3 julio 1992

Leonardo Boff renuncia al sacerdocio para poder defender la ‘Teología de la Liberación’ en libertad

Hechos

El 3 de julio de 1992 el Sr. Leonardo Boff publica una Tribuna en EL PAÍS para explicar su decisión de renunciar al sacerdocio.

Lecturas

La posición del sacerdote Sr. Leonardo Boff frente a El Vaticano al desarrollar la llamada ‘Teología de la Liberación’ fue objeto de un proceso en 1984-1985 cuyo resultado en mayo de 1985 despertó gran interés en los medios de comunicación.

30 Junio 1992

El «torniquete» de Ratzinger ahoga a Boff

José Manuel Vidal

Leer

El teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los máximos líderes de la Teología de la Liberación, harto de las continuas persecuciones a las que le ha sometido el Vaticano durante más de dos décadas, acaba de renunciar al sacerdocio «para mantener la libertad». El hecho de abandonar el sacerdocio no significa que el teólogo brasileño deje de considerarse un hombre de Iglesia y un teólogo de la liberación: «Abandono e] sacerdocio, pero no la Iglesia», ha dicho. Aunque por libre, Boff asegura que seguirá siendo «un teólogo de matriz católica y ecuménica», para hacer posible que el Evangelio se case con la justicia social y «el grito de los oprimidos con el dios de la vida». Fue precisamente su opción radical por los marginados de la historia la que llevó al franciscano brasileño a soportar todo tipo de presiones de la jerarquía vaticana. Hace tiempo, en efecto, que el teólogo de la liberación está en el punto de mira del «guardián de la ortodoxia», cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio). Durante más de dos décadas Boff cayó, como él mismo cuenta en su carta de despedida, «bajo severa vigilancia de las autoridades doctrinarias del Vaticano», hasta que la persecución del cardenal Ratzinger «se fue cerrando como un torniquete hasta tornar casi imposible mi actividad teológica». Desde 1971, el teólogo franciscano comenzó a recibir cartas, amonestaciones, restricciones y castigos de Roma. El 19 de mayo de 1975 recibe la primera carta oficial de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, conminándole a revisar algunas de sus tesis teológicas liberadoras. En 1984, Ratzinger le llama a Roma para comparecer ante el tribunal del dicasterio que él preside y le acusa de «poner en peligro la santa doctrina de la fe» y de «mundanizar la jerarquía». Cuantas más acusaciones vertía Roma contra el teólogo brasileño, más crecía su popularidad y su prestigio, cosa que Ratzinger no podía soportar. Por eso, el Vaticano le condena en 1985 a un año de «silencio voluntario», tras el cual Boff vuelve a ser amonestado por Roma, acusándole de apoyar el marxismo con su teología. El cerco romano sobre el teólogo brasileño se fue cerrando, hasta que el año pasado fue destituido de su puesto de redactor jefe de la revista teológica Voces y apartado de su cátedra de Teología. Y es que Roma no perdona. Como señala el propio Boff, «el poder doctrinal es cruel y despiadado; nada olvida, nada perdona, todo exige». «Tengo la impresión», añade, «de haber llegado ante una muralla y no poder seguir avanzando», mientras que «retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y renunciar a una lucha de tantos años». Así, el teólogo brasileño, que asegura que «todo tiene su límite y el mío ya llegó», se suma a la larga lista de teólogos progresistas «sacrificados» por el Vaticano en aras de una Iglesia que busca por encima de todo la sumisión. Y, una vez más, el cardenal Ratzinger se ha salido con la suya y ha dejado en la cuneta a un teólogo de la talla de Leonardo Boff, cuyos escritos alimentan la fe y la espiritualidad de los sectores católicos más comprometidos.

