13 mayo 1985

Decisión tomada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que encabeza el cardenal Ratzinger

El Vaticano impone silencio al sacerdote franciscano Leonardo Boff si quiere seguir en la Iglesia Católica por sus alegatos a favor de la Teología de la Liberación

Hechos

En mayo de 1985 se conoció la resolución de El Vaticano sobre Leonardo Boff.

Lecturas

El Cardenal Joseph Ratzinger es el Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que ha supervisado los últimos trabajos de Leonardo Boff (franciscano brasileño), Gustavo Gutiérrez (Perú) y John Sobrino (El Salvador) para acreditar si siguen siendo compatibles con la doctrina de la Iglesia Católica.

En mayo de 1985 se conoció la resolución de El Vaticano sobre Leonardo Boff uno de los creadores de la llamada ‘Teología de la Liberación’.

El Sr. Leonardo Boff terminó anunciando que dejaba el sacerdocio en junio de 1992.

 

09 Septiembre 1984

Proceso en Roma

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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Los mismos teólogos progresistas de la teología de la liberación se maravillan de la persecución a la que se ha sometido, por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a un personaje como fray Leonardo Boff, considerado en realidad el menos marxista y el más ortodoxo de los actuales enfants-terribles de la nueva teología.Aunque su proceso ante el ex Santo Oficio ha tenido como motivo oficial su libro Iglesia: carisma y poder, lo cierto es que Boff, que tiene hoy 45 años, posee una ficha en la Congregación para la Doctrina de la Fe con el número 2012/67, es decir, que ya el tribunal de Roma seguía sus pasos desde sus años verdes, cuando Boff era aun un simple estudiante en Munich. La primera carta oficial del ex Santo Oficio el teólogo brasileño la recibió, sin embargo, el 19 de mayo de 1975, a propósito de los libros Jesucristo liberador y La resurrección de Cristo y la nuestra en la muerte. Y a partir de entonces Roma ha vigilado ininterrumpidamente la fecunda producción teológica del franciscano.

Pero ha sido, sobre todo, con la llegada a la presidencia del tribunal romano del cardenal alemán y teólogo Josep Ratzinger cuando se ha llegado paso a paso hasta el actual proceso. Lo cierto es que si el «bueno padre Boff», como llama el mismo Ratzinger en sus cartas privadas al fraile franciscano, o bien «el pío Boff», ha sido constreñido a pasar a través de un proceso del ex Santo Oficio, ello se debe a toda una serie de razones bien concretas que no reúnen quizá otros teólogos actuales ciertamente menos ortodoxos a los ojos de Roma.

En primer lugar, Boff, junto consu hermano Clodovis, también religioso, y su hermana María Lina, monja, constituyen una institución en la Iglesia de Brasil y en toda América Latina. Es una familia que combate junta (juntos han llegado los tres a Roma) para crear en el nuevo continente una unagen de Iglesia distinta de la clásica y tradicional europea. Ellos piensan que hay que buscar un modo nuevo de piesentar el Evangelio a los explotados del Tercer Mundo y a cuantos se empeñan, en una lucha seria de liberación. Los tres han seguido siempre y están hoy día dentro de la institución de la Iglesia. Los tres son religiosos que viven su fe en medio de los pobres, sin demasiadas pretensiones ideológicas. Y se sienten apoyados y alentados no sólo por sus superiores religiosos, sino por la parte más representativa de la Iglesia de Brasil.

Basta pensar que a Roma han ido para estar con Boff en estos días de su proceso ante el ex Santo Oficio nada menos que el presidente de la Conferencia Episcopal de Brasil, Ivo Lorscheider, que es también el presidente de la Comisión Doctrinal de la Iglesia brasileña; el cardenal y arzobispo de Fortaleza, Aloisio Lorscheider, y el arzobispo de Sáo Paulo, cardenal Evaristo Arns. Y que todos ellos han aprobado ya anticipadamente la respuesta que Boff ha hecho en 50 folios a los seis folios de acusaciones y preguntas que con fecha 15 de mayo pasado el cardenal Ratzinger le había enviado, anunciándole además que la Congregación para la Doctrina de la Fe,la haría pública aun prescindiendo del resultado del coloquio. En dicha carta se afirma que su libro Iglesia: carisma y poder sostiene una doctrina «peligrosa» para la entera comunidad de los creyentes. La respuesta escrita por Boff ha sido estudiada y retocada incluso por los obispos y cardenales brasileños que lo sostienen. Y es este apoyo de la Iglesia de Brasil el que ha hecho quizá considerar «al buen padre Boff» más peligroso si cabe por el tribunal romano. Ya que este apoyo de sus superiores religiosos y de prelados de envergadura ha hecho que sus libros se conviertan en una lectura importantísima para la formación de miles de cristianos brasileños y más allá.

