22 julio 1992
El Tribunal Supremo le condena seis años de prisión por ayudar a esconderse a un asesino después de que este hubiera matado a tres personas
Condenado por ayudar a ETA el sacerdote José Ramón Treviño Aguirrebarreña: refugió en su Iglesia a Iñaki Rekarte después de que asesinara a tres personas
Hechos
- El 25.03.1992 fue detenido José Ramón Treviño Aguirrebarreña.
- El 22.07.1992 se hizo pública la condena por parte de la Audiencia Nacional a tres años de prisión a José Ramón Treviño Aguirrebarreña por el delito de colaboración con la banda armada.
Lecturas
El 19 de febrero de 1992 un comando de ETA asesinó a tres personas en Cantabria. Mientras huían de la policía, los responsables de ese crimen encabezados por Iñaki Rekarte Ibarra y Luis Ángel Galarza estuvieron refugiados en la parroquia del sacerdote José Ramón Treviño Aguirrebarreña, que además ocupa el cargo de arcipreste de Irún. Durante el tiempo que estuvieron ahí Rekarte hasta recibió una visita de su novia, Lorea Sagarzazu, en dicha Iglesia.
El 25 de marzo de 1992 José Ramón Treviño Aguirrebarreña es detenido por la policía acusado de colaborar con ETA.
El 22.07.1992 se hizo pública la condena por parte de la Audiencia Nacional a tres años de prisión a José Ramón Treviño Aguirrebarreña por el delito de colaboración con la banda armada.
Tanto el obispo de San Sebastián, José María Setién Alberro, como los partidos políticos nacionalistas, PNV y EA, así como Herri Batasuna, brazo político de ETA, expresaron su apoyo a Treviño.
29 Marzo 1992
El arcipreste
EL ARCIPRESTE de Irún, detenido bajo la acusación de haber dado cobijo a dos activistas de ETA que acababan de asesinar a tres personas, no es un cura de aldea, sino una autoridad eclesiástica de la diócesis de San Sebastián. La justicia habrá de sopesar en su día las circunstancias del hecho por el que ha sido detenido, pero siempre de acuerdo con la ley civil, no con interpretaciones de las bienaventuranzas u otros textos bíblicos. Sin salirse de los límites de una moral laica, podrá tal vez alegarse que no es lo mismo prestar colaboración para cometer un crimen que ayudar a escapar al criminal cuando el mal por él causado ya no tiene remedio; pero también cabe argumentar que colaborar en la huida de quien se dedica a matar implica consentir con la realización probable de nuevos asesinatos por parte de esa persona.Tal vez a un sacerdote puedan aplicársele las mismas atenuantes que se reconocerían al familiar que no entrega a su pariente a la policía; pero entre denunciar al que huye y darle cobijo caben seguramente otras alternativas. En fin, el hecho de que el arcipreste haya reconocido haber dado protección hace años a otro activista es un dato que habrá de ser investigado para dilucidar el carácter accidental o no del episodio por el que ahora se le acusa de colaboración con banda armada.
La circunstancia de que el sacerdote comunicara lo ocurrido al vicario de la diócesis, tal vez buscando cobertura moral ante un hecho cuya gravedad no podía ignorar, puede ilustrar sobre la psicología del arcipreste, pero ni agrava ni disculpa su responsabilidad. Por ello mismo, tampoco extiende la presunta culpabilidad a otras personas: parece poco razonable considerar al vicario y, si éste lo comunicó a su superior, también al obispo corresponsables de esa colaboración con banda armada por el hecho de no haber llamado a jefatura para denunciar a su subordinado. Mientras los jueces no se pronuncien, dar por sentada esa implicación, acreditando la idea de que las dos autoridades máximas de la Iglesia en Guipúzcoa son colaboradores de ETA, sonará tan bien a los oídos de los terroristas como a otras personas amantes de las emociones fuertes. Pero no corresponde a la realidad.
Esa afición a lo apocalíptico está oscureciendo el verdadero papel de la Iglesia vasca en relación al terrorismo. No es cierto que esa institución no condene la violencia. La condena tanto como suelen hacerlo los políticos nacionalistas. Pero ni un milímetro más.