30 Junio 1992

Leopardo Boff

Carlos Luis Álvarez 'Cándido'

Leer

JOSE María Escrivá merece el altar, la Iglesia se encuentra bien con él, mientras que Leonardo off abandona la disciplina sacerdotal después de ser sometido a una prolongada neutralización cautelar por causa de su teología de la liberación. Por supuesto que Boff estaba condenado al fracaso como su propio modelo, justamente por entregarse a la miseria y al sufriente. Quizá la esencia del bien estribe en resistirse al triunfo. Al margen de cualquier ortodoxia (en función de la cual nunca he pensado) creo que la Iglesia ha tratado de manera deliberadamente abusiva el asunto de la Resurrección, cuyas consecuencias dogmáticas hacen trivial el sufrimiento y otorgan un misterioso signo afirmativo al aciago curso de la historia. Porque la Resurrección no es interpretada en el sentido de que la bondad y la justicia tienen un «mañana», sino en el de que tienen otro «mundo». Probablemente hay algo más que la vida, pero la vida es lo único que tenemos. La Resurrección «en» la historia es la idea persistente de Leonardo Boff, por lo demás no nueva. ¿O es que los rugidos desgarradores de Amós o las conjuraciones de Ezequiel, que nacen del más puro cristianismo profético, no pretenden desarrollar la revolución ínsita en el Evangelio? Cuando en circunstancias polémicas oigo hablar a la Iglesia de «depósito revelado», pienso en un arsenal secreto. ¡Prohibido acercarse! Hay peligro de explosión! Los dogmas son las espoletas. La hostilidad litúrgica, digámoslo así, que rodeó el martirio de Ignacio Ellacuría, que tal vez fue interpretado como «providencial», puso a Boff entre la espada y la pared. Es evidente que a Ellacuría no le veremos en el altar. Su mundo, como el de Boff, era el de los desharrapados, aquéllos que el «modelo» identificaba consigo mismo. Mejor empujarlos al cielo que salvarlos en la historia.

03 Julio 1992

Las razones de mi renuncia al sacerdocio

Leonardo Boff

Leer

Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla, sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la Iglesia. Me alejo de la Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de san Francisco de Asís.Continúo y seré siempre teólogo, de matriz católica y ecuménica, a partir de los pobres, contra su pobreza, y a favor de su liberación. Quiero comunicar a los compañeros y compañeras de camino las razones que me han llevado a una tal decisión.

Primero de todo digo: salgo para mantener la libertad y para continuar un trabajo que me era fuertemente impedido. Este: trabajo ha significado la razón de mi lucha de los últimos 25 años. No ser fiel a las razones que dan sentido a la vida significa perder la dignidad y diluir la propia identidad. No lo hago. Y pienso que tampoco Dios lo quiere. Recuerdo la frase de José Martí, destacado pensador cubano del posible, pasado: «No es posible que Dios ponga en la cabeza de una persona el pensamiento y que un obispo, que no es tanto como Dios, prohíba expresarlo».

Pero rehagamos un poco el recorrido.

A partir de los años setenta, junto con otros cristianos, intenté conjugar el Evangelio con la justicia social, y el grito de los oprimidos con el Dios de la vida. De esto resultó la teología de la liberación, la primera teología latinoamericana de relevancia universal. Con ella buscábamos rescatar el potencial liberador de la fe cristiana y actualizar la memoria peligrosa de Jesús, rompiendo con aquel círculo férreo que tenía al cristianismo prisionero de los intereses de los poderosos.

Esto nos llevó a la elección de los pobres y excluidos. Ellos nos evangelizaron. Nos hicimos más humanos y más sensibles a su pasión. Y también más lúcidos al descubrimiento de los mecanismos que siempre de nuevo les hacen sufrir. De la sagrada ira pasamos a la práctica social y a la reflexión comprometida. Soportamos, en comunión con ellos, la maledicencia de aquellos sectores sociales que encuentran en el cristianismo tradicional un aliado para mantener los propios privilegios bajo el pretexto de la preservación del orden que es, para las grandes mayorías, pura y simplemente desorden. Hemos sufrido cuando hemos sido acusados, por nuestros hermanos de fe, de herejía o de pacto con el marxismo y cuando hemos visto romperse públicamente vínculos de fraternidad. Siempre he sostenido la tesis de que una Iglesia es verdaderamente solidaria con la liberación de los oprimidos sólo cuando ella misma, en su vida interna, supera estructuras y comportamientos que implican la discriminación de las mujeres, la disminución de los valores de los laicos, la falta de confianza en las libertades modernas y en el espíritu democrático y la excesiva concentración del poder sagrado en las manos del clero.

Con frecuencia he hecho esta reflexión que aquí repito: lo que es error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad, en la doctrina sobre la Iglesia. Se enseña que en la Trinidad no puede haber jerarquía. Todo subordinacionismo es aquí herético. Se enseña que personas divinas son de igual dignidad, de igual bondad, de igual poder. La naturaleza íntima de la Trinidad no es la soledad, sino la comunión. La pericoresis (mutua relación) de la vida y del amor une a los Tres divinos con tal radicalidad que no tenemos tres dioses, sino un solo Dios-comunión. Sin embargo, de la Iglesia se dice que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y laicos es de institución divina.

