24 octubre 1996

Gro Harlem hizo historia en febrer de 1981 al convertirse en la primera mujer noruega y en la más joven en formar gobierno

Dimite la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, para dejar paso a su delfín en el laborismo, Thorbjoern Jagland

Dimite la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, para dejar paso a su delfín en el laborismo, Thorbjoern Jagland

Hechos

El 23 de octubre de 1996 Gro Harlem Brundtand dimite como primera ministra de Noruega.

Lecturas

El 23 de octubre de 1996, la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, de 57 años, sorprendió al Parlamento noruego (Storting) anunciando que presentaría su dimisión ante el rey Harald V el viernes 25 de octubre, poniendo fin a una etapa en la que había encabezado tres gobiernos laboristas desde 1981. La dirigente del Partido Laborista Noruego (Arbeiderpartiet) explicó que su decisión respondía a la conveniencia de facilitar una transición ordenada antes de las elecciones legislativas previstas para septiembre de 1997, de manera que su sucesor dispusiera de tiempo suficiente para consolidar su liderazgo y preparar la campaña electoral. Brundtland había abandonado ya la presidencia del Partido Laborista en 1992, dejando el cargo en manos de Thorbjørn Jagland, pero había continuado al frente del Ejecutivo durante cuatro años más. Su marcha permitiría reunir nuevamente la dirección del partido y la presidencia del Gobierno en una misma persona. Aunque la primera ministra insistió en que se trataba de una decisión estrictamente noruega, el anuncio provocó especulaciones sobre su futuro internacional, especialmente acerca de una posible candidatura a la Secretaría General de las Naciones Unidas, ante la oposición de Estados Unidos a la continuidad de Butros Butros-Gali. Brundtland negó que su renuncia estuviera vinculada a ese proceso y aseguró que llevaba tiempo considerando el relevo. Tampoco existía una derrota parlamentaria que la obligara a dimitir: el Gobierno laborista mantenía su posición como Ejecutivo minoritario, apoyándose en acuerdos variables con otras fuerzas políticas. El contexto, sin embargo, no estaba exento de dificultades: en noviembre de 1994 Brundtland había sufrido una importante derrota política cuando los noruegos rechazaron en referéndum, por segunda vez, el ingreso en la Unión Europea, una integración que ella había defendido con firmeza, aunque aceptó el resultado y permaneció en el cargo. Su retirada constituye, por tanto, una decisión de sucesión política más que la consecuencia inmediata de una crisis gubernamental.

El principal beneficiario del relevo será Thorbjørn Jagland, de 45 años, presidente del Partido Laborista desde 1992 y hasta ahora responsable de su estrategia política, que accederá por primera vez a la jefatura del Gobierno. El 25 de octubre de 1996, Brundtland presentará formalmente la dimisión de su gabinete ante Harald V, quien aceptará su renuncia y nombrará a Jagland primer ministro, siguiendo el procedimiento constitucional y parlamentario noruego. No será necesario convocar elecciones anticipadas ni celebrar una nueva votación de investidura, pues en Noruega los gobiernos son nombrados por el monarca y pueden ejercer mientras no exista una mayoría parlamentaria dispuesta a derribarlos. El nuevo Ejecutivo seguirá siendo exclusivamente laborista y minoritario, con la misión de afrontar los últimos meses de legislatura y concurrir a los comicios de 1997. La operación ofrece a Jagland la oportunidad de presentarse ante los electores como un presidente con experiencia de gobierno y no únicamente como dirigente del partido, aunque también le obliga a asumir personalmente el desgaste de la gestión y a gobernar bajo la comparación permanente con su prestigiosa antecesora. Para el Partido Laborista, la salida de Brundtland supone un riesgo evidente: pierde a una dirigente con extraordinaria autoridad nacional e internacional, capaz de mantener al partido como primera fuerza política incluso después del rechazo popular a la Unión Europea. Por su parte, la oposición conservadora y centrista, especialmente el Partido Conservador (Høyre) y el Partido del Centro (Senterpartiet), tendrá que adaptarse a un nuevo adversario menos conocido por el conjunto del electorado. El cambio no modifica inmediatamente el equilibrio parlamentario, pero sí abre una etapa de incertidumbre sobre la capacidad del laborismo para conservar el Gobierno sin la figura que ha marcado la política noruega durante década y media.

