante dos años y medio ha mantenido la región sudoriental de Nigeria, denominada Biagra en la secesión y poblada por ocho millones de ibos, contra el resto del conjunto, dominado por treinta millones de hausas. Secesión con la que los ibos quisieron poner fin en un principio a la persecución que temían de genocidio, iniciada en 1966 contra los hermanos residentes en las provincias del Norte, en las que constituían exigua minoría. Cuando en 1966, fue asesinado el presidente Ironsi se desarrolló en el Norte una caza de Ibos en la que se calcula perecieron treinta mil miembros de la tribu; la mayoría cayeron asesinados en los aeropuertos y en las estaciones de ferrocarril cuando iban hacia su región de origen. El odio racial entre los mayoritarios hausas del Norte, musulmanes, de muy bajo nivel de desarrollo, y los minoritarios ibos del Sudeste, cristianos en su mayoría, católicos algunos, más evolucionados, obligados a convivir dentro de unas fronteras comunes, fue la base del conflicto; el resto lo puso la riqueza petrolífera de Biafra.

Con la caída de Owerri, ciudad a la que había sido trasladada la capital tras la toma de Enugu por los federales, con la toma del aeropuerto de Uli, el único que quedaba en poder de los biafreños, y con la huida del Gobierno, presidido por Ojukwu, la guerra formal ha terminado, aunque los ibos refugiados en la selva pueden mantener la hostilidad guerrillera.

Y ahora ¿qué? Una región devastada por la guerra y el hambre. Un país hipotecado por las compras de armas y arruinado antes de haber iniciado su desarrollo. Un porvenir inimaginable de miserias y sufrimientos.

Hace unos días, cuando todos los partes certificaban la agonía militar de los biafreños, U Thant desahuciaba a Biafra durante su visita Coakry, la capital más revolucionaria del África negra. U thani afirmaba que no existían razones para la secesión. La conciencia había quedado tranquilizada.

Miguel Torres

17 Enero 1970

Los mil días de Biafra

Eduardo Haro Tecglen

Aproximadamente he durado mil días la aventura trágica de la secesión de Biafra, que la declaró en mayo de 1967 entre himnos, canciones, fiestas populares y promesas de riqueza y la termina mediando enero de 1970, en la sangre, el hambre, la humillación y la probabilidad bastante visible del exterminio total de su pueblo. Dicen que esta guerra ha costado dos millones de muertos, casi todos de la parte biafreña. Es una cifra global. Supone dos mil muertos diarios. En los últimos meses, la mortalidad diaria era muy superior. La Cruz Roja ha dado cifras de cinco o seis mil muertos diarios sólo por hambre. Las terribles fotografías de los niños apergaminados, de enorme cabeza horadada por unos ojos profundos como toda la tristeza del mundo, acusadores gnomos trágicos, han sido la imagen más persistentes de la guerra de Biafra y Nigeria. Lógicamente, han inclinado unas simpatías puramente sentimentales hacía ese pueblo combatido por la forma más odiosa de la guerra, la del genocidio. Por otra parte, las razones profundas de esta guerra de secesión han sido mal comprendidas. De una manera general, cuando se produce uno de estos conflictos, cada uno trata de encontrar una fácil definición entre ‘buenos’ y ‘malos’, buscando cierta posibilidad de afinidades, de razones, de alianzas. En este caso era notablemente difícil encontrarse a sí mismo en los conflictos entre yorubas, hausas, Ibos (y hasta una decena de grupos étnicos diferentes), en la diferenciación religiosa – musulmanes, cristianos de varias Iglesias, animistas de diversos fetichismos – en las divisiones regionales y provinciales creadas por la administración colonial británica. Las alianzas de las grandes potencias era, a su vez, confusas. Los británicos apoyaban la federación de Nigeria, la unidad del país; junto a ellos, la URSS y algunas otras naciones socialistas. Pero Francia sostenía a Biafra y, de algún modo también Portugal y los Estados Unidos, y China… Ciertas duplicidades han parecido extrañas. Londres enviaba armas a la Federación y alimentos a Biafra. Wilson pide ahora clemencia para aquellos a los que se va a matar con balas británicas. Pero la Gran Bretaña va a recuperar el petróleo perdido. Las acciones petroleras suben en la Bolsa de Londres.

La pretendida independencia de Biafra ha tenido un cierto paralelo con la que intentó Katanga, con Tsombé, en el Congo. Es decir la ambición de una zona rica en un país pobre y el deseo de la grandes potencias neocolonialistas y de las compañías comerciales por controlar esa riqueza. El enorme conglomerado federal de Nigeria (55 millones de habitantes en un millón de kilómetros cuadrados) fue una creación británica y, como la mayor parte de las colonizaciones británicas, una empresa comercial a cargo de la Unitad África Company – más tarde Unilever – que basó su gran imperio colonial – extendido luego a todas las ramas – en el jabón, en el momento del auge fabuloso de este producto como consecuencia de la revolución industrial – la utilización del carbón requería nuevos sistemas de higiene corporal – y encontraba en África las materias primas para fabricarlo. Sobre estas materias primas se construyó Nigeria. Pero más tarde aparecieron otras materias de singular importancia: petróleo, carbón, enromes reservas de gas natural. La mayor parte de estas riquezas se encontraban en la provincia oriental. La provincia oriental tenía una mayoría étnica de Ibos. Siendo una minoría, los ibos – como generalmente ocurre con las minorías en medios adversos como en cierta forma ha ocurrido con los judíos en países cristianos – desarrollaron dentro del país una defensa superada, una lenta penetración en puestos de control y mando en controles comerciales y económicos. Se dice también que su cristianización les ha ayudado mucho – el paso del animismo al cristianismo es más fácil y más rápido que desde el islamismo imperante en las provincias del Norte – no sólo en recibir ayudas exteriores, sino en comprender el mundo occidental, la civilización superpuesta de los intereses colonizadores. Suele suceder con estas minorías – y no es obvio recordar los repetidos ejemplos de ‘pogroms’ de que han sido víctimas los judíos – que cuando su infiltración en los puntos de poder, cuando su riqueza es demasiado visible, sufren persecuciones, expulsiones o matanzas que, si muchas veces apagan sus ilusiones por mucho tiempo, suelen contribuir también al retrato en el progreso de sus victimarios, que pierden técnicos, banqueros o intelectuales. Los ibos no han escapado a esa trágica regla. Pero no por ello hay que confundirles con almas cándidas y pacíficas. Han sido, a su vez, feroces luchadores.

