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Despedido el director de EL ADELANTADO DE SEGOVIA por publicar un balance de Franco que tuvo que ser retirado por los propietarios

HECHOS

El 4 de diciembre de 1975 se hizo público el despido de D. Ángel Vilches como director de EL ADELANTADO DE SEGOVIA.

Nombrado director en 1972 D. Ángel Vilches publicó el 20 de noviembre con motivo del fallecimiento del Jefe del Estado, General Francisco Franco el artículo ‘Franco en la historia’ de D. Ricardo Borregón. Artículo que fue retirado a partir de la primera edición por considerarse ofensivo hacia la figura del dictador fallecido. La dirección de EL ADELANTADO DE SEGOVIA será asumida por D. Antonio Martín Casla, presidente de la Asociación de la Prensa de Segovia.

D. Ángel Vilches se autodefine como ‘liberal’, aunque reconoce que durante su mandato publicó artículos de miembros del ilegal Partido Comunista como D. Ramón Tamames.

EL TEXTO QUE CAUSO  EL DESPIDO

FRANCO EN LA HISTORIA

Franco ha entrado ya en la historia. El afirmó algunas veces, con solemnidad, que no respondería más más que ante Dios y ante ella, la historia empieza este juicio histórico que, como cualquier otro, deberá ser amplio y contradictorio. Por tanto, ha pasado ya el tiempo del panegírico que tanto ha prodigado en el interior del país, como del improperio, tantas veces repetido en el extranjero. Mejor dicho, seguirán sin duda ninguna registrándose halagos y críticas, y sobre todo en esta hora, pero ambas posturas deberán ir cambiando hacia el logro de un juicio objetivo y sereno.

Lo que es indudable es que Francisco Franco ha logrado una dimensión histórica. El supone toda una época del a vida española y así lo reconoce el enorme interés que a lo largo de los años ha suscitado su figura y su obra, interés plasmado en innumerables libros, ensayos o artículos periodísticos dedicados a explicarlas a ambas, aparecidos no sólo en nuestra patria sino en diversos países en Europa y América, sobre todo.

Largos años. Franco ha disfrutado de un carisma muy especial que se produjo en tono a su persona y que le valió una adhesión y un consenso prácticamente unánime del pueblo español. Ello significa, en definitiva, nada más y nada menos, que la legitimidad de su gobierno.

Y ahora se plantea la pregunta. Fuera de los juicios extremos de unos y de otros, ¿Cómo era Franco de verdad? ¿qué hemos de pensar de su obra de gobierno y de la manera como dirigió a su país, nuestro país?

¿Ha sido Franco, como un día escribiera el que fue nuestro gobernador civil, Pascual María Pérez, uno de los hombres más grandes de la historia, comparable a Alejandro Magno, César Augusto, el emperador Carlos o Napoleón, comparable incluso a Jesucristo? ¿Fue mas bien, como quiere uno de los biógrafos críticos, el hombre  que logró soportar complejos infantiles realizándose esforzada y solitariamente como militar aplicado y valeroso hasta convertirse luego, por azar de las condiciones político-sociales del país en árbitro de su futuro, dirigente supremo luego de un movimiento cuya preparación él no dirigió, y, al fin, dueño indiscutible e indiscutido de los destinos de toda una nación?

En el principio del verano de 1973 se hacía público un testimonio sobre Franco que, dentro de su sencillez tenía un valor especial. “El siempre está callado y nunca se sabe lo que piensa”, venía a decir su nieto mayor, quien tantas veces le acompañó en sus jornadas de caza y de pesca. Francisco Franco Martínez Bordiú nos informaba de paso que el cambio de sus apellidos, del que tanto habló en su día fue debido a un deseo personal de su abuelo, el Jefe del Estado.

En efecto, parece unánime la impresión de que Franco era un hombre reservado, frío y calculador. En todo caso, carecía de ideas políticas y en este terreno su actitud era absolutamente pragmático, considerando en cada ocasión la medida más adecuada de gobierno según las circunstancias. Considerado en perspectiva, se advierte esa línea fluctuante del gobierno de Franco, una línea que se acomodaba a las nuevas realidades interiores y exteriores, produciendo cambios de posición de los que no se sentía obligado a responder ante nadie.

Hay una famosa y reveladora anécdota. A un hombre público abrumado por las preocupaciones de su carrera, parece que le dijo: “Haga como yo, no se meta en política. ¿Paradoja, ironía, retranca? Algo de todo eso y algo más, algo que es básico para entender a Franco y su tiempo: un desprecio absoluto por la política y los políticos, los “otros” políticos, naturalmente. Muchas veces se refirió a ellos, los viejos políticos de la Restauración y del reinado de don Alfonso XIII calificándolos despectivamente como politicastros de antaño. Este juicio más que una intención polémica por completo carente de actualidad revelaba una visceral antipatía hacia el sistema liberal democrático que representaron y que sin duda merece de la Historia un juicio más respetuoso y matizado. Sobre aquellos políticos suponía Franco que caía toda la culpa de todos los desastres del país,  sobre ellos y sobre los partidos políticos, que según la mente de Franco utilizaron sus rectores para dividir al país, debilitarlo y servir a sus ambiciones personales.

Parece indudable que éste era el pensamiento de Franco, y su simplista visión de la historia, donde se confunden los efectos con las causas y que no tomaba en consideración el tremendo condicionante de la arcaica e insolidaria estructura social del país, nacía probablemente de su escasa cultura civil, ya que impulsado por su vocación concentró todos los esfuerzos en su preparación en la carrera y la ciencia militar, donde consiguió niveles muy destacados y éxitos profesionales muy brillantes desde sus tempranas campañas africanas.

