8 mayo 1992

José María Aznar fuerza la dimisión de Peña, que llevaba en la alcaldía desde las primeras elecciones municipales desde la llegada de la democracia: primero con UCD (1979-1983), luego con Coalición Popular (1983-1987), después con Solución Independiente (1987-1991) y finalmente como independiente en el PP (desde 1991)

‘Caso de la Construcción’: Condenados el alcalde de Burgos, José María Peña San Martín (PP) y el empresario inmobiliario y mediático Antonio Miguel Méndez Pozo

Hechos

En mayo de 1992 el alcalde de Burgos, D. José María Peña San Martín (independiente en las listas del PP) fue condenado por el llamado ‘caso de la construcción’ siendo forzado a dimitir.

Lecturas

Durante más de una década, José María Peña San Martín parecía políticamente inexpugnable en Burgos. Alcalde desde las primeras elecciones municipales de 1979, primero con UCD y después desde el espacio de la derecha, había sobrevivido a cambios de siglas y enfrentamientos internos hasta concurrir en 1991 como independiente en las listas del Partido Popular, conservando nuevamente la Alcaldía. A su lado —aunque desde un poder muy diferente— se había elevado Antonio Miguel Méndez Pozo, promotor inmobiliario al frente de empresas como Río Vena, Espolón y Clunia y propietario además de Diario de Burgos. Uno dominaba el Ayuntamiento y el otro se había convertido simultáneamente en uno de los principales constructores y empresarios periodísticos de la provincia. El problema era que desde mediados de los ochenta una parte del sector de la construcción venía denunciando que entre ambos poderes existía una relación demasiado beneficiosa para uno de ellos.

La ofensiva comenzó formalmente el 5 de febrero de 1988, cuando la Federación de Empresarios de la Construcción de Burgos, impulsada especialmente por Juan Renedo Sedano, llevó a la Fiscalía una denuncia por supuestas irregularidades urbanísticas. También el Colegio de Arquitectos había denunciado públicamente el trato privilegiado que, a su juicio, recibían las empresas de Méndez Pozo. Se acusaba al Ayuntamiento de permitir a determinadas promociones construir más volumen del autorizado, conceder licencias contra informes técnicos y alterar en la práctica las condiciones urbanísticas en beneficio del promotor. La denuncia alcanzaba, además de Peña y Méndez Pozo, a los tenientes de alcalde José María Codón Herrera y Manuel Muñoz Guillén, al secretario municipal Esteban Corral García y al entonces delegado territorial de la Junta José Carracedo del Rey. Peña y Méndez respondieron atribuyendo la operación a enemistad es empresariales y políticas; el alcalde mantendría durante todo el proceso que, puesto que sus adversarios no conseguían derrotarlo en las urnas, pretendían hacerlo en los tribunales.

 Antonio Miguel Méndez Pozo

La instrucción convirtió aquellas denuncias en un enorme procedimiento judicial. En septiembre de 1989, el fiscal y la Federación de Empresarios formularon acusaciones por delitos como prevaricación, falsedad documental y estafa. El instructor fue el juez Adolfo Mallo, del Juzgado de Instrucción número 2 de Burgos. El procedimiento atravesó además una complicada batalla procesal: algunos acusados recurrieron al Tribunal Constitucional alegando indefensión en la apertura del juicio oral. Entre los letrados que intervinieron en las defensas figuraron juristas de enorme prestigio como José María Stampa Braun, Gonzalo Rodríguez Mourullo y Luis Rodríguez Ramos. El Constitucional terminó rechazando en enero de 1991 las pretensiones fundamentales de los recurrentes y permitió que continuara el proceso. Como acusadores aparecen documentados Juan Renedo y la Federación de Empresarios de la Construcción, y también intervinieron en distintas fases organizaciones como la asociación cultural El Globo, asociaciones vecinales y la CNT.

