1 junio 2026

Daniel Verdú abre una polémica en torno a la figura de María Jesús Marhuenda «Mar de Marchis», la fallecida editora de la revista JOT DOWN, con la publicación del libro «La bola»

Hechos

El 1 de junio de 2026 se hizo público el editorial de la revista JOT DOWN redactado por Ángel L. Fernández Recuerdo contra el libro ‘La Bola’ de Daniel Verdú.

01 Junio 2026

La bola, o el arte de mirar sin ver

Ángel L. Fernández Recuero

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Actualización 08/06/26: Se ha cambiado el término «ficción basada en hecho reales» por «narrativa basada en hecho reales» que es la leyenda que aparece en la cubierta. Cuando un libro que rehúye las fuentes primarias se envuelve en la etiqueta de «narrativa basada en hechos reales», no solo está admitiendo que ficcionaliza, sino que confunde ese déficit de trabajo documental con un gesto de estilo.

La conocí con los ojos vendados hace ahora veinte años. Después de meses de conversar por teléfono, cuando por fin di con ella, no quiso verme, y la razón la dijo sin rodeos ni pudor: no era la mujer de las fotos. Podríamos habernos quedado ahí, en el reproche o en la decepción, que es donde se suele quedar casi todo el mundo. En lugar de eso le propuse un trato. Subir a su ático, sentarme de espaldas en el quicio de la puerta, dejar que me anudara un pañuelo sobre los ojos y pasar el día así, a ciegas, con ella. Aceptó. Y pasamos una tarde entera de la que conservo una sola fotografía, movida, doméstica y francamente fea, en la que aparezco sentado en el borde de su cama con unos cuadros de tela tapándome la mirada. Aquel día no la vi, pero estar con ella así, en una oscuridad acordada, dio comienzo a una de las relaciones más fascinantes que he tenido en mi vida.

No encontrarás ninguna escena parecida en La bola, y no es por casualidad. El libro de Daniel Verdú está escrito desde el lugar exactamente contrario al que ocupé yo aquella tarde. Yo me senté de espaldas y acepté no verla para poder conocerla. El libro se sienta de frente, exige el rostro, y al no obtenerlo resuelve que el rostro era un enigma. Llevo una semana intensa con el dichoso libro; es el cierre de cuatro años de llamadas de muchos conocidos y del propio Daniel Verdú sobre un hipotético ensayo biográfico que finalmente aparece se presenta como «ficción basada en hechos reales». El relato de cómo la conocí solo lo puedo escribir desde el cariño y la admiración, que son dos cosas que no aparecen por ningún lado en la novela de Verdú. En su lugar el libro transpira resentimiento y la culpa no es del autor. Me explico.

Daniel Verdú no es el problema, y quiero decirlo con todas las letras. Ha escrito el libro que se podía escribir con el material que tenía a mano, y tuvo ese material por una razón sencilla y poco heroica. Las personas que de verdad conocieron a Mar, las que se postularon para contarla, respetaron que la familia no quisiera todavía. Esa renuncia dejó la historia disponible para el mercenarismo. Enric González, promotor intelectual del libro y posiblemente coautor del mismo en una primera etapa, como él mismo reconocíó a la familia, dejó que fuera Verdú quien lo desarrollara y finalizara, no sé muy bien si por vergüenza o por pereza. Verdú, por tanto, es un beneficiario por defecto, no un culpable, y no se debe confundir la suerte con el mérito ni el mérito con la culpa. El reparo no va contra su pluma, que funciona. Va contra el lugar del que sale lo que la pluma transcribe.

Lo que tenemos es un retrato de una ausencia levantado casi por completo con las voces de quienes tenían cuentas pendientes con su recuerdo. Esa es la avería de origen, y es una avería de método, no de carácter, lo que la hace más difícil de rebatir. Un relato construido sobre quien arrastra el agravio del ERE, sobre quienes mantuvieron con ella relaciones de amor y odio a partes iguales, y sobre quien solo entrega la anécdota inofensiva para no mojarse, produce una distorsión previsible. Por encima de todos esos yacimientos asoma uno que el libro nunca nombra como lo que es: aquella redacción madrileña por la que Mar pasó como una apisonadora y que no olvida. La bola es, en una de sus capas, la memoria larga de una institución arrollada. Una mujer sin credenciales entró sin invitación en un mundo endogámico y mayoritariamente masculino, lo sedujo, lo usó y lo dejó atrás, y ese mundo ha tenido por fin la ocasión de devolver el golpe bajo el paraguas respetable de una «biografía». El resentimiento que transpira el texto no es la voz del autor. Es la composición de la muestra. Y en una obra que presume de buscar la verdad, esa diferencia lo es todo.

Esa etiqueta paradójica con la que editorial categoriza la novela, la narrativa basada en hechos reales, tampoco es un guiño literario inocente. Es un cajón desastre que funciona como seguro a todo riesgo. Cuando un libro se reserva por escrito el derecho a novelar, las infidelidades factuales dejan de ser errores y pasan a ser estilo, y quien señala una costura queda convertido en el lector sin matiz que confunde la prosa con el acta notarial. El género no describe esta obra. La blinda. Y por eso quienes conocemos los hechos de primera mano somos justo los lectores ante los que ese blindaje no sirve, porque sabemos dónde se rinde el ensayo y empieza la invención.

El asiento más cálido del relato, sus primeras y últimas páginas, lo ocupa Enric González, y tampoco eso es inocente, como ya he señalado anteriormente. El libro entroniza precisamente al testigo que convirtió su cercanía con Mar en personaje propio, al hombre que paseó por cenas y reservados una intimidad que, quienes estábamos dentro, sabemos que fue más interpretada que real. Alardeó de conocerla como nadie mientras, en su cabeza, la confundía con otra. Que el narrador conceda la centralidad a esa voz, y no a quienes sostuvieron el invento día tras día, dice más sobre la arquitectura del texto que cualquiera de sus capítulos. Una biografía que coloca en el centro a quien más presumió de conocerla durante el tiempo que no la conoció es un desbarajuste narrativo total. Que además pase de puntillas en una relación que fue lo más bonito que les pasó a Mar y a Enric en mucho tiempo, disfrazándolo de otra cosa, me da una pena atroz.

Y aparece entonces el agujero estructural, el que ningún testimonio podía tapar porque está en la elección del eje. El libro se ordena alrededor de las dos únicas cosas que Mar fabricó hacia fuera: el famoso y el enigma. Esa decisión deja el relato ciego para ver el motor. El areópago, el trabajo editorial cotidiano, la maquinaria que de verdad movía una revista no caben en una narración cuyo centro es el glamur y el misterio. La ironía es demasiado redonda para dejarla pasar. Una obra anunciada como la radiografía de la verdad en manos de una mentira acaba reproduciendo, plano a plano, el escaparate que montó la propia mentira. Confunde el marketing con la revista. Cuenta la Jot Down que Mar vendía, la de la foto con el famoso de turno, no la que sosteníamos los demás. La mitad del tráfico de aquella revista no lo daban los rostros que posaban abrazados a la Smart, sino firmas que el gran público no conocía: Álvaro Corazón RuralEmilio J. RodríguezDiego CuevasBárbara Ayuso y unos cuantos más, autores que escribían lo que de verdad se leía mientras el escaparate brillaba en otra parte. De ellos no hay biografía posible aquí, porque no encajan en una historia montada sobre el misterio. No eran misteriosos. Solo eran, son, buenos, muy buenos.

El final termina de partirle el espinazo a la propuesta. La forma trágica que el libro elige reclama una cumbre y una caída. Sitúa la cumbre en el suplemento de El País, el supuesto momento de esplendor, y trata lo posterior como desenlace, como duelo, como migración de los patos hacia el invierno. El problema es que ese desenlace no ocurrió. La revista que el libro entierra tiene hoy más lectores que entonces, sostenida por muchas de esas firmas que no salían en la foto y otras nuevas. El crecimiento posterior contradice la curva, de modo que desaparece, no por mala fe sino porque un final feliz le arruina la elegía al narrador. La caída no es un hallazgo del reportaje. Es un requisito del género que el autor eligió. Y cuando el género impone los hechos en lugar de respetarlos, ya no hablamos de un ensayo, de una biografía al uso, sino de narrativa basada en hechos reales que que confunde la falta de fuentes primarias con licencia literaria y deja fuera, por pura ceguera documental, aquello que no cabe en su marco elegíaco.

Queda al fondo la pregunta que el libro asciende a metafísica y que es mucho más prosaica de lo que aparenta. La bola eleva el hueco de su retrato a enigma esencial, al nomen nescio, al misterio irresoluble de una mujer sin rostro. Buena parte de ese hueco no es un misterio. Es un silencio que algunas personas eligieron sostener por respeto a una familia y a una muerte reciente. Hacer literatura con lo que otros decidieron callar no es resolver un enigma. Es ocupar un sitio que estaba vacío porque alguien tuvo la decencia de no llenarlo todavía. Yo me vendé los ojos una tarde para poder conocerla. Daniel Verdú mantuvo los suyos bien abiertos y, al final, no vio nada.