LA VANGUARDIA (Director: Joan Tapia)

26 Octubre 1996

Relevo en Noruega

LA VANGUARDIA (Director: Joan Tapia)

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La dimisión, el pasado miércoles, de la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, cierra un dilatado periodo en el que esta dirigente laborista guió el fuerte crecimiento económico de su país y una renovada presencia en la escena internacional. ‘Gro’, como la llaman sus conciudadanos, marco un hito en la historia de su país, en 1981, cuando se convirtió en primera ministra. Era la primera vez que una mujer accedía al cargo y la persona más joven que formaba gobierno. Su gestión le ha reportado un respeto mayoritario por su política pragmática, que ha potenciado la economía de un país próspero, gracias al petróleo y al gas del mar del Norte. Y por la entereza con que superó el revés de 1994, cuando Noruega dio la espalda por segunda vez a la Unión Europea.

El nuevo primer ministro, Thorbjörn Jagland, a quien Gro ya había confiado la dirección del Partido Laborista en 1992, ha afirmado que quiere mantener la política económica y de bienestar social del mandato anterior. El relevo se produce, sin embargo, en un momento político oportuno pero delicado. Tiene tiempo suficiente para preparar un gobierno fuerte que afiance las expectativas favorables de voto de los laboristas de cara a las elecciones generales previstas para septiembre de 1997. Pero corre el riesgo de afrontar la embestida de sus adversarios políticos que le reprochan haber sofocado un escándalo vinculado con subvenciones oficiales a la juventud de su partido.

Jagland, sin embargo, es un dirigente pragmático como su antecesora, y un hombre de consensos. Es, como Gro, un decidido partidario del proyecto europeo, y colaboró con ella en la positiva labor realizada en los años 80 dentro del Partido Laborista para acallar la corriente antiatlantista.

El Análisis

Gro Harlem Brundtland: la mujer que transformó la política noruega

JF Lamata

La retirada de Gro Harlem Brundtland representa el final de una de las trayectorias políticas más singulares de la Europa contemporánea. Cuando accedió por primera vez a la presidencia del Gobierno noruego, el 4 de febrero de 1981, tenía apenas 41 años, lo que la convertía simultáneamente en la primera mujer y la persona más joven de la historia de Noruega en ocupar ese cargo. Su ascenso coincidió con el de Margaret Thatcher en el Reino Unido, primera mujer que había llegado a Downing Street dos años antes, aunque ambas representaban proyectos ideológicos prácticamente antagónicos: mientras la dirigente conservadora británica defendía las privatizaciones, la reducción de la intervención estatal y la primacía del mercado, la laborista noruega reivindicaba el Estado del bienestar, la igualdad social y la intervención pública como instrumentos de cohesión nacional. Brundtland, médica de profesión y antigua ministra de Medio Ambiente, tampoco se limitó a romper el techo de cristal de la jefatura del Gobierno: cuando regresó al poder en 1986, formó un gabinete en el que ocho de sus dieciocho integrantes eran mujeres, una proporción excepcional en la política europea de la época. Su figura alcanzó además una proyección internacional gracias a su presidencia de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas, cuyo informe de 1987, Nuestro futuro común, contribuyó decisivamente a popularizar el concepto de desarrollo sostenible, vinculando la protección de la naturaleza con el progreso económico y la justicia entre generaciones. En el terreno nacional, sus gobiernos han administrado una economía favorecida por los recursos petrolíferos del mar del Norte, pero también obligada a afrontar las tensiones entre crecimiento, gasto público y competitividad, manteniendo los fundamentos del modelo socialdemócrata escandinavo. Su gran derrota política fue el referéndum de 1994, en el que los noruegos rechazaron incorporarse a la Unión Europea pese a su defensa de la integración; una demostración de que su indiscutible autoridad personal no equivalía a un cheque en blanco de los ciudadanos. Tampoco ha sido una dirigente ajena a las contradicciones: su defensa del medio ambiente ha debido convivir con la importancia económica de la explotación petrolífera, y su pragmatismo gubernamental no siempre ha satisfecho a los sectores más tradicionales de la izquierda. Sin embargo, el balance de sus tres etapas al frente del Ejecutivo —1981, 1986-1989 y 1990-1996, cerca de diez años en total— confirma que no ha sido simplemente una pionera por razón de sexo o edad, sino una gobernante que ha contribuido a redefinir la socialdemocracia europea y a situar a Noruega entre los países con mayor protagonismo internacional en cuestiones sociales y medioambientales. Thatcher y Brundtland han demostrado, desde posiciones políticas opuestas, que una mujer podía ejercer el poder durante años sin quedar reducida a la condición de excepción histórica. Ahora corresponde a Thorbjørn Jagland demostrar si el Partido Laborista ha construido un proyecto político suficientemente sólido para sobrevivir a la retirada de quien ha sido su principal referencia durante quince años.

JF