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Conmoción en España por el asesinato de la maestra Laura Luelmo por el ex presidiario Bernardo Montoya: utilización política del crimen

HECHOS

Bernardo Montoya fue arrestado el 18 de diciembre de 2018 como sospechoso por el asesinato de Dña. Laura Luelmo.

19 Diciembre 2018

UN CRIMEN Y UN FRACASO

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

EL ASESINATO de Laura Luelmo ha conmocionado a la sociedad española. No es para menos, tanto por el perfil de la víctima –una joven comprometida con el feminismo que se desplazó lejos de su hogar para cubrir una baja docente– como por el historial del detenido y principal sospechoso: había salido en octubre de la cárcel donde penaba por robo con violencia, antecedentes a los que se añade el asesinato de otra mujer y un intento de violación aprovechando un permiso penitenciario.

Que un tipo semejante anduviera suelto mueve a una indignación más que comprensible. Pero vivimos tiempos en que la conmoción se convierte rápida e inescrupulosamente en capital político y munición de guerra cultural. En momentos así es más importante que nunca extremar el rigor y no alentar polémicas morbosas ni atizar argumentos viscerales, al menos desde la política y el periodismo. Aún no hay otra cosa que indicios, pero ya inunda la conversación pública el debate sobre la prisión permanente revisable y la discusión sobre si el crimen encaja o no en la modalidad de violencia de género. Una cosa está clara: que Laura Luelmo esté muerta es un fracaso doloroso que, si se confirma la autoría de Bernardo Montoya, exige como mínimo una revisión de la normativa penitenciaria. Recordemos además que la prisión permanente revisable no es ninguna excepción en el derecho europeo y está en vigor en nuestro país con una mayoría de partidos en contra, aunque sería un grave error tramitar su revocación. Tan loable es el fin constitucional de la reinserción como urgente reconocer que la sociedad tiene derecho a protegerse de los reincidentes.

19 Diciembre 2018

El crimen de Laura y la obscenidad política

Rubén Amón

Vox calienta el debate social con la adhesión irresponsable de casi todos los partidos

La clase política no ha desaprovechado la oportunidad de degradarse en el velatorio de Laura Luelmo. Empezando por Vox, cuyo líder justiciero, Santiago Abascal, ha exigido el escarmiento de la cadena perpetua y ha responsabilizado al PP y al PSOE de haber diseñado un espacio de impunidad a los criminales, naturalmente para ofrecerse él mismo como solución a la inseguridad de nuestras calles en su cualificación de líder armado con una Smith & Wesson.

Es un enfoque tan hiperbólico y obsceno como el que ha expuesto Pablo Echenique (Podemos) en su cuenta de Twitter: “Infinito desprecio a los miserables que desde la política buscan votos ensangrentados en el antifeminismo”. No cabe contexto más polarizado ni incendiario para malograr el sosiego de una sociedad que vuelve a sentirse vulnerable e indignada. Y que participa en las redes sociales de un debate visceral al que proporciona altavoz la piromanía política.

Lo demuestra el oportunismo con que Pablo Casado ha restregado a Pedro Sánchez esta mañana la temeridad de haber recurrido en el Constitucional la prisión permanente revisable, como si fuera la cadena perpetua encubierta la gran superstición contra el mal. Y como si no estuviera vigente, en su presunto efecto disuasorio, cuando el asesino de Laura Luelmo cometió su crimen atroz. Que ella fuera una mujer telegénica en la autopsia a cielo abierto de los platós, y que el criminal fuera gitano exageran la tormenta perfecta en el que prospera el discurso populista e hiperbólico, no ya determinado en acosar el garantismo, sino maximalista, megalómano, en su ambición definitiva: extirpar el mal, ya sea castrando el heteropatriarcado, como sostiene entre líneas Adriana Lastra, o bien con los grilletes de la cárcel eterna.

Las estadísticas pelean en desigualdad de condiciones frente a los instintos, pero conviene mencionarlas porque España, más allá de un Código Penal severísimo con los crímenes de sangre, aloja un bajísimo índice de criminalidad; porque los execrables crímenes contra las mujeres no discrepan del promedio comunitario; y porque la reincidencia que se atribuye a los violadores está muy lejos del alarmismo social que jalea Abascal.