04 Junio 2026

EL MISTERIO DE LA JEFA DE ‘JOT DOWN’, UNA "FABULADORA EN SERIE"

EL MUNDO

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Se llamaba Mar y era abogada. También era representante de futbolistas y empresaria de origen siciliano. Vivía en Londres. Y en Madrid. En Barcelona. Vivía en Roma. ¿O era en Santa Pola? Se llamaba Mar, pero también se llamaba Chus. Y Shizuka. Y Bluevelvet. E Isabella. Y Jun. Y Libertad. Tenía un cuerpo despampanante y los ojos verdes. Y menudo culo… Y se movía de un lado a otro con la armonía de una bola de billar. Tenía treinta y pico. O cincuenta y muchos. Y sufría obesidad mórbida. Y agorafobia. Y tenía la cara desfigurada de sus tiempos en Siria. Dicen que era hija de Aznar. Aunque también se rumoreaba que era en realidad Paloma Gómez Borrero, la antigua corresponsal de TVE en el Vaticano. Quizás era sólo la novia del periodista Enric González. Qué narices, Mar era el propio Enric González.

Con ustedes, Mar de Marchis o lo que sea. Una gigantesca incógnita.

«¿Que quién era realmente? Ella era quien tú quisieras que fuera. Mar de Marchis era, por encima de todo, una fabuladora en serie», retrata Daniel Verdú (Barcelona, 1980), autor de La bola (Alfaguara), un libro que cuenta la historia real -si es que esto es posible- de una enigmática mujer que durante cerca de una década fisgó en las redacciones de toda la prensa española, sedujo a decenas de periodistas a través de las redes sociales, calentó a unos cuantos vía WhatsApp, promocionó a no pocos, concertó mil citas a las que nunca se presentó y se convirtió en una de las personas más influyentes en el ecosistema mediático del país sin que nadie supiera ni siquiera qué cara tenía. «Era sólo una voz. Una llamada de teléfono», escribe Verdú.

Por si ustedes no la ubican, Mar de Marchis era oficialmente la fundadora, impulsora y directora de Jot Down, una revista cultural de diseño exquisito con aires de The New Yorker, portadas para enmarcar, fotones en blanco y negro, textos colosales y entrevistas inagotables que logró reclutar a las mejores firmas del país pagando mucho más ego que pasta. Por sus páginas desfilaron Arturo Pérez-Reverte, Fernando Savater, Santiago Segurola, Ana Pastor, Iñaki Gabilondo, Manuel Jabois, Maruja Torres, Pedro Simón, Antonio Muñoz Molina, Soledad Gallego-Díaz, por supuesto Enric González… Y una lista gigantesca de promesas del periodismo que ella promovió desde la sombra mientras se permitía rechazar textos de Vargas Llosa o Javier Cercas.

Hubo un tiempo en el que si no escribías en Jot Down, no molabas. Un tiempo en el que el prestigio de las cabeceras tradicionales caía en picado, emergían entre ERE y ERE nuevos medios que se forraban a clics haciendo listas de cosas, blogs y foros en los que todo el mundo se creía Truman Capote y en el que una red social llamada Twitter llegó para engordar la vanidad de los periodistas, valga la redundancia.

«El planeta de la prensa tradicional estaba a punto de estallar y ella se había colocado en primera fila para recoger algunos asteroides que iban a salir despedidos en la deflagración», se puede leer en La bola, título que hace referencia al logo de la revista que servía como avatar de Mar de Marchis en sus redes sociales: una bola negra de billar con las iniciales de su publicación.

De repente, la bola aparecía en tu buzón de mensajes privados: «Hola, soy Mar».

«Yo nunca la vi físicamente y la conocí relativamente», admite Verdú, que fue contactado por ella por primera vez cuando trabajaba como corresponsal de El País en Roma (hoy trabaja para el mismo periódico desde París). «La he podido conocer mucho más después, hablando con la gente que tuvo contacto con ella, pero el resultado es un retrato muy poliédrico», cuenta el periodista, que dedicó tres años y medio a seguir el rastro de su protagonista. «Había una base común, era irónica, corrosiva, rápida e inteligente. Pero después había una Mar para cada persona que trató con ella. Ella era quien tú necesitaras que fuera. Para muchos fue una amiga, para otros una ayuda en el trabajo, para otros una especie de amante telemática, una madre… Tenía un talento especial para influir y para saber con quién hablar siempre que fuera útil a su maquinaria».

Por eso el libro no es sólo la radiografía de un personaje fascinante, es también la autopsia de una época excepcional y de un perfil de periodista, especialmente hombre, que cayó rendido a los encantos de una misteriosa mujer en el momento oportuno. Decenas de reporteros y columnistas de este país recibieron en sus teléfonos supuestas fotografías de Mar de Marchis que eran en realidad posados de una joven y rubia peluquera de Santa Pola amiga de la editora. De Marchis compartía en privado fotos de sus manos, de sus ojos, de su boca, de sus pies desnudos. Y al otro lado, caían babas de periodista. «Mar ya había prometido amor, o lo que fuera aquello, a tantas personas que incluso viejos amigos o afamados columnistas de la prensa española, algo mayores o muy jóvenes, discutieron o se pelearon entre ellos y estuvieron a punto de no volverse a hablar», cuenta Verdú.

Muchos intentaron quedar con ella en persona. Mar nunca se presentaba. Uno de los colaboradores de la revista contaba que había tenido una noche de pasión con aquella irresistible mujer. Por supuesto, jamás la llegó a ver.

De Marchis había ensayado su capacidad de seducción a principios de los 2000 en varios foros de internet, donde aprendió a cultivar su anonimato mucho antes de que los filtros fueran tendencia y la verdad, un asunto a debatir. Ahí se hacía llamar, sobre todo, Shizuka. También Bluevelvet o Isabella. En 2011 fundó su revista, primero online y luego también con una cuidada edición impresa. Llegó a tener una veintena de empleados y cerca de 80 colaboradores: apenas dos o tres la conocían en persona. En 2015, cautivó a Antonio Caño, entonces director de El País, para distribuir una versión reducida de la revista con el periódico. También había negociado con EL MUNDO. Su influjo en el Grupo Prisa fue tan grande que hasta convenció a Juan Luis Cebrián, CEO de la compañía, para que posara en una de sus portadas con un casco de Darth Vader mirando al infinito desde un despacho de la Gran Vía. Nadie se resistía a los encantos de una «hembra alfa» como Mar.

«Se formó a su alrededor un caos de tíos, todos encoñados con ella, y de gente que no tenía interés sexual, pero sí interés profesional», explica Daniel Verdú. «Todo el mundo tenía la sensación de que hablando con ella, le irían mejor las cosas: ella te iba a conseguir un puesto mejor o te iba a encargar un reportaje estupendo. Mar tenía la habilidad para darle a cada uno lo que necesitaba, para decirle lo que quería escuchar».

En todas las redacciones se hablaba de ella, pero su identidad seguía siendo una incógnita. Organizaba eventos a los que no asistía, presentaciones a las que no se presentaba, cenas que cancelaba en el último minuto. Pero el truco funcionaba. Al menos hasta que en 2017 el periodista Alfredo Pascual desmontó la farsa. Pese a las presiones de su entorno y de ella misma, Pascual reveló en El Confidencial que Mar de Marchis se llamaba en realidad María Jesús Marhuenda Irastorza, y era una empresaria alicantina que entonces tenía 49 años, divorciada y con tres hijos. Su físico no tenía nada que ver con las fotos de aquella sexi peluquera que circulaban por los iPhones de media profesión. Días después, Marhuenda concedió una entrevista a Vanity Fair, la primera y última, en la que tampoco se dejó fotografiar, pero dio la versión de su propia fantasía. Explicó que sufría agorafobia y que había fundado la revista Jot Down para no volverse loca en su casa. Luego justificó su impostura: «Si yo hubiera llamado a Enric González y le digo: ‘Hola, me llamo Marhuenda, soy agorafóbica y voy a montar una revista, ¿quieres colaborar conmigo?’, nadie me habría dicho que sí».

González, periodista en El País y en EL MUNDO, fue una de sus primeras víctimas, pero también uno de los pocos que acabó teniendo un relación de amistad real con De Marchis. «Durante 10 años mantuve con ella un contacto constante. Me refiero a varias conversaciones telefónicas diarias y montones de mensajes. Sin entenderla, creo que nunca me he entendido tan bien con nadie», escribió Enric González en el obituario que publicó en El País el 28 de mayo de 2022. Un año antes, Mar (o María Jesús) se había desplomado en una calle del centro de Roma, donde creía vivir en una peli de Sorrentino. Estuvo ingresada en coma hasta que falleció.

¿Sería hoy posible un personaje como Mar de Marchis? «Creo que no», responde Verdú. «Alguien así habría sido imposible cinco años antes y cinco años después de aquel momento tan específico de crisis en el que todo era mantequilla blanda en la que se entraba fácilmente. Hoy, creo que nadie en un gran medio le cogería el teléfono a alguien como Mar. Ahora vivimos una resaca desagradable de ciertos experimentos que produjo la alucinación lisérgica del algoritmo y, sobre todo, ya no existe esa ingenuidad casi metafórica. Mar de Marchis era hija de ese tiempo y un síntoma muy nítido de lo que ocurrió entonces. Hoy todos sabemos que no puedes mandar una foto sexual a cualquiera ni confiar en alguien que no conoces de nada».