El reproche que podría hacerse a los obispos vascos no es el de apoyar a ETA, cuyos atentados siempre han rechazado, sino de falta de valor para ir algo más allá del consenso establecido entre sus feligreses respecto a los términos en que ha de producirse esa condena: unos términos que permitieran interpretaciones de la violencia de ETA como respuesta (equivocada en los medios) a una tal violencia institucional y a ciertos vicios de origen de la democracia española (que sobreviven a más de una docena de elecciones).
Es cierto que se ha producido una cierta evolución entre las pastorales de fines de los setenta -que trivializaban el terrorismo hablando de la «invasión de la pornografía» como una de las causas del clima de violencia- y las más recientes. Pero todavía en junio del año pasado, con motivo de las muertes de los activistas que habían provocado la matanza del cuartel de Vic, el obispo de San Sebastián advertía que «una cosa es la condena clara de la violencia de ETA y otra distinta si esa condena implica el desconocimiento de una problemática política». En otro escrito más reciente se establecía una simetría entre los que «aceptan la legitimidad de las instituciones» y quienes las rechazan por considerarlas «viciadas de origen», propugnándose una convergencia entre ambos campos. Por ello, sería faltar a la verdad ignorar que la voluntad de no ofender a nadie se traduce con frecuencia en ofensas a las víctimas: difícilmente podrían entender éstas el contraste entre la sensibilidad con que se someten a escrutinio los posibles motivos de los violentos y, por ejemplo, la inasistencia sistemática de los pastores a los funerales por los policías y guardias civiles asesinados en tierra vasca.
10 Julio 1992
Euskadi en otoño
IRLANDA y Euskadi saben de la carcoma que acaba siempre infiltrando el horizonte enclaustrado de una sociedad en latente guerra endémica. Un cansancio y un hastío sin salidas. También quizás una voluntad desesperada de no pasar por la liturgia de la rendición. Todo toma así un tono agobiante que se columpia entre exterminio y suicidio. Un horizonte que corroe hasta la médula lo que fuera, hasta hace nada, una cotidianeidad cálida y solidaria. Me ha venido a la memoria -no pude evitarlo, ante el juicio del arcipestre Treviño, aquel corto con que Fassbinder abría el magistral Alemania en otoño. Eran los finales de los setenta: los años de plomo. Al calor del exterminio de la RAF de Andreas Baader y Ulrike Meinhoff, la vieja eficiencia de un Estado alemán, plagado de ex funcionarios nazis, aniquila cualquier resto del izquierdismo estudiantil de los sesenta. En la película, alguien acude a casa de su compañero doméstico. Trae consigo a un tipo que no tiene donde pasar la noche. La paranoia se inicia. ¿Y si fuera un terrorista? Al final, el viejo izquierdista -que el propio Fassbinder interpreta- expulsa con violencia al vagabundo inofensivo, que no entiende absolutamente nada. Luego, se encierra en el apartamento, oye a lo lejos sirenas policiales, llora… Acaba de perder su alma. Es lo más nauseabundo de los regímenes policiales -y, en el límite, de las dictaduras explícitas: la interiorización ciudadana del papel de policía, la creación de una psicosis paranoide generalizada que fuerza la convicción de que la tarea policial es cosa de todos. Es mentira. Tan mentira como que sea cosa de todos mi trabajo sobre la Etica de Espinosa. Un policía es un funcionario. Se le paga por hacer su trabajo, como a mí se me paga por hacer el mío. Ni él tiene por qué poner sus manazas sobre mis fichas o mi ordenador, ni yo por qué convertirme en un benévolo auxiliar suyo. Esa negativa moral a tener nada que ver con delaciones, interrogatorios o hipotéticas torturas, es la última barrera que salva mi dignidad de ciudadano libre. De prosperar la lógica que ahora se aplica sobre Treviño, Interior tendría que instalarnos una terminal de ordenador en el umbral de cada casa. La operación sería sencillísima. Al amigo que llamara a nuestra puerta, le haríamos poner la palma de la mano sobre el aparatito. Este transmitiría las huellas a la central de datos del Sr. Corcuera. Un código específico nos permitiría saber si nuestro visitante es trigo limpio o si bien está ya de camino el furgón de GEOS que se hará cargo de él. No tendremos, entonces, más que dar un poco de conversación hasta que los exterminadores lleguen y hagan desaparecer al sospechoso amigo sin dejar rastro. Seremos inocentes. A lo mejor, eso sí, en el silencio de nuestros vacíos hogares de buenos ciudadanos, nos viene entonces una tonta gana de echamos a llorar, una vaga consciencia de haber perdido nuestra alma.
