20 marzo 2008

División en la derecha mediática sobre si Rajoy debe seguir al frente del Partido Popular: EL MUNDO y la COPE piden su retirada

Hechos

  • En la tertulia de ‘La Mañana’ de la COPE del 11.03.2008 los comentaristas D. Federico Jiménez Losantos y D. Pedro J. Ramírez (director de EL MUNDO) recomendaron la retirada de D. Mariano Rajoy. Mientras que el director de LA RAZÓN, D. Francisco Marhuenda recomendó su permanencia.

11 Marzo 2008

El PP necesita un nuevo líder

Luis María Anson

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Rajoy es mediocre como jefe de la oposición y le falta pegada como candidato.

Mariano Rajoy no sufrió un descalabro electoral. En el mano a mano en Madrid con Zapatero venció incluso más holgadamente que en los debates de televisión: 18 diputados frente a 15 y 1.723.370 votos frente a 1.377.996. Los 18 escaños que el PSOE sacó al PP en Cataluña determinaron el resultado final de las elecciones.

Rajoy, que hubiera sido un excelente presidente del Gobierno como fue un ministro diez, ha perdido con dignidad por segunda vez. No ha sido capaz de recortar distancias al PSOE, ni siquiera un diputado. Debe irse. Resulta muy duro decirlo, pero debe irse. Es mediocre como jefe de la oposición y le falta pegada como candidato. Podría tal vez ganar las elecciones de 2012, en política nunca se sabe, pero Zapatero no se lo va a poner fácil como en esta ocasión. No parece lógico que cometa tantos disparates ni tenga tantas ocurrencias como en la envilecida legislatura anterior.

El PP necesita un líder nuevo y joven, de cuarenta años, a descubrir, si fuera posible, entre los actuales diputados o diputadas. Ni el retorno de Aznar ni Gallardón ni Aguirre ni Rato ni Zaplana resolverían el problema porque el partido necesita unidad y todos los barones tienen aristas, sin bien unos más que otros. La apuesta inteligente sería la de un nombre nuevo, un hombre o una mujer en la cuarentena, que conecte con las nuevas generaciones.

No será fácil que esto ocurra. La oposición es en sí misma un poder y son muchos los dirigentes del PP encantados con su papel de oposición. Se batirán por conservar sus despachos, sus sueldos, sus coches, su protocolo. Harán lo posible para que Rajoy no se vaya. Sólo la generosidad del presidente del partido, renunciando, y la convocatoria de un Congreso extraordinario podrían encarrilar las cosas.

Es cierto que a Zapatero le favoreció la torpeza de Gabriel Elorriaga con sus declaraciones al Financial Times. Es cierto, aunque sea doloroso decirlo, que el asesinato de Isaías Carrasco, igual que ocurrió en su día con el de Enrique Casas, benefició al PSOE y llevó a las urnas a gentes desencantadas que no hubieran acudido a votar. Es cierto que el comunicado de Eta de 4 de junio, rompiendo el alto el fuego y su decisión de no matar durante los últimos meses, permitieron a Zapatero sortear el mayor error cometido en su gestión, el proceso de rendición ante la banda terrorista, que le costó perder las elecciones municipales. Es cierto que la llamada «compra de votos» con lluvia de dinero para pensionistas, beneficiarios del Per, madres, jóvenes, asociaciones, fundaciones y la biblia en euros, le han aportado muchos votos. Es cierto que las concesiones estatutarias a Cataluña, en la frontera de la Constitución, robustecieron a costa de la unidad de España su posición en aquella región.

Todo esto es cierto. Pero el resultado ahí está. Zapatero ya no es el presidente por accidente. Ha sabido jugar sus cartas, ha disimulado sus trapisonderías, ha camuflado sus embustes y ha ganado. La nueva legislatura estará presidida por el triunfalismo zapateresco, el bamboleo económico, la lucha abierta contra Rouco y la negociación política con Eta que reanudará en cuanto encuentre un pretexto medianamente razonable y pueda volver a las andadas. Antes tratará de ponerse de acuerdo con Mas para estabilizar la legislatura. Do ut des. Mas le exigirá la presidencia de la Generalidad a cambio de votar su investidura como presidente del Gobierno en Madrid.

 Luis María Anson

12 Marzo 2008

Rajoy en la encrucijada

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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La propaganda electoral del Partido Popular aseguraba que con Rajoy era posible; los resultados arrojados por las urnas demuestran que no lo ha sido. Pero este incremento en 400.000 votos y esos cinco diputados más que en 2004 obtenidos por Rajoy abren dos vías de análisis entre las que el máximo responsable del PP tiene que optar, sobre todo una vez que se ha propuesto despejar las incógnitas sobre su continuidad al frente del partido hasta el próximo congreso. Una vía es la interiorización de la derrota y, como consecuencia, el inicio de una reflexión pospuesta desde las anteriores elecciones, que ya no permite mantener subterfugios conspirativos que la victoria de los socialistas ha desmentido con rotundidad. La otra vía, más arriscada, llevaría a convalidar el tipo de oposición mantenida durante la legislatura que ha concluido: para esta interpretación, la estrategia de la crispación sería correcta y sólo la dosis habría resultado insuficiente.