07 Junio 2026

Una criatura de internet

Arcadi Espada

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(Mar de Marchis) He tratado a muchas. Geniales, inconsistentes, impostoras, tocadas de algún vicio dominante. Y todas ellas víctimas, en grados diversos, de formas de agorafobia. Su vida era su ordenador y un cuarto desordenado, generalmente con mala ventilación. Allí pasaban todas las horas posibles, acompañadas por el hombre o la mujer que les daba vida y algún estimulante, generalmente alcohol. Las criaturas se dedicaban a hablar entre ellas. Que internet era una conversación se lo oí decir por vez primera a la editora y abogada americana Heather Florence, en 1996. En la inacabable conversación desfilaban todas las pasiones: el amor y el odio, y las intermedias. Y el anonimato era la cláusula esencial. Escribí en el prólogo a la edición de mis Diarios 2004: «Gran parte de la conversación virtual se produce entre personas que se desconocen y que utilizan un determinado nick. Esa, y la maldad del hombre, es la razón principal de las mentiras y los insultos, desde luego. Pero también es la razón de que muchas personas se atrevan a vencer su inseguridad y logren escribir textos hermosos y útiles. En otros casos el anonimato cumple idéntica función que en el periodismo: protege la exhibición de la verdad». Las criaturas eran personas habladoras, pero muchas de ellas no habrían participado en la conversación de haberse sabido quiénes eran. No solo por protegerse de lo que decían e incluso confesaban, sino también por la imposibilidad de vencer su timidez y de gestionar la intemperie. A esas criaturas que escribían comentarios en mi blog -en un año habían participado 6336 nicks, aunque bastantes corresponderían a una misma persona- las imaginaba como actores de un teatro invisible, y a la pantalla de su ordenador como la cuarta pared. Sin internet, su vida intelectual y moral habría sido otra y más irrelevante, porque las formas de comunicación corrientes eran para ellas una aduana insalvable. En realidad, sin internet esas criaturas no habrían existido.

La llamada Mar de Marchis, nick, fue una de ellas. Ahora protagoniza La bola (Alfaguara), un libro que ha escrito el periodista Daniel Verdú. El libro tiene problemas y conviene despejarlos cuanto antes. El primero, justamente, es el de tratar de pasar una criatura de aire al estado sólido, operación de por sí difícil y agravada por el hecho de que Marchis está muerta (1968-2022) y el autor no ha podido hablar con las personas que mejor la conocieron: sus hijos, el padre de sus hijos y su socio Ángel L. Fernández en la revista Jot Down. El testimonio del periodista Enric González, que fue su mejor compañía en los últimos años, es la fuente principal del libro: valiosa, fundamental, pero insuficiente. El otro problema es el clásico que acecha a cualquier biografía, y es que mi caballo tiene que ganar. Hay ejemplos múltiples, aunque pocos tan puramente histéricos como el de El hijo del chófer, en el que el filólogo Jordi Amat presenta a Alfons Quintà, que fue el primer director de Tv3, como el diseñador de la Cataluña moderna, un hecho que pasmado el ancho mundo descubrió gracias (¡oh, anacoluto!; ¡oh, non sequitur!, ¡dadme la paz que Mr. Prevost me niega!) a que Quintà asesinó a su mujer. Temí lo peor cuando en prosa fajada La bola se postulaba como «La historia real sobre la misteriosa mujer que puso en jaque la verdad en España». Habiendo Évole y habiendo Cercas, la pobre Mar. Pero, por fortuna, el libro sobrevive a la tentación. La absurda hipérbole solo resulta molesta en la narración de los episodios que vincularon a la mujer con El País, más interesantes para la historia del periódico que para la peripecia de la protagonista.

Problemas al margen, La bola trae mucha información sobre la criatura. La primera, su agorafobia, enfermedad y no metáfora. En los 15 años que duró su vida internáutica, quebrada bruscamente por la apoplejía que la derrumbó en una calle de Roma, Mar apenas salió de casa. Desde su cuarto fundó la revista Jot Down sin que nadie -con la excepción de su socio- le viera la cara. O sea que el anonimato fue la segunda cláusula que la criatura cumplió escrupulosamente. Pero fue la impostura el rasgo en el que destacó sobremanera. Toda criatura digital se hace pasar en algún momento por lo que no es. Lo habitual es pasar por alguien más culto. Internet propició desde el principio que cualquiera hubiera leído lo que no había leído, que conociera desde el tiempo viejo lo que acababa de conocer y que pudiera defender con igual eficacia unos argumentos y los contrarios. Estas operaciones no deben despreciarse sin más en razón de la farsa impostora, porque al final todo se pega y las criaturas acababan sus conversaciones mucho más sabias. Por supuesto, Mar de Marchis incurrió también en la impostura intelectual. Pero no fue la decisiva. La clave de su éxito fue que una cuarentona gruesa, de atractivo discreto, se hizo pasar convincentemente por una insinuante rubia sexy. En el nacimiento de Jot Down tuvo una importancia primordial la correspondencia que la criatura empezó a mantener con periodistas, literatos e intelectuales diversos. Los emails y los mensajes estaban hechos a base de halagos y seducción. Era digital, pero era más viejo que el mundo. Los halagos eran convencionales y basados como ella misma en hechos reales. La seducción era más trabajada. Uno de los mejores fragmentos del libro de Verdú cuenta cómo nuestra criatura obtenía las fotos -algunas incluso desabillés- que enviaba a modo de promesa. Al cabo de una docena de mensajes el pobre gorrioncillo ya pedía ver a la calandria. Pero esos encuentros nunca llegaban a producirse, porque la criatura pretextaba una vida de idas y venidas por el mundo, con vuelos fallidos, reuniones intempestivas y husos incompatibles. A veces añadía algún rasgo de omnipotencia, que no siempre dominaba. Una noche, mientras yo paseaba por la playa de Caños de Meca, envuelto en la sureña placidez, llamó para insistirme en que aceptara la dirección de Jot Down. Y al repetirle que la única cuestión era saber cuánto iba a pagarme, me dijo: «Usted no es capaz de imaginar la cantidad de dinero que puedo llegar a pagarle».

La red de adulación, seducción, promesa y misterio que fue tejiendo le ayudó a que en la revista mucha gente escribiera sin cobrar. E incluso que la gente se sintiera pagada por algo que empezó a manejar con gran habilidad: sus confidencias de insider, a veces reales y la mayor parte deformadas por el chisme o puramente imaginarias. Y es verdad, y en eso acierta Verdú a pesar de sus exageraciones, que todo ello impactó en un sistema mediático trastornado por la irrupción digital. Un trastorno en el que influyó la irrisoria vanidad de tantos periodistas que creyeron que los llamados usuarios eran lectores y que a cambio de estrambóticas y falsas estadísticas millonarias cedieron su patrimonio a lo que hoy llaman, cautivos y arruinados, las tecnológicas. Y un trastorno en el que Mar de Marchis supo medrar con instinto y locura.

En las últimas páginas, Verdú explica sobriamente cómo la crisálida, mejorada de su enfermedad, empezó a salir de su apartamento romano y a verse incluso, ya mariposa, con personas y en lugares. Hasta que a las siete de la tarde del 2 de abril de 2021, y delante de «la ferretería del viejo Carlo Cicchetti», perdió el conocimiento para siempre. El libro acaba entonces y allí, pero habría acabado lo mismo si María Jesús Marhuenda, de Santa Pola, piernas muy finas, cuerpo de calandria y salud frágil, madre y divorciada, con dinerito de familia, hubiese seguido viva.

 

(Tristeza) Muere Marjane Satrapi y los periódicos cumplen con su obligación y explican las causas de la muerte. A mi célebre decálogo necrológico hay que añadir un eslabón: «No olvide que lo primero que usted pregunta cuando le dicen que alguien ha muerto es: ‘¿De qué?’». Pero la felicidad del necrofílico no es nunca completa: «De tristeza», dicen los periódicos. Es decir que lo resuelven mediante la elevación poética. Nadie muere de tristeza, como nadie muere por comer a diario filetes de vaca saignant. Mero factor de riesgo.

Una escena de Persépolis (2007). Tristeza, depresión, pastillas, alcohol. Dios la ve llegar, pero que de ninguna manera. Le dice que su hora aún no ha llegado y que tiene mucho que hacer. Y sopla y la reenvía al mundo. La muchacha despierta, se ducha y se conjura furiosamente, Eye of the tiger mediante: hay que luchar.

 

(Ganado el 6 de junio a las 12:40, oyendo y viendo al presidente del Gobierno hablar penosamente sobre Leire y su partido, constatando que a sus argumentos ya solo les queda una oportunidad para ser los de Sócrates)

08 Junio 2026

Algunos apuntes breves sobre Jot Down

Javier Bilbao

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“Enric habló con Mar por la mañana, comió en la playa, se tomó varias cervezas y decidió escribir lo que pensaba. Quería que le metieran en el ERE, eso sí lo recuerda. Pero fue un poco más allá. Comenzó a teclear y se le ocurrió regresar a la columna que había escrito años atrás. A Cebrián. A la ludopatía bursátil. En menos de media hora el artículo estaba armado. Llamó a Mar y Mar lo publicó. Fue el más leído de su corta historia. El servidor de la revista, que era y sigue siendo un rudimentario WordPress, colapsó”.