El juicio debía comenzar el 4 de abril de 1991, en vísperas de las elecciones municipales. Peña pidió que se aplazase para no contaminar políticamente la campaña y, aunque inicialmente la Audiencia rechazó su petición, la vista acabó trasladándose a septiembre porque dos magistrados fueron designados miembros de la Junta Electoral Provincial. Comenzó finalmente el 9 de septiembre de 1991 ante la Audiencia Provincial de Burgos. Fueron doce los acusados y las sesiones se prolongaron durante meses. El ambiente llegó a ser extraordinariamente tenso: después de que Peña insultara a dos abogados de la acusación, el presidente de la Audiencia Territorial, José Luis López Muñiz, ordenó reforzar la seguridad. El fiscal especial José Antonio Sánchez Garrido sostuvo que el trato privilegiado a Méndez Pozo había terminado incluso distorsionando el mercado inmobiliario burgalés: una vez permitido a un constructor aquello que urbanísticamente no correspondía, el Ayuntamiento encontraba más difícil negárselo a los demás.

La acusación sostenía que las empresas de Méndez Pozo habían obtenido enormes ventajas mediante una sucesión de irregularidades. El informe pericial del Colegio de Arquitectos utilizado por el tribunal valoró las actuaciones irregulares en 3.809 millones de pesetas. Entre ellas aparecían construir mayor volumen del permitido, añadir plantas, levantar garajes bajo terrenos de dominio público, invadir terrenos destinados a calzadas, parque o guardería e incluso obtener una licencia apoyándose en un planeamiento que todavía no había sido aprobado. No se trataba, por tanto, de demostrar que Peña hubiera recibido dinero personalmente —la sentencia no estableció enriquecimiento del alcalde—, sino de determinar si desde el Ayuntamiento se habían adoptado resoluciones conscientemente injustas que favorecieron urbanísticamente a Méndez Pozo.

marlasca_peña  El diario YA, dirigido por D. Manuel Marlasca (padre), periódico propiedad de ANTENA 3 TV fue el periódico más hostil contra los acusados en el ‘caso de la Construcción’. El día de la sentencia sacó en portada tanto a D. José María Peña como al Sr. Méndez Pozo acusándoles de ser ‘una mafia’.

Portada_condena  El periódico DIARIO DE BURGOS, propiedad del Sr. Méndez Pozo, dio, lógicamente, una cobertura más favorable de los acusados. Restaron importancia a la condena del Sr. Méndez Pozo y el director del periódico, D. Vicente Ruiz de Mencia publicó un artículo en el que aseguraba que la justicia tenía ‘doble rasero’ al condenar duramente al Sr. Peña por el ‘caso de la Construcción’ y no condenar ni a los responsables del ‘caso Ibercorp’ o el ‘caso Juan Guerra’.

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El 7 de mayo de 1992 llegó la sentencia. La Audiencia consideró a José María Peña responsable de prevaricación continuada, revelación de secretos y denegación de auxilio a la justicia: le impuso doce años de inhabilitación especial, además de penas de suspensión de cargo público. Antonio Miguel Méndez Pozo recibió el castigo penal más grave: siete años de prisión, tres meses de arresto y doce años de inhabilitación por falsedad documental, desacato e inducción a la prevaricación. También fueron condenados José María Codón Herrera y Manuel Muñoz Guillén, a doce años de inhabilitación por prevaricación y revelación de secretos; Víctor Martínez Llorente, a siete años de inhabilitación por prevaricación, y el antiguo secretario municipal Esteban Corral García, a penas de suspensión e inhabilitación. La Audiencia anuló además numerosos acuerdos urbanísticos municipales adoptados entre 1984 y 1988.

Otros acusados resultaron absueltos. Entre ellos estaban el arquitecto Juan Manzanares Pascual, el antiguo delegado de la Junta José Carracedo del Rey, el funcionario Cristóbal Serrano, el notario José María Martín Álvarez y el registrador José María Méndez Castrillón; las fuentes contemporáneas hablan de seis absoluciones, aunque algunas relaciones periodísticas omiten uno de los nombres. El proceso había llegado a tener tal dimensión política que durante el juicio fue llamado a declarar incluso José María Aznar, entonces presidente nacional del PP y anteriormente presidente de Castilla y León; finalmente prestó declaración por escrito.

