12 febrero 1945
Los mandatarios acuerdan que la guerra no acabará hasta la derrota ocupación y desarme total de Alemania y Japón
Conferencia de Yalta: Gran Bretaña y Estados Unidos escenifican su alianza con la Unión Soviética de Stalin para vencer a Hitler
Hechos
- El 12.02.1945 se difundió la Conferencia de Yalta entre el Presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, el primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill y el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Stalin.
Lecturas
En la conferencia de Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, los ‘tres grandes’ – Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph V. Stalin – decidieron el nuevo orden para la Europa de la posguerra. Optaron por dividir Alemania en cuatro zonas de ocupación.
Churchill, primer ministro británico, Roosevelt, presidente de Estados Unidos y Stalin, dictador de la Unión Soviética, se reunieron por vez primera en Teherán a finales de 1943. Como representantes de las tres grandes potencias de la coalición anti-Hitler discutieron cuestiones relativas a la estrategia común a seguir durante la guerra y al futuro del mundo una vez concluida la contienda.
La Carta Atlántica de 1941 era el punto de referencia común para los tres aliados. El 1 de enero de 1942, 26 estados aceptaron los objetivos de dicha Carta y firmaron la declaración de las Naciones Unidas, el 24 de septiembre de ese mismo año lo hizo la Unión Soviética.
Los temas centrales de aquella conferencia fueron la destrucción de fascismo, la libre autodeterminación de los pueblos y la libertad de comercio. Si bien los tres aliados estaban de acuerdo con estos objetivo generales, sus intereses concretos eran muy diferentes: mientras que Estados Unidos no deseaba fijar las esferas de influencia de cada potencia sino garantizar el libre comercio, algo que consideraban esencial, tanto los británicos como los soviéticos daban prioridad a la división de Europa en zonas de influencia. No obstante los tres coincidían en la necesidad de acabar con el Reich nacionalsocialista alemán.
Esta voluntad quedó ya patente en la conferencia que Roosevelt y Churchill celebraron en enero de 1943 en Casablanca, en la que se exigió la capitulación sin condiciones de Alemania. Un armisticio quedó excluido. Además de la capitulación militar, los Aliados pretendían conseguir la desaparición política del Reich alemán. Así pues, en la reunión de Yalta los tres grandes decidieron dividir Alemania en cuatro zonas de ocupación, y desmilitarizar y desnazificar totalmente el país. En dicha conferencia se tuvo en cuenta por primera vez al gobierno francés. Francia recibió parte de las zonas de ocupación estadounidenses británicas, y participó como miembro de pleno derecho en el Consejo de Control aliado.
La declaración de Yalta, en la que las grandes potencias se comprometían a restablecer conjuntamente el orden en la Europa liberada y permitir a todos lso estados la elección de instituciones democráticas, no llegó a hacerse realidad. Mientras se desarrollaba la conferencia de Yalta, el Ejército Rojo avanzaba y la Unión Soviética somtía a los estados de la Europa oriental convirtiéndolos en dictaduras satélites regidas por políticos comunistas: un sistema que siguió en Polonia, Bulgaria, Hungria, Checoslovaquia, Rumanía, Albania y Yugoslavia.
El presidente de EEUU en abril de 1945.
El Análisis
La reunión celebrada en Yalta en febrero de 1945 entre los tres grandes líderes aliados —Winston Churchill por el Reino Unido, Franklin D. Roosevelt por los Estados Unidos y Iósif Stalin por la Unión Soviética— ha sido uno de los encuentros diplomáticos más determinantes del siglo XX. Aunque la Segunda Guerra Mundial aún no ha concluido, con Alemania acorralada y Japón resistiendo en el Pacífico, la victoria de los Aliados parece inminente, y con ella, surge la apremiante necesidad de definir el mundo que vendrá después del conflicto. Yalta no fue simplemente una cumbre de guerra: fue el prólogo de la posguerra, y también, posiblemente, el primer acto de lo que algunos ya vislumbran como un nuevo equilibrio de poder —o de desconfianza— entre vencedores.
Los puntos sobre la mesa fueron muchos y decisivos: el destino de Alemania tras su rendición, la división del país en zonas de ocupación, el futuro de Europa del Este (especialmente Polonia), y la creación de una organización internacional para garantizar la paz futura, que terminaría siendo la ONU. También se discutió la entrada de la URSS en la guerra contra Japón una vez concluida la campaña en Europa. Pero bajo la aparente unidad, afloraron profundas tensiones. Churchill insistía en garantizar democracias y elecciones libres en Europa central y oriental; Roosevelt, debilitado físicamente pero deseoso de contar con la cooperación soviética para la paz y el conflicto del Pacífico, adoptó una posición más conciliadora; y Stalin, ahora también jefe de Gobierno además de líder del Partido Comunista, dejó claro que no estaba dispuesto a permitir que Europa del Este escapara de la influencia soviética.
Así, Yalta fue un éxito estratégico, pero un compromiso frágil. Selló la cooperación para la fase final de la guerra, pero sembró las semillas de la desconfianza que marcaría el inicio de la Guerra Fría. Los pueblos aún celebran la inminente derrota del nazismo, pero el reparto del mundo que se avecina no parece que vaya a estar exento de conflictos, intereses cruzados y visiones enfrentadas sobre libertad, soberanía y poder.
J. F. Lamata