Al llegar a este pasaje de La bola, de Daniel Verdú, “la historia real sobre la misteriosa mujer que puso en jaque la verdad en España”, es decir, la directora de la revista Jot Down, he echado en falta en la narración algunas balas silbando sobre la cabeza de Enric González, siguiendo la tónica del corresponsal intrépido que termina siendo el auténtico protagonista de los acontecimientos que presencia. Pero está bien, entiendo que hay que darle un poco de épica a las historias que se cuentan. No obstante, más allá del detalle sin importancia de que WordPress sea un gestor de contenidos y no un servidor, sí que considero necesario hacer alguna otra puntualización de más enjundia, pues siendo en general el libro un esfuerzo honesto por comprender unos hechos y personajes y contarlo como se lo han contado a él, creo poder añadir algunas pinceladas que aporten un poco más de colorido al retrato. Así que allá vamos, no sin antes aclarar que todo lo que diré es estrictamente cierto y sustentado en infinidad de pruebas que tengo a mi alcance, palabrita del niño Jesús.

Como bien señala Verdú la sopa primigenia de donde surgió la vida fue el foro Areópago, inicialmente parte de un blog en el que se comentaba la actualidad llamado La Pagina Definitiva, aunque luego se escindió de él. Que es donde fue a aterrizar Mar bajo el seudónimo Shizuka, diría que allá por el año 2006 más o menos. Desde el primer momento alborotó el gallinero. La gran mayoría éramos hombres y discutíamos todo el día de política, cine, libros… lo que fuera, y ella supo aprovecharlo para convertirse en el centro de atención, que es la insaciable necesidad que siempre la impulsó. De manera que abría algún hilo con un poemilla erótico con títulos tipo “cómeme la franja de Gaza” (era muy fan de Houellebecq por entonces) que concluía ilustrado con alguna foto en bragas muy estilosa y los demás acudíamos raudos, por lo general saltándonos el texto para ir a devorar la imagen con los ojos. Pero le surgió una competidora en su afán por acaparar la atención masculina: “Pozi”, la llamábamos, como el jorobado aquel de Crónicas Marcianas, que andaba siempre al acecho para sabotear su presencia contraprogramándola con sus propias fotos semidesnuda e intercambiando insultos en cualquier parte del foro donde apareciera. Y ya teníamos el pollo montado. Inevitablemente Mar pasaba a escribirme correos, mensajes privados o llamadas: “oye, Quesito [así se dirigía siempre a mí, en público y en privado] que la Pozi me ha llamado puta, dile algo, defiéndeme”. Así todos los días, semana tras semana, mes tras mes.

Como me enviaba también fotos por privado, cientos, de esas que uno guarda en el disco duro y, además, es justo reconocer que contaba con un excelente sentido del humor y gran simpatía personal, me agradaba su trato así que en ocasiones le seguía el juego aunque casi siempre le diera largas diciéndole que la veía como una mujer fuerte, independiente e inteligente y confiaba en que sabría defenderse sola… pero esos rollos feministas por entonces le resbalaban por completo (luego la cosa cambiará, veremos). No era la respuesta que quería oír. Como un niño que dispone un montón de figuritas y juguetes en la alfombra y a continuación los lanza a batallar unos con otros en torno a él, lo que Mar pretendía era conformar un pequeño ejército de seguidores pegándose por ella: ser la abeja reina rodeada de zánganos. Comportamiento que años después replicaría casi al 100% en el mundo “real”.

El caso es que en la facción pozi-ista había gente que me caía muy bien y no quería tener gresca con ellos, como era el caso de un ingeniero de submarinos ferviente comunista y católico, que sufría brotes periódicos de esquizofrenia y acostumbraba a beberse su propio semen para preservar la entropía, a la manera de una máquina del movimiento perpetuo (todo esto quizá suene raro, ahora que lo releo, pero era verdad). También la propia Pozi estaba un poco enfermita de la cabeza —quizá todos los estuviéramos de alguna manera en ese foro— pues a veces tenía arrebatos depresivos con ideaciones suicidas y no era plan de estar siempre discutiendo con ella. Si uno se mete en una riña entre mujeres nunca saldrá bien parado. Así que los constantes reproches de Mar/Shizuka porque no la defendía de tal o cual, que le había dicho aquí o allá no sé qué ofensa por lo visto gravísima, me causaban un creciente hartazgo; estaba yo a otras cosas sin ganas de que me rayasen la cabeza, ya entonces me había ido a vivir a Madrid (precisamente a casa de otra forera del Areópago) y, aparte de enviarme regalos raros a mi oficina que me causaban cierta incomodidad, terminó proponiéndome algo que me generó una enorme desconfianza.

Lo que quería era, ni más ni menos, que me masturbara viendo sus fotos y en el momento en el que tuviera el rabo más tieso que una escoba le sacara una foto y se la enviara. Era servidor por entonces un lector entusiasta de psicología evolucionista (Pinker, Trivers, Buss, Dawkins…) convencido de la diferencia biológica en el comportamiento de hombres y mujeres y eso me hizo saltar todas las alarmas. Si a una chica le gustas en internet te pedirá fotos de tu cara, sin duda, también de ti con tus amigos para ver con quién te relacionas… pero jamás de tu minga morcillona. El cerebro femenino no funciona así. Entonces si alguien te hace tal petición puedes dar por hecho que es un homosexual haciéndose pasar por una joven picantona o bien una mujer que lo que realmente quiere es conseguir información íntima para chantajearte después. Lo primero podía darlo casi por descartado dada la voz tan inequívocamente femenina que mostraba al teléfono, pese a la insistencia por parte de medio foro de que aquellas fotos insinuantes no eran de ella y en realidad se trataba un taxista con bigote de Alicante. De manera que eso me llevaba a la segunda opción… ¿Estaba ante una hija de puta psicópata que fingía interés sexual para luego chantajearme usando ese material tan íntimo? Luego he pensado que si bien yo no caí en la trampa puede que otros sí lo hicieran: quizá Mar tuviera un catálogo de pililas enhiestas de periodistas y mandarines del Grupo Prisa, desde Cebrián a Caño, de ahí la sospechosa tendencia de todos ellos a ceder a sus caprichos. Qué sabe nadie… En cualquier caso, frustré su objetivo y como premio de consolación me propuso, al menos, que me hiciera una paja mientras ella me susurraba guarradas al teléfono. Eso ya sonaba más razonable.

Sea como fuere, pasó el tiempo y mi relación con ella procuraba por mi parte ser lo más distante y cautelosa posible, recelaba de su constante empeño por meterte en sus enredos como un agujero negro de atención ajena. Mientras tanto había llegado la crisis y acabé perdiendo el empleo que tenía en la web de Repsol. Ella se enteró y entonces me llamó diciendo que quería contratarme como periodista en una revista que estaba pensando publicar. Yo la mandé a esparragar, porque me parecía otra de sus fantasías. El hecho de estar desempleado me generaba mucha desazón, era un problema personal que me angustiaba y no quería que ella se aprovechara de tal desesperación para esos juegos que se traía. Además estaba llevando a juicio a la empresa que me despidió —al final cuando ya estábamos ante la jueza me hicieron una oferta económica bastante generosa que acepté— y esas cosas siempre agobian. Como para tener además a esta pava por medio dando por culo en aquellos momentos.

Mientras tanto me gasté casi 3.000 euros en un posgrado sobre marketing digital que me llevó a abrir un blog, “Ciencia para gente de letras”, donde escribía sobre los libros de divulgación científica que leía por entonces (como los autores previamente citados) y luego intentaba promocionar de todas las formas imaginables, lo que me llevó a obsesionarme un tanto con la manera de viralizar un contenido en internet. Encontré que la mejor herramienta si no se tenían recursos económicos era, con diferencia, Menéame: un agregador de noticias y artículos donde si los usuarios votaban tu envío llegaba a la portada y conseguía miles de visitas. Si uno empezaba de cero y quería llegar a ser alguien en el mundillo digital, ese era el camino. Se trataba de entender bien el mecanismo de su funcionamiento, pues tan importante era recibir cierto número de votos como que fueran en un lapso de tiempo breve para que el algoritmo automatizado identificara que tal enlace a un artículo era importante según los usuarios y así lo enviara directo a una sección de “candidatas”. Ahí podía haber un lapso de quizá unos 20 ó 30 minutos, digamos. Así que me abrí varias cuentas (solo una por IP se permitía, pero había maneras), convencí a familiares y amigos para que se abrieran otras y, en el momento del envío, todos simultáneamente votáramos por ese enlace y se produjera la magia. Llegué a conseguir como 3 ó 4 envíos de mi blog en la portada de Menéame gracias a ello, lo que supuso unas cuantas decenas de miles de visitas. Eso en tal contexto era todo un logro.

Mientras tanto Mar volvió a ponerse en contacto conmigo para insistir en lo de su revista, pero esta vez fue diferente. Me pasó un enlace y clave personal a un foro privado, más o menos parecido al Areópago, aunque este dedicado en exclusiva a hablar sobre tal revista, como una redacción digital de un periódico. Ahí vi a medio foro que había sido reclutado por ella atareado con lo que se estaba preparando, como un edificio en construcción con todos llevando y trayendo herramientas, carretillas y andamios. Solo que aquí eran artículos que se estaban preparando, propuestas de gente a entrevistar, ideas de cómo podía ser la estética de la web, etc. Así que ya no era una fantasía de una cabeza un tanto enloquecida, estaba ante algo real. Si me volcaba de lleno en este proyecto igual podría salir adelante, prosperar, dejar de estar desempleado, cosa que tanto me consumía por dentro. Le dije que ahora sí estaba interesado y le propuse que me dejara acceder al Google Analytics de la web, las estadísticas de visitas donde podría ver quienes, cuándo, cuánto, cómo y desde qué sitio, territorial o internáutico, accedían a esta revista digital. La sala de máquinas del chiringuito, vaya, que es algo que había estudiado en el posgrado y en aquel blog personal que me servía de ensayo. Aceptó, claro, porque en ese momento estaba muy receptiva a cualquier apoyo, sugerencia, consejo o lo que fuera. Todo era bienvenido porque empezábamos de cero.