Peña reaccionó furiosamente. Calificó la sentencia de «bodrio» y «aberrante», anunció recurso y aseguró que no dimitiría: mientras el fallo no fuese firme podía continuar legalmente como alcalde. Pero para José María Aznar apareció inmediatamente otro problema, el político. El PP estaba construyendo buena parte de su oposición a Felipe González alrededor de la denuncia de la corrupción socialista y acababa de convertir casos como Juan Guerra en armas contra el Gobierno. Mantener al frente de una capital de provincia a un alcalde condenado por prevaricación resultaba difícilmente compatible con aquel discurso. Aznar lo respaldó inicialmente hasta que resolviera el Supremo, pero las críticas de la oposición y de numerosos dirigentes del propio PP hicieron insostenible esa posición. El 11 de mayo, después de más de dos horas de reunión en Génova con Peña, Aznar, Álvarez-Cascos y Juan José Lucas, el presidente popular le pidió que abandonase la Alcaldía.

Ni siquiera entonces resultó fácil derribar al alcalde. Sus catorce concejales le dieron inicialmente apoyo unánime y anunciaron que atenderían la petición de Aznar únicamente cuando estuviera garantizada la gobernabilidad de Burgos. Era la demostración de que Peña poseía un poder político personal que excedía las siglas bajo las que se presentaba. Finalmente aceptó marcharse alegando que lo hacía no porque así lo quisieran los burgaleses, sino por responsabilidad, por el PP y por el compromiso adquirido con Aznar. Presentó formalmente su dimisión el 25 de mayo; fue aceptada en junio y terminó siendo sustituido por Valentín Niño Aragón, después de un breve periodo provisional de Francisco Javier Quintanilla.

La historia judicial, en cambio, continuó. El Tribunal Supremo confirmó en enero de 1994 la condena fundamental de Peña: doce años de inhabilitación por prevaricación continuada, además de las correspondientes penas por revelación de secretos y denegación de auxilio. También mantuvo para Méndez Pozo los siete años de prisión por falsedad documental y tres meses de arresto por desacato, aunque redujo su inhabilitación, y rebajó la sanción correspondiente a Esteban Corral. El Supremo fue especialmente contundente al rechazar las denuncias de indefensión, señalando que en pocos procedimientos unos acusados habían dispuesto de tantas garantías. Méndez Pozo ingresaría finalmente en prisión en septiembre de 1994; la campaña en favor de su indulto llegó a reunir unas 17.000 firmas y contó con el respaldo de trabajadores de sus propias empresas, incluido Diario de Burgos.

08 Mayo 1992

LA REGENARCIÓN IMPOSIBLE

Manuel Marlasca

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Si el PSOE tiene el caso Filesa, el PP ha demostrado ser lo mismo con 'el caso de la Construcción'

Estamos instalados en la taberna. Alfonso Guerra quiere reciclar a una azafata del AVE porque no le permite el paso a la cabina de mando del tren. Y José María Peña, el alcalde de Burgos, dice de forma desafiante que ‘a mí la dimisión no me la pide ni el PSOE ni, desde luego, el Juzgado’. El voto, símbolo de la democracia, es está convirtiendo en una coartada. De aquel socialista que aseguraba que ‘un ministro es un bien de Estado’ hemos pasado al ‘Burgos soy yo’, ‘el AVE soy yo’ y ‘el Parlamento soy yo’, ‘el AVE soy yo’ y ‘el Parlamento soy yo’. Y esto no puede continuar así. La valiente sentencia de la Audiencia Provincial de Burgos hecha pública ayer tiene que ser el punto de partida de una regeneración de la vida nacional que pasa necesariamente por el abandono del escenario de personajes como Peña o como Hormaechea.

