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El Gobierno pasó de animar a la gente a salir a la calle el día 8 de marzo, ha ordenar su confinamiento en todo el país el día 13

Crisis del Coronavirus: el Covid19 arrasa Italia y España dejando miles de muertos y obligando a los habitantes a encerrarse en sus casas

HECHOS

El 13 de marzo de 2020 España decretó el ‘Estado de Alarma’ por el contagio masivo del virus Covid19.

¿ESPAÑA EVITÓ INCREMENTAR LA CONCIENCIACIÓN POR EL CORONAVIRUS HASTA QUE PASÓ 8-M?

Hasta que pasó las manifestación feminista del 8 de marzo las autoridades políticas y los medios dieron preferencia a concienciar contra el ‘alarmismo’ hacia el coronavirus que en concienciar por la prevención sanitaria al mismo.


Dña. Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, D. Pedro Sánchez, dio positivo en Coronavirus el 15 de marzo de 2020.

D. Carlos Falcó, marqués de Griñón, fue el primer famoso cuya muerte por Coronavirus se conoció el 20 de marzo de 2020.

D. Lorenzo Sanz, ex presidente del Real Madrid, falleció por Coronavirus el 21 de marzo de 2020.

01 Febrero 2020

Los bulos del coronavirus, un peligroso brote de confusión y desconfianza

Javier Salas

Desmentido un bulo que corría por los móviles que asegura que el "Ministerio de Salud" ha hecho pública una "notificación de emergencia" en la que informa de que "el brote de coronavirus esta vez es muy grave y mortal". Todo falso. La epidemia tiene posibilidades de comenzar a remitir pronto.

Se vivió una situación similar durante la epidemia de ébola de 2014. Aparece una crisis sanitaria de alcance global, con gran incertidumbre sobre cómo evolucionará, lo que provoca inquietud en la sociedad. Un caldo de cultivo perfecto para que aparezcan bulos, desinformación y desconfianza hacia las autoridades sanitarias. Hace seis años se cometieron errores en la comunicación gubernamental por parte de España que se subsanaron poniendo al frente a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que hoy se encarga de informar de la evolución del coronavirus. Sin embargo, entonces, el escenario de propagación de mentiras y medias verdades no era tan complejo como el actual.

«En momentos como este hay que ser muy cautos con lo que se dice, sobre todo si no eres especialista y no cuentas con información directa», advierte Carolina Moreno

Un buen ejemplo es lo sucedido el jueves y este viernes con unas declaraciones del prestigioso médico Pedro Cavadas al programa Espejo Público, de Antena 3. Cavadas es cirujano, no experto en virus o en epidemias, pero aseguró, en referencia a las autoridades chinas: «Si reconocen un número de muertos y de contagiados, eh, no hace falta ser muy listo para pensar que hay como diez o cien veces más». El alarmante mensaje de este vídeo se propagó masivamente por redes sociales, como WhatsApp y Facebook, y posteriormente muchos medios recogieron estas declaraciones y las difundieron entre sus lectores. Al margen de las intenciones del doctor, que sin duda serían buenas, no parece la voz indicada para informar sobre este brote.

«En este caso se juntan varias cosas, porque Cavadas tiene un gran prestigio y autoridad en su campo y entre el público, pero en momentos como este hay que ser muy cautos con lo que se dice, sobre todo si no eres especialista y no cuentas con información directa», advierte Carolina Moreno, catedrática de la Universidad de Valencia y experta en desinformación científica y sanitaria. «Es una opinión, pero la gente no la toma como una opinión más porque es un médico muy respetado, y no ayuda a reforzar la confianza en las autoridades, tan necesaria en estos casos», añade. No toda desinformación es malévola o deliberada.

El coordinador de la iniciativa #SaludSinBulos, Carlos Mateos, cree que en situaciones como la actual, con 19 españoles regresando de la zona afectada por el virus, no deberían difundirse especulaciones. «Y si hace falta especular, que sean personas o instituciones con conocimientos en el tema, que sea referente en ese campo. Si alguien tiene que dudar de la opacidad de China, que es la semilla perfecta para la desinformación, que sean expertos, trabajadores sobre el terreno o la propia OMS», asegura.

