1 diciembre 1999

Justificó su insulto en que 'marrano' según la RAE también significa 'converso'

La diputada ‘guerrista’ del PSOE, Enedina Álvarez, llama ‘marrano’ al presidente José María Aznar durante una sesión del Congreso

Hechos

El 1.12.1999 Dña. Enedina Álvarez uso el adjetivo ‘marrano’ refiriéndose al presidente del Gobierno, D. José María Aznar.

03 Diciembre 1999

Leona sin lengua

Raúl del Pozo

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La diputada socialista Enedina Alvarez llamó «marrano» al presidente y Federico Trillo eliminó el insulto del diario de sesiones. Una lamentación colectiva se ha apoderado de las ondas como si el Congreso fuera una asociación de damas contra las palabrotas. Que no se enfurezcan los padres de la atmósfera porque un Parlamento no es una iglesia, sino el templo de la palabra. El acoso contra la diputada puede dar la razón a los que piensan que las mujeres siguen sometidas a una conspiración y a una mordaza persistentes. Sospecharán que los hombres ya no tienen todo el poder, pero siguen prohibiendo que las mujeres hablen alto. Irene Lozano en su libro Lenguaje femenino, lenguaje masculino, comenta que hasta que ellas entraron en la Historia, el ideal de la feminidad incluía dulzura y nunca agresividad verbal. Unas palabras contundentes de una dama en público eran interpretadas como propias de un carácter agrio y desabrido, mientras que en un hombre se tomaban como una demostración de autoridad y firmeza. Cuenta la bella Irene que los atenienses levantaban estatuas de leonas de bronce sin lengua para mostrar que el silencio de la mujer es una gran virtud; muchos autores elogian el silencio como la mayor sabiduría de la mujer, el símbolo de su mesura. El refranero, tan reaccionario y ramplón, idealiza a la doncella de boca muda, de ojos bajos y con la aguja lista. Fidias hizo una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga que es un animal mudo. Ya se acabó la época en la que las mujeres sólo hablaban con el abanico y la sonrisa; guardar la casa e hilar ya no es una ideal de mujer, sino un epitafio. La pregunta que yo me hago es si se hubiera armado tanto escándalo si el que hubiese llamado «marrano» al presidente fuera un hombre.

Para mí hay varios sexos y sólo un género humano y me da igual que la estupidez sea de gachó o de una rabalera, pero tenemos derecho a criticar la actuación de esa madre de la patria, no por mujer sino por procaz, por usar mal la mui. El vocablo marrano procede del árabe vulgar maahram y significa cosa prohibida. Se aplicababa para insultar al converso que judaizaba y para denunciar a los excomulgados. Y yo no creo que sea socialista llamar a un presidente constitucional «marrano» que significa, puerco, sórdido, grosero, despreciable, abyecto, alevoso, bajo, infame, mezquino, rufián, ruin, asqueroso. La injuria no es socialista; tiene un origen más infame. Enedina ha utilizado un epíteto usado por los intransigentes y reacionarios. Era un insulto de familiares de la Inquisición, que ha dado a España fama de genocida. «Marranos» llamaban los intransigentes a los expulsados, moros, judíos, gitanos, a los que todo les era vendido por el camino, incluso el agua de los ríos a los que acudían a beber con sus manos.

Raúl del Pozo

03 Diciembre 1999

Diccionario de acepciones para Enedina

Antonio Burgos

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Como estamos en lo que estamos con lo de por allí arriba, comprendo y justifico que ni José María Aznar ni el portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados le dieran la respuesta oportuna a esa Enedina Alvarez que convirtió en zahúrda el hemiciclo, con no sé qué de los marranos, y no precisamente a cuenta de la peste porcina africana, ni de la denominación de origen Jabugo, ni de los exquisitos frutos de Guijuelo, ni de Trevélez, ni de tierra alguna española donde madura la paleta única de la pata negra y sazonan en las encinas las bellotas que engordan al ibérico.

Así que me tiro de espontáneo al hemiciclo, que al fin y al cabo es media plaza de toros, con la muleta del Diccionario de la Real Academia que he pasado escondida bajo la chaqueta hasta la tribuna de invitados.

Usted que es persona de cultura, doña Enedina, o doña Edemina, o como se llame, y que ha escrito ese papel que leyó desde allí desde el tendido alto de sol de su abono, comprenderá mejor que nadie las acepciones de las palabras que tengo el gusto de dedicarle.

Mire usted, Doña Como Se Llame: es usted una cerda. Pero una cerda en la primera y segunda acepciones del Diccionario académico.

Cerda es el pelo grueso, duro y largo que tienen las caballerías en la cola y en la cima del cuello, y también se llama así el pelo de otros animales, como el jabalí, puerco, etcétera, que, aunque más corto, es recio.

Y cerda, como usted, es el pelo de cepillo, de brocha, etcétera, de materia animal o artificial.

Además es usted una gorrina.

Pero una gorrina en el sentido de la aplicación del diminutivo a la prenda que sirve para cubrir la cabeza, y que se hace de tela, piel o punto, sin copa ni alas, con visera o sin ella.

Es usted una gorrina en el sentido de una pequeña gorra de los niños o de una versión reducida del cubrecabezas de pelo de los granaderos.

Es usted también una cochina, pero se lo digo en la acepción femenina del pez teleósteo del suborden de los plectognatos. Y es usted también una puerca, pero se lo digo en la acepción de pieza de pernio o gozne en que está el anillo o del lomo entre surco y surco de la tierra arada..