Lo que más preocupa en Roma de los escritos de Boff es la crítica que hace de las instituciones del poder de la Iglesia, crítica que el teólogo brasileño basa en argumentaciones históricas más que teológicas, recordando cómo los antiguos santosde la Iglesia habían sido aún más duros y severos que él en su lenguaje contra lajerarquía romana y contra el mismo Papa, empezando por el «dulce san Antonio de Padua». Al mismo tiempo, Boff se ha convertido en el teólogo de la liberación más seguido, en el campo pastoral de toda América Latina, y el más peligroso porque no funda su análisis en argumentos marxistas, aunque personajes como Granisci hayan influido en su investigación intelectual. Es todo este conjunto de cosas el que, si por una parte hace de Boff un personaje del universo teológico actual más conservador que otros compañeros suyos, al mismo tiempo lo convierte, paradójicamente también, en uno de los más peligrosos y revolucionarios para Roma.

No por casualidad mientras el ex Santo Oficio ha permitido que el proceso al teólogo Gutiérrez se hiciese en Colombia ante la comisión doctrinal de aquella Conferencia Episcopal, que por cierto no condenó al teólogo progresista, dicho privilegio se ha negado a Boff a pesar de la reiteración con que había sido pedido tanto por el interesado como por la misma jerarquía de Brasil. Roma ha temido que la absolución de Boff habría sido plena si el proceso, en vez, de en Roma, se celebraba en Brasil. Queda también el hecho de que los escritos, la figura y el empeño de fray Leonardo Boff han despertado en todo el mundo, y no sólo en Brasil, una auténtica ola de solidaridad, la más heterogénea, hasta el punto que el fraile franciscano se ha presentado ante el tribunal de Roma con más de 40.000 testimonios de apoyo que le han llegado espontáneamente de los cinco continentes. Entre las firmas, cartas y telegramas figuran desde cardenales y obispos (más de 50 estos últimos) a hombres políticos, magistrados, teólogos de muchas universidades, enteras comunidades de base y grupos de obreros. Ha habido obispos, como uno de Haití, que él mismo fue recogiendo firmas de solidaridad con fray Leonardo Boff por toda su diócesis.

Todo hace pensar que están en juego en este caso, más que los problemas intemos de una teología más o menos avanzada, toda una visión de las relaciones entre Roma y la Conferencia Episcopal de Brasil, la más avan zada e inquieta de la Iglesia de hoy. Boff y sus ideas sobre la teología de la liberación constituyen una bandera de la Iglesia progresista, que considera los ataques a su teólogo inás estimado como un ataque sordo a toda la actividad posconciliar de la Iglesia de Brasil. Por eso se han expuesto incluso obispos y cardenales, defendiéndole, a dejarse condenar con él. Por su parte, Boff ha comprendido que está en juego una visión nueva de la Iglesia en América Latina, la cual se está extendiendo a otras zonas del Tercer Mundo, sobre todo las africanas.

La Iglesia de América Latina será en el año 2000 la mitad de todo el catolicismo mundial. Las iglesias africanas están creciendo enormemente. Ambos continentes, en su parto más viva y creativa, están apostando por una Iglesia muy diferente de la puramente romana; la quieren reinventar a partir de la base, del concepto de pueblo de Dios. Ellos afirman que lo hacen «en fidelidad a la raíz primitiva y auténtica del mejor cristianismo». Roma piensa, al revés, que desean inventar una Iglesia que no corresponde a la verdadera y única del Fundador. El pulso será largo, duro y difícil. Lo de Boff es sólo una primera escaramuza.