Un torniquete que se estrecha

No estamos contra la jerarquía. Si ha de existir la jerarquía, ya que esto puede ser un legítimo imperativo cultural, será siempre, en un buen raciocinio teológico, jerarquía de servicios y funciones. Si no resulta así, ¿cómo se puede verdaderamente afirmar que la Iglesia es icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a parar el sueño de Jesús de una comunidad de hermanos y de hermanas si existen tantos que se presentan como padres y maestros cuando Él ha dicho explícitamente que tenemos un solo padre y un solo maestro, (Cfr. Mt., 23, 8-9). La forma actual de organizar la Iglesia (no ha sido siempre así en la historia de la Iglesia) crea y reproduce demasiadas desigualdades en vez de actualizar y hacer posible la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y de los apóstoles.

Por tales y semejantes proposiciones, que por lo demás se infieren en la tradición profética del cristianismo y en el proyecto de los reformadores a comenzar desde san Francisco de Asís, he caído bajo la severa vigilancia de las autoridades doctrinales del Vaticano. Esta vigilancia ha sido, directamente o por interpuesta autoridad, como un torniquete que se ha estrechado siempre más hasta hacer prácticamente imposible mi actividad teológica de profesor, conferenciante, consejero y escritor.

Desde el año 1971 he recibido frecuentemente cartas y amonestaciones, restricciones y castigos. No se diga que no he colaborado. He respondido a toda carta. He negociado por dos veces mi temporal alejamiento de la cátedra. En 1984 afronté en Roma el diálogo con la más alta autoridad doctrinal de la Iglesia católica romana. Acogí el texto de condenación de varias de mis opiniones en 1985.

Y después (contra el sentido del derecho, pues me había sometido a todo) fui castigado con un tiempo de silencio obsequioso. Acepté diciendo: «Prefiero caminar con la Iglesia (de los pobres y de las comunidades eclesiales de base) que caminar solo con mi teología».

Fui destituido de la Revista Eclesiástica Brasileña y alejado de la dirección de la editorial Vozes. Me impusieron un estatuto especial, ajeno a las normas del derecho canónico, obligándome a someter todo escrito mío a una doble censura previa, una interna de la Orden Franciscana y otra del obispo a quien compete dar el imprimátur.

He aceptado todo y a todo me he sometido.

Entre 1991 y 1992, el cerco se ha cerrado todavía más. Fui alejado de la revista Vozes (la más antigua revista cultural de Brasil, de 1904); se impuso la censura a la editorial Vozes y a todas las revistas que ella publica. Me fue impuesta de nuevo la censura previa a todo escrito, artículo o libro. Y fue aplicada con celo. Y por un tiempo indeterminado habría tenido que alejarme de la enseñanza de la teología.

La experiencia subjetiva que he sacado en estos 20 años de relación con el poder doctrinal es ésta: este poder es cruel y sin piedad. No olvida nada, no perdona nada, exige todo. Y para alcanzar su fin, se toma el tiempo necesario y elige los medios oportunos. Actúa directamente o usa instancias intermedias u obliga a los propios hermanos de la Orden Franciscana a cumplir una función que compete, por derecho canónico, sólo a quien tiene autoridad doctrinal (obispos y la Congregación para la Doctrina de la Fe).

Tengo la sensación de haber llegado ante un muro. No puedo avanzar ni un paso más. Retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y renunciar a una lucha de tantos años. No todo es lícito en la Iglesia. El mismo Jesús fue muerto para testimoniar que no todo es lícito en este mundo. Existen límites intraspasables: el derecho, la dignidad y la libertad de la persona humana. La Iglesia jerárquica no posee el monopolio de los valores evangélicos ni la Orden Franciscana es la única heredera del Sol de Asís. Existe también la comunidad cristiana y el torrente de tierna fraternidad franciscana en los cuales podré situarme con jovialidad y libertad.