Nadie ha llevado tan lejos como él la fórmula justiciera que emana del hedor social —“que se pudran en la cárcel”—. Y nadie como él va a rentabilizar políticamente la psicosis en la providencia del autoritarismo. El problema es que los partidos “convencionales” participan de la misma demagogia, se adhieren al peligro que supone exponer la naturaleza imperfecta de una democracia —en sus virtudes, en sus defectos— al fielato de una solución milagrera.

La prisión permanente revisable cuestiona la Constitución en sus “preceptos” de reeducación y reinserción —ya es hora de que trascienda la sentencia del Tribunal Constitucional al respecto—, y había sido rechazada por casi todas las fuerzas parlamentarias, pero ha ido obteniendo una extraordinaria popularidad entre los partidos políticos porque abre las entrañas de la identificación electoral.

19 Diciembre 2018

Laura

Carmen Rigalt

HAY PAÍSES donde la violencia contra las mujeres adquiere la categoría de fenómeno y recibe el nombre de feminicidio o femicidio. Alto ahí: escribo femicidio y el corrector me devuelve feticidio, que significa interrupción del desarrollo de un feto, o sea, nada que ver. Para salir de dudas acudo a la fundación Fundéu (del español urgente) que me pone al día. Para Fundéu, feminicidio va un paso más allá de femicidio (homólogo de homicidio) porque incluye la impunidad, es decir, la desprotección estatal frente a este tipo de violencia. Se trata de un fenómeno frecuente en México y Guatemala, países de extrema pobreza donde la vida se ha cebado con las mujeres por el hecho de ser mujeres, y encima, pobres.

El feminicidio nació en Ciudad Juárez (1989) alcanzando cifras escandalosas en 1993, según un informe de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos. En este tiempo se ha propagado por muchos países de Latinoamérica, pero la lucha también ha sido titánica.

La última mujer asesinada en España ha sido Laura Luelmo, la profesora zamorana que había ido a Huelva para cubrir una baja. No duró al mes. Un día salió a practicar deporte en solitario y no regresó. El lunes encontraron su cuerpo escondido entre matorrales de monte bajo. Estaba semidesnuda y tenía huellas de haber sufrido una agresión sexual. Como otras chicas de su edad, no se hizo a la idea de que a la vuelta de cualquier camino podía aguardarle un monstruo aficionado a las películas de terror. Algún psiquiatra tal vez diga que era un enfermo, pero yo me niego a repartir palabras compasivas. La mayoría de los agresores sexuales no están enfermos. Son monstruos de fin de semana, consumidores fijos de alcohol y droga, pajilleros impenitentes. Yo fui criada con múltiples alertas, empezando por los caramelos de los desconocidos (que no debía aceptar). La primera vez que fui consciente del cambio operado en la sociedad fue cuando secuestraron a Anabel Segura, una chica de La Moraleja que también había salido a hacer deporte y desapareció. Su caso mantuvo a todo el país en vilo, como el caso de de Diana Quer, o el de Gabriel, el pececito. El nombre de Anabel Segura se lo pusieron a un centro cívico en señal de recuerdo. No hay que acostumbrarse a estas salvajadas. En el mundo hay ciudades de muchos millones de habitantes donde, a falta de monstruos, las chicas hacen deporte libremente y los niños van solitos al cole. Estoy hablando de Tokio: qué envidia.

20 Diciembre 2018

Buitres

Luz Sánchez-Mellado

Repugna el duelo entre algunos, y algunas, echándose a la muerta en cara y a la vez reivindicándola como bandera de sus respectivas causas

Lo malo, o lo bueno, de cumplir años es que muchas de tus certezas acaban convertidas en cenizas. Una, muy soberbia, es creer que no repetirás errores de los tuyos. Mentira. Un día te sorprendes diciendo las mismas cosas que te sacaban de quicio cuando eras tú quien las oías. La otra noche llegué a casa con el alma en vilo y, después de haberme hartado de pregonar que las mujeres tenemos derecho a hacer lo que nos plazca sin miedo a nadie, le solté a mi hija que ni se le ocurriera volver a salir a correr sola, no fuera a ser que no volviera. El mismo sermón que odiaba cuando era mi madre quien me lo echaba.