04 Abril 1985

Grandeza y miseria, de Leonardo Boff

José María Martín Patino

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Me resisto a pensar que un teólogo líder «de la Iglesia de los pobres», hombre de la confianza del episcopado brasileño, haya sido fulminado por una especie de furor centralista del Vaticano. Tampoco le dejanen buen lugar los que acuden a su sencillez franciscana y a su fe religiosa para aureolar su figura, después de las graves advertencias sobre su libro Iglesia: carisma y poder, que pone en peligro la sana doctrina de la fe. Como si hubiera triunfado en él la fe ciega sobre la inteligencia; como si se hubiera sometido a la represión del poder sagrado que él tanto critica en sus escritos. El caso de Boff no es el de Galileo.Trasladar el conflicto Boff Ratzinger a una película de buenos y malos es la forma más fácil de empobrecerlo, de pensar que prefiere seguir flotando en la espuma evanescente de la popularidad, olvidando el oleaje profundo de las tensiones estructurales que conmueven el universo de la fe católica. La historia de la Iglesia demuestra cómo siempre ha existido una tensión dialéctica entre «lo católico» y «lo cristiano», entre la religión y la fe, entre la realización concreta de la institución (papado, colegio episcopal, sacramentos) y la búsqueda «insaciable cada vez mayor del evangelio». La grandeza de Boff consiste precisamente en haberse enfrentado decididamente con este problema de todos los siglos; y lo ha hecho sin contagiarse del estrabismo que supondría separar su razón crítica de sus reiteradas adhesiones al magisterio de la Iglesia.

El reto secular al que ha acudido el teólogo brasileño se manifiesta hoy con acentos dramáticos, tanto en la expansión de la fe al desarrollarse en culturas regionales características, como al sufrir el embate de las ideologías dominantes: neomarxismo, cientismo, neoliberalismo y sincretismo. El primero desafia a la universalidad del evangelio desde la regionalización de culturas que tienden cada día a ser más conscientes de su peso específico y autonomía. ¿Hasta qué punto es posible encarnar la misma fe en situaciones sociales, culturales y políticas tan diferentes, sin deshuesar los hechos fundantes de la confesión católica? Volveríamos a quedarnos en una visión superficial si redujéramos la tensión a las relaciones de la curia romana con las diferentes conferencias episcopales: con la brasileña, con la holandesa, o incluso con la italiana. Pensar que a medio o largo plazo ese problema puede ser resuelto con «obispos instrumento» de Roma es un planteamiento corto. Tanto Roma como las «regiones católicas» dan pruebas de que ambos polos han de ser tenidos en cuenta. Y lo que está naciendo es un nuevo tipo de relación del centro con la periferia, en el dolor y la esperanza, pero con el mismo firme propósito de reinterpretar y mantener la comunión católica. Boff es un claro ejemplo de ese nuevo tratamiento que asume con rigor la historia del catolicismo abierto al más fiel sincretismo.

El nuevo estilo romano no puede ser comparado seriamente al del antiguo Santo Oficio. Esto tiene especial importancia tratándose de América Latina, continente de potencial católico inestimable. Las observaciones de la Congregación de la Fe se refieren solamente a «ciertas opciones» de un libro de Boff, escrito «en la perspectiva de los problemas de América Latina y en particular de Brasil». Y tocan cuatro núcleos fundamentales de su pensamiento: la estructura de la Iglesia, la concepción del dogma, el ejercicio del poder sagrado y el profetismo. En los límites de este artículo sólo podemos referirnos al planteamiento fundamental que subyace a los cuatro «núcleos peligrosos» del teólogo brasileño. Para él, «el catolicismo significa fundamentalmente una actitud optimista frente a las realidades históricas, una disposición de apertura para asumir formas culturales, tradiciones y modos de vivir, a fin de expresar en ellos la fe cristiana y el evangelio». Boff insiste en que «no hay que huir del sincretismo, sino, por el contrario, hacer de él el proceso de elaboración de la

catolicidad». «El problema», dice, «no es si hay o no sincretismo en la Iglesia. El problema radica en el tipo de sincretismo que existe y el tipo de sincretismo que hay que buscar».

Respecto a la estructura de la Iglesia, dicho proceso histórico sincretista, identificable ya en los documentos del Nuevo Testamento, no produce la verdad ni la sustituye, sino que se somete a la verdad proclamada por Jesús.