Se nos ha ido la ilusión, nos quitan las libertades y se nos escapa la credibilidad en el sistema y sobre todo en nuestros políticos. Hay en el ambiente una especie de cansancio no exento de desmoralización. No funciona la Administración, no funciona la Justicia y ni siquiera funciona bien el AVE. Dignificados – y estoy de acuerdo en ello – la vida de los ex presidente de Gobierno con un coche oficial, funcionarios y aportación económica, pero nadie se molesta en dignificar la vida pública. Los mismos que envían al BOE la letra de la pensión vitalicia para quienes ostentaron la alta magistratura de jefe del Ejecutivo son incapaces ni siquiera de proponer una sola medida para que el pueblo español recupere la ilusión, se sienta más libre y vuelva a creer en su clase política.

Manuel Marlasca

10 Mayo 1992

Lo injusto y lo ilegal en Primavera

Vicente Ruiz de Mencia

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A la vista de una sentencia de esa noche, de tantas comisiones frustradas y rechazadas en el Parlamento de tantas resoluciones contrarias y confusas en el Tribunal Superior de Andalucía sobre el caso de sus hermanos los Guerra no sabremos nunca como con el caso del alcalde Peña, si las resoluciones de los tribunales son justas o injustas.

Hay momentos en que los consejos no sirven, porque no están avalados por el ejemplo. Cuando esto ocurre, es el desprecio lo que se acomoda a quien siendo falso maestro de la verdad predica la suya, en la que nadie cree. Esto le puede pasar al señor Guerra, don Alfonso, la lengua viperina del PSOE, oportunista, un espejo roto en mil noches de maniobra oscura y sin luz; una palabra vendida al egoísmo y el interés de quien ya no convence a nadie. Alfonso, la serpiente sabia de quien maneja la comunicación a su antojo como el avión presidencial tantas veces como el país lo permitía, nos ha dicho a los bugaleses cuál es la fórmula mágica para ser honesto más de cien años, decente para no precisar detergente y ético hasta más allá de toda sospecha.

No hubiésemos querido traer aquí y ahora una cuestión que divide fronteras y crea excesivas tensiones en el pueblo nuestro. Hay una sentencia no firme, pendiente de recurso de casación en el Supremo. A ella nos atenemos, aunque un análisis serio del contenido, desde la óptica exigible del derecho cuestiona muchas cosas de aquí y de otros sitios. Nos parece que cuando se habla en exceso de ‘derecha local’ o ‘derecha burgalesa’, algo se está diciendo y no es bueno invocar el mundo de las ideas para alumbrar el de los hechos. Lo probado no es simplemente lo que en esos 126 folios se dice. Curiosamente, entre la ética de lo ilícito no están manejos y preparativos anteriores. Hay una perfecta narrativa en el texto que omite ciertos capítulos. Y cuando éstos no están en la trama, hay una mano airada de censura que hace recelar al pueblo.

Pero es bien sabido que cuando el poder se ostenta y se detenta se confunden muchos los conceptos. No es nuevo, ya en los tiempos clásicos se decía que jamás tiene seguridad el que duerme junto a una serpiente.

Y en la noche del jueves no era todavía tiempo de dormir cuando la voz confusa y difusa del secretario general que visitaba Granada con nocturnidad y alevosía, nos decía que, el de Burgos, es un caso claro de cuando la derecha difama a los socialistas.

A la vista de una sentencia de esa noche, de tantas comisiones frustradas y rechazadas en el Parlamento de tantas resoluciones contrarias y confusas en el Tribunal Superior de Andalucía sobre el caso de sus hermanos los Guerras (gentes de bien o de mal, vaya usted a saber, porque en esta España nuestra en la que a unos les condenan y a otros les disculpan), no sabremos nunca como con el caso del alcalde Peña, si las resoluciones de los tribunales son justas o injustas.

A Peña le exigen que ni un minuto más esté en la Sala de Jueces, donde los magistrados de entonces no sólo se fiaban de los fiscales, entre tant, el gobernador del Banco de España y su Ibercorp disfrutan plácidamente de cargo, del puesto y del sueldo y con ello puede pensarse que la Justicia no se aplica a todos por el mismo rasero. Hay éticas que sirven para unos y no funcionan para otros.