Antes que amargarme y ver destruidas en mí las bases humanas de la fe y de la esperanza cristiana y golpeada la imagen evangélica del Dios-comunión de personas, prefiero cambiar de camino, no de dirección. Las motivaciones eje que han inspirado mi vida continuarán inalterables: la lucha por el Reino que comienza desde los pobres, la pasión por el Evangelio, la compasión con los sufrientes de este mundo, el compromiso de liberación de los oprimidos, la articulación entre el pensamiento más crítico con la realidad más inhumana y el empeño de cultivar la ternura hacia todo ser creado, a la luz del ejemplo de san Francisco de Asís.

No dejaré de amar el carácter mistérico de la Iglesia y de comprender sus límites históricos con lucidez y con la necesaria tolerancia. Existe innegablemente una grave crisis en la actual Iglesia católica romana. Se confrontan duramente dos posiciones de fondo. La primera cree en la fuerza de la disciplina y la segunda en la fuerza intrínseca al curso de las cosas. La primera piensa que la Iglesia tiene necesidad de orden y por esto basa todo en la obediencia y en la sumisión de todos. Esta posición es propia por lo demás de los sectores hegemónicos de la administración central de la Iglesia. La segunda piensa que la Iglesia tiene necesidad de liberarse, y para ello tiene fe en el Espíritu que fermenta la historia y en las fuerzas vitales que como humus confieren fecundidad al milenario cuerpo eclesial. Esta posición está representada por sectores importantes de las Iglesias periféricas, del Tercer Mundo y de Brasil.

La fe como superación del miedo

Indiscutiblemente, yo me coloco en la segunda posición, en la de aquelloss que han hecho de la fe la superación del miedo, que esperan en el futuro de la flor sin defensa y en las raíces invisibles que alimentan al árbol.

Hermanos y hermanas, compañeros de camino y de esperanza; que este mi gesto no os descorazone en la lucha por una sociedad en la que sea menos difícil la colaboración y la solidaridad, puesto que a esto nos invita la práctica de Jesús y el entusiasmo del Espíritu. Ayudemos a la Iglesia institucional a ser más, evangélica, compasiva, humana y empeñada en la libertad y la liberación de los hijos y de las hijas de Dios.

No caminemos de espaldas al futuro, sino con los ojos bien abiertos para discernir en el presente los signos de un nuevo mundo que Dios quiere, y dentro de este mundo un nuevo modo de ser Iglesia: comunal, popular, liberador y ecuménico.

Por lo que a mí toca, quiero con mi trabajado intelectual empeñarme en la construcción de un cristianismo indio-afro-americano inculturado en los cuerpos, en la piel, en las danzas, en los sufrimientos, en la alegría y en las lenguas de nuestros pueblos, como respuesta al Evangelio de Dios que todavía no ha sido plenamente dada después de 500 años de presencia cristiana en el continente.

Continuaré en el sacerdocio universal de los creyentes que es pura expresión del sacerdocio del laico Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos (7, 14; 8,4). No salgo triste de esta situación, sino lleno de paz, hago mía en efecto la poesía del que es nuestro mayor poeta, Fernando Pessoa: «¿Ha valido la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña

Siento que mi alma, con la gracia de Dios, no ha sido pequeña. Unidos en el camino y en la gracia de Aquel que conoce el secreto y el destino de cada uno de nuestros pasos, os saludo con paz y bien. Leonardo Boff.

Traducido por Benjamín Forcan

10 Julio 1992

Leonardo Boff, ¿un judas?

Benjamin Forcano

Leer

El autor del artículo se solidariza con Leonardo Boff, teólogo, brasileño de la liberación que renunció recientemente al sacerdocio debido a la persecución de que era objeto por parte de Roma, y reivindica el legítimo pluralismo teológico dentro de la Iglesia Católica, tal como lo prescribía el Concilio Vaticano II.

En estos días se ha producido un hecho que, por razones diversas, ha conmocionado a la opinión pública. Leonardo Boff, teólogo brasileño de la liberación, conocido en todo el mundo, anuncia su renuncia al sacerdocio y a la orden franciscana, explica las razones de su decisión y, casi simultáneamente, el secretario del Estado del Vaticano, monseñor Angelo Sodano, lo compara con Judas.El hecho provoca reacciones diversas: desde los que llaman al cardenal bestia, monstruo y otras cosas peores…, hasta los que lamentan la decisión del teólogo como una pérdida, o quienes se felicitan porque, finalmente, el famoso teólogo se ha destapado, soltando el diablo que llevaba dentro.