El crimen de Laura Luelmo nos ha puesto frente al espejo, y no todos salimos favorecidos. Soy feminista, pero no creo que todos los hombres sean maltratadores ni violadores ni asesinos en potencia. Tampoco que todas las mujeres seamos víctimas. No creo que a Laura la matara el machismo, así, en general, como si fuera un ente animado. Tampoco que nadie sea más o menos cómplice de su muerte por ser menos o más feminista. A Laura la mató un asesino de mujeres, eso sí. Una bestia sin respeto por la mujer salvo, quizá, su madre y hermanas. Y eso sí que es machismo. Pensar que las mujeres son por naturaleza objeto pasivo de las pulsiones de los hombres y que, así las cosas, somos nosotras quienes debemos abstenernos de tentar a la suerte. Tan cierto es eso como que el riesgo cero es imposible. Por eso repugna aún más el duelo entre algunos, y algunas, echándose a la muerta en cara y a la vez reivindicándola como bandera de sus respectivas causas. Buitres son alimentándose de sangre ajena. Mi heredera, por cierto, me selló la boca con mi propio amargo lacre. La hija de su madre me salió con que correrá sola cuando quiera, que para eso le he enseñado que las mujeres somos libres. Seguiré alma en vilo. Muerta de miedo si tarda, sí. Pero también de orgullo.

20 Diciembre 2018

En nombre de Laura Luelmo

Jorge Bustos

Era previsible que nuestros diputados se volcaran sobre el cadáver aún tibio de Laura Luelmo para velarlo mejor que el adversario en el mejor de los casos; para lanzárselo en el más infame y tentador. Vosotros queréis quitar la permanente revisable. Vosotros queréis pactar con los enemigos del feminismo. En algún recodo del final del XX perdimos la capacidad de culpar a los asesinos de los asesinatos; fue en el mismo instante en que descubrimos que el daño que la vida les hace a los demás es un valioso combustible político, y que no pensábamos renunciar a llenar nuestro tanque con la indignación que sigue al sufrimiento convenientemente segmentado, manufacturado, etiquetado con arduas etiologías estructurales y servido para consumo del elector. No se priva ni Dios de esta impudicia.

Las horas posteriores al asesinato de Luelmo han vuelto a probar que hoy no hay nada más poderoso que el cuerpo muerto o vivo de una mujer. Digo hoy, pero Helena de Troya ya justificó una guerra, que no es más que la continuación de la política por otros medios, así que no parece que la politización de la mujer haya tenido principio ni vaya a tener final. Ante una chica asesinada habría que permanecer unos días mudo, sumido en un horror respetuoso, o componer una tragedia griega, o leerla; pero las recias costumbres antiguas ya fueron derogadas. Ahora todo cristo corre a explotar la crucifixión de otro. De otra. Todos pontifican en su nombre.

Pablo Casado abrió la sesión recordando que el PP reguló la prisión permanente revisable (PPR) y uno lo entiende, aunque le repela semejante oportunismo, porque la PPR es su bandera. Pedro Sánchez, preso de lo votado por el PSOE y no de convicciones morales que no se le conocen, por una vez en su vida dijo una verdad: que la PPR está vigente y no evitó la muerte de Laura, añado que por la misma razón por la que a un conductor kamikaze no le afecta el miedo a perder puntos del carné.

Pero le llegó el turno a Ione Belarra, de Podemos, y descargó contra Casado el consabido postureo del eslogan tremendista: «¡Nos matan a todas!» No, mire: usted está viva y coleando, y ganando un buen dinero a ser posible por no replicar frases de camiseta instagrámica. Con Instagram no se ha elaborado el Código Penal. La apropiación indebida del prestigio de la víctima –porque la frente partida la puso otra, que ya no está para evitar que se hable en su nombre– no es política decente: es basura sentimental que obstruye las vías hacia la razón jurídica y la eficacia anticrimen. No hace falta reproducir desde el escaño toda la bazofia cuquitrágica de Twitter para defender que el endurecimiento de una legislación penal ya dura no es la solución; seguramente sea más efectivo cambiar la normativa penitenciaria para que ciertos animales estén enjaulados, como corresponde a los animales. Y desde luego no hace ninguna falta presentar el crimen sexual de un psicópata irreformable como el corolario del franquismo, del patriarcado, del penefascismo o del consumo inmoderado de canciones de José Manuel Soto. Decir que Montoya es machista es como decir que los tiburones se desplazan por el agua, de la que ni son conscientes. Sencillamente hay seres averiados que hacen el mal, y su mal no es reparable. Eso sí, aplaudió a Belarra toda la coalición de censura.

Aparte se habló de Cataluña, claro.

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