Tampoco hay tratos de igualdad para unos como para otros: Media España suspira y se enoja por el decretazo que hunde en la miseria a muchos parados que lo son de verdad con la excusa de sancionar a los que defrauden. Junto a esto que parece que hay que reparitr solidariamente pobrezas entre todos, hay otra España que contempla con verdadera alarma social que también reclama justicia y equidad, un presidente aplica el patrón de corso para si vienen mal dadas, contar con hacienda, honores y regalos. Se ha pensado que si hay un decretazo para contar las pesetas al parado, debe también limitarse la calidad de vida a los presidentes de este país convergente, no muy competitivo y metido en huelgas y paros de primavera y bloqueos generales de otoño.

Dicen que el tiempo lo borra, que el aire lo lleva, que la mar lo arrastra. Claude Macdonald nos disuade de hacernos un lugar bajo el sol si insistes en refugiarte en la sombra de tu árbol, que es la de todo; por ello, no unos han de ser juzgados y otros – porque están en el poder – hay que disculparles. No hay justicia nunca que conozca amigos e ignore leyes.

Las mentiras perversas, don Alfonso, no se inventan, se prueban, aunque haya tribunales que ni siquiera se molesten de eso.

Adiós, Marlene. Tü que has vivido todo, desde el más allá, no te escandalizarás de ángeles con poder que sean auténticos embusteros despreciables.

09 Mayo 1992

La otra corrupción

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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La condena por prevaricación dictada por la Audiencia de Burgos contra el alcalde de la ciudad, José María Peña, parece que no va -a la luz de las primeras reacciones de los interesados- ni con el edil condenado ni con la formación política. que lo arropó en su momento para ocupar dicho cargo: el Partido Popular. Escudándose en los electores, el primero se ha permitido desafiar el dictamen de los jueces declarando (si a sus disparatadas palabras contra todo el mundo se le pueden calificar de declaraciones) que a él sólo le echarán del ayuntamiento los votantes. Mientras tanto, la cúpula del PP, con su máximo dirigente, José María Aznar, a la cabeza, ha preferido mirar hacia otro lado y dar tiempo al tiempo escudándose en su caso en que la condena no es firme todavía y que es recurrible ante el Supremo.La actitud del alcalde condenado frente a la sentencia que le ha inhabilitado durante 12 años para ejercer el cargo muestra, entre otros aspectos, el peregrino concepto que tiene del mandato popular. De acuerdo con su manipuladora interpretación, la confianza popular expresada en la urnas podría ser utilizada por quien la recibe como patente de corso para hacer lo que le venga en gana, e incluso para delinquir. Todo lo contrario de lo que convierte al sistema democrático en el menos imperfecto de los conocidos por cuanto permite cambiar mediante el votó a sus representantes y controlar su gestión.

Es cierto que la sentencia condenatoria contra el alcalde de Burgos le afecta a él en primer término, pese a que no quiera darse por enterado de sus consecuencias. Pero lo que puede ser admisible como reacción crítica de la resolución judicial -ha llegado a calificarla de «bodrio aberrante»- no lo es en ningún modo en cuanto rechazo de su cumplimiento. El carácter no firme de la sentencia y su posible recurso ante el Supremo no atenúan la gravedad de los hechos declarados probados: el rosario de resoluciones dictadas entre los años 1984 y 1988 por órganos municipales presididos por el edil condenado que favorecieron de manera injusta, en la concesión de contratas de obras públicas, al constructor burgalés Antonio Méndez Pozo, también condenado por varios delitos continuados de falsedad en documento público.

.Son hechos y resoluciones judiciales en los que están condenados otros dirigentes locales del PP, por lo que difícilmente dejan de afectar al partido político que decidió, en su momento, elegir para sus listas electorales a un personaje tan peculiar como el edil ahora condenado. No puede, por tanto, dar la callada por respuesta cuando un tribunal de justicia imputa la comisión de un delito de prevaricación, sin duda uno de los más deshonrosos para un responsable público, a quien presentó ante la ciudadanía como el candidato idóneo. Y con mayor motivo cuando quien tomó esa arriesgada decisión fue el que era entonces presidente del PP en Castilla y León y que hoy es su máximo dirigente a nivel nacional, José María Aznar.