La ética teológica tiene que avanzar siempre a la par de la vida. En este caso, puede ayudar a disipar la confusión y el escándalo, y a explicar el dolor y la indignación. Pedro Casaldáliga, español, pero ya obispo brasileño, nos previene oportunamente: «Debemos sentir con la Iglesia. Pero no hay que caer en la herejía de pensar que la Iglesia se identifica con los obispos». La jerarquía es una parte ínfima de la Iglesia.

Segundo, la jerarquía en cuanto a tal no detenta el monopolio de la verdad ni de los valores evangélicos. Tercero, la jerarquía no está inmune de pecado y error; puede fallar y equivocarse. Cuarto: es un deber combatir los fallos y errores de toda la Iglesia, incluidos, por supuesto, los de la jerarquía: «Hay que tener conciencia, escribe el Vaticano II, de las deficiencias históricas de la Iglesia y combatirlas con máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio» (Gs., 44).

Entrando ya en el tema, disponemos de criterios de la más pura moral tradicional, que pueden ir haciendo luz sobre nuestro caso. 1. Nadie puede juzgar de una persona: «De las cosas interiores ni la Iglesia, sólo Dios». Lo saben nuestras abuelas y lo repiten los niños del catecismo. 2. Toda acción encierra en sí un significado propio, aunque parcial, a la hora de juzgar la implicación total del sujeto. Referente a este aspecto, todo el mundo conoce las notas que caracterizan la actividad de Leonardo: su opción por los pobres, su pasión por el Evangelio de Jesús, su intento de conjugarlo con la justicia social, su lucha contra las ideologías y mecanismos que generan la pobreza, su lucha por una Iglesia sin discriminaciones, su afán de rescatar al cristianismo de los poderosos, su denuncia contra un poder clerical hegemónico que usurpa derechos de los seglares, etcétera. 3. Esta actividad viene acompañada desde hace unos 25 años por una doble y particular circunstancia: Leonardo estudia, investiga, escribe, publica, impulsa revistas y editoriales, participa en innumerables encuentros, recorre el mundo entero hablando de los pobres y del Evangelio liberador de Jesús. Y encandila al público. Lo encandila por su modo humano, fraterno, dialogal, abierto, libre, comprometido. Su palabra es cálida, renovada, incisiva, demoledora de todas las estructuras alienadoras e injustas.Pluralismo teológicoPor otra parte, sobre la vida de Boff comienza a caminar una sombra peligrosa: la autoridad doctrinal lo sigue y lo controla hasta el extremo de cuestionar sus escritos, prohibir su enseñanza y publicaciones, alejarse de la cátedra, privarla de la dirección en revistas y editoriales, exigirle silencio y desterrarlo finalmente a Corea del Sur o a Filipinas por cinco años y en total silencio.

Leonardo responde siempre a tanta presión con paciencia, ternura, diálogo, esperando que le muestren en qué puntos andan equivocados sus planteamientos y, si no, que rectifiquen. Pero no llegan ninguna de las dos cosas. Nunca hubo ni tuvieron motivo para tacharle de hereje. El problema no es de herejía sino de negación del legítimo pluralismo teológico en la Iglesia, tal como lo prescribe el Vaticano II: «Promuévase en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad creciente, el diálogo. Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo» (Gs., 92). A Leonardo le obligan a callarse, a no enseñar, a no crear, a no denunciar, a enterrar su sacerdocio ético y profético, debe seguir siendo sacerdote y franciscano pero como si no lo fuera. ¿En qué queda un sacerdocio reducido al silencio y a la ineficiencia? ¿Qué puede tener de persona, sacerdote y religioso un sujeto al que se le impone la anulación de esa su triple condición?

¿La renuncia al sacerdocio y a su vida religiosa se debe el mismo Leonardo?

Ante este extremo, Leonardo ha declarado públicamente que él debe obedecer antes que nada a su conciencia, la cual le dicta que el sacerdocio es obra de Dios y no de los hombres, pero que cuando los hombres lo desvirtúan y pretenden que uno obre en contra de él, entonces tiene perfecto derecho a rebelarse, a defender su dignidad y libertad, y a gritar a quienes son responsables de tal resultado: Non licet. ¿Es lícito irrumpir coactivamente en la vida de una persona? ¿Es lícito mandar inhumanamente? ¿Es lícito someterse abyectamente? ¿Qué pérdida no sería la de callar ante procedimientos como éstos? Se puede hablar de traición a un sacerdocio que previamente se lo ha decapitado y se lo entregan a uno para que lo arrastre en silencio y derrotado como una momia?