Vino el alzamiento, sobrevino el tremendo traumatismo nacional de la guerra civil – un episodio más de ese enfrentamiento entre españoles que en realidad se inició ya durante la guerra de la independencia – y en la dirección de la contienda Franco se reveló como un estratega de primera línea. Pero bastaba ganar la guerra y ya desde los primeros momentos se aseguró de que en lo político la España bajo su control se acomodase al modelo que él había concebido. Así mientras los distintos bandos atormentaban con sus divisiones a la zona republicana, en la nacional se disolvió rápidamente la Junta de Defensa y Franco se aseguró el mando único concentrando en su persona todos los poderes del Estado. El proceso se completaría con el decreto de Unficación, del que fue artífice el hombre fuerte de aquel movimiento, Serrano Suñer, que luego desaparecería de la escena política

Esta característica del régimen de Franco no ha dejado de ser fuente de contradicción. La opinión pública se debilitó. El consenso nacional y la legitimidad que creaba, estaban ahí, pero se trataba más bien de una adhesión pasiva. Por más que, desde las instancias oficiales, se urgía la necesidad de la participación del pueblo en las tareas políticas y su colaboración, esos llamamientos caían en el vacío o se revelaban carentes de sentido. Todavía recientemente Franco pedía ampliar los cauces de participación, con lo que se daba por supuesto que tales cauces habían sido escasos o estrechos Parece ovio que si el pueblo español estaba en su mayoría  con Franco, no participaba en su política ni veía la necesidad de hacerlo. Sintiéndose gobernado y conducido por su Caudillo, abandonó en las manos de aquel el cuidado de la cosa pública, tanto más cuanto que no le cabía otra opción.

En estas condiciones, Franco pudo operar sobre la sociedad y la vida española con una casi total autonomía, sólo condicionada naturalmente por las circunstancias exteriores (segunda guerra mundial, victoria aliada, guerra fría, pacto con los EEUU, etc) y el compromiso con las instituciones, grupos  fuerzas, sociales y económicas que apoyaban el sistema desde el punto mismo de su nacimiento y que presentaban un cariz perfectamente conservador, coherente por otra parte con el mismo pensamiento de Franco.

Así fue como bajo la égida de Franco y a partir sobre todo de los cambios que supuso la crisis de 1957, España dio un salto delante de extraordinaria magnitud, consolidando su estructura crucial y empezando a comportarse en lo económico por primera vez, como un país moderno, para que este proceso tuviera más crecimiento (cuantitativo) que de desarrollo (cualitativo). Es indudable que, junto a otros estímulos a los negocios, inversiones extranjeras, etc… tuvo una influencia decisiva en este momento la aparición de un doble fenómeno que acarreó hacia las arcas nacionales una riada de divisas: el turismo, que además de invadir nuestras playas como resulta del aumento de nivel de vida en Europa, y la emigración laboral a esa misma Europa de cientos de miles de compatriotas nuestros, que comenzaron a enviar puntualmente la remesa de sus ganancias. Con unos recursos que así se acopiaron, se hizo posible la financiación del desarrollo, como ética y también con el esforzado trabajo de los españoles y quedaron aquí. Sin duda, en la época de Franco el pueblo español se convirtió por primera vez en un pueblo trabajador.

Con mano firme, con su reserva y su prestigio en el interior que perpetro en viajes, inauguraciones y manifestaciones en las que era multitudinariamente aclamado y cuando de ese prestigio en el exterior, de lo que era consciente cuando dejó sin devolver las llamadas que recibía de jefes de estado aliados y amigos, Franco pilotó la nave del Estado que avanzaba ya por mares de tranquilidad y temporales. Pero ni las dificultades ni las contradicciones interiores. El tenía todo el tiempo por delante y estaba con la fe y la adhesión de su pueblo y terminada línea de actuación se revelaba sin precipitarse demasiado, pasado la cambiaba por otra. Así se producían célebres crisis de sus gobiernos, precedidas siempre de oleadas de rumores que recorrían y conmovían a la llamada clase política que estaba a la espera de ceses y nombramientos. Desde su altura, es posible que Franco pensase que los españoles éramos como niños a los que había que castigar unas veces y otras veces premiar con un dulce.

Escasamente religioso en su juventud posición probablemente a la devota resignación del madre ante la conducta de un típico marido, en cuanto accedió a la Jefatura del Estado se comportó como un celoso practicante. Seguía al día a la gente verle en los noticiarios tomar la hostia bendita bajo los solmenes palios, perisganente final besar el dedo pulgar, como lo hacen los, las devotas a los hombres del campo, su postura de Jefe de Estado de un país cuyo catolicismo formaba parte de sus tradiciones e incluso se consideraba como sus ponente constitutivo de su nacionalidad. Este se sintió obligado a llamar la atención y clérigos de la Iglesia postconciliar que se consideraban obligados a intervenir en cuestiona rozaban lo temporal y que él estimaba que de una competencia invadiendo la del Estado.

“Ladran, luego cabalgamos” repitió en muchos de sus discursos. No hacía demasiado caso a lo que sucedía a su alrededor. Se mantuvo en su puesto y, por las buenas o por las malas, guardó a España en paz durante largos años. No fue, desde luego, liberal ni demócrata, pero tampoco fue fascista. El era Franco y el franquismo fue una situación autoritaria, personal y perfectamente empírica.

No han faltado los que han escrito que ese hombre providencial e incluso un enviado de Dios y también que él mismo se consideraba un salvador, pero a saber lo que es verdad de todas las cosas que se dirán de ese general entrañable, socarrón y astuto.

 

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