En la segunda cuestión, Boff admite los dogmas, pero arremete contra el dogmatismo, en el que habría caído la praxis eclesial. Roma reconoce el problema de la limitación de las palabras, siempre analógicas. Pero niega que la alternativa al verbalismo inmovilista sea el relativismo. «La permanente necesidad de interpretar el lenguaje del pasado», dice la Congregación de la Fe, «lejos de sacrificar la verdad, la hace más accesible y desarrolla la riqueza de los textos auténticos». Otra grave patología de la Iglesia romana la encuentra Boff en el ejercicio hegemónico del poder sagrado que habría monopolizado toda «producción» religiosa y convertido al pueblo fiel en mero «consurnidor». Roma concede que «existe ciertamente el peligro del abuso. El problema consiste en cómo garantizar la plena participación de todos en la vida de la Iglesia, en su propia fuente, es decir, en la vida del Señor». Otra cuarta tensión, vista por el brasileño, se concreta entre el carisma y el poder en la Iglesia. Roma le recuerda que «el carisma debe cooperar positivamente a la consolidación de la comunión interna». Para ello es necesario que la jerarquía ejerza su función de servicio, no solamente como mera «coordinadora», sino como intérprete genuina en el discernimiento de los carismas.

Boff utiliza el lenguaje de la praxis histórica. Roma se refugia en los elementos esenciales de la estructura eclesial y, desde su afirmación, realiza una lectura de los textos de Boff más esencialista.

Pero hay indudablemente un cambio de tercio. El proceso interno de la Iglesia seguirá produciéndose en esa bipolarización enriquecedora. Las simplificaciones por una y otra parte tendrán que ir cediendo el paso a una comprensión más profunda, en la que Roma aprenda a presidir una cristiandad que cada vez más dejará de ser «eurocéntrica».

Y la recepción de la verdad romana no tiene por qué amordazar la inteligencia, ni ser suplida por improvisaciones, reduccionismos y aventuras mucho más ideológicas que verdaderamente «teóricas». Me resisto a creer que Boff tenga ahora que cerrar el ojo de la inteligencia para ver sólo con el de la fe. Nada ni nadie le exige caer en un tal estrabismo.

18 Abril 1985

Lo que no cuadra en Leonardo Boff

José María de Llanos

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Algo que no cuadra a quien, ya cansado de escribir, tiene que limitarse a preguntar. Y con admiración, mucho más que con respeto. A Boff y a todos y tantos que abren camino y escandalizan a los de siempre. Algo que a un viejo se le escapa.Por ejemplo, lo tan dicho y cantado de la opción por los pobres. Primero, porque tan sólo quien no lo es tiene libertad para elegir (el pobre no opta, mejor dicho, opta fatalmente y racionalmente por no serlo), y da como vergüenza salirnos ahora diciendo a los cristianos que hay que optar por ellos; se entiende entonces… Segundo, pues sospecho que se trata de una praxis imposible. Hubo un tal Francisco y algunos más que eligieron eso, lo imposible; a los demás fieles nos sobra, probablemente, no siempre del todo dinero, pero sí cultura y sobre todo resignación, y hasta caridad bien entendida y practicada. Confieso, Boff, que este jubilado nunca ha podido ni ha sabido llevar a cabo esa opción. Prueba: que estoy escribiendo lo que y como no escriben los pobres.

Se lo que contestáis, o lo que contestamos: «Optar por los pobres es trabajar por su liberación». Y aquí -perdón, maestro-, aquí mi otro estupor. Siempre he creído que había una logia del antrophos que trataba de la continua, enorme, fatal presión o tensión de los de abajo por subir y liberarse de quienes cabalgaban de una u otra forma, personal o socialmente, sobre ellos. Una logia que explica nada menos que casi toda la marcha de la historia humana. Y que, por supuesto, para quienes creemos en Dios -que nos hizo lo suficientemente libres para llevar a cabo tal batallita-, para nosotros, algo pinta Él en el caso. Pero no sería logia del Theos, sino logia del antrophos. Y con sus conquistas y avances indiscutibles, y con sus crueldades, con su mucha sangre y su mucha justicia, porque se trataba y se trata de que todos somos iguales en dignidad e hijos de Dios -decimos nosotros- Me quedaría, pues, con la antropología de la liberación vista y reconocida desde un ángulo cristiano, el que a buena hora estáis no pocos intentando sacar a luz.

Pero el tema vuestro es tan antiguo como el hombre, y vuelvo con la vergüenza de tener a estas calendas que decir ser nuestro cuando tantos y tantos millones de hombres han vivido y han muerto por tal liberación sin pensar ni dar culto a Theos alguno.

(Alguien podría salir aquí con lo del retraso tan manido del cristianismo, el que., por ejemplo, descubrió el barroco en la madurez del Renacimientc, o la doctrina social de la Iglesia 100 años después de la revolución del siglo XVIII, porque también vuestra teología coincide con otro centenario… Quiero decir lo de cierto prurito y afán por abanderar algunos cristianos y su magisterio, abanderar con retraso y una ingenua como petulancia de arrepentimiento, causas precedentes, como quien a más de tarde quiere tomar el pendón.)