Más allá de las palabras gruesas y las acusaciones desaforadas que el PP ha introducido en el debate político en España, y hacia las que Rajoy no ha hecho ascos durante estos cuatro años, los populares han hecho la oposición propia de unos aprendices de brujo. Pretendiendo utilizar a su favor la acción de algunos grupos de presión, así como los medios amarillistas embarcados en fabulaciones sobre los atentados del 11 de marzo, o un sector de la jerarquía católica, el PP ha terminado la legislatura convertido en su rehén. Es lo que le ha sucedido, también, con la Asociación de Víctimas del Terrorismo, bajo la presidencia de Francisco José Alcaraz, que los populares habían creído controlar como un ariete lanzado contra el Gobierno. Cuando Rajoy ha querido modular su mensaje por razones electorales, el vendaval de extremismo que él mismo había contribuido a desencadenar le ha impedido cualquier retroceso. Hasta el punto de que los más firmes partidarios de la línea de dureza sin escrúpulos, con Esperanza Aguirre en un papel estelar, no han tardado ni 24 horas en lanzar su artillería contra la permanencia de Rajoy al frente del PP.

El buen funcionamiento del sistema democrático necesita de la oposición tanto como del Gobierno, sobre todo cuando la polarización se sitúa en los niveles alcanzados tras las elecciones del 9 de marzo. Los dirigentes populares deberían tener presente que los 10 millones de ciudadanos que les han confiado el voto no pueden verse privados de una eficaz representación parlamentaria por sus querellas internas. Pero, de igual manera, deberían tomar conciencia de que la acción política no puede continuar por los estériles y desestabilizadores derroteros a los que la han empujado. Sobre Mariano Rajoy recae la responsabilidad, bien de independizar de los grupos de presión a la segunda fuerza política del país, bien de seguir manteniéndola secuestrada por ellos. En este caso, ni ganará el PP ni ganará la democracia en España.

06 Abril 2008

¡Que Rajoy no tire la toalla!

Federico Quevedo

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Cuando en 1975 tocó a su fin la dictadura, este país se enfrentó a un dilema complejo en su camino hacia la democracia: tomar la senda de la ruptura, la de la reforma, o la de la continuidad. La izquierda abogaba por lo primero, mientras que la derecha democrática lo hizo por lo segundo. Para la ruptura hubiese sido necesario contar con un presidente del Gobierno que se reincorporara a la política nacional desde el exilio o desde la oposición radical al franquismo. La reforma, sin embargo, debía llevarla a cabo alguien que viviera e, incluso, formara parte del régimen, y estuviera dispuesto, por convicción, a superarlo y reconducirlo a una democracia partiendo de la base de su propia estructura jurídica. La sensatez de una clase política que ofreció una muestra histórica de ilimitada generosidad hizo que se rechazaran los caminos de la ruptura y, por supuesto, el de la continuidad, apostando claramente por el de la reforma en la persona de Adolfo Suárez. Hoy lo alabamos como un acierto.

Aquel espíritu reformista permaneció en los pilares ideológicos de la derecha democrática. Se perdió, sin embargo, cuando la UCD cayó víctima de las guerras cainitas, y lo volvió a recuperar, una década después, José María Aznar en la refundación del PP y su viaje al centro político. También entonces se planteó un dilema parecido en el centro-derecha: seguir como estaban, la ruptura total con el pasado, o la reforma partiendo de los orígenes de la AP fundada por Fraga. Han pasado 20 años desde que Aznar optara por el camino de la reforma y llevara a cabo la refundación del Partido Popular. En medio quedan dos brillantes legislaturas y la pérdida del poder en condiciones harto dramáticas. Pero con el poder, en el año 2004, se perdieron también los referentes y un cierto vacío ideológico se adueñó de la derecha permitiendo que, de alguna manera, parte de ese vacío lo llenaran algunas posiciones más conservadoras fomentadas en los aledaños mediáticos, sin duda debido al empuje radical del Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Tras la derrota del 9-M, el PP se ha visto abocado a una situación muy similar a aquella del 89 pero personalizada en su líder: rupturistas y continuistas contra Rajoy, reformistas con él. Con su decisión de permanecer al frente del PP, Mariano Rajoy se ha convertido en el vínculo de unión entre una generación en retirada, y otra que llega con hambre de poder y ambición de mando. Es verdad que de su misma generación hay otros que podrían cumplir ese papel, pero ¿alguien se imagina al líder de la oposición respondiendo al discurso de investidura de Rodríguez desde la sala de prensa de la calle de Génova 13?

Rajoy ha movido sus piezas, y lo ha hecho en la dirección de una reforma controlada, pero reforma al fin y al cabo, de lo que venía siendo hasta ahora un partido que había perdido el camino de su refundación. Ha tomado sus decisiones, y se le critica que lo haya hecho a dedo. ¡Vaya! No deja de ser curioso que no se le reprenda lo mismo a Rodríguez, y el hecho de la victoria o la derrota no puede servir como baremo para medir la calidad democrática de la decisión. Ésa es la dirección correcta, independientemente de que su factura conlleve algunos errores de bulto.

El resultado electoral no permite hacer un análisis derrotista en el sentido de que el PP necesite una ruptura después de haber obtenido más de 10 millones de votos, 154 escaños y haber evitado la mayoría absoluta socialista, pero también es obvio que las elecciones las ha perdido, y eso obliga necesariamente a hacer cambios que afecten al modelo de partido que se presentó a los ciudadanos el pasado 9 de marzo. De ahí que una dosis adecuada de renovación, cuya primera muestra es la elección de la portavoz en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, combinada con la firmeza de los principios que encarna el propio Rajoy, sea la única alternativa para que el Partido Popular mantenga ese elevadísimo caudal de confianza obtenido el 9-M y, al mismo tiempo, combatir ese mal endémico de nuestra democracia que es el voto del miedo a la derecha, y robarle al PSOE los votos prestados que todavía atesora en un centro político que no le pertenece. Cualquier otro experimento, siento decirlo, está condenado al fracaso. Pero, claro, quizá lo mejor sea que Rajoy tire la toalla. Lo mejor para Rodríguez Zapatero, quiero decir.