22 enero 1905
Se calcula que pudieron morir 150 manifestantes desarmados
Domingo Rojo en Rusia: Una matanza de manifestantes por parte de las tropas de Nicolás II acaba con el mito del ‘buen zar’
Hechos
- El Domingo Sangriento o Domingo Rojo fue una matanza realizada por la Guardia Imperial rusa contra manifestantes pacíficos. Sucedió en San Petersburgo el 22 de enero de 1905 (9 de enero según el calendario juliano entonces vigente en Rusia), día en el que 200 000 trabajadores se reunieron a las puertas del Palacio de Invierno, residencia del zar Nicolás II.
Lecturas
DOMINGO ROJO / DOMINGO SANGRIENTO
El 22 de enero de 1905, el domingo, una multitud se encaminó hacia el Palacio de Invierno en San Petesburgo. Son 30.000 obreros que marchan encabezados por el pope religioso Georgii Gapón. Van a presentar una petición de reformas sociales y políticas: reforma agraria, sistema de representación popular, abolición de la censura, tolerancia religiosa. Aún lo esperan todo del zar. O al menos esperan que les oiga y atienda. La policía estaba alerta y les dio el alto. No se detuvieron. La caballería tampoco logró dispersarlos. Se oyó entonces un tiro de fusil: la señal para iniciar la matanza. Se estima que hubo en la acción entre mil y cinco mil muertos. No se sabrá nunca. Pero la absurda represión les abrió los ojos, y no solamente a ellos. Se dice que el ‘domingo sangriento’ vino a completar lo que la guerra con Japón – una guerra en opinión de varios analistas, insensata – había iniciado.
Los obreros, organizados por el padre Gapón, procuraban demandar directamente al zar un salario más alto y mejores condiciones laborales, tras el fracaso de numerosas huelgas hechas a finales del año 1904. Los manifestantes llevaban ese día iconos religiosos, además de retratos del zar, para demostrar que sus intenciones eran pacíficas.
El zar Nicolás II no se encontraba en el palacio en esos momentos ya que había ido a pasar el fin de semana a Tsárskoye Seló,1 pero su tío, el gran duque Vladimir Aleksándrovich, ordenó abrir fuego contra la multitud; en total se estima que murieron unos 200 manifestantes y 800 quedaron heridos,2 entre ellos mujeres y niños. La noticia de la matanza no tardó en expandirse por todo el país y esto causó que muchos campesinos se sublevaran en zonas rurales, que hubiera numerosas huelgas en diferentes ciudades y motines en las Fuerzas armadas que se extendieron durante un año.
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La crisis en el imperio ruso continuará:
El primer ministro Piotr Stolypin es asesinado en septiembre de 1911.
El zar Nicolás II caerá en marzo de 1917.
El Análisis
El pasado domingo, las nevadas calles de San Petersburgo se tiñeron de rojo. No fue por los estandartes de los obreros, ni por las palabras del padre Gapón, sino por la sangre de cientos de ciudadanos rusos que marchaban pacíficamente hacia el Palacio de Invierno, convencidos —¡oh ingenuidad trágica!— de que el zar Nicolás II saldría a escuchar sus súplicas como un padre benévolo. Lo que encontraron fue pólvora, fusil y muerte. El “Domingo Rojo” ha terminado no sólo con cientos de vidas, sino también con el mito del “zar bueno”.
Aquel que hasta hace poco era llamado por algunos “pequeño padre” se ha revelado como un monarca ausente, guiado más por el miedo y los generales que por la piedad o el sentido de Estado. Entre el desastre militar frente a Japón y la represión interna, el Imperio ruso parece caminar con paso firme hacia el abismo. El primer ministro, señor Stolypin, promete reformas, una Duma que huele más a concesión vacía que a apertura real, y medidas que llegan tarde y saben a poco para un pueblo que ha perdido el miedo… y la fe.
Y es que cuando el pueblo deja de creer en el trono, lo que queda es una silla vacía con corona encima. Las clases trabajadoras, el campesinado y hasta parte de la intelectualidad rusa ven ahora en Nicolás II no al heredero de los Romanov, sino a un déspota frágil, ajeno e inútil. Rusia no ha dejado de ser un gigante, pero cada vez camina más tambaleante. Si algo ha quedado claro este enero, es que una monarquía que se defiende a tiros de su propio pueblo ya no es sagrada, sino sospechosa. Y quizá, irremediable.
J. F. Lamata