Mateos ha identificado numerosos bulos que están circulando por todo tipo de canales desde la eclosión de la crisis en los medios. Sobre todo, las relacionadas con imágenes difíciles de ubicar, pero de gran impacto. «Hay que tener precaución, desconfiar de alguien que aparezca con máscara, por ejemplo, que puede ser cualquier sitio o cualquier año. Sin embargo, se propagan muy fácil y muy rápido», lamenta Mateos, vicepresidente de la Asociación de Investigadores en eSalud.

«Si alguien tiene que dudar de la opacidad de China, que sean expertos, trabajadores sobre el terreno o la propia OMS», asegura Mateos

Sobre todo han circulado bulos y desinformación con un origen fuera de España, alentando todo tipo de conspiraciones sobre la causa, los motivos y la «verdad oculta» sobre el brote. Pero con la repatriación de los españoles desde Wuhan aparecerán muchos más de factura española, según Mateos, dando apariencia de cercanía con el hospital o los regresados. Por ejemplo, en la plataforma de fact-checking Maldita.es han desmentido un bulo que corría por los móviles que asegura que el «Ministerio de Salud» (en España es Ministerio de Sanidad) ha hecho pública una «notificación de emergencia» en la que informa de que «el brote de coronavirus esta vez es muy grave y mortal». Todo falso. En su última comparecencia, Fernando Simón ha señalado que «la epidemia tiene posibilidades de comenzar a remitir pronto».

Ruido y confusión
Además de las ruedas de prensa que viene dando Simón, el Ministerio de Sanidad se ha puesto de acuerdo con Twitter para que la plataforma remita a su cuenta oficial cuando los usuarios consulten sobre este asunto. Para evitar confusión, los especialistas piden atender únicamente voces autorizadas o cuentas oficiales de organismos implicados. De lo contrario, el ruido puede generar confusión y desconfianza hacia la gestión de la epidemia.

Hace dos días, EL PAÍS aseguraba en su editorial que «hay que mantener por tanto una atenta vigilancia, pero sin caer en alarmismos que puedan agravar los daños consustanciales a una epidemia de esta naturaleza». Del mismo modo, The New York Times advertía en su editorial de que la desconfianza en la ciencia y las instituciones puede ser un grave problema si el brote empeora: «Otro problema importante es la falta de confianza pública: las medidas de control solo funcionan si las personas las cumplen. Y es mucho menos probable que las personas sigan las órdenes cuando no confían en las autoridades». Y recordaba de nuevo el caso del ébola: «La confianza puede ser tan importante como la tecnología y los recursos financieros para mantener a raya el brote de coronavirus, como aprendieron los trabajadores de la salud mundial durante los recientes brotes de ébola en la República Democrática del Congo».

Javier Salas

13 Marzo 2020

Una crisis en busca de líder

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

LA PEOR crisis sanitaria de nuestra historia reciente va a poner a prueba a todo el país, empezando por sus dirigentes. Hasta la fecha sabemos una cosa: que el Gobierno perdió un tiempo precioso en el combate contra la epidemia por un error garrafal de cálculo que lo llevó a subestimar el peligro que representaba este virus por una mezcla de negligencia y sectarismo. Que la ministra de Igualdad haya dado positivo no se circunscribe a un desgraciado episodio personal, que esperamos supere pronto, sino que demuestra la grave irresponsabilidad en que incurrió al alentar y encabezar la manifestación del 8-M, cuyos efectos propagadores empezarán ya a computarse en el repunte exponencial previsto por la Comunidad de Madrid para este fin de semana.