Un partido al que no basta una condena por corrupción política para desvincularse de quien ha sido merecedor de ella no puede pretender que sea creíble su actitud de denuncia cuando aflora en otros frentes políticos. El PP parece estar más interesado en la corrupción política como arma de desgaste del partido del Gobierno que como síntoma de degradación de la vida pública; se comprenden así las dificultades que encuentra en el camino. de articular una alternativa política verosímil a los ojos de la mayoría. Paralelamente, también revela un grado de ceguera peculiar la pretensión de Alfonso Guerra de establecer un paralelismo con su caso al exigir ahora la dimisión de Aznar. Guerra debió dimitir de inmediato ante la evidencia de que el enriquecimiento súbito de su hermano tuvo por única causa la utilización de su parentesco con el entonces vicepresidente. Se equivocó, y el escándalo de Burgos no borra ese grave error.

10 Mayo 1992

El doble rasero del Partido Popular ante la corrupción

Melchor Miralles

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La Audiencia Provincial de Burgos ha condenado a José María Peña, el alcalde popular de Burgos, a los concejales José María Codón Herrera y Manuel Muñoz Guillén, al secretario del Ayuntamiento, Esteban Corral y al promotor Emilio Méndez Pozo por el denominado «caso de la construcción». La reacción del impresentable José María Peña ha sido coherente con su trayectoria y responde a la hondura de sus pensamientos y a lo democrático de sus convicciones personales y políticas. Ha dicho Peña que la sentencia es «un bodrio aberrante», que el asunto es «un montaje socialista» y que a él no le van a echar del Ayuntamiento «ni los socialistas, ni los tribunales, ya que sólo él pueblo puede hacerlo». Si bien la Justicia desvincula a José María Aznar de los turbios negocios de los condenados, no es menos cierto que el presidente del Partido Popular, y el propio partido, incurrieron en una indiscutible responsabilidad política al depositar su confianza en José María Peña, un hombre bajo sospecha, sin efectuar una investigación interna. Además, contagiados por el estilo socialista, dijeron que hasta que los tribunales resolvieran, nadie podía acusar a Peña. Cabría preguntarse ahora si José María Aznar protegió a Peña por causas que no puede explicar en público. La reacción de Rodrigo Rato es también criticable: «La sentencia ha sido recurrida». ¡Que más dá! Esa no es la cuestión. Lo grave es que el Partido Popular, como acertadamente denunció su dirigente Isabel Tocino hace bien poco, tiene un doble rasero ante la corrupción. Además del asunto de José María Peña está el del caudillo cántabro Hormaechea. Como diría Felipe González, Aznar y sus muchachos tienen dos varas de medir la corrupción. Utilizan una cuando se trata del PSOE y otra bien distinta cuando son ellos quienes quedan en cuestión. Y, por ello, su credibilidad al denunciar a Juan Guerra, Mariano Rubio, Filesa y compañía es cada día más escasa. Y ya que hablamos de dobles raseros y varas de medir, parece que los magistrados españoles no aplican en todos los sumarios los mismos criterios. No ha recibido el mismo trato judicial el «caso de la construcción» que el asunto «Juan Guerra», por poner un ejemplo. Las resoluciones judiciales en unos casos y otros han sido bien distintas. Y ello permite pensar que, al márgen de que las instrucciones sumariales se han desarrollado aplicando criterios diferentes, las «sensibilidades» judiciales son muy peculiares en función de quien ocupe el banquillo de los acusados. Vamos, que el país funciona de maravilla.