La web mostraba una elegante plantilla de WordPress en blanco y negro que acabó convirtiéndose en una seña de identidad de la marca. Contaba además con un carrusel de imágenes en la parte derecha que cada semana tendría a alguna modelo distinta mostrándonos sus encantos, pues ya sabemos que lo de las fotos de chicas desnudas era recurrente en Mar y que, por entonces, los rollos feministas le seguían resbalando por completo (luego la cosa cambiará, veremos). Así que el contenido iba a ser artículos y entrevistas de fútbol, boxeo, rugby, cine, política… y todo aderezado con mozas esbeltas para atrapar la mirada: una revista para hombres, vaya. Una versión digital del Interviú o del Esquire, que son las publicaciones que acaso podían servir de referencia. Lo de hacer un “New Yorker en español” fue una majadería que se dijo a posteriori porque sonaba bien, aunque naturalmente ninguno habíamos leído nunca aquella revista.

Llegó el 16 de mayo de 2011, la web se hizo pública, y ya puedes ofrecer los mejores productos en tus estanterías que si la gente no conoce tu negocio no venderás un carajo. Los contenidos eran de calidad, pero en esos primeros días apenas se lograban poco más de un centenar de visitas diarias. Es decir, las de los propios colaboradores, familiares y amigos, dado que por falta de dinero no hubo ningún tipo de campaña promocional. Esto era un problema porque ya hubo un intento previo, un proto-Jot Down allá por 2007 o 2008, también a iniciativa de Ángel, luego el socio principal de Mar, donde pude observar que estábamos todos dispuestos a trabajar gratis en algo que nos motivara, pero si no había un resultado inmediato la cosa se desinflaba. Por entonces la completa falta de feedback había desanimado rápidamente a los colaboradores y aquel ensayo de revista digital al de un mes o dos se quedó ahí muerta de risa sin más actualizaciones. Esto podía acabar igual, dado que la gente estaba dedicando su tiempo sin remuneración y no había ningún tipo de contrato o compromiso serio. Hablaba con amigos del foro que también se embarcaron en el proyecto y se mostraban bastante escépticos sobre que la cosa llegara a algún lado.

Así que propuse hacer aquello que con mi blog había funcionado tan bien y les hablé de un agregador de noticias sobre el que ninguno tenía la menor idea. El plan, les expliqué, era que cada uno debíamos tener varias cuentas en Menéame, como mínimo una en el ordenador del trabajo, otra en el de casa y otra en el móvil. Para que no se notase el spam, debíamos aparentar ser usuarios activos con envíos propios ajenos a la revista, comentarios, votos… de esa manera además aumenta la “calidad” del usuario, y con ella el valor de su voto. Luego cuando alguien enviase un artículo de Jot Down allá entonces debía avisar de inmediato al resto para que lo votara cada uno con sus cuentas.

Este envío fue el primero en llegar a la portada de Menéame, lo hice yo y, perdonen el autobombo, pero fíjense qué maravilla de titular redacté. El original era “El sueño húmedo de la mujer del pescador”; nada, fuera, mejor en su lugar un “sexo con pulpos” duro y a la encía; añadiendo entre paréntesis “advertencia, contiene imágenes” para avivar la curiosidad. Si no pinchabas ahí es que no tenías sangre en las venas. Casi 60.000 clics, podemos ver, a los que hay que añadir todos los que se lograban por otras vías, como twitter o Facebook, cada vez que se llegaba a la portada en Menéame.

El mérito, naturalmente y en primer lugar, era del autor del artículo. Un buen amigo ingeniero, barcelonés, intelectualmente brillante, de trato amable y con unas parafilias sadomasoquistas un tanto desconcertantes: desde usar a una mujer desnuda y en silencio como mesa sobre la que poner comida (nyotaimori, lo llaman) hasta atarlas con cuerdas colgando a la manera un jamón curándose. En cierta ocasión organizó una sesión fotográfica en Madrid de BDSM a la que acudí, pero solo a mirar, conste. La idea era ir a una zona de fábricas abandonadas en el extrarradio con aspecto posapocalítico donde recrear escenas de dominación sadomasoquista entre ruinas fotografiadas en blanco y negro. Debía quedar una cosa artística y sofisticada y, tal vez, como otras performances que organizó Josep, acabar siendo publicada en la revista. El problema es que al llegar descubrimos que estaban repletas de ecuatorianos pasando el día con picnics, reguetón y voleibol. No era la estética cyberpunk que buscábamos. En cualquier caso echamos la jornada comiendo y tomando cañas con compañeros de sus foros de parafilias, entre los que se encontraba un personaje de apariencia pintoresca que inicialmente me trató con cierta aprensión pues era yo de “Vascongadas” y él de familia de guardias civiles. Años después, en uno de esos actos de nostálgicos del franquismo que reúnen más periodistas que manifestantes, alcanzó cierta repercusión en medios y redes por la extrañeza de su aspecto y la vehemencia de sus vivas a Franco.

Con todo esto lo que quiero señalar es que al final había más pluralismo ideológico en Jot Down y aledaños del que luego parecería, pero no nos perdamos en digresiones: volviendo al mencionado artículo superó en total, si la memoria no me falla, las 300.000 visitas y fue durante mucho tiempo el más leído. También andaba por la revista Cristian Campos, que por entonces era separatista catalán (siempre ha estado equivocándose en política) y escribía unas reseñas de cine muy divertidas que alcanzaban una cantidad de visitas estratosférica, destacaría una bastante ácida sobre Prometheus. Por eso me resulta un tanto fastidioso que Verdú pretenda que fue el desembarco de Enric González lo que impulsó a la revista y sus textos los más visitados. Entiendo que eso sería lo que ella le contaba para halagar su ego, pero ya sabemos a estas alturas que Mar no siempre decía la verdad. Yo estudié las visitas cada día durante años en Google Analytics, si de algo sé de lo que hablo es de esto, le dediqué al asunto muchas horas. De manera que eran artículos así los que impulsaban la revista, no las momias de El País con sus rollos impostados sobre el significado del verdadero periodismo. “Cada mesa, un Vietnam”. No, mira, en todos los empleos, en todos los ámbitos laborales, se dan quebraderos de cabeza, entuertos y batallitas, no es un trabajo como para creerse tan especial. He llegado a detestar toda esa mística del periodismo repetida hasta el hastío por los rebotados de Prisa que desembarcaron en Jot Down y su nostalgia del olor del papel de periódico recién impreso, el redactor con manguitos en su vieja máquina de escribir de modelo no sé qué y la añoranza de aquellos tiempos en los que periodistas audaces hacían temblar los cimientos del sistema… cuando sus gestas más mitificadas —casi todas, por cierto, en Estados Unidos— consistieron básicamente en que algún alto cargo hacía filtraciones porque le convenía que se hiciera pública cierta información. No existieron tales paladines de la verdad porque los miembros de este oficio siempre han sido mamporreros del poder, el segundo peor gremio en su porcentaje de psicópatas, mentirosos, fariseos, manipuladores y trepas tras el de los profesionales de la política. Vamos apañados, porque al final todos ellos en conjunto acaban condicionando nuestras vidas.

Volviendo al hilo de lo que contaba, fueron artículos de miembros del foro como Josep Lapidario, Álvaro Corazón Rural, aquí servidor y, diría que por encima de todos, los de Emilio J. Rodríguez, también conocido como Emilio de Gorgot, entre otros seudónimos con los que fue publicando. Tenía un formidable talento narrativo, muchísimos lectores lo señalaron, de manera que siempre lograba atrapar la atención sobre aquello que contara sin que importase la extensión del artículo, que podía superar las 5.000 palabras, o el tema, ya fuera el cine de Kubrick, la vida del ajedrecista Bobby Fischer, el Mundial que ganó Maradona o las guerras de Napoleón. Todo muy masculino, como puede verse. Lo cual, en la moda de feminismo extremadamente subnormal que se nos vino encima en aquel tiempo pasó a ser un defecto. Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras aquella primera inyección de visitas de Menéame repetimos el procedimiento casi a diario para meter en su portada cada artículo y entrevista, fue el trampolín necesario para lograr la atención pública. En Menéame se acabaron dando cuenta y nos banearon allá por comienzos de 2012, entonces propuse que se entrevistara al jefe de aquel agregador de noticias, Ricardo Gallí, con el fin de darle algo de jabón y que nos devolviera la pelota para seguir jugando. Así ocurrió, y volvimos a lo nuestro, aunque con el paso del tiempo ya pudo ser el voto orgánico de los propios usuarios el que iría aupando a la portada los contenidos de la revista. Pero todo en esta vida necesita al menos al principio un empujón para que luego pueda venderse ya por sus propios méritos. Para que entendamos la importancia que tuvo el agregador para Jot Down basta señalar el director actual que han puesto en Menéame es precisamente Ángel Fernández, que fue siempre el socio de Mar en la revista. Buena elección, si me preguntan, vive Dios que conoce el producto.