11 Julio 1992
Treviño
Se ve que en España los arciprestes nos salen cachondos, te pongas como te pongas. Ya el de Hita y el de Talavera metieron bastante disolución, pecado y cachondeo en nuestro medievo. Ahora el de Irún, señor Treviño, se desdice de sus confesiones de complicidad con ETA («las hice porque me pegó la guardia civil»), y vuelve a declararse inocente e ignorante de los personajes armados que tuvo y escondió en su casa. De modo que al primer hostiazo hipotético de la guardia civil, Treviño confesó y mintió. Lo menos que se puede decir de monseñor Treviño es que, por sus aguantes, no va precisamente para mártir. 0 sí o no, pero mantenerse en la palabra con un par, monse.
Aquellos arciprestazos españoles del medievo hubieran aguantado mejor. Ya ni el arcipreste de Irún ni el expreso de Irún son lo que eran. Se comprende que un hombre, incluso un arcipreste, tan acorazado de Cristo, confiese la verdad a las primeras hostias con sabor a tabaco negro. Lo que ya se comprende menos es que confiese la mentira, o sea que se inventa una fábula por distraer a los del tricornio: que los etarras y él eran troncos de toda la vida. No tiene sentido. Pero es que además Treviño, que se había quedado tan templado, el hombre, después de sus primeras y verídicas declaraciones, no ha reaccionado hasta conocer la fuerte pena que le cae. Muchos años de cárcel. Entonces es cuando salta por encima de su faldumenta arciprestal y dice que no, que mintió como un arcipreste, que estaba acollonado por los guardias.
Sin duda esperaba que de sus nobles confesiones iba a salir el perdón, pero lo que sale es una pena de muchos años, entonces se vuelve atrás, rectifica, se tienta la ropa talar, reza, maldice y se reclama de la teología, que es de lo que se reclaman siempre los arciprestes en España, por curarse de mozas o curarse de hostias: «Mi cuerpo estaba allí, pero no mi alma». Entonces, señor arcipreste chisgarabís, vergüenza de Hita y Talavera, venga usted aquí y díganos ¿a quién le dieron la suspecta paliza esos guardias tan hipotéticamente pegones, a su alma o a su cuerpo? Yo comprendo que el cuerpo de un arcipreste español, el coraje arciprestal de nuestra vieja raza de arciprestes, aguanta bien el dolor, la humillación, la violencia, la difamación, y firma con sangre lo que sea. Pero el alma, el alma mística, irunesa y sanjuanista de un arcipreste, el alma toledana, el alma del Greco, inconsútil y siemprevirgen, a la primera patada en «los cojones del alma», de que hablaba el místico Miguel Hernández, se estremece, se escuece, adolorida, y confiesa. El cuerpamen de los arciprestes, como el de todo español de bien, incluidos los gitanos y el Lute, está curtido por muchos años de guardia civil, majado en las tenerías de la justicia, lavado a la piedra y reseco al sol vertical de las doce. El cuerpo nacional aguanta bien las pasadas de la fuerza, que son muchos años de convivencia, azote, castigo, justicia, taconazo en el paladar y encendedor bic en el escroto. El cuerpo es civil y tiene un viejo amor masoca con los guardias, pero el alma es niña, lírica, sanjuanista, cachondita, moza, el alma es débil y canta.