11 Mayo 1992

El plebiscito de Barrabás

Fermin Bocos

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Si el jefe político es débil y su autoridad no es rigurosa, si sus órdenes y sus directrices no son diáfanas y no hay reglas fijas para guiar a los partidarios, los votantes acaban desorientados. Un partido que dice abanderar el combate contra la corrupción pero se atreve a llevar en la mochila los cadáveres de altos convictos y corruptos está condenado a perder el crédito social adquirido. La suerte depende de las circunstancias pero la ambición ética es una cuestión de principios. Quien deja pasar la ocasión para demostrar su repugnancia frente a los abusos del cargo público para obterner beneficio particular pierde credibilidad y aleja su porvenir político. Escribo acerca del joven dirigente José María Aznar en trance de parálisis frente a las tropelías de uno de sus jefes de mesnada, el alcalde de Burgos de apellido Peña. Convicto de prevaricación, este ciudadano que ha sido declarado culpable de varios delitos se niega a dimitir confundiendo la democracia con el plebiscito de Barrabás. Un alcalde corrupto y un constructor enriquecido merced a los favores municipales no son los compañeros de viaje idóneos para un dirigente de cuarenta años que se presenta ante los ciudadanos como el portavoz de un programa de regeneración para los próximos tiempos. Sólo en clave de complicidad o secreto retenido por los convictos puede explicarse la paraplejia de Aznar. Mientras Peña siga en el Ayuntamiento de Burgos Aznar deberá despedirse de su homilía acerca de la frontera entre la ética y la política. ¿Con qué cara se puede preguntar sobre el «iceberg» de FILESA cuando uno de sus amigos -el constructor Méndez Pozo- ha sido condenado a siete años de cárcel por tener la llave de los planes del consistorio regido por el partido Popular? Aznar está con la peña al cuello. El plebiscito de Barrabás que pide Peña no le salvará de la ignominia.

25 Mayo 1992

A José María Peña

Jaime Campmany

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En este país, usted lo sabe, siempre ha habido alcaldes con las borlas, no ya cuadradas, como dice de las suyas de usted don Francisco Umbral, sino de piedra berroqueña. Más que un alcalde, lo que es usted de Burgos, ciudad noble y terca, es alcaldazo, alcaldón o alcaldote, que para darle cuenta de eso sólo hay que mirarle y mejor, verle venir.

Es muy posible, y aún más probable, que aprovechando el tamaño de su cabeza, cabeza de cabezudo de fiestas, hermosa y de buen pestorejo, y no se lo digo por molestar, sino por iconografía, hayan querido tomarle a usted de cabeza de turco. Nuestros sociatas están salvando cabezas a manta de Dios, de modo que a ninguno se le cae la suya de los hombros por más que esto parezca el Puerto de arrebatacapas, y cuando los jueces cuelgan de alguna cabeza socialista el sambenito de un delito probado, siempre tiene el Gobierno un indulto a punto, y así el convicto pasa desde el calabozo al despacho atravesando las urnas. Hay otros sociatas de manos largas que no pasan de presuntos y no llegan a convictos, porque los salvan en el intervalo. A los cuatro ‘aforados’ de Sevilla los despacharon los jueces sin sentarlos en el banquillo, y al Guerra, que le dio a su hermano el despacho de marras, ni llamarlo.

Pero, hombre, señor alcaldazo, alcaldote, tampoco un tribunal le mete a un cristiano doce años de inhabilitación y no sé cuántos de suspensión de cargo público por jugar un rato a las casitas o al pin-pin-margarín en el despacho de la Alcaldía. Ni a un constructor se le echa a la prisión seis años por haber roto un ladrillo. Ahí tiene que haber algún tomate, o por lo menos eso hay que pensar mientras no sea firme la sentencia. Y ante eso, dimisión, paciencia, barajar, palillo y flor de malva, hijo. Esa es la norma, por cruel que parezca. Ya sé yo que si uno, en esas circunstancias, se va, malo; pero si se queda peor.

Mal hizo usted en resistirse, porque cuando más se aferraba al sillón, más justa parecía la sentencia. Y mal ha hecho usted con cerrar contra jueces, políticos, periodistas y otros comparsas de la función, porque el desplante, la chulada y la bravata terminan por hacer perder la razón, en el caso de que se tenga. Y bien, aunque tarde, ha hecho usted en dejar el sillón municipal. Al fin y al cabo, no hay quien aguante en él una sospecha semejante, y ahí tiene usted al Guerra y a García Valverde, que tuvieron que dimitir aunque se hayan librado la condena.