Pueden parecer fuertes estas palabras. Pero, quiero recurrir en este momento eclesial dificil a la experiencia y palabras de quienes tienen en ella un valor y prestigio indiscutibles.

Bernard Häring, autor del libro La Ley de Cristo, acaso el mayor y más reconocido moralista de la Iglesia católica, ha escrito en su libro Mi experiencia con la iglesia: «He reflexionado, mucho antes de decidirme a revelar acontecimientos que -he mantenido hasta ahora en secreto y que me han afectado íntimamente… Al final, me convencía de la necesidad de provocar cierto escándalo, que espero sea salvífico, para contribuir a la curación de una situación que ha llegado a ser patológica» (página 65).Acusaciones falsas»Durante la II Guerra Mundial fui obligado a comparecer cuatro veces ante un tribunal militar. En dos de ellas era cuestión de vida o muerte. En aquellas circunstancias me sentí honrado porque la acusación venía de los enemigos de Dios. En otras palabras, las acusaciones eran ciertas porque no me sometía a aquel régimen. Ahora, de forma humillante, he sido acusado por la Congregación para la Doctrina de la Fe; las acusaciones son falsas. Más aún, nacen de un órgano de Gobierno de la Iglesia a la que he servido durante mi vida con todas mis fuerzas y con toda honestidad, y confío servirla con entrega en el futuro. Preferiría encontrarme de nuevo ante un tribunal de Hitler. Sin embargo, mi fe no vacila» (Ídem, página 122).

El padre Häring fue convocado en el 79 a reunirse con los directivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Escribe: «En realidad, me pedían una declaración servil. Inmediatamente les hice saber, con toda claridad, que no estaba en absoluto dispuesto, convencido de que era pecado actuar contra la conciencia… Con estas premisas acudí a la cita… Me intimaron, con decisión, que no era posible a un teólogo disentir de su magisterio. Agotado e indignado, respondía que, gracias a Dios, no estaba dispuesto a confundir la Iglesia con la Congregación para la Doctrina de la Fe, de otra forma, no hubiera podido permanecer allí un instante más. Rogué a la congregación recapacitase sobre las muchas sombras que la Inquisición romana había acumulado en otros tiempos sobre aquel palacio. A esto, el arzobispo Hamer respondió que no sentía vergüenza alguna respecto al pasado». «Salí tras casi dos horas de interrogatorio y reprimendas, que me hicieron sentir como un crío ante el preceptor. Deshecho, asqueado y con la cabeza a punto de estallar; pero contento en mi interior y dando gracias a Dios, que me había ayudado a no someterme a ningún acto servil (página 87)».

Desde su experiencia y la de otros muchos, que él conoce muy bien, el padre Häring hace votos: «Por la urgente necesidad de crear una especie de amnistía internacional en el interior de la Iglesia católica que actúe con la transparencia que exigen el mundo de hoy y, de forma especial, el anuncio del Evangelio. ¡Así no se puede continuar!» (página 10).

En carta personal me escribía Häring a mí mismo a propósito de conflictos semejantes: «No aceptan que la Iglesia encarnada en el Santo Oficio pueda errar y tenga que aprender algo de los esfuerzos unidos a los teólogos o de los expertos de otras disciplinas… La situación actual es extremadamente explosiva. El número de moralistas castigados crece y no se prevé límites… Se debe hacer un esfuerzo no violento para lograr una reforma profunda del sistema actual, particularmente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Este esfuerzo no podrá ser fácil, porque se trata de una estructura pecaminosa que se ha enraizado durante muchos siglos. En el palacio del Santo Oficio yo siento el virus de la vieja Inquisición. Se requiere una cura profunda».

Acabo con estas palabras de monseñor Pedro Casaldáliga, dichas a Leonardo en otro momento difícil: «Hermano Leonardo, teólogo de la Gracia Liberadora, paz y bien. La hermandad entera te acompaña en la oración de la fe, con las serenatas impacientes de la esperanza y en la rebelde fidelidad de los adultos corresponsables por el reino de Dios. Profeta escogido de muchas palabras luminosas».

Benjamin Forcano es teólogo.