No todos los españoles tenemos, como Treviño, el recurso a la teología. Un peatonal como usted y como yo hace las cosas de una vez, con el cuerpo, el alma, el espíritu, el epigastrio y el testiculario. Pero un arcipreste, ah un arcipreste, lo que firma y declara con el alma puede desdecirlo con el cuerpo, y a la viceversa, de modo que, entre ese laberinto teológico cuerpo/alma, el que escapa es el arcipreste en sí, o sea un señor con faldas, amigo y encubridor de etarras, que ahora le tiene miedo a la cárcel, que es muy cruda. No lo sentimos por él, sino por nuestra recia tradición de arciprestazgos, que declaraban al mundo sus culpas y hasta las ponían en verso. Treviño no sé si es culpable o no, ni de qué, ni me importa, pero ha roto la tradición enteriza de los viejos arciprestes, es un mierda, y eso es lo que no le perdono.
11 Julio 1992
Treviño y la Inquisición Española
EL arcipreste de Irún, José Ramón Treviño, rechaza ahora lo que afirmó hace cuatro meses y niega que cuando cobijó a Rekarte y Galarza supiera que eran militantes de ETA. Gran revuelo. Parece evidente que en alguna de las dos ocasiones ha faltado a la verdad. ¿Qué deberá hacer la Audiencia Nacional? ¿Habrá de dar por buena la primera declaración y condenarle, o ajustarse a la última y absolverle? Creo yo que las cosas no tienen por qué ser tan tajantes. Tal vez la verdad esté deambulando, errática; entre las dos declaraciones. Puede que Treviño no supiera que Rekarte y Galarza eran de ETA, pero que lo sospechara -de ahí que les exigiera que se marcharan a la mañana siguiente, y que, sometido a presión por la Guardia Civil en los interrogatorios, optara por admitir su responsabilidad con tal de salir del infierno. Porque ese infierno existe: lean, si no, el apartado que dedica a España el último informe de Amnistía Internacional y lo que dice sobre interrogatorios y torturas. Situadas en la tierra de nadie del saber y el sospechar, las dos declaraciones de Treviño pueden deberse a su paso por dos estados de ánimo diferentes: propio el primero de quien quiere que le lleven a la cárcel con tal de que no le sigan interrogando; fruto el segundo de quien, una vez serenado, entiende que no hay razones objetivas que justifiquen su permanencia en prisión. El dilema ante el que se encuentra el Tribunal -,cuál de las dos versiones creer?- no es culpa de Treviño, sino de quienes lo juzgan sin más base que su autoinculpación. Me viene a la memoria un precedente. Se produjo en el curso de los tristemente célebres procesos de Moscú, cuando Nicolai Bujarin fue acusado por Stalin de traición a la URSS. El había admitido los cargos para evitar que su mujer y su hijo fueran fusilados. Bujarin se dirigió al Tribunal con estas palabras: «Si decís que soy un mentiroso, ¿por qué me creéis cuando me acuso? Basar una condena en la sola autoinculpación del acusado es un principio de la Inquisición Española». No la resucitemos, por favor.
22 Julio 1992
La ley y la moral
La condena de tres años impuesta por la Audiencia Nacional al arcipreste de Irún, José Ramón Treviño, podrá parecer benigna a unos y rigurosa a otros. Más apropiado sería, en todo caso, calificarla de equilibrada deacuerdo con los hechos probados -dar cobijo y ayuda a dos terroristas de ETA que acababan de cometer un atentado, con tres víctimas mortales, en Santander-, las circunstancias materiales y personales concurrentes en el caso y la ley aplicable al mismo. Efectivamente, la sentencia valora como una atenuante -una especie de estado de necesidad por motivos de conciencia- los vínculos personales establecidos a causa de su dedicación sacerdotal entre el inculpado y uno de los terroristas a los que acoge. Con ello aminora la pena que le correspondería: entre seis años y un día y 12 años de cárcel.Ello hace que sea verdaderamente difícil tomar como pretexto la condena para no acatar la resolución del tribunal. Salvo que se pretenda analizarla o valorarla desde presupuestos ideológicos o morales ajenos a la ley civil y a la función jurisdiccional que corresponde en exclusiva a los tribunales del Estado. Otra cosa es que sea impugnable ante las instancias judiciales superiores si las partes implicadas en el proceso o alcuna de ellas no se hallan conformes con la sentencia pronunciada.