Cabría esperar en todo caso que se hubiera aprendido la lección. Pero durante su comparecencia, Sánchez no solo evitó de nuevo cualquier asomo de autocrítica sino que invocó a los expertos y a la ciencia una y otra vez para evitar asumir en primera persona la responsabilidad de las decisiones difíciles que urge tomar. El verdadero liderazgo no se esconde en la volatilidad de unas circunstancias dramáticas. Ni se tranquiliza a una ciudadanía preocupada repitiendo que se tomarán las decisiones necesarias, sino tomándolas ya a la vista del precedente italiano. «No cometáis los mismos errores que nosotros, no perdáis tiempo», ha advertido Matteo Renzi. Sánchez se limitó a transmitir la recomendación de Sanidad de cerrar los colegios en toda España y de restringir en general la asistencia a actos masivos, pero nos tememos que el tiempo de las recomendaciones ya pasó. De poco sirve ponderar retóricamente la buena coordinación entre administraciones si al final se libra al criterio de cada barón la posibilidad o no de suspender eventos como la Semana Santa, con la Junta de Castilla y León abogando por su suspensión y la de Andalucía resistiéndose a cancelarla. El ciudadano advierte descoordinación cuando Emiliano García-Page anuncia por la tarde el cierre escolar que había descartado por la mañana. Quien debe liderar la respuesta conjunta a la crisis es el presidente del Gobierno, que no ha de estar solamente para anunciar las ayudas económicas.

La Constitución ofrece herramientas que conviene sopesar, como el estado de alarma, que incluye la epidemia entre los supuestos que lo justifican. El Gobierno de Zapatero lo declaró para atajar la crisis de los controladores aéreos en 2010. La emergencia que vivimos es mucho más crítica. El estado de alarma permitiría mejorar la reacción de un Gobierno aún demasiado contemplativo. Que también rehúye la mano tendida por la oposición para abordar el plan de choque desde el consenso de Estado, según demandan los españoles. El genuino liderazgo conlleva dosis inevitables de riesgo y exposición. Ya no es hora del marketing político sino de la acción decidida.

13 Marzo 2020

Lo que está en nuestra mano

Ignacio Escolar

El domingo, en plena posesión de mis facultades mentales, fui a la manifestación del 8M en Madrid. Tuve algunas dudas. Por el virus, claro. Al final decidí acudir. Como muchas otras de las personas que estuvimos allí, pensé que el riesgo no era para tanto, que las posibilidades de un contagio eran ínfimas, que era importante asistir.

Hoy creo que me equivoqué, y creo que no soy el único de los asistentes que hoy hubiera preferido no ir: al 8M, al fútbol, a la discoteca o al mitin de Vox con Ortega Smith. También creo que se equivocó el Gobierno al no tomar antes las medidas que ha anunciado poco después.

Es cierto que nadie tenía entonces todos los datos que tenemos hoy. Y no me refiero a la mortalidad o la peligrosidad del coronavirus, que ya lo sabíamos, sino a su nivel de difusión por Madrid. Fue el lunes cuando el número de nuevos infectados se disparó: pasamos de 28 nuevos positivos en Madrid el domingo a 375 el día siguiente. Fue el lunes, y no el domingo, cuando quedó en evidencia que el coronavirus circulaba masivamente por mi ciudad. Que la pandemia no era algo lejano y ajeno, que se veía por televisión. Que ya estaba aquí, y estaba fuera de control.

En las últimas horas, como nos pasa a muchos madrileños, varias personas de mi entorno profesional y personal han empezado a tener síntomas claros de esta enfermedad; llevan todo el día intentando que les atiendan por unos teléfonos de emergencia colapsados. Algunas ya han dado positivo. Otras probablemente pronto lo darán. Mi día a día ha cambiado radicalmente. También ha cambiado mi ciudad y mis expectativas para el futuro. Ya sé que no será igual.

Tanto si la enfermedad se cronifica y nos enfrentamos al colapso que vive Italia como si logramos frenar la curva y evitar al menos que la epidemia reviente nuestro sistema sanitario, el impacto del COVID-19 en nuestras vidas solo acaba de empezar. Las próximas semanas van a ser más duras, con seguridad. Es ingenuo poner un horizonte temporal ante esta crisis cuando lo primero que ha caído es la previsibilidad. Simplemente sabemos que, a corto plazo, la situación en todo el mundo y en España va a empeorar. Pero no sabemos cuándo tocaremos fondo, ni cuánto va a durar.

La gravedad de esta pandemia no es, en abstracto, una novedad para cualquier ciudadano informado. Pero la cosa cambia cuando pasas de la teoría a la práctica. Cuando el pánico vacía algunas estanterías de los supermercados de tu ciudad. O cuando recuerdas que le diste la mano hace pocos días a esa persona que hoy está en cuarentena. O cuando piensas en las personas mayores a las que quieres. O cuando haces las cuentas del número de enfermos que se esperan –alrededor del 40% de los infectados en Madrid necesitarán atención hospitalaria y un 10% acabará en la UCI, según asegura el consejero de Sanidad–, y confirmas que en toda España solo tenemos 4.400 camas en unidades de cuidados intensivos.