Así que chúpate ésas, Enedina…

Antonio Burgos

06 Diciembre 1999

Doña Enedina

Francisco Umbral

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Doña Enedina es una señora del PSOE que, en el Congreso, llamó «marrano» al presidente del Gobierno, señor Aznar. Javier Villán ha publicado un bello libro sobre nuestros juegos infantiles. Lo primero que hacía falta para jugar a algo con los otros chicos era saberse el reglamento, aquellos reglamentos implícitos, milenarios y misteriosos. Lo primero que hace falta para ser diputado es saberse el reglamento del Congreso. Doña Enedina no se lo sabe ni le ha echado nunca una ojeada, aunque está impreso.

Llamarle «marrano» al presidente no es de derechas ni de izquierdas, no es progresista ni reaccionario, no es antiguo ni moderno, no es socialista ni conservador. Llamarle «marrano» al presidente, en un debate, es como presentarse con máscara enyesada y boina en un acto político, como los otros. Es terrorismo verbal, y el terrorismo verbal no tiene nada que ver con la argumentación parlamentaria. También tiene doña Enedina un punto de mala educación y un discurso de marujona que le permitirá hacer gran carrera dentro de la cuota femenina correspondiente. Lo que se deduce de su apelativo es que todos los hombres son unos marranos, especialmente los conservadores y especialmente los que tienen poder. No es posible que doña Enedina vea un único marrano en las vastas extensiones nacionales del marrano, cerdo o puerco, gorrino, cochino, etc. Según Goethe, toda «opinión es nieta de un juicio», y doña Enedina acude al Congreso con el juicio previo de que los hombres somos una especie marrana, y esto se hace ostensible, naturalmente, en el señor Aznar, que es el que manda.

No es posible que tan feliz definición se le haya ocurrido a la señora Enedina (a medida que avanzamos va perdiendo el doña) así de golpe, como si nada, en un momento destellante que jamás hemos tenido ningún escritor. Las cosas más profundas le brotan a uno por eso que dice Goethe, porque un juicio remoto y acuñado aflora de pronto en nosotros en forma de opinión. La goethiana señora Enedina emerge del fondo sucio, del albañal popular donde se considera que todo político es un marrano, que todo el que manda es de Jabugo y que todo el que piensa y habla correcto es un chorizo mental.

El síntoma Enedina, el «efecto Enedina», que diríamos hoy, es alarmante por el estado de conciencia -o de inconsciencia- que refleja. La señora Enedina no pasa de ser una anécdota particular, pero tiene también la entidad de síntoma y nos asusta ese fondo que ruge detrás de ella y que hace política sin creer en la política ni creer en lo que hace. Digámoslo de una vez: en lo que no creen las enedinas es en la democracia, porque a quien están llamando marrana es a la democracia. Ellas se entendían mejor con su retórica de mercado y su elocuencia de rabaneras, que no llega ni con mucho a la gracia y la rapidez de las rabaneras, pues en toda rabanera hay un Torres Villarroel en germen (lo lleva en el vientre), lo cual no es poco.

La señora Enedina está en su derecho de seguir paseando al presidente por las variadas y amenas especies de la cabaña nacional. Pero esto es porque hay una democracia que se lo permite. Ella no es consciente de que no está ejerciendo un derecho, sino hozando en una licencia. Ha puesto el carro de su verdulería no ya delante de los bueyes, sino delante de los leones del Congreso, que sin duda no sabe lo que son ni representan, sino unos marranos con melena.

Francisco Umbral

09 Diciembre 1999

Marranos

Luis María Anson

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Marrano, según el diccionario de la Academia, en la quinta acepción del vocablo, se aplicaba «como despectivo al converso que judaizaba ocultamente». Era, en todo caso, un grave insulto y, además, se exacerbaba en muchas ocasiones. El 2 de julio de 1633 aparecieron en Madrid – plaza de la Villa, Puerta de Guadalajara, Iglesia de San Miguel – unos pasquines que proclamaban: «Viva la ley de Moisés y muera la de Cristo».

La reacción popular y oficial fueron terribles. Se hizo un alarde de racismo inadmisible. Quevedo, tal vez atizado por Medinaceli, aprovechó el clamor emocional para disparar un dardo envenenado contra el conde-duque de Olivares, de reputación filosemita y amigo estrecho de financieros judíos de origen portugués. La execración contra los judíos, y sobre todo contra los marranos, es decir contra los judíos conversos o cristianos nuevos, es la invectiva más desmedida que jamás salió de la pluma del genial escritor, el cual estuvo siempre dispuesto a ‘joder la marrana’. Para Quevedo las conversas judíos no eran más que izas, rabizas y otras formas de meretriz y puterío.

Díaz-Fernández descubrió el manuscrito en la Biblioteca del Real Consulado de La Coruña. Fernando Cabo y Santiago Fernández Mosquera publicaron en Crítica en 1996 la Execración, que produjo gran revuelo entre los estudiosos de Quevedo. Y la acompañaron con un prólogo que es, en sí mismo, una del as mejores monografías científicas aparecidas en los últimos años.

A los marranos les llama Quevedo, con palabra estevada e intención letrinal, ratones, enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos, inficionadores, sierpes que caminan sin piel, resbaladizos ‘que se vibran flechas y arco con su lengua en los círculos sinuoso de su cuerpo» y «Pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da», lo que nos lleva a otros textos quevedianos en los que habla de ‘víbora ardiente» y «lúbrica de muerte».

El fulgor de estas invectivas me admira literariamente y, a la vez, me produce repugnancia porque estoy siempre al lado de los perseguidos y, por lo tanto, en este caso, de los judíos. La misma repugnancia que habrá producido en muchos la agresión soez de la cándida Enedina y su palabra desalmada, contra Aznar en el Congreso y que ha conducido a algunos a esgrimir certeramente Covarrubias, Secos y otros diccionarios, cuando basta citar al Quevedo de la casi desconocida Execración para saber lo que en el siglo XVII se quería decir de lo judíos conversos al llamarles marranos.

Luis María Anson