Opresores y oprimidos

Pero me atrevo a ir a mi última preocupación. Resulta que Jesús optó por los pobres -aquí bien que os ensañáis con los que dicen que igualmente por todos los hombres, pobres o ricos-, proyectando lo nuestro de hoy a algo tan difícil. y lejano suyo. Él predicó la Buena Nueva, el Reino de nada fácil precisión, pues no incluye solamente lo del cielecito que tanto consolaba y alienaba a tantos píos. Y con su noticia de Él, la llamada a un seguimiento hacia el Reino y la crítica de la actitud contraria. Me parece que nos encontramos en el quid. de vuestro caso: cierta confusión entre situaciones y actitudes. La situación social-nacional en los tiempos del Nazareno era poco más o menos la de siempre, unos arriba y opresores, otros abajo y oprimidos. Y la actitud de los de arriba indigna, y bien que la flageló Él, en tanto bendecía y exaltaba a los pobres de todo tipo. Y porque no hubo más, ni una espada más, fracasó Jesús totalmente ante los de arriba y ante los del pueblo que pidieron su cruz.

Su fracaso histórico no pudo ser más rotundo. Después, a la luz de la fe, nos llegó mucho bueno, con interpretaciones más o menos justas y precisas. Y entre otras cosas de todo color y viento, aquello de confandir situación histórica con actitud cristiana. Es decir, resumiendo grotescamente la cosa, se pudo vivir en situación injusta -la de siempre- diciendo que era orden, imperio, ley y no se cuántas cosas más en actitudes cristianas o piadosas sin tocar la situación y suavizando o disfrazando benditamente, por ejemplo con lo de la pobeza, lo de la obediencia según leyes…, lo del culto (del cual, Jesús nada).

Actitud personal

Total, que tras diversas interpretaciones y ¡tanta sabiduría., llegasteis vosotros y dijisteis: no nos basta la actitud personal sin que se exprese en la situación; ya está bien de un cristianismo que se ha ido desvitalízando por esta ambigüedad o confusión. Pero, ¡amigos!, bien venidos, más yo os pregunto: ¿Jesús también encajó la situación histórica? -¡qué fácil hubiera sido con el zelotismo, al que, por cierto, no condenó tampoco él; qué fácil armarla frente a Pilatos y Caifás!- Pues tampoco, y se quedó en la nueva de su promesa y en la rigidez y transparencia de su actitud…. fracasando en la historia. Porque en su conjunto, y para mí, continúa su fracaso, bien envuelto en tanta fe y no poca virtud de creyentes, cierto, pero ¿hay que revolverlo hoy y aquí aún más y salirnos con una actitud cristiana, la verdadera, la casi inédita, que comience por airear y dar tanto fuste hasta ingenuo a una situación tan fatalmente injusta en la historia corno siempre, y en nombre de aquel Jesús, salvador, sí, pero desconcertante? ¿No os parece, Boff, que resulta así, todo al tiempo, demasiado vergonzoso, demasiado bonito, demasiado servido al gusto del día…, y demasiado históricamente tarde?

José María de Llanos es sacerdote jesuíta

13 Mayo 1985

Silencio obligado para Bof

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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NO ES la primera vez que la Iglesia católica obliga a un teólogo famoso a callar voluntariamente. De todas maneras, los precedentes de la condena del franciscano Leonardo Boff, que no se ciñe a prohibirle redactar o difundir libros, sino que incluye hasta la negación de su elemental derecho a hablar en público, se tienen que buscar, por su contundencia, bastante atrás. Tampoco es la primera vez que frente a la incomprensión de Roma un teólogo elige el silencio a la fuerza. Detrás de la obediencia de Boff está sin duda la coherencia con sus propias creencias, pero quizá también una estrategia de mayor alcance, de cara a una más fecunda locuacidad futura, así como su voluntad de no abandonar para no ceder el terreno ganado dentro, pues en este caso abandonar era la única alternativa al acatamiento.Ante la aceptación de la purga, el Vaticano se ha tenido que limitar a decir que las medidas propuestas han sido aceptadas «con espíritu religioso». Pero nadie puede engañarse: todo sigue igual, aunque con más silencio. Para quienes gobiernan actualmente en Roma, un silencio que no puede tener otro horizonte que la reconversión de Boff o seguir sin devolverle la palabra. Y para el teólogo, la esperanza de tiempos mejores y toda la confianza que pueda proporcionarle la fe, tal como él mismo la entiende. Y en este sentido ya fue muy significativo ‘Uno de los párrafos de su carta de contestación al cardenal Ratzinger, en agosto del año pasado, cuando Roma inició la descalificación de su libro Iglesia, carisma y poder: «De una cosa estoy seguro: prefiero caminar con la Iglesia que ir solo con mi teología; la Iglesia permanece, 1,a teología pasa; la Iglesia es una realidad de fe que yo asumo; la teología es un producto de la razón que discuto; aquélla es madre, con sus arrugas y sus manchas; ésta él sierva, a pesar de su débil luz y su claridad lunar».