El proceso contra el arcipreste de Irún, resulelto en apenas cuatro meses, ha estado ciertamente condicionado por el estado sacerdotal del inculpado. En el exterior del tribunal, ello ha sido incuestionable, y se ha hecho todo lo posible para que, de igual modo, lo fuera en su interior. De otro lado, la naturaleza de los hechos imputados también ha contribuido al intento de trasladar al proceso toda la crispación social acumulada ante el acoso terrorista. Y ello se ha producido en tal grado que el presidente del tribunal se ha considerado «inquietado» por alguno de estos hechos, denunciándolos ante el Consejo General del Poder Judicial como «un posible atentado a la independencia judicial»
22 Julio 1992
Treviño: la verdad probada
A tres año de prisión mayor – la mitad de la petición fiscal – ha sido condenado José Ramón Treviño, el arcipreste de Irún, por la Sección Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por el delito de colaboración con banda armada.
La sentencia declara probado que el arcipreste dio cobijo a los etarras en fuga sabedor de su condición terrorista y de la personal implicación de Recarte en la comisión de, al menos, un atentado con resultado de muerte.
La benignidad de la pena se explica porque la Sala ha estimado – con una construcción conceptual si no artificiosa sí, ciertamente, inédita – la atenuante de un estado de necesidad, resultante del conflicto de conciencia que pudo haber embargado el ánimo de Treviño entre el deber legal de cooperación con la Justicia y lo que él estimó un deber moral afectivo, respecto de la persona de Recarte, con la que estaba amistosamente vinculada de antiguo.
Es muy de subrayar que la sentencia no valore en cambio la condición de sacerdote del condenado, lo que excluye las coartas pseudopastorales que en algún momento se invocaron y que, desarrolladas en sus consecuencias implícitas nos retrotraerían a concepciones arcaizantes del refugio en sagrado o de fueros personales, poco conciliables con la exigencia constitucional de la igualdad ante la ley.
Sin el menor ánimo vindicativo, estimamos que, tanto la pena como la inusual inmediatez entre la comisión del delito y la sentencia, entrañan un alto valor ejemplarizante y sitúan la conducta de Treviño fuera de cualquier exégesis apologética, en el lugar que le corresponde a los ojos del ordenamiento jurídico: el de un convicto por colaboración con banda armada.
La sentencia ha rechazado también, por la ausencia de cualquier indicio objetivo que la justificase, la inverosímil línea de defensa ensayada por el arcipreste de atribuir a quiméricos malos tratos su confesión inicial. A la prudencia política de los responsables de la Guardia Civil queda confiada ahora la decisión de interponer o no contra el arcipreste una querella por calumnias contra tan maliciosas como gratuitas imputaciones. Es posible que, por no servir la estrategia del escándalo tan cuidadosamente perfilada por HB, el Ministerio del Interior opte por dejar las cosas como están. Pero, reiteramos, como están es exactamente con la solemnidad de un pronunciamiento judicial que califica como verdaderamente impensable una tergiversación policial o sumarial de las palabras del arcipreste.
Como ha subrayado la acusación particular de la Asociación Víctimas del Terrorismo es paradójico que Treviño, pretendiese desconocer la filiación etarra de los fugitivos y considerase al mismo tiempo que era su deber moral preservarlos de la acción de la Justicia. Con el ánimo piadoso a que invita su situación penitenciaria, no cabe omitir que Treviño, al dato probado de su condición de colaborador ocasional con ETA, ha añadido una sinuosa trayectoria de rectificaciones y contradicciones que componen una figura escasamente gallarda: poco propicia para construir sobre ella un «martirologio» nada convincente.
El Análisis
La Casa de Dios debe ser un refugio para el desamparado y para el hambriento. Es posible que el cura Treviño no supiera exactamente que habían hecho aquellos miembros del comando de ETA, Rekarte y Galarza, cuando le pidieron acogerse en su templo. Pero, a poco que hubiera puesto la radio o la televisión o leído un periódico, lo de «comando de ETA asesina a tres personas en Cantabria» le hubiera permitido llegar a la conclusión fácilmente. Todos son hijos de Dios, incluyendo los etarras. Pero también son hijos de Dios sus tres víctimas asesinadas que merecían justicia, y eso eso, lo que estaba entorpeciendo Treviño aquel día. Su proceso, como la de cualquier otro que aloja en su casa a un asesino, era inevitable.
J. F. Lamata