El minucioso edificio constitucional creado por la Gran Bretaña, la delicada elaboración de la independencia, la dosificaciones raciales, regionales, religiosas políticas y económicas fueron, sin duda, una obra maestra, pero solamente como edificio de papel, como algo escrito, sin contacto real con la práctica. Gran Bretaña presumía con Nigeria de haber realizado la descolonización perfecta. Se dice que no hay crimen perfecto, y es dudoso. Puede decirse que no hay descolonización perfecta, y es seguro. Porque sobre cualquier descolonización perfecta, y es seguro – la creación de un país por la fuerza, sobre sus materias primas y su mano de obra barata, sin tener en cuenta su cultura original, con la creación de fronteras administrativas – y un presente, apuntando hacia el futuro, de neocolonialismo. Gran Bretaña, preparó su independencia pensando en la Commonwealth, creadas y sostenidas por la Unilever estaban los intereses de la Shell, la British Petroleum, la G. Oil (en 1966, cuatro millones de toneladas sólo en la región oriental, seis millones en toda Nigeria). Estaba la explotación del carbón y del gas natural. Cuando la provincia oriental se declaró secesionista y tomó el nombre de Biafra, Gran Bretaña consideró que estos intereses estaban perdidos. Biafra pretendía nacionalizarlos. La URSS por su parte, pensó en un golpe americano, creyó que Biafra, Independiente, caería en la órbita de los Estados Unidos.

En mayo de 1967, el teniente coronel Ojuwku, gobernador de la provincia oriental, declaró esta provincia independiente la dio el nombre de Biafra, tomó por capital Enugu, determinó fronteras que mantenían 14 millones de habitaciones (unos ocho millones ibos o de tribus afines, tres cuartas partes de religión cristiana) inventó una bandera y un himno y pidió su reconocimiento a las Naciones Unidas. No la ha obtenido jamás – unos días antes de su caída aún llamaba fascista a U Thant – como tampoco ha obtenido la sanción favorable de la Unión de Estados Africanos. El pretexto para la declaración de independencia era  una de las trágicas matanzas de ibos, probablemente unos 20.000 (los hausas alegan que fue una venganza popular por los asesinatos que los ibos habían realizados entre los suyos). Pero la realidad es que Ojuwku había preparado minuciosamente esta independencia y estaba seguro de que el nuevo y pequeño país que acaban de fundar podría ser enormemente rico. El año antes, 1966, Biafra había entregado al estado federal 29 millones de libras esterlinas, mientras que el Norte enormemente más poblado, sólo había podido entregar 33 millones… Ojuwku fue respondido por el coronel Gowon. Los dos viejos amigos, los dos nacidos el mismo año, los dos viejos amigos, los dos nacidos el mismo año, los dos estudiantes en Inglaterra – Gowon en Sandhurst; Ojuwku en Oxford – se convertían así en protagonista y antagonista de este trozo de historia, daban rostro a la primera gran tragedia del África nueva. Cuando Ojuwku proclamó la independencia y creó un país, Gowon, presidente del gobierno militar, ordenó a sus tropas la reconquista del territorio secesionista. El episodio acaba de terminar.

¿Terminan alguna vez estos episodios? ¿Cuál es el futuro de Nigeria? El temor ahora es que Ojuwku opte por la destrucción total de los ibos. Si no él personalmente – ha prometido por radios amnistía, pero también ‘castigo a los culpables – va a ser difícil contener a los oficiales y los soldados que ocupan el territorio enemigo. Se ha dicho ya que los aviones nigerianos están ametrallando las columnas de refugiados biafreños que tratan de huir. Se dicen, fácilmente, que es un final de guerra ‘africano’, pero se olvida que la ‘solución final’ es un invento hitleriano. Se dice, en cambio que las guerrillas que los ibos han comenzado ya en la selva. Las guerrillas surgen de una decisión, pero también de una desesperación. Estos guerreros tan fuertes que han sabido mantenerse tanto tiempo bloqueados, aislados diplomáticamente y frente a un enemigo superior en número y en armamento, eran fuertes porque sabían que no tenían más alternativa que luchar o ser masacrados. Se ha dado ya muchas veces por perdida a Biafra, y ha vuelto a resurgir. Ahora parece que es un final que esto es definitivo. Pero quizá Ojuwku forme un gobierno en el exilio – ¿Qué país querrá aislarle? – quizá las guerrillas se sostengan, quizá los actos de boicot y sabotaje sean para el gobierno federal más duros que la misma guerra que acaban de ganar. El problema de si Nigeria puede constituirse en un solo estado unitario queda aún en pie. Queda en pie saber cómo van a explotarse sus riquezas, como se van a distribuir, quién se va a beneficiar. Quizá la unificación trate de hacerse ahora por una dictadura implacable. Quizá el triunfalismo de los vencedores pueda hacer olvidar los verdaderos datos nacionales. Quizá, por el contrario, comencé una nueva era para el país más poblado de África, que puede ser uno de los más ricos.

Eduardo Haro Tecglen

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