Mientras tanto me dediqué también en cuerpo y alma a redactar artículos y también a realizar entrevistas. Mi personalidad introvertida no era la idónea para ser un buen entrevistador, pero bueno, hice lo que pude. Así tuve ocasión de tratar con unas cuantas personalidades como Fernando Savater, Felix de Azúa, Luis Rojas Marcos, Arcadi Espada, Manuel Jabois, Antonio Escohotado o Fernando Sánchez Dragó. Sobre Escohotado recuerdo que en su casa pude presenciar una escena familiar en el ámbito de las sustancias recreativas que si ahora lo relatase aquí me acusarían de inventármelo, así que nada, me lo callaré ¡Pero fui testigo! En todo caso un tipo muy amable y hospitalario en su trato. Y qué decir de Dragó, me cayó simpático y pude constatar de inmediato que estaba ante una de las personas con la autoestima más sólida que ha habido en la historia de España. Entrabas en su casa y la pared del pasillo estaba ocupada por un mural de 2×2 metros con su cara, luego a la fotógrafa y a mí nos hizo un breve recorrido por la casa mostrándonos su despacho, nos contó que ahora tenía internet y por lo visto se le abrían en la pantalla esa clase de banners de cuando uno visita determinado tipo de webs, con mensajes del estilo “Estoy cachonda y vivo en tu ciudad, si quieres conocerme pincha AQUÍ”. Él muy orgulloso decía que se trataba de multitud de admiradoras. No quise quitarle la ilusión. Terminada la entrevista, me debió ver ayuno de verdadero conocimiento, así que me regaló un libro suyo firmado por él. Tesoro que ahora guardo celosamente como Gollum el anillo, pese que no he leído todavía al no considerarme aún preparado.

¡Cállate ya, puta bola!

Mientras tanto la presencia de Jot Down en Twitter fue aumentando. En aquellos años, en torno a 2013 y 2014, adquirieron cierta popularidad los community managers de la Policía Nacional (a quien se entrevistó en la revista) y el de una empresa llamada Desatranques Jaén. Por entonces resultaba fresco y novedoso que una cuenta corporativa bromeara con los usuarios, que buscara la viralidad a toda costa a base de memes y chistes, aunque no guardara mucha relación con su actividad real. A Mar eso le venía como anillo al dedo, porque si llevaba ella la cuenta de JD entonces sería el centro de atención de todos, su gran anhelo, y además estaba dotada de indudable gracia y carisma. Pero eso, que al principio era un activo para la marca, terminó convirtiéndose en uno de sus mayores lastres.

En esta vida los que tenemos cuentas en redes sociales deberíamos concedernos el lujo de no opinar de todo. Mirar la actualidad, ya sea la visita a España del papa, los conciertos de Bad Bunny, tal o cual declaración de algún político o cualquier otra cosa de la que se hable en el momento y decirnos íntimamente “pues no voy a opinar nada de eses asunto, ea, ni bien ni mal, nada”. Es realmente liberador dejarse temas sin opinar. Pero Mar nunca lo entendió. Tal como en el Areópago unos años antes, ahora en Twitter tenía que enredar todos los días, pisar todos los charcos.

No digamos ya si encima se trata de una cuenta corporativa ¿Eran sus posicionamientos entonces los de la revista? ¿Debíamos pasar todos los colaboradores a votar al PSOE? ¿Y los lectores que no simpatizaran con sus planteamientos tan rematadamente partidistas debían entonces dejar de comprarla? Si la respuesta era que no, entonces ¿por qué no se hacía una cuenta personal, con nombre, y ahí opinaba fuerte? Pero claro, ella quería simultanear el anonimato y la atención ajena. Que las cuentas antes mencionadas de la Policía y de la empresa jienense pasaran a un tono más aséptico, que es también el común de todas las demás de los medios de comunicación, quizá nos indica que al final eso es lo mejor. Para posicionarse ya están los columnistas y articulistas, de la cuenta corporativa debe esperarse neutralidad institucional. Lo que es fresco y rompedor al principio puede convertirse en amateurismo e inmadurez.

A partir de cierto momento percibí una generalizada “fatiga de la bola” que empeoró a partir de 2017 cuando en El Confidencial destaparon su verdadera identidad. Cada vez más gente expresaba su rechazo ante sus repetitivos chascarrillos progres, el tono moralista con el que una mentirosa redomada como ella estuviera todo el santo día pretendiendo dar lecciones de ética periodística, las cuchipandis que formaba en torno suyo (vaya criterio tenía para escogerlas, la leche…) y, por último, por las personalidades tan inanes a las que se vinculaba, desde Ana Pastor hasta Jordi Évole, meros mamporreros del poder, tertulianos que no tienen nada interesante que aportar. Pero claro, eran famosos y tenían cierto poder, eso a Mar le colmaba y la revista, como siempre quiso dejar claro, era suya, suya y nada más que suya. Cada vez que llegabas a ver Jot Down como TT y ya podías alzar los ojos al cielo sabiendo que nada bueno cabía esperar: los comentarios de “ojalá quiebre vuestra revista, lo celebraré”, se leían demasiado a menudo. Así que Mar, a la manera de Tom Cruise en Misión Imposible 6, podría haber dicho “yo soy la tormenta”. Dando por culo hoy, mañana y siempre.

Sueldos e izquierdismo progre

Como fueron varios procesos simultáneos es difícil mantener un orden narrativo, así que mientras iba desarrollándose lo anterior. En 2015, Jot Down estaba en su cenit gracias al acuerdo alcanzado con El País por el que a su revista trimestral, su editorial y su web, se le añadía un suplemento mensual que se vendería con el periódico. Yo estaba muy contento, aquello que empezamos en un foro ignoto ahora parecía un medio de comunicación reconocido y, aunque entre medias desde la fundación había estado trabajando en una agencia de comunicación, ahora volvía a estar dedicado al 100% a escribir artículos. A la gente le encantaban aquellos relacionados con la 2ª Guerra Mundial, tema del que yo había leído muchísimos libros (fue el siguiente venazo que me dio, después de aquello sobre divulgación científica y psicología evolucionista que comenté antes) , así que escribía una y otra vez de ese tema alcanzando con cada artículo 50.000 visitas, 60.000 o hasta 80.000.

Pero también escribía rollos de cualquier otro tema y a menudo con gran repercusión. En total llegué a redactar en todos estos años cerca de 400 artículos, cada uno de varios miles de palabras. Buena turra. Una asociación de enanos de Asturias, por ejemplo, protestó enviando correos a la revista por un artículo mío sobre los sirvientes de la corte que aparecían retratados en los cuadros de Velázquez y casi simultáneamente una asociación de psicoanalistas argentinos inició una campaña contra mí en Twitter por una reseña sobre un documental. De un artículo que escribí sobre Blade Runner una editorial bastante conocida me propuso un libro que, lamentablemente, al final no llegó a materializarse. Hubo profesores de institutos que usaron textos míos en las clases porque el tono divulgativo y de humor que tenían llegaba bien a los adolescentes. Me invitaban a fiestas, preestrenos, presentaciones de libros… uno podía hacerse la agenda social de la semana a base de esta pseudofama. Pero había un problema fundamental que me impedía venirme arriba con todo esto: seguía siendo pobre como una rata.

Así que allá por 2015 o 2016 le insistí a Mar en que me hiciera un contrato en lugar de cobrar por pieza, porque ser autónomo era una ruina. Había estado yo a las duras, desde el inicio, además era socio capitalista de la empresa con los pocos ahorros que tenía; incluso convencí a otra persona para que también adquiriera otra participación (ahora lo veo como si la hubiera metido en la heroína), en fin, consideraba que había aportado bastante, ahora tocaba estar a las maduras, pensé. Así tendría vacaciones, indemnización por desempleo… esas condiciones de trabajo que se consideran normales. ¿Realmente era tanto pedir? Se ve que sí. Pues lo que me ofrecieron era un sueldo de media jornada que, tratándose de teletrabajo, en la práctica suponía un horario de trabajo completo, pero pagado a la mitad. La mitad de algo que aún entero era bien poco, ojo. Esto en un momento en el que se supone que el dinero fluía a placer y después de todos esos años arrimando el hombro.

Por eso no deja de causarme perplejidad cuando Enric González contaba que ganaba 7.000 euros al mes en El País y luego, según aterrizó en Jot Down, le adelantaron aquí 30.000 euros por un texto que escribió en 2 semanas. Lo conocí una vez en persona y parecía un buen tipo, le deseo lo mejor, pero el cabrón parece que tenía el dinero por castigo mientras los demás debíamos andar recogiendo cáscaras de pipas. En fin, con toda la pasta que Mar se ahorró en nóminas esperemos que le pusieran una lápida bien hermosa.

Imagino que como por entonces ella ya se rodeaba de gente poderosa de Prisa, debía verme como a un matao que iba a darle la lata cuando estaba a cosas más importantes. Y desde luego se la di bastante con el tema del sueldo, insistiéndole de todas las formas que se me ocurrieron. Diría que ahí empecé a caerle mal, se le hice bola a la bola. Porque encima no paraba de leerla en Twitter sobre lo muy de izquierdas que era. Un izquierdismo, eso sí, no interesado en las condiciones materiales de la clase trabajadora, que dado su talante clasista y pijo le importaba un pimiento, sino en causas progresistas de identidades minoritarias, cuestiones culturales y simbólicas. Lo LGTB y el feminismo, fundamentalmente. Todas las gilipolleces de campus estadounidenses que luego pasarían a llamarse woke. De eso hubo mucho, a Mar le encantaba porque le proporcionaba superioridad moral, púlpito donde siempre vivió instalada desde su cuenta corporativa de Twitter.

