20 enero 1960
El diplomático franquista irrumpió en el Estudio donde el dictador comunista Castro acababa de lanzar una diatriba contra España
Cuba expulsa al embajador de España, Lojendio, tras una discusión con Fidel Castro ante las cámaras de TV
Hechos
El 20.01.1960 el Gobierno de Cuba conminó a Pablo de Lojendio, embajador de España en aquel país a abandonar aquel Estado en un plazo de 24 horas.
Lecturas
Serafín Prego, gallego de 73 años -53 de ellos en la isla- presenció en la televisión el serio incidente que enfrentó al funcionario español y a Fidel Castro. «Fidel estaba dando un discurso en el Canal 2 y acusó a la embajada de actividades contrarrevolucionarias. Al poco tiempo irrumpió Lojendio vociferando como un loco. ¡Me ha ofendido!, gritaba, mientras se arremangaba la camisa para fajarse (pegarse) con Fidel», aclara Prego. «¡Imagínate la que se montó! ¡Fidel también se comenzó a arremangar, una señora le arreó un bolsazo a Lojendio,…! ¡Al final tuvo que salir escoltado por los milicianos, porque la gente se lo quería comer. A los pocos días pasearon un burro por La Habana que llevaba la capa del embajador atada al cuello», añade Prego. (4-12-1996)
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CUBA RETIRA A SU EMBAJADOR EN ESPAÑA
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El Análisis
La ruptura oficial de relaciones diplomáticas entre la Cuba de Fidel Castro y la España del general Franco constituye uno de los episodios más insólitos —y teatrales— de la diplomacia contemporánea. Que el desencadenante haya sido una escena televisada en directo, con el embajador español Pablo de Lojendio irrumpiendo en un estudio para replicar las palabras del comandante Castro, confiere al incidente un tinte casi novelesco, propio de estos tiempos donde los micrófonos y las cámaras parecen pesar más que los protocolos. El gesto de Lojendio ha dividido a la opinión: para algunos, un acto de dignidad frente a la ofensa; para otros, una imprudencia que ha costado la relación entre ambos Estados.
Fidel Castro, en su habitual estilo incendiario, había acusado a España y a las órdenes religiosas españolas de sostener el atraso en Cuba. Fue entonces cuando Lojendio, embajador y aristócrata, irrumpió en el plató, al parecer cogió del brazo al jefe del Estado cubano y le increpó en directo, en nombre del honor nacional. No se trataba de una arenga improvisada desde una manifestación, sino de un gesto dentro de un canal estatal y frente al propio líder revolucionario. Castro, atrapado por la contradicción de haber invitado a cualquiera a que le replicara “si se atrevía”, tuvo que reaccionar sin escalar el conflicto hacia mayores proporciones: declaró ‘non grato’ al embajador y forzó su salida. España, por reciprocidad fomentó la retirada de España de Miro Cardona, embajador castrista cubano en Madrid, quien, en una jugada del destino, acabará en el exilio liderando la oposición anticastrista en Miami.
La España franquista, celosa de la dignidad patria, no respondió con entusiasmo al gesto del embajador. No hubo honores, ni medallas, ni comunicados de respaldo entusiasta. Franco, pragmático y frío, sabía que había más de temer en el camino que tomaba Cuba —cada vez más cerca del comunismo soviético— que de ganar un gesto simbólico en televisión. Y aunque Lojendio continuaría su carrera diplomática en otros destinos, el mensaje fue claro: la diplomacia exige firmeza, sí, pero también cálculo. El verdadero embajador no es el que gana una discusión televisada, sino el que, sin perder la compostura, evita romper puentes. Hoy, sin embajadores y con Cuba derivando hacia un modelo cada vez más hostil a Occidente, se abre un nuevo capítulo incierto entre dos dictaduras que, pese a su radical diferencia ideológica, han perdido incluso la cortesía de dialogar.
J. F. Lamata