Leonardo Boff es un teólogo que se ha esforzado en romper las barreras culturales e ideológicas, intentando suministrar argumentos inteligibles sobre las cuestiones más profundas del espíritu humano. Junto a eso, ha puesto toda su capacidad de análisis y reflexión al servicio de la idea de que la -religión no debe ser asumida como un elemento de alienación o de sumisión, sino como una palanca liberadora del hombre y como un instrumento que contribuya activamente a que la justicia se imponga ya en este mundo. Este mensaje, que Boff deslinda explícitamente del marxismo, resulta excesivo para quienes administran actualmente los poderes del Vaticano, en este tiempo de involución en que se está procediendo a la demolición de una buena parte del espíritu del último concilio. Ante la profunda crisis que padece, y que ayer mismo quedó significativamente reflejada en los incidentes de religión que se vivieron en Holanda, el aparato de la Iglesia católica está buscando la salida por una dirección tangencialmente distinta a las del religioso franciscano, y el mismo acto de obligar a un silencio voluntario no es una anécdota, sino que forma parte del talante que Roma considera necesario restablecer.

Por otra parte, hay que tener también presente la imagen que proyecta la decisión del Vaticano hacia los sectores de la opinión pública mundial que sin ser creyentes se sienten comprometidos con las libertades. Con estas medidas, aunque los actuales responsables de la Iglesia católica queden lejos de las condenas a la hoguera, ponen en entredicho el principio de libertad de expresión que ha sido predicado por los papas desde Pío XII. Una mayor sensibilidad hacia los derechos humanos en sus propios temas sería no sólo deseable, sino que haría a la Iglesia católica inmensamente más creíble y coherente. El silencio impuesto a Leonardo Boff no se libra de la sospecha del miedo que parece atenazar a los actuales timoneles del Vaticano. Porque la que se acalla es una voz que, independientemente de la teología, estaba también al servicio de la causa de los pobres.

17 Mayo 1985

Ratzinger 'versus' liberación: un giro inesperado

Eduardo Crawley

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Cuando el franciscano brasileño Leonardo Boff manifestó su acatamiento al veredicto del Vaticano sobre su más reciente obra teológica, lo hizo pensando que el asunto había quedado cerrado con una advertencia. Él mismo destacó que no se le habían aplicado sanciones ni prohibiciones, y hubo un deje de ironía en su promesa de prestar atención -en sus escritos futuros- a las observaciones hechas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.Fue un paso en falso. Obtenida la declaración pública de acatamiento por parte de Boff, el prefecto de la Congregación, cardenal José Ratzinger, lanzó hace unos días su segunda andanada. Formal y públicamente se le prohibió a Boff enseñar teología o escribir sobre ella para publicación por el término de un año. Ratzinger había logrado su propósito: Boff había sido silenciado.

O por lo menos así parecía a simple vista. Es probable, sin embargo, que -como Boff hace poco- Ratzinger se haya apresurado sin tener a mano todos los elementos de juicio, o sin advertir que él mismo le había dado luz verde a un proceso que le resultará casi imposible frenar o silenciar. El proceso en cuestión gira en tomo a un proyecto que ha venido manteniéndose en la más absoluta reserva.

Su punto de partida es la ya célebre Instrucción sobre ciertos aspectos de la Teología de la Liberación, en que la congregación de Ratzinger resumió toda una serie de advertencias sobre los peligros de esta corriente de pensamiento eclesial Ratzinger había querido emitir una condena, pero la multitud de reacciones y presiones que suscitó su iniciativa lo inclinó hacia un ataque más diluido y oblicuo. Además, con el propósito de ganar tiempo, Ratzinger incluyó en ese documento la promesa de que después vendría un segundo trabajo, dedicado a destacar los aspectos positivos de la teología de la liberación.