Aunque unos años antes, como ya he indicado, todas esas cuestiones le resbalaban de lleno. Ahora estaban de moda y quería sumarse. Es todo este un asunto bien curioso, porque tal como apunté al comienzo Jot Down nació en buena medida siendo una revista masculina. Allá por 2012 a 2013 tuvo lugar cierta campaña en twitter contra la revista por parte de cuatro petardas feministas que sirvió para que Mar quisiera que la revista fuera más progre y feminista que ninguna otra. La primera medida de choque es que algunos autores pasaran a escribir con nombre de mujer. Fue el caso de un bigardo cuyo nombre no recuerdo que trabajaba en un banco, de cerca de dos metros de altura. También llegaron los hombres aliados a explicar el feminismo desde JD, una cosa pavorosa. Y ya por último mujeres a granel como articulistas y entrevistadas. Todo bastante sobreactuado.

Yo lo consideraba un error porque la clase de contenidos que inicialmente había atraído a los lectores —artículos de fútbol, boxeo, rugby, 2ª Guerra Mundial…— tampoco es que tuvieran mucha relación con estos rollos extravagantes, con esa retórica feminista que se puso de moda y en 2026 ya solo la leemos en cuentas paródicas. Además, pretender venderse como un medio contracultural o alternativo, cuando se estaba apostando por la misma papilla ideológica que todos los demás medios segregaban (en esos años hasta La Razón publicaba sobre que San Valentín era una celebración patriarcal) no era algo al servicio de los lectores, sino de estar alineado con los poderes dominantes. Al final todo era pose, lo importa eran las apariencias, como siempre en ella. Había que estar a la moda, el problema es que las modas pasan y ahora estamos en otro ciclo. Supongo que si Mar siguiera viva ahora estaría explicándonos el catolicismo y contando que anoche se le apareció la Virgen.

El caso es que por entonces estaba crecientemente molesta conmigo por mi falta de fe en estas cuestiones, tuvimos unos cuantos roces al respecto sobre lo que había dicho o dejado de decir en tal o cual artículo así que el día que en mi cuenta de 84 seguidores de Facebook se me ocurrió usar la palabra “feminazi” me montaron un consejo de guerra para echarme. Llamadas indignadísimas sobre cómo podía haber usado la palabra tabú ¡qué escándalo! yo ya no podía seguir siendo socio de la empresa. Así que me quedé con un pie fuera.

El remate llegó con la moción de censura de Pedro Sánchez, que le llevó al poder y eso supuso de inmediato la sustitución de Caño al frente de El País por Soledad Gallego, que finiquitó el contrato con Jot Down porque quería poner a otra publicación más afín. Tiene su ironía que fuera la irrupción de un gobierno de izquierdas tan anhelado por la bola la que supusiera ese descalabro. Así que en 2019 llegaron las vacas flacas —aunque las gordas realmente no pude conocerlas— y luego ya en 2022 muere Mar de Marchis tras varios meses en coma por un accidente cerebrovascular. En cierto momento opté por dar un cambio profesional drástico y, aunque siga escribiendo por entretenimiento aquí y allá, no tener ya casi nada que ver con el periodismo y los medios, donde he encontrado siempre un fariseismo, oportunismo e hipocresía asombrosos. Entiendo que en parte fruto de la precariedad atroz del sector, páramo donde solo arraigan los mayores jetas.

Pero bueno, qué más da ya todo a estas alturas, también hubo muchos buenos momentos que permanecerán en el recuerdo: que la tierra te sea leve, Mar, al final, en tu relativamente corta vida aportaste más bien que mal al mundo y, desde luego, dejaste huella.

11 Junio 2026

El pelotazo de La Bola

Luz Sánchez Mellado

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Más que la trifulca sobre el libro de Daniel Verdú, me interesa la cabeza de una mujer que se hizo pasar por otra, y los sentimientos de aquella cuyo cuerpo utilizó para sus fines

En la memoria física —y digital, si no las han borrado— de algunos de los periodistas más influyentes de España se alojan fotos de hace 20 años de una rubia de ojos verdes de Santa Pola, Alicante, ligera de ropa. No es modelo, aunque pudo serlo. Ni miss, aunque se lo propusieron. Ni influencer, porque aún no se había acuñado el término. Es, al menos era, peluquera. La empleada de un salón de ese pueblo de playa que iba a atender a su casa a Chus, una vecina de posibles cuya agorafobia le impedía salir a la calle, y de la que se hizo tan amiga como para dejarle que le hiciese fotos íntimas sin saber que acabarían donde acabaron.

Chus era María Jesús Marhuenda Irastorza, Mar de Marchis o La Bola para el mundo mediático. Una mujer sin padrinos que se creó un nombre y una vida tan falsos como real fue su talento y su carisma para reunir a cierta crema del periodismo en torno a Jot Down, la revista que creó de la nada. Y la bella peluquera fue la imagen que eligió para presentarse, y embaucar, a ciertos hombres a los que ansiaba captar para su proyecto, porque, por lo que fuera, no consideró conveniente enviarles las fotos a las mujeres, igualmente brillantes, que sedujo para la causa. Pelotazo, ¿no?

Confieso que yo, periodista que no se entera de nada, me he enterado de todo esto leyendo, mejor dicho bebiéndome, La bola, el flamante libro sobre el asunto de mi colega Daniel Verdú y del que todo el quién es quién del periodismo habla estos días. A ver, tampoco soy una ameba. Claro que hace 20 años se cotorreaba en los pasillos de este y de otros medios sobre quién estaba tras aquella revista que a algunos les fascinaba, a otros les empalagaba y a otros les daba lo mismo.

Andan algunos gallos enzarzados en las redes sobre si el libro es un retrato fiel o un relato de parte. Más que esas trifulcas, me interesa y me conmueve la cabeza privilegiada y probablemente maltrecha de esa mujer que creyó conveniente, puede que hasta necesario, adoptar una identidad y un aspecto distintos del suyo para obtener sus objetivos. Y, sobre todo, los sentimientos de la mujer cuya cara y cuerpo utilizó a tal fin sin su consentimiento. Mar, llamémosla así porque así lo quiso, murió en 2022 a los 54 años, después de que otro periodista que hizo su trabajo la desenmascarara y rompiera el hechizo. La peluquera, supongo, sigue tiñendo y cogiendo rulos a las señoras del pueblo. Ahí está el pelotazo de La bola, el libro. En desentrañar una realidad que, como casi siempre, supera a la ficción de lejos. Hombres erotizados por el talento, el carisma y la belleza de las mujeres, y mujeres que utilizan sus armas, aunque sean de otra, para lograr de ellos lo que quieren, y conseguirlo, ha habido siempre. Nada nuevo bajo el implacable sol de Santa Pola. Ni del mundo.

13 Junio 2026

El asunto ‘Jot Down’, culebrón del periodismo español

Antonio Lucas

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Su fundadora, fallecida en 2022, logró impulsar un buen producto aunque tirando de una técnica de cebo: enredar al personal masculino con fotos ‘robadas’ a una amiga peluquera para alcanzar su propósito. Malas artes

Cómo no leer La bola, libro donde Daniel Verdú, compañero de El País, da cuenta de las peripecias delirantes (y diletantes) de la revista Jot Down. La publicación encontró el sitio en el periodismo español por un rato, casi convence a algunos de que venía a refundar el kilómetro cero del oficio y algo después desapareció de la primera línea de playa de los quioscos. Aún sobrevive en versión digital; así nació. Cómo olvidar los días en que empezó a sonar la marca y multiplicamos la expectación en mil conversaciones por la extraña manera de irrumpir. Nadie vio llegar el artefacto y fugazmente hizo dudar al respetable de si el periodismo sería ahora otro o no sería nunca más como estaba siendo entonces. Jot Down ensanchó su capacidad de generar asombro dejando correr en todas direcciones la leyenda de su fundadora, María Jesús Marhuenda Irastorza, vecina de Santa Pola (Alicante), habitual de las primeras comunidades foreras del internet ibérico.

En aquel tiempo no queríamos saber, pero ahora hemos sabido que María Jesús Marhuenda encontró el botón nuclear de una parte del periodismo español, el que activa nuestra incalculable vanidad. Le bastó desarrollar una técnica de cebo sonrojante en la misma onda que OnlyFans: hechizar al personal masculino enviando fotos robadas a una amiga peluquera de su pueblo fingiendo ser ella, jugar al escondite (por agorafobia) para incrementar la expectación sobre la identidad que ocultaba su pseudónimo (Mar de Marchis), inventar una vida suntuosa de aviones y aeropuertos y Londres y restaurantes y futbolistas representados, y entender que esto va, fue e irá de tensar el deseo de algunos sujetos llamando su atención vía escroto.

