11 julio 1993

Se le acusaba de haber sobrevalorado los activos aportados de una efimera fusión entre ENI y Montedison

Se suicida el empresario italiano Gabriele Cagliari, presidente del Ente Nazionali Idrocarburi (ENI) acusado de corrupción

Hechos

El 20.07.1993 murió Gabriele Cagliari.

25 Julio 1993

Los corruptos también sufren

Ignacio Fontes

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EL suicidio es un acto como fisiológico: nadie lo puede hacer por uno. A los demás no les cabe sino, en todo caso, opinar sobre el suicida y las causas de su determinación. Pavese, por ejemplo, fue un tonto: a su edad, ¿a quién se le ocurre suicidarse por un amorío frustrado? Los de Cagliari y Gardini, en vez de versos y besos, tienen en la raíz corrupciones prosaicas. De su miseria interior a la del hotel donde se suicidó, Pavese corrió el trecho corto y angustioso de su fatal decisión; los suicidas de la tangente han pasado del oropel social a la dureza del presidio por un lento camino derrotado. Todos los suicidios tienen, sin embargo, algo en común: la soberbia. Cagliari se lo dice a su mujer: quiere impedir que los jueces lo juzguen, y la fuerza de su soberbia le permite vencer el todopoderoso instinto de supervivencia y dejarse la vida sin resistencia dentro de una bolsa de plástico; se administra una muerte inhumana antes que verse reducido a «víctima propiciatoria de la tragedia nacional generada por esta revolución». Una revolución necesaria para la supervivencia del país, pero con el liderazgo espúreo de los jueces y sin más solución que hacer correr el escalafón: seguro que Cagliari no financió a los partidos por su cuenta y que los políticos no recibieron dineros de espaldas a sus partidos. Hay otras cosas que chirrían en la «Operación Manos Limpias»: a mí me asombra, desde luego, que en tal maraña, como en la de la Mafia, no haya implicado un solo juez. Pero, en fin, ya se sabe que los revolucionarios son puros por definición y no se conoce ninguna revolución que se coma de aperitivo a sus hijos; suelen servir de postre. Y también es cierto que la independencia del poder judicial, correctamente ejercida en su ámbito jurisdiccional, se convierte a menudo en coartada y refugio de impunidad. Finalmente, que a los suicidios hayan seguido excarcelaciones dice mucho y malo de la ética de los jueces: o no era justa la prisión preventiva o no son justas las excarcelaciones. O será que la revolución no es para tanto y las cárceles, como ha sido siempre, son para quienes no ven diferencias entre la celda y su vivienda o tienen ideales. Si se suicidan, allá ellos: jueces y sociedad nos lavamos las manos.