Hoy casi todos los madrileños, o los vitorianos, sabemos ya lo que hace dos semanas conocían de primera mano los ciudadanos de Milán. Lo que pronto sabrán muchos otros españoles que, por ahora, no le dan tanta importancia a esta epidemia. Y que inevitablemente pronto se la darán.

Las pasadas semanas, en eldiario.es, me preocupaba mucho no provocar un pánico innecesario con el coronavirus. Hoy tengo la sensación contraria: hay demasiadas personas que aún viven ajenas a lo que está ocurriendo, que no cumplen con las mínimas recomendaciones sanitarias, que prefieren ignorar la gravedad de la situación o encomendarse a pintorescas teorías de la conspiración. Es posible que una parte de la culpa sea nuestra, de los medios, de nuestra propia credibilidad. Tantas veces vino el lobo que, cuando llega, algunos no nos creen ya.

En los próximos días probablemente llegarán medidas más drásticas: más prohibiciones para intentar evitar un desastre aún mayor. Pero todo el poder del Gobierno no basta por sí mismo para solucionar esta situación. En Italia hubo quien se saltó la cuarentena obligatoria para escaparse a esquiar.

Fui yo, este domingo, quien libremente decidió ir a la manifestación. Nadie me lo prohibió, pero tampoco nadie me obligó.

El Gobierno tiene un papel en la sociedad: uno muy importante, como en toda crisis queda patente, también para aquellos que critican al «papá Estado» y piden su demolición. Pero de nada sirven todas las medidas del Gobierno si cada uno de nosotros no asumimos nuestra responsabilidad individual para evitar más contagios. Por nosotros. Por los que más queremos. Por los que luchan contra la pandemia en primera línea de fuego. Y por toda la sociedad.

Ignacio Escolar

23 Marzo 2020

Juan Luis Cebrián

Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado

En septiembre del año pasado, un informe de Naciones Unidas y el Banco Mundial avisaba del serio peligro de una pandemia que, además de cercenar vidas humanas, destruiría las economías y provocaría un caos social. Llamaba a prepararse para lo peor: una epidemia planetaria de una gripe especialmente letal transmitida por vía respiratoria. Señalaba que un germen patógeno de esas características podía tanto originarse de forma natural como ser diseñado y creado en un laboratorio, a fin de producir un arma biológica. Y hacía un llamamiento a los Estados e instituciones internacionales para que tomaran medidas a fin de conjurar lo que ya se describía como una acechanza cierta. La presidenta del grupo que firmaba el informe, Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega y exdirectora de la Organización Mundial de la Salud, denunció que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como absolutamente realista y podía encaminarnos hacia el equivalente en el siglo XXI de la “gripe española” de 1918, que mató a cerca de 50 millones de personas. Denunció además que ningún Gobierno estaba preparado para ello, ni había implementado el Reglamento Sanitario Internacional al respecto, aunque todos lo habían aceptado. “No sorprende” —dijo— “que el mundo esté tan mal provisto ante una pandemia de avance rápido transmitida por el aire”.

Los llantos de cocodrilo de tantos gobernantes, en el sentido de que nadie podía haber imaginado una cosa así, no tienen por lo mismo ningún sentido. No solo hubo quienes lo imaginaron: lo previeron, y advirtieron seriamente al respecto. Ha habido sin ninguna duda una negligencia por parte de los diversos ministros de Sanidad y sus jefes, y en Francia tres médicos han presentado ya una querella contra el Gobierno por ese motivo. La consecuencia es que la mayoría de las naciones occidentales están hoy desbordadas en sus capacidades para luchar contra la epidemia. Se ha reaccionado tarde y mal. Faltan camas hospitalarias, falta personal médico, faltan respiradores, y falta también transparencia en la información oficial. En nuestro caso los periodistas tienen incluso que soportar que sus preguntas al poder sean filtradas por el secretario de Comunicación de La Moncloa.