Jot Down fue un producto certero, incluso sugerente, pero incubado con algunas malas artes. Descubierto el pastel de que Marhuenda no era quien prometía, la gracia quedó en una performance disparatada y pronto acabó la algarabía. Jot Down acumuló excelentes colaboradores a quienes no pagaba (al parecer, eso excitaba también a las víctimas). O les bonificaba con una chuminada. A los VIP, en el mejor de los casos, les echaba una caja de puros, fumasen o no. Todo cutrísimo. Esto que algunos narraban como una excentricidad genialoide de la fundadora era otro síntoma del disparate y deja al aire la indigencia que acumula esta profesión. Si esa desatención total de pagos la tuviese de igual manera este periódico o cualquier otro, los damnificados infestarían (como debe ser) las redes sociales de querellas. Jot Down, donde disfruté como lector (no escribí), logró enredarlo todo y le salió bien. Fue el mejor mérito de Marhuenda (María Jesús, Chus de Santa Pola): desnudar el alma pueril de una parte chiquita pero ruidosa del periodismo de aquí. Aseguran quienes jugaron a conocerla que fue generosa y atenta y de buen corazón. Hizo de la invisibilidad, como del impago, parte de su industria.

En su escalada delirante todo el mérito para ella, sin duda burló a los directivos de El País después de intentar enredar a los de otras cabeceras, sin ir más lejos la que nos convoca. Juan Luis Cebrián le hizo sitio en Prisa y todos a una perdieron la toma de tierra. Fue cuando sonó con más insistencia eso del New Yorker español. El humor es el humor. Aquel acuerdo entre el periódico y la revista fue empresarialmente malo. Cuenta Verdú en su excelente crónica que Marhuen-da acumuló influencia y ejercía el poder. Ahí te da un pasmo. Llamaba a todo dios del staff, opinaba sobre las cosas del periódico, sugería la contratación de periodistas y apuntalaba en la sombra una leyenda muy Mr. Ripley, sin crimen pero con trampa.

Las consideraciones sobre la empresa de Marhuenda son ricas en chismes y aminoá-cidos y pasan de la astucia al trile. El asunto acumula un poco de todo: unas gotas de osadía descará y otro tanto de cubilete fullero. Aprovechó la inercia testosterónica de un par de generaciones con voz de clavel varonil dispuestas a excitarse con unas fotos dispersadas en sus móviles donde una mujer asoma medio muslo y escribe «Hola: soy Mar». Un Eyes Wide Shut mediopensionista, de Nokia a Nokia. Mundo macho en el que se apoyó la confección de Jot DownMás que leyenda, gominola.

Antonio Lucas

15 Junio 2026

¿Quién golpeó a la bola ocho de Jot Down?

Julio Tovar

Fronterad.com

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En la mesa de billar, los jugadores se otean: revisan la estrategia, prometen carambolas y azuzan cierto espíritu de competición. No son los más peligrosos los que declaran su intención, pobres ilusos esperando un “hustler” que los desvalije.

Más bien, son temibles aquellos tipos taimados que están en la esquina esperando que caiga la bola octava. Todos, por supuesto, juraron lealtad a la vieja dueña mientras estuvo viva y tuvo poder. Portaban cabellos canos, sonrisas taimadas, ojos azules mentirosos y cháchara de locutor sin lecturas. No la pudieron asesinar, cayó ella en su propia mentira / enfermedad, pero ahora han apuñalado con un punzón a la carcomida esfera negra. Es la confesión de Bruto, claro, ante el cadáver de César en la obra del divino William:

“Como César me amaba, lloro por él; como fue afortunado, me alegro; como fue valiente, lo honro; pero, como fue ambicioso, lo maté”.

Los Brutos que han asesinado en papel a Mar de Marchis, esa máscara tallada llamada a llamada por una esquiva señora de Alicante llamada María Jesús, tienen nombre y apellidos. Son tan cobardes, además, que pretenden ocultarse con poco éxito en el lírico, aún mal investigado —cosa común ya en PRISA— La bola de Daniel Verdú. Como tiendo aquí a ser un kamikaze, se lo debo a los lectores y al ectoplasma de Gregorio Morán (es bueno ser honesto en un país de deshonestos), yo les pongo nombre y apellidos: Enric González y Lara Hermoso.

Enric con el contrato de Memorias Líquidas

Los dos ejercieron de Bruto ante un César muerto, claro, conscientes que el asesinato post mortem del viejo icono de esa señora metomentodo que fue Marchis daba emolumentos y trofeos (es el tiempo del concepto de “derechita Jot Down”; invento del gran polinizador malasañero “Quequé”, ahora aliado feminista). Ninguno de los dos se atrevió a firmar el libro: se conformaron con un muy menor Verdú cuya cursilería manifiesta fue hilillo sonoro para la fundadora de Jot Down en Roma.

Esta parte final de la obra, la única que creo honesta e interesante, reconstruye a una mujer rota, casi sin amigos que vivía un “spleen” que se le había negado en algo tan pedestre como el Alicante de Santa Pola: meca de heladerías baratas y sillas de plástico con el logo de Coca-Cola. Personaje de Paolo Sorrentino en sus proyecciones, esa vejez un poco a cuestas de los curritos de Jot Down tiene algo de inmoral, pero también un trayecto vital ciertamente fascinante.

González y Hermoso, a diferencia de este que os escribe, alcanzaron una lobotomización máxima por una Mar de Marchis que ejercía de gusano mental de novela de ciencia ficción. En la magnífica Invernáculo de Brian Aldiss, así, se narra la historia de una morilla, un hongo sapiente, que en perfecta sincronía domina al cuerpo receptor y le hace cumplir sus órdenes. Conmigo no lo logró, algo que quizá chafó muchas más colaboraciones en Jot Down, pero ellos fueron literalmente abducidos, carcomidos, por esa voz con acentillo levantino que yo juzgaba con un aire a la Rosa María Sardá de “Honorato, ya no nos entendemos”.

Su asesinato, obra de emancipación freudiana, era previsible, pero no por ello es menos inmoral. Mas cuando Marchis les había dado una proyección que, sin duda, les vino bien a los dos citados en horas difíciles. Y a Enric González le gusta demasiado vivir bien: la única conversación que he tenido con él en mi vida trató de su obsesión por ser “corresponsal en París porque se comía muy bien”.

Quiero invertir el espejo, ahora, reivindicando además a alguien que lo merece: mi primer contacto con Pedro Vallín fue una hora de cháchara sobre versiones estrenadas del filme Blade Runner. Es fácil saber quién es amigo mío ahora y quién no. No miento con González: también la mención inicial de Verdú sobre Enric lo ubica en una marisquería. Como decía Alfonso Ussía, al que hice una entrevista en Jot Down que Julio Valdeón juzga memorable, a propósito de los glotones de baja cuna y mucho apetito: “se nota que ha comido marisco”.

Tengo que decir, a pesar de todo, que la violencia que me produce el libro de Verdú no procede tanto del canibalismo con una María Jesús fenecida, con la que tuve algunas de las peores broncas de mi vida laboral, y que puedo llegar a entender como rabieta de malcriados a los que se les ha caído el hongo sapiente. Mi dolor que deviene en venganza y, claro, en esta necesaria sátira es el ninguneo a Ángel L. Fernández, a Ricardo, a esa magnífica editora que fue Elvira y a todos los autores que permitieron que Jot Down fuera y sea una buena revista cultural.

Porque en esa publicación estaban joyas de Álvaro González como la divertida evocación de la URSS de los 80, la saga de Emilio de Gorgot de “cómo la música ha ido a peor o la reminiscencia poética de José Antonio Montano del “Mont Ventoux” donde este malagueño tan achispado como genial era capaz de mezclar literatura con ciclismo. Incluso los artículos eróticos de Amarna Miller, gran escritora en ciernes que conocemos dos o tres -muy superior a la señora de Muñoz Molina, becaria por la vía rápida-, son memorables en tono y seducción. Muchas de esas piezas, para terminar esta lección literaria donde ejerzo de melifluo maestrillo republicano en un pueblo de Ávila dominado por falangistas embrutecidos -película tipo española-, son superiores a todo lo que Lara Hermoso perpetró en Jot Down.

Marchis, bolita impertinente que metió más la pata de lo que debería, no se dio cuenta tampoco que en el otro extremo del tapete emergía otra bola negra en competición: Joana Bonet, que en su etapa de Icon robaría la mayoría de las firmas con visitas para su publicación de relojes caros, perdón, tendencias. Nuestra bola de plástico de juguete, Alicante es la meca en España, siempre tuvo miedo de salir a juego y se ocultó en la muralla de esferas de vidrio templado tan lustrosas como poco leales. Bonet, ovoide con un ocho tallado en marfil caro, estaba predestinada como mujer, madre y posible nombre en la lista de 61 periodistas comprados por Leire Díaz a hacer todas las carambolas posibles.

Pero, estimados jugadores, ¿no lo ven? La bola ocho sigue sin caer: seguimos publicando textos de calidad, Ángel Fernández mantiene los pagos –qué miserable es Verdú aquí, yo cobré todo– y somos todavía muy superiores a la mayoría de ampulosas esferitas en el tablero cultural. ¿La razón? Dentro del ovoide, todavía, hay buena prosa, los textos no están faltos de palabras, y ese peso hace que nuestra querida Jot Down no se desplome en el boquete.

Todo ello sin cientos de anuncios de relojes. Ni una foto en blanco y negro de una señora catalana con más operaciones que lecturas. Y, tampoco, financiando ágapes en marisquerías a sucintos izquierdistas cuyo colmillo afilado lleva años mellado por las mejores “brasseries”. Ángel lo sabe: detesto el marisco.

Y prefiero ser un buscavidas que declare sus intenciones antes de cualquier golpe de billar: no otra cosa es el periodismo.