Razones sobran para administrarle a usted un basto, que en esta sección casi siempre pintna, pero no quiero darle a usted ideas, no sea que lo uste con algún colega mío o con algún colega suyo, y no ya en metáfora y en sentido figurado, sino en sustancia real, porque se le ve a usted, sin ahondar mucho en su carácter, que le va bien el zurrar la badana. Y como al final ha entrado usted por uvas y ha pasado por el aro, por mucho trabajo que le haya costado, le invito a una copa, hombre, y además le meto a usted en la galería de alcaldes celtíbéricos, carpetovetónicos, raciales y boludos, y le nombro alcalde perpetuo y honorario de las Batuecas.

Jaime Campmany

El Análisis

Los dos hombres más poderosos de Burgos

JF Lamata

José María Peña nunca aceptó moralmente la sentencia que acabó con su Alcaldía. Su explicación había permanecido esencialmente inalterable desde el comienzo del procedimiento: aquello era una operación política destinada a conseguir en los tribunales lo que el PSOE no había conseguido en las urnas. En el contexto de comienzos de los noventa, sus partidarios podían añadir un argumento particularmente atractivo: mientras el PP machacaba al Gobierno González con el caso Juan Guerra, un proceso por corrupción urbanística contra uno de los alcaldes más importantes de la derecha permitía a los socialistas responder que la corrupción no tenía únicamente unas siglas. La simultaneidad política existió y Peña explotó esa interpretación; otra cosa muy distinta es convertirla en explicación judicial del caso. La denuncia original no nació del PSOE cuando estalló Juan Guerra, sino en febrero de 1988, impulsada por empresarios de la construcción y acompañada por las críticas del Colegio de Arquitectos, bastante antes de que el escándalo del hermano de Alfonso Guerra adquiriera su dimensión nacional. Y después de años de instrucción, recursos y seis meses de juicio, la Audiencia dictó una condena que el Supremo acabaría confirmando en lo esencial. La tesis de la persecución puede explicar cómo Peña interpretaba su caída; difícilmente basta para borrar los hechos que los tribunales declararon probados.

Aznar entendió además que había dos sentencias diferentes: la judicial podía recurrirse; la política no. Durante unos días intentó sostener que Peña debía conservar la Alcaldía hasta que hablara el Supremo, pero estaba pidiendo a España que castigase electoralmente la corrupción socialista mientras mantenía a un condenado por prevaricación al frente del Ayuntamiento de Burgos. Algunos de sus propios dirigentes se lo recordaron: Luis Ramallo resumió que la moralización debía comenzar «por la propia casa». Aznar rectificó y sacrificó a un alcalde enormemente popular para proteger la credibilidad nacional del PP. Y Peña tenía alguna razón cuando decía que su salida no reflejaba necesariamente la voluntad inmediata de sus electores: había ganado repetidamente las elecciones y, cuando sus concejales recibieron la orden de abandonarlo, los catorce se pusieron inicialmente de su lado.

Pero quizá la mayor paradoja del caso sea comparar el destino de Peña y Méndez Pozo. El político perdió inmediatamente aquello que constituía su poder: la Alcaldía. El empresario recibió una condena mucho más dura, acabó entrando en prisión y, sin embargo, su estructura de poder económico y mediático sobrevivió. Sus empresas continuaron y Diario de Burgos siguió siendo una institución central de la provincia; la condena no impidió que Méndez Pozo reconstruyera y ampliara posteriormente su presencia empresarial. Peña, por el contrario, pasó de gobernar Burgos con una autoridad casi indiscutida a quedar políticamente apartado. El constructor condenado a prisión pudo conservar empresas; el alcalde condenado a inhabilitación no podía conservar la Alcaldía.

Aunque tampoco Peña desapareció completamente de la memoria política burgalesa. Años después volvió a presentarse con su antigua marca, Solución Independiente, y las municipales de 2003 le dieron 8.692 votos —un 8,8%— y dos concejales. Ña justicia podía condenar a Peña, pero no podía ordenar a una ciudad cómo debía recordar a sus hijos más célebres.

J. F.