Versión de Boff

Las pistas sobre los acontecimientos posteriores están muy dispersas. El primer indicio aparece en una versión personal de Boff, de distribución bastante restringida, sobre su conversación en Roma con Ratzinger, el 7 de septiembre del año pasado. En su Relato-testemunho de minha conversaçao com o Sr. Card. Joseph Ratzinger, Prefeito de S. Congregaçao para a Doutrina de Fe», Boff cuenta lo que ocurrió, a dos horas de iniciado el diálogo, con la llegada de sus dos padrinos, los cardenales brasileños Aloisio Lorscheider y Paulo Evaristo Arns:

«Lo más importante fue la intervención del cardenal Arns. Sugirió a la Sagrada Congregación que para la elaboración del nuevo documento sobre las riquezas de la teología de la liberación, en primer lugar se invitase a los ingenieros de esta teología, vale decir, a los teólogos que desde hace años vienen construyendo esta vertiente de teología a partir de la práctica de la liberación; en segundo lugar, que fuesen consultados los episcopados que tienen una pastoral popular, junto a los oprimidos, en una línea de liberación, pues así se realzaría la dimensión eclesial y pastoral de esta corriente teológica; por fin, debería elaborarse el documento en el Tercer Mundo, en África o en América Latina, en contacto con la realidad», y agrega Boff, «el cardenal Ratzinger, tímidamente, concordaba con estos puntos».

‘Summa teológica’

Los demás indicios tardaron en manifestarse como partes de un todo. Contactos intensificados entre conocidos teólogos de la liberación, principalmente en Brasil, pero también en sitios tan distantes entre sí como Argentina, Perú, El Salvador y Nicaragua. El cuadro dista de estar completo, pero lo que sugiere hasta ahora es un esfuerzo monumental, coordinado a lo largo y ancho de Latinoamérica. Lo que se han propuesto no es ni más ni menos que una especie de Summa Teológica de Liberación.

Entre los participantes se menciona por lo menos a dos mitrados brasileños: el obispo Pedro Casaldáliga y el recientemente retirado arzobispo Hélder Cámara. Está el padre de la escuela liberacionista, el peruano Gustavo Gutiérrez; el propio Leonardo Boff, y el jesuita vasco radicado en El Salvador Jon Sobrino. Están, también, Juan Luis Segundo, Enrique Dussel, Sergio Torres, Ernesto Cardenal, Héctor Míguez Bonino, Hugo Assmaan, Juan Carlos Scannone y Pedro Trigo. Y muchos más. A diferencia de la escueta Instrucción emitida por la congregación de Ratzinger, esta obra será masiva. Sería más correcto describirla como una biblioteca ya que constará, al menos, de una cincuentena de volúmenes.

Su estructura es previsible. Comenzará, a tono con lo que predican sus ingenieros, planteando el tema a partir de la práctica: analizando cómo se tiene una experiencia de Dios en medio de la lucha por la justicia. Pasará después a otro tema favorito de la escuela liberacionista: cómo se manifiesta Dios en la historia, desde la tradición bíblica hasta nuestros días.

Luego el esquema se aparta de este desarrollo lineal para examinar el tema de la liberación y cómo se presenta histórica y socialmente, fuera y dentro de la Iglesia. De allí pasa a empalmarse nuevamente con el desarrollo inicial, examinando el papel que le toca a la Iglesia, a sus estructuras y a sus ministros. Finalmente, pasa a reseñar los desafíos que se presentan, desde la perspectiva de la liberación, en las formas organizativas de la sociedad, en el ámbito cultural y en la religión del pueblo.

La prohibición que ahora pesa sobre Boff posiblemente limite sus propios aportes en cuanto autor, no así como consultor y coordinador. Pero a menos que Ratzinger se atreva a dictar más de 100 prohibiciones adicionales (y para ello tendría que identificar al centenar de participantes no incluidos entre las figuras obvias que se mencionan más arriba), pronto deberá vérselas, no con las muchas teologías de la liberación mencionadas en su Instrucción, sino con una imponente expresión de una corriente teológica ya públicamente cohesionada.

Eduardo Crawley es director ejecutivo de Latin American NewsIetters, de Londres.