El 24 de febrero la OMS declaró oficialmente la probabilidad de que nos encontráramos ante una pandemia. Pese a ello y a conocer la magnitud de la amenaza, ya hecha realidad con toda crudeza en varios países, apenas se tomaron medidas en la mayoría de los potenciales escenarios de propagación del virus. En nuestro caso se alentó la asistencia a gigantescas manifestaciones, se sugirió durante días la oportunidad de mantener masivas fiestas populares, no se arbitró financiación urgente para la investigación, se minimizó la amenaza por parte de las autoridades, e incluso el funcionario todavía hoy al frente de las recomendaciones científicas osó decir entre sonrisas que no había un riesgo poblacional.

No es momento de abrir un debate sobre el tema, pero es lícito suponer que además de las responsabilidades políticas los ciudadanos, que ofrecen a diario un ejemplo formidable de solidaridad en medio del sufrimiento generalizado, tendrán derecho a demandar reparación legal si hay negligencia culpable. Cunden a este respecto las dudas sobre la constitucionalidad en el ejercicio del estado de alarma. Se han suspendido en la práctica, aunque el decreto no lo establezca así, dos derechos fundamentales, el de libre circulación y el de reunión. No se discute el contenido de las medidas, del todo necesarias, sino la decisión de no declarar el estado de excepción que sí cubriría sin duda alguna dichos extremos, como también la movilización del Ejército. La impresión dominante es que el Gobierno es prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos. En una palabra, la conveniencia política prima, incluso en ocasiones tan graves como esta, sobre la protección de la ciudadanía.

En descargo de nuestras autoridades puede apelarse por desgracia a parecidos errores cometidos en la Unión Europea, cuyo fracaso institucional, si no despierta a tiempo de la parálisis, amenaza con ser definitivo. La falta de coordinación entre los Gobiernos, la variedad de las decisiones adoptadas, la incapacidad para dar una respuesta global a un problema global, es ultrajante para la ciudadanía. La Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos deberían haber adoptado medidas homogéneas para el conjunto de sus miembros. Europa ya venía fracasando en las políticas sobre emigración o refugiados, y solo se ha mostrado firme y coherente en la exigencia de austeridad que garantice los equilibrios presupuestarios. Dicha austeridad, aplicada con criterios cortoplacistas, está en la base de la escasa inversión en los sistemas de salud, cuyas carencias nos conducen ahora al mayor desequilibrio económico y fiscal imaginable. A medida que se cierran las fronteras y se expulsa a los extranjeros, crece el nacionalismo de viejo cuño, incapaz como es de dar respuesta a problemas planetarios, y en el que se engendran desde hace siglos sangrientos conflictos.

Pero el desorden no es solo europeo. No se han reunido el G20 y el G7, los supuestos amos del mundo; los llamamientos del secretario general de la ONU a proteger a los países más desfavorecidos e inermes ante la amenaza letal no son escuchados; y al presidente de Estados Unidos no se le cae de la boca la acusación a China de ser la responsable de esta catástrofe porque el primer ataque del virus tuvo lugar en Wuhan. Uno de los principales deberes pendientes, cuando la situación se haya estabilizado, será tratar de analizar el verdadero foco del patógeno, y establecer si tiene su origen natural o fue un invento humano. Al fin y al cabo, también la pandemia de 1918 recibió el apelativo de “gripe española” cuando en realidad la transmitieron soldados norteamericanos que habían desembarcado en un puerto francés.

Dure dos semanas o dos meses (más probablemente esto último) la batalla ciudadana contra el virus, lo que se avecina tras la victoria, cuyo precio habrá que contabilizar en vidas humanas antes que en datos económicos, es una convulsión del orden social de magnitudes todavía difíciles de concebir. El poder planetario se va a distribuir de forma distinta de como lo hemos conocido en los últimos 70 años. El nuevo contrato social ya ha comenzado a edificarse además gracias al empleo masivo de la digitalización durante el confinamiento de millones de ciudadanos en todo el orbe. En el nuevo escenario, China no será ya el actor invitado, sino el principal protagonista. La eficacia de sus respuestas en las dos últimas crisis globales, la financiera de 2008 y la pandemia de 2020, le va a permitir liderar el nuevo orden mundial, cuyo principal polo de atención se sitúa ya en Asia. No por casualidad países como Corea del Sur, Singapur y Japón sobresalen en el podio de los triunfadores frente al coronavirus. Este nuevo orden mundial ha de plantear interrogantes severos sobre el futuro de la democracia y el desarrollo del capitalismo. También sobre el significado y ejercicio de los derechos humanos, tan proclamados como pisoteados en todo el orbe. Por mucho que griten los populistas es la hora de los filósofos. Uno de los más respetados en el ámbito del Derecho, el profesor Luigi Ferrajoli, llamaba precisamente desde Roma, apenas días antes de que la ciudad se cerrara al mundo, a levantar un constitucionalismo planetario, “una conciencia general de nuestro común destino que, por ello mismo, requiere también de un sistema común de garantías de nuestros derechos y de nuestra pacífica y solidaria coexistencia”. Palabras que me hubiera gustado escucharan los españoles días atrás en alguno de los mensajes a la nación, tan bienintencionados como poco inspiradores.

Juan Luis Cebrián

25 Marzo 2020

¿Ha influido el 8-M en el incremento de los casos de Covid-19?

LA MAREA (Coordinador Editorial A. C. : Antonio Maestre)

La polémica alrededor de la supuesta irresponsabilidad de permitir las manifestaciones del 8-M en medio de la epidemia del coronavirus está constantemente en boca de los sectores más críticos con la gestión de esta crisis. Algunas de estas voces incluso criminalizan a quienes organizaron la convocatoria y a quienes la permitieron con el argumento de que esta contribuyó a la expansión del virus. A priori, estas afirmaciones pueden parecer intuitivas y difíciles de desmontar con evidencias. No obstante, los datos de los que disponemos actualmente y que hemos ido acumulando en los últimos días, permiten realizar un análisis más factible sobre si el 8-M influyó en la expansión del virus o no y, en última instancia, en qué medida lo hizo.

Para empezar, vamos a poner en contexto el tiempo que tarda el virus desde que comienza actuar sobre las personas (contagio) hasta que aparece en nuestros datos (informes públicos del Ministerio de Sanidad). Según los últimos informes de la Organización Mundial de la Salud, el periodo de incubación del SARS-COV2 va de 2 a 14 días con una media de 5,2 días (y con un intervalo de confianza del 95% entre 4,1 y 7,0 días). Esto significa que, entre las personas contagiadas en un momento dado, los primeros síntomas aparecerían entre 4 y 7 días después.

Una vez aparecidos los primeros síntomas, pueden pasar entre 1 y 5 días (dependiendo de si el paciente pertenece a un grupo de riesgo o no, o de la velocidad a la que los síntomas se desarrollen) hasta que el paciente ve empeorar sus síntomas y se estima que es oportuno realizarle la prueba del Covid-19.

Una vez realizada la prueba –en el caso de que pudiera realizarse–, los resultados pueden tardar entre 1 y 5 días (en los próximos días los test empezarán previsiblemente a tardar menos), resultados que si dan positivos pasan a engrosar las cifras que, al día siguiente si son más de las once, serán informados por el Ministerio de Sanidad.

En resumen, desde que el contagio se produce hasta que el paciente se incluye en los datos, se calcula un mínimo de entre 7 y 14 días. Teniendo en cuenta estos datos, podemos ver si en ese periodo de tiempo después del 8-M se ha visto un aumento significativo de los casos en comparación con días anteriores.

En las curvas que representan los valores absolutos es prácticamente imposible percibir la velocidad a la que la curva crece en esos puntos. Para ello, lo que se hace es «derivar» la curva, es decir, calcular los incrementos de cada uno de los puntos con respecto al punto anterior, o lo que es lo mismo, traducido al caso: calcular el incremento de contagiados en un día con respecto al total de contagiados del día anterior. Esos datos de cada día los mostramos en el siguiente gráfico en forma de porcentaje (aplicando una media móvil de dos periodos para apreciar mejor la tendencia) para que nos hagamos una idea de la velocidad a la que crece la curva de contagiados en cada uno de los puntos:

Como se observa en los gráficos, no existe en ese periodo un incremento inusual de los casos en comparación con los periodos anteriores, más bien al contrario, la curva crece más despacio de lo que crecía durante la semana anterior, periodo en el que lo hizo a tasas que superaron el 50% varios días. Estos casos detectados entre el día 7 y el 14 de la epidemia, que supusieron la explosión de la curva (y la razón por la que los valores absolutos se mueven por encima de los de otros países, como Italia, véase el gráfico siguiente), son contagios que se dieron durante la última semana de febrero o principios de marzo, cuando todavía en España contábamos con menos de cien casos confirmados y nadie en toda Europa contemplaba el cierre absoluto de las fronteras y el confinamiento total del país.

Número de casos detectados en España e Italia

Como anteriormente, lo vemos más claramente si obtenemos las velocidades de crecimiento de las curvas, como hicimos anteriormente:

Estas tasas de crecimiento tan altas durante esos días nos indican que, a finales de febrero, en España ya se estaba propagando el virus sin que lo supiéramos, lo que en China llamaban las «cadenas invisibles de contagio», que no son más que personas sin síntomas que pueden transmitir el virus. Todo apunta a que cuando los primeros casos empezaron a aparecer en Lombardía, el virus ya estaba instalándose en numerosos focos invisibles alrededor de toda Europa.

Pero el asunto destacable que creo fundamental en este artículo es que no hace falta (aunque tampoco sobra) irse a todos estos datos para entender por qué es imposible que el 8-M, con 120.000 asistentes en Madrid, según la Delegación del Gobierno, provoque ningún efecto perceptible en la evolución del coronavirus dentro de España. La razón es muy sencilla, y basta con tomar como ejemplo la Comunidad de Madrid, uno de los focos más activos, y ver lo que ocurrió durante la semana previa a la manifestación del 8-M (y, por extensión, las semanas anteriores y los días inmediatamente posteriores). No son pocas las personas que quisieron defender esta convocatoria comparándola con partidos de fútbol, teatros, cines, eventos, etc., pero lo cierto es que no hay que ir a esos números para contemplar la insignificancia de estas concentraciones en lo que al virus se refiere, más meridianos son los siguientes:

Según los datos públicos de la web del Metro de Madrid, en marzo de 2019 pasaron 61,5 millones de personas por sus vagones. Esto suma un total de 13,9 millones de personas en el metro durante la semana previa al 8-M, lo que se traduce en millones de personas compartiendo botones, asientos, barras y espacios reducidos y cerrados todos los días (otros más de 2 millones de personas, casi diecisiete veces más que en el 8-M, lo hicieron el 9 de marzo).

Además, según los datos de la Consejería de Educación de Madrid, durante el curso 2018-2019 hubo 1,2 millones de alumnos matriculados en enseñanzas no universitarias, lo que significa que más de 1 millón de personas asistieron diariamente a sus clases, algunos gatearon juntos, otros hicieron deporte, otros bebieron de los mismos grifos y otros utilizaron las mismas instalaciones y las mismas herramientas que cientos de sus compañeros (1,2 millones de alumnos, diez veces más gente que la que se concentró el 8-M, volvió a ir a clase el 9 de marzo).

Ni siquiera hace falta comentar los millones de personas que diariamente coparon los bares, los restaurantes, las terrazas, los teatros, las discotecas (casi una semana después del 8 de marzo se organizaban fiestas multitudinarias en muchas de ellas), cifras que aunque millonarias son más complicadas de calcular con precisión.

Las diferencias son tan grandes que ni siquiera los datos comparten el mismo orden de magnitud.

Por todo esto, creo que es hora de que la conversación pública abandone determinados clichés y deje de lado la criminalización y el enjuiciamiento de todo aquel que se le cruza por delante. Debemos sacar al 8-M (y a Vistalegre, cómo no) de las ecuaciones, y empezar a pensar en las verdaderas razones por las que esta crisis está golpeando en todo occidente como lo está haciendo y haya dejado a los países con una capacidad de reacción limitadísima. Quizá así se nos quiten por un momento las ganas de apuntar con el dedo constantemente a nuestros enemigos y, quién sabe, nos entre un ligero (ligerísimo, seguramente) impulso de abrazarles